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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 5

A’Prot

Residentes de Rdrilveria · Luis Aníbal Nez

Una profunda asfixia cargada de angustia, despertó una soleada mañana al individuo que alguna madre lo bautizó con el nombre: A’Prot. Era el ciclo de vida quinientos quince y a su vez, han transcurrido once ciclos de vida desde que Élsomrov ha sido nombrado rey de Rdrilveria. Su flamante corona indestructible reposaba como de costumbre sobre su cabeza, al tiempo que él, ahora más envejecido pero también más sabio, se paseaba por aquí y allá entre múltiples veredas de Rdrilveria, entremezclado con la gente de su pueblo sin importar la etnia, lengua o religión que tengan.

En otra área de la flamante ciudadela pentaforme, A’Prot se recuperaba lentamente de su abrupto despertar doloroso. Sentía el pecho oprimido, un nudo en la garganta y mejillas empapadas por cuantiosas lágrimas. Algo no estaba bien, lo sabía, era más que tan solo una simple sensación de pesadilla. Enseguida se quedó sentado con una mano sobre el pecho agitado, sudado; apenas respiraba. A medida que se hacían más fuertes los blanquecinos rayos tórridos de Küny en el horizonte, se tornaba más cálida la balconada en la cual A’Prot espabilaba. A este colono, camarada, amigo, vecino, enemigo de mucha gente y a la vez de nadie, de verdad nada le importaba. Tal vez, justamente por eso, se le hacía tan llamativa la intensa sensación de dolor que sentía en el alma.

Vivía cómodo en Rdrilveria, allí nada le hacía falta ni le faltaría jamás. Como consejero directo del impresionante rey Élsomrov, A’Prot vivía como le daba la gana. Aun así, vivía sin lujos que tienen personas de su posición en la actualidad de los reinos en Zyllyön, un futuro que ni siquiera sería capaz de imaginar. No había forma de que a A’Prot, le hubiera interesado el precio a pagar por el privilegio de vivir rodeado de desconocidos. Claro que no le importaba, pues la vida era fantástica en Rdrilveria, él lo sabía, lo disfrutaba, solo eso le importaba. Con pocos de esos pensamientos y con imágenes de pesadilla en su mente, A’Prot miraba agitado hacia fuera.

Allá abajo, varios metros por debajo de su balconada, miles de residentes de Rdrilveria llenaban todo paisaje a la vista, encerrados dentro de gruesos murallones coloridos y altos que protegían a esta formidable ciudadela multiétnica. Dentro de las murallas había casas, veredas, plazas, lagos, parques, hasta riachuelos. Todo relucía de forma intangible como el aire mismo que A’Prot y el resto de los residentes respiraban. La gente se regocijaba de felicidad, desbordaba de diversas sensaciones ciclo tras ciclo. Cada cual sabía muy bien que, en verdad, nadie era capaz de sentir absolutamente nada y al mismo tiempo sentirlo todo.

A fin de cuentas, no sentir nada era la ignorancia bendita que otorgaba a los residentes la vida y el destino, pero por sobre todo esto, era un regalo divino de Élsomrov, el elegido de los dioses. Este monarca considerado maravilloso, acabó la construcción de Rdrilveria en el ciclo quinientos, Era de Rdrilveria de la historia de Zyllyön. Siendo ahora el ciclo de vida quinientos quince, la fortaleza gozaba de suntuosidad que medio milenio antes nadie hubiera podido siquiera soñar. Los residentes de Rdrilveria poseían vidas oportunas, prósperas y con rutinas alegres. Como no podía ser de otro modo, gente como A’Prot permanecía infinitamente radiante ciclo tras ciclo. Y así se había sentido hasta el ciclo anterior, pero no se sentía así esta luminosa mañana.

No tenía claro cómo debía sentirse a poco de despertar. La realidad de sus pesadillas lo habían llevado por caminos dolorosos, trágicos, oscuros, senderos que otros residentes desconocían. Otras mañanas similares a esta, A’Prot solía levantarse muy temprano para dejarse embelesar por bonitos albas luminosas. Consideraba esto como lo más bello de los ciclos de Küny. Solía sentirse privilegiado por poder apreciar semejante poderío de la naturaleza, desde la considerable altura de su balconada. Era un espectáculo que nunca solía perderse, pues para él, era algo sin comparación alguna con ninguna otra cosa. Lo reflexionaba como algo lleno de nativa luz inaudita, digno de apreciar con paz, sin temor alguno ni preocupación o prisa.

A’Prot prefería perder rato de sueño, refregarse bien los ojos y hacer que cada amanecer fuese un acontecimiento festivo cotidiano. Lejos de eso, nada de esas sensaciones tenía esta extraña mañana. Trataba de dejar la enfermiza y profunda angustia con la que había despertado. Se obligó a llenarse de energía positiva. Necesitaba iniciar bien su rutina como en cualquier otro ciclo. Debía cumplir con sus deberes habituales, fuesen cuales fuesen, pues la pesadilla incluso hizo que los olvidara. Era consciente de que un trabajo se dejaba por otro, que la ética era lo de menos si con otros residentes no se hablaba, razonaba, ni mucho menos se negociaba. Era ridículo, él mismo lo reconocía, aun así, eso era al mismo tiempo muy beneficioso.

Se enjugó inevitables lágrimas legañosas. Se incorporó, aseó y vistió con la acostumbrada túnica violeta rebordeada por costuras de color blanco. Se calzó sandalias de hilo de plata. Como solía hacer usualmente, esta vez con esfuerzo, dejó atrás su cálida balconada y salió tan alegre como le fue posible a las interminables veredas de Rdrilveria. Una vez fuera, quedó a su espalda uno de los muchos zigurats que pertenecían a la etnia d’agam’anat, ubicados en zona donde esa gente residía. Ni bien descendió empinados escalones del zigurat, llegó por fin a interminables veredas peatonales de la ciudadela.

Avanzó por empedrados adoquines circulares, caminó, se reencontró con compatriotas, vecinos y quizás amigos, aunque no quería engañarse a sí mismo. Saludar a otros no alegraba en nada la existencia de A’Prot, pero de alguna forma, esto al mismo tiempo lo hacía sentir inmensamente feliz. Aspiró profundamente bocanadas de aire templado. Se preparó para devolver todos y cada uno de los saludos que lo forzaran a cumplir con tal obligatoriedad social.

Mientras él cumplía con estas reglas sociales no escritas en libros ni manuscritos, en otro sector de la ciudadela, el rey Élsomrov esperaba que líderes de cada etnia exigieran cumplir con su palabra. Pues, de hecho, el soberano no había otorgado todo lo prometido en el cónclave celebrado hace pocos ciclos de Küny atrás. Esto tenía nerviosos a varios de los líderes. Temía Élsomrov que malas decisiones surgidas de una casi inevitable inexperiencia, acabasen por forzar una inminente huida masiva de vurianos liderados por Vuriann, como así también de randszpretrok liderados por Kaneo y de los bredermann liderados por Hans.

Allí donde los vurianos pretendían ir, más allá de las altas murallas de piedra que separaba a la ciudadela del resto del mundo, era sabido que las esperanzas de supervivencia eran casi nulas. De una forma que a muchos les resultaba incomprensible, gente de las mencionadas etnias con ideas diametralmente inversas a las dominantes, optaron por intentar una vida fuera de Rdrilveria. Los disidentes, muy convencidos de lo que hacían, contrariaron los estudios de los maestres. Éstos últimos, casi todos, coincidían en que afuera de Rdrilveria sólo puede haber putrefacción, contaminación, cadáveres, devastación, clima ingobernable, mutación, pandemias y muerte por doquier.

Distintos distritos pertenecientes a dichas etnias lucían como pueblos fantasmas, mudos, vacíos. Quienes estaban a la vista, eran vistos sólo cuando recogían agua de aljibes, colgaban ropa en cuerdas o compraban en algún mercado. Élsomrov, empezaba a pensar que su mensaje unificador en el cónclave, el cual permitió la salida de algunos vurianos hacia el mundo exterior más allá de las altas murallas, había sido erróneo y de seguro contraproducente. Más claro tenía aún, que iba a ser todavía peor cuando declarara prohibida la salida de nadie más. Por lo pronto, se respiraba una frágil paz en veredas de Rdrilveria por las cuales A’Prot avanzaba, paz apenas sostenida por el rey mientras fuese capaz de mantener a raya las malas acciones de disidentes.

En el distrito d’agam’anat donde A’Prot se encontraba, los residentes no eran ajenos a lo ocurrido con los vurianos, aunque se sentían ajenos al problema. Eso era conveniente para Élsomrov y el Concejo Episcopal. Tuk’Tat, líder de los d’agam’anat, obtuvo el ansiado permiso para construir templos de veneración a G’Hol’Iak’Hon, popularmente conocido como Gholiakhon para el resto de las etnias. Se trataba del absoluto dios del inframundo. Justo ahora, A’Prot pasaba frente al área de cimentación del enorme santuario. Allí, a la izquierda del sendero por el cual A’Prot circulaba, se elevaba el armazón de piedra de lo que más adelante sería el flamante templo a Gholiakhon, el más alto de Rdrilveria y tal vez de todo Zyllyön.

Alrededor del edificio principal, andamios de madera con obreros encima se perdían en dirección al cielo. En el futuro, se construirían además otros diez grandes templos afines, pues se proyectaba la construcción de monumentos de dimensiones jamás antes vistas por la humanidad en Zyllyön. Enloquecidos de trabajo, los obreros d’agam’anat se involucraban de forma directa o indirecta en el proyecto.

Absorto a todo eso caminaba A´Prot, esquivaba obreros que construían el templo, como también a transeúntes o mercaderes ambulantes. Según A’Prot, saludar a un vecino o dos cada mañana era un precio razonable para sostener su estatus, su salud y más que nada su seguridad. Pensaba él en esto, cuando avanzaba por largas veredas de Rdrilveria. De tanto en tanto quedaba absorto ante lo repletas de residentes que se encontraban las veredas esa mañana. Es que al alba, las personas caminaban, corrían o saltaban por doquier a lo largo y ancho de Rdrilveria, sobre cada vereda de diferentes distritos. Seguía A’Prot en medio del paisaje multiétnico.

Atravesaba el distrito que desde siempre formó parte de su rutina, al menos desde su primer recuerdo tan confuso como preconcebido. Alcanzó un atajo alejado del bullicio con una pared de piedra a su izquierda. En este tramo, de pronto, lo comenzó a rodear un hombre casi tan joven como él. A veces no le permitía avanzar, por momentos quedaba a su espalda, en un costado o en el otro. Se le acercaba tanto como podía, sonreía, se alejaba y saludaba.

—¡Holi, holi, holis! A’Prot, ¿cómo estás esta mañana? —Le preguntó este alegre residente en lengua d’agam’anat.

Su rostro era festivo, de hecho, ostentaba un derroche de júbilo envidiable. Era uno de tantos transeúntes que por esa vereda tranquila pululaban y a la vez, no era uno más. Este residente en especial, tan feliz como si una sorpresa diferente y novedosa lo sorprendiera cada mañana, era alguien a quien A’Prot conocía. Avanzaba y reculaba hacia atrás, frente a A’Prot, con clara intención de permanecer cara a cara con su vecino. Agitaba brazos como si estuviera en el agua de un modo poco elegante, sin destreza, pero eso no le importaba. Sus torpes intentos por avanzar hacia atrás, reculando, acompasando el ritmo de avance de A’Prot, por momentos le generaba inevitables hilaridades. Tanto reía a veces, que sus carcajadas casi contagiaron al serio, triste y apagado A’Prot.

—Hola, C’Krach —se limitó a saludar A’Prot.

Éste último, apenas levantaba o torcía la mirada para ver a su interlocutor. Deseaba quitárselo rápido de encima. C’Krach, con astucia, notó esto enseguida. Detectaba que algo no estaba bien en A’Prot. Lejos de preocuparse, sonreía y reía aún más.

—Epa… —deslizó C’Krach e hizo una pausa por un instante sin dejar de observarlo— …epa, epa, epa. ¿Qué sucede esta mañana? No veo la cara de felicidad de otros ciclos —advirtió C’Krach con suspicacia y expresión de picardía en su alegre rostro.

—No te interesaría, C’Krach. Es largo de contar y aburrido. No deseo interrumpir tu eterno descanso —comentó cabizbajo el reservado A’Prot.

—Mhh… entiendo, creo, pero también noto que es algo grave —dedujo el siempre alegre C’Krach.

Esa deducción lo alegra. Aún intentaba recular, lo cual evidenciaba por esta vez resultados positivos. Le divertía mucho. Se lo veía disfrutar como a un niño pequeño.

—No, C’Krach, no es grave —aclaró A’Prot fastidiado.

Frunció el ceño, estaba molesto al ver semejante hombre que no dejaba de sacudir brazos delante de sus narices. Al mismo tiempo, además, lo veía recular sin que pudiera ver lo que tenía a su espalda.

—Siempre cuentas todo a tu vecino. Anda, siempre lo haces. Si no es grave entonces cuéntame, cuéntame, cuéntame —la insistencia de C’Krach, en algún punto dentro de A’Prot, le hizo alcanzar el punto de ebullición.

—Deja de sacudir los brazos de ese modo, pajarón —suelta A’Prot con fastidio.

—Anda, cuéntame, cuéntame, cuéntame —A’Prot se toma un instante antes de volver a hablar.

—Es que he tenido un extraño sueño —confesó por fin A’Prot, no sin algo de amargura en su voz y rostro.

—¿Una pesadilla? —indagaba C’Krach. Continuaba con sus torpes malabares.

—No, por fortuna no fue una pesadilla —aclaró A’Prot sin demasiado alivio.

—¿Qué has soñado? —preguntó ahora C’Krach, antes de efectuar un movimiento al recular que casi lo hizo caer al suelo. Rio sin control durante un largo y tedioso instante.

—Soñé con una mujer —confiesa A’Prot cuando su vecino deja de reír. Sonríe, no obstante, abre ojos grandes como platos.

—¿Y qué tiene eso de malo? ¡Degenerado! —exclamó justo antes de estallar en carcajadas.

—No es cualquier mujer —cortó A’Prot con sequedad.

—Ah… ¿Y quién es? —preguntó ansioso el vecino.

—No la conoces —A’Prot quiso restar importancia. Se lo veía abrumado, ya no deseaba responder nada más.

—No hay nadie a quien no conozcamos en Rdrilveria —le recordaba C’Krach no con poca presión. El residente esperaba más respuestas.

—Es que ni siquiera yo mismo la conozco —reconoció A’Prot con tono de voz triste y apagado.

—Ah… ¿Qué tiene entonces de preocupante, soñar con una mujer que ni siquiera conoces? —quiso saber C’Krach.

—Que la conozco de algún sitio —sentenció inseguro.

—Mhh… me he perdido. ¿Conoces a la mujer o no la conoces? —exclamó un confundido C’Krach.

—No lo sé. Es confuso —confesó. Inclinó aún más su triste talante. Detuvo el avance, su vecino hizo lo propio.

—¿Ves a las mujeres que pululan a nuestro alrededor? —mostró C’Krach con brazos extendidos en derredor.

—Claro, las veo, C’Krach. —confirmó A’Prot, luego de haberse visto obligado a ver el paisaje en torno a ellos.

—Cualquiera de ellas podría ser la mujer con la que has soñado. —C’Krach sonrió con sonrisa de oreja a oreja.

—O quizás ninguna —reflexionó A’Prot en voz alta.

—O quizás ninguna. Aguafiestas.

—Pues no lo sé —se desentendió A’Prot, intentaba dar por acabado el asunto. Deseaba llegar rápido a destino, fuere cual fuere. Reanudó el avance, C’Krach también.

—¿Y qué te preocupa del sueño entonces? —insistió C’Krach, mientras lo seguía con cercanía irritante.

—Preocupante o no yo la amaba, C’Krach, amaba a esa desconocida como a nadie que haya amado jamás, era tan bella y dulce.

A su respuesta lo siguió un sepulcral silencio que no era tal. Se oían sonidos generados por otros residentes. Meditó C’Krach por un instante sin perder la sonrisa. Luego habló.

—Eso no es algo muy común, amigo. Los d’agam’anat no amamos. ¿Recuerdas? —se limitó a decirle C’Krach.

—Lo sé —afirmó A’Prot pensativo y dubitativo.

—Dudo que sea posible. Podemos fornicar por placer con quien sea, lo sabes, lo has hecho. Procreamos, pero no amamos, eso no mi amigo, no podemos —agregó C’Krach convencido de sus palabras.

—Posiblemente…

—¿Entonces?

—Entonces soñé con ella C’Krach. No sé, ¿de acuerdo? Era hermosa, se encontraba en un sitio precario, rodeada de peligro, indefensa. No pude hacer nada por ella pero quería.

—¿Y entonces? —ansiaba saber C’Krach.

—Entonces nada. Los sueños no respetan nuestras leyes, C’Krach, no están sujetos a nada, ni a religiones, reglas, ni comportamientos. Son sólo sueños y en este, ocurrió lo que te he contado —se defendió A’Prot.

Aún no lograba quitar la sonrisa del rostro a C’Krach, aunque era notorio que comenzaba a preocupar a su vecino.

—¿Será una expresión de deseo quizás? —se inspiraba en preguntar C’Krach, aún tan sonriente como antes.

Agitaba desesperado ambos brazos, más que antes, al girar y ver que su espalda estaba a punto de impactar contra una antigua saliente del muro de piedra. Se movió hacia su derecha en sentido contrario.

—No lo sé. No tengo respuestas, C’Krach.

Su interlocutor eludía la saliente con la misma torpeza de siempre. Era casi imposible evitar reír, o al menos sonreír con tales intentos tan torpes. No obstante, A’Prot no estaba cerca de reír ni sonreír.

—Si acaso se trata de un deseo que intentas llevar a la práctica, eso podría ser un problema, mi querido vecino —le advirtió C’Krach, con verdadera preocupación por su colindante a quien al menos él, por su cuenta, consideraba un amigo. A’Prot detuvo la marcha, C’Krach hizo lo propio.

—Lo sé —meditaba en voz alta.

—Olvídalo ya, vuelve a nosotros, sé el residente feliz que siempre has sido —le pidió C’Krach.

—Te lo diré de este modo —C’Krach se preparó, le agradaba la expectativa.

—¡Escucho, escucho, escucho! —festejó C’Krach, al tiempo que generaba círculos con movimientos de sus brazos. Los giros lo marearon, pero se esforzó por no caer.

—Cuando sentí que amaba a esa mujer, C’Krach, o mejor aún, cuando sentí que ella me amaba con plenitud de su corazón, me cuestioné ciertas cosas acerca de Rdrilveria. ¿Entiendes? —esperaba algún comentario de C’Krach antes de proseguir, pero éste se mostraba algo atónito. Prosiguió—. Ella, al hacerme sentir sus propios sentimientos, hizo que me cuestionara toda nuestra existencia en Rdrilveria.

Sus palabras sonaban débiles para que nadie escuchase, pero lamentablemente retumbaban fuertes entre ecos de los muros de piedra. Invisible fuego cruzado de miradas, fueron disparados por innumerables residentes de Rdrilveria allí presentes, serenos, silenciosos, ahora también inmóviles. En ese preciso momento, al escuchar esto, no hubo residente que no torciera la cabeza para dispararle vistazos totalmente desaprobadores.

—Ehm, deberás bajar la voz, amigo —sugirió C’Krach.

—No tengo nada más que decir, eso fue todo.

—No comprendo cómo pudiste llegar a esa conclusión. De lo que estoy seguro es que ningún residente en su sano juicio, podría ser tan tonto como para cuestionarse la mejor existencia que nos podría haber tocado vivir a cualquiera de nosotros —el argumento de C’Krach suena al tiempo que, de forma inevitable, se le desvanece poco a poco del rostro la sonrisa que hasta ahora había sido indeleble.

—¿De verdad? —preguntó A’Prot con la tristeza más profunda que podría haberse visto en rostro de alguien en esta ciudadela.

—Sin duda —reafirmó C’Krach con gran seguridad.

A’Prot tardó unos instantes en replicar, no sin antes examinar a su alrededor. Descubrió que todos los residentes a la vista se habían detenido. Habían escuchado lo que dijo y ante sus palabras, habían dejado de lado toda actividad. Todos quienes estaban a la vista, incluso sin excepción a los que no podía ver, giraban el rostro para verle de frente. A´Prot se enfocaba en ojos del vecino con el cual sostenía la garla. No advertía las demás miradas inquisidoras que tenía encima.

—¿De verdad lo crees C’Krach? ¿Crees que estamos hechos para vivir sin experimentar jamás el amor?

La pregunta de A’Prot acabó por apuñalar de forma definitiva la sonrisa de C’Krach. Éste dejó de agitar los brazos de forma inevitable, siendo esos movimientos lo único que lo mantenía contento. Ya había dejado de recular cuando su vecino detuvo su avance. Quedó congelado ante tal pregunta. C’Krach se alejó, nuevamente reculó para alejarse de A’Prot sin mediar palabra. Cuando la espalda de C’Krach alcanzó a los residentes, su cuerpo se dejó engullir por la multitud. Despareció. A’Prot levantó el mentón. Descubrió las miradas que llegaban desde todas partes. No buscaba a su interlocutor, eso hubiera sido una estupidez.

Intentaba identificar qué palabras de la garla sostenida con C’Krach, qué parte había molestado a esos residentes, garla privada, por cierto. Lo que veía era gente ofuscada que ya no caminaba, ni corría, ni saltaba, sólo lo miraban con repulsión y odio, entre otras sensaciones tan diversas como desagradables. Eran los mismos vecinos de siempre, con la diferencia que lo observaban a pleno sin mediar palabra, sin pestañeos.

Cuando A’Prot menos lo esperaba en medio de ese tenso momento, vio de pronto entre la multitud a la mujer con la cual había soñado.