Saltar al texto
Luis Aníbal Nez
100%
Índice
Capítulo 1 / 5

El forastero

Residentes de Rdrilveria · Luis Aníbal Nez

Cuentan diversas leyendas que la humanidad comenzó a existir en la ciudadela pentaforme de Rdrilveria, cuna del ser humano que habita en el mundo de Zyllyön.

Un buen día, los habitantes de dicha ciudadela fueron testigos del arribo de un inusual visitante. Las miradas de los residentes de Rdrilveria, su atención y también ciertos dedos señaladores, apuntaron hacia un objeto que cayó desde el cielo. Cada etnia que habitaba en la multiétnica ciudadela, descifró este acontecimiento a su modo. Una de estas etnias, la bredryvek, interpretó que este era el arribo de Vakroy, el profeta que tanto esperaron por siglos. Para los morguendis en cambio, no quedaban dudas de que esa cosa había sido lanzada por Solaris, la estrella madre de Zyllyön que para los bredryvek se llamaba Küny. En cualquier caso, esa cosa cayó con contundencia. Perforó atmósfera, nubes, surcó el cielo por encima de toda Rdrilveria y finalmente impactó en el suelo a un par de kilómetros de distancia de Portales Eternos, única entrada o salida de la ciudadela.

Lo único que quedó tras los estallidos que rasgaron el cielo fue un inmenso silencio profundo. La gente salía de sus hogares, se reunían en veredas, plazas, alrededor de fuentes, llenaron cada jardín o bosque flotante en busca de alguna respuesta que explicase lo acontecido. Para los centinelas apostados en la torre de vigilancia sur, ubicadas a un lado y otro de Portales Eternos, el panorama era muy claro. Fuese lo que fuese esa cosa arrojada por Solaris, había dejado un extenso surco en el suelo de tierra, abriendo incluso un canal en forma de V entre árboles de la selva circundante. Dichos centinelas, así como decenas de soldados que estaban en la cima de los murallones pentaformes, fueron testigos directos del desmenuzamiento completo del desconocido objeto.

Cuando eso que cayó del cielo quedó desintegrado por completo, emergió un hombre del suelo entre polvareda y escombros de madera. El capitán de la guardia de centinelas, es decir, un soldado llamado Élsomrov, pudo ver claramente a un hombre de dos metros de alto, robusto, con el cuerpo enteramente cubierto por una armadura y yelmo. El metal de las vestiduras de combate era opaco, gastado y oscuro como la obsidiana. En la mano izquierda portaba un sólido escudo que parecía ser pesado, grueso, hecho con el mismo metal de la armadura y yelmo; en la mano derecha, empuñaba un mangual totalmente metálico, gris y también opaco. Con la lentitud que avanzan las nubes cargadas de agua en el cielo, el sujeto foráneo avanzó llanamente hacia Portales Eternos.

—¡Preséntate, forastero! ¿Qué asuntos te traen aquí? —habría indagado Élsomrov antes que el extraño se detuviera justo frente a los portales. No obtuvo respuesta.

Élsomrov, capitán que esa tarde estaba al mando de la vigilancia, preparó a un par de arqueros para que disparasen cuando él lo ordenase. En el cielo, las nubes que recubrían la tonalidad violácea no pudieron sostener más las partículas de agua, las dejaron caer. Incluso antes de que comenzara a llover, espesa niebla enturbiaba la favorable visibilidad desde la cima del emplazamiento, sobre el cual Rdrilveria había sido construida. Gotas de lluvia repiquetearon sobre primitivas pecheras de cuero de cada soldado de Rdrilveria, así como también lo hicieron contra la sólida armadura del forastero. Dicha armadura ya mostraba cortes, magulladuras, muescas, rasguños y manchas. Parecía haber sido utilizada en decenas de violentas batallas.

—¡Quítate el yelmo, forastero! ¡Preséntate! ¡Muestra tus respetos ante la autoridad que te recibe en Rdrilveria! —le insistió el capitán de la guardia. Con esas palabras solo logró que el visitante se colocara en posición defensiva—. Si no haces lo que se te exige atacaremos —le amenazó Élsomrov.

De inmediato levantó la mano izquierda. Dos arqueros tensaron cordeles de sus arcos, quedaron listos para disparar sus flechas ni bien el capitán bajase la mano. El hecho de no poder ver el rostro del extranjero inquietaba al centenar de soldados que lo tenían a la vista. Por otra parte, la falta de respuestas por parte del forastero, los tensaba y ponía más impacientes y ansiosos. Intranquilo como nadie, Élsomrov era tolerante con alguien allí ante los únicos portales de acceso a la ciudadela, enmudecido, justo cuando se esperaba de él que suplicara por un pretendido y ansiado acceso. Las visitas eran escasas en Rdrilveria. En esta remota época de Zyllyön, toda la humanidad conocida convivía allí dentro.

De vez en cuando, cada vez menos frecuente, personas arribaban a Rdrilveria suplicantes de bebida, comida y un alojamiento. Así llegaron muchos residentes de Rdrilveria al comienzo, cuando la ciudadela estaba en construcción y era apenas una utopía impulsada por el profeta Vakroy, devenido luego en el dios de dioses. Desde la partida de Vakroy hacia Zammön, paraíso costero desde donde vigilaría y cuidaría a la humanidad, han transcurrido quinientos ciclos de vida. En estos días cercanos al ciclo de vida seiscientos, ya casi no llegan foráneos a los altos portales herméticos de Rdrilveria, obstaculizados por dentro con varias vigas de madera gruesa, robusta, resistente. Quienes llegan, por otra parte, lo hacen moribundos, enfermos y andrajosos.

Esto hace que, la presencia de este hombre robusto, sano, aparentemente bien nutrido y por sobre todas las cosas, bien provisto de pertrechos, descalabre las creencias. Ante los ojos del centenar de vigías de la muralla y torres, había un hombre que podía ser parte de una civilización que no se había desarrollado en Rdrilveria. Esto, de ser así, podía significar que existía un enemigo desconocido en alguna parte y que lo habían ignorado hasta ese momento. Este tipo de elucubraciones, murmuraban los soldados al ver que el forastero no respondía a las exigencias del capitán. También era fácilmente deducible todo esto en los asustados rostros.

—¡Que te quites el maldito yelmo, he dicho! —vuelve a exigir el capitán de la guardia con su mano izquierda en alto.

La tensión de los cordeles de los arcos aumentaba, al mismo tiempo que se aceleraban corazones de jóvenes que portaban armas, pero que nunca las habían utilizado. Más de uno de ellos desenfundó a la espera de la orden, aunque el hecho de encontrarse detrás del muro e incluso encima de él, les brindaba cierto alivio de seguridad. Sin embargo, a pesar de los gritos del capitán desde sus seguros once metros de altura respecto al suelo, el forastero se mostraba inamovible. Entre la densa bruma que se incrementaba aún más respecto a la lluvia que caía, su cuerpo enfundado en metal se percibía como una estatua inerte.

Con la paciencia colmada, pero con la seguridad que le ofrecían las defensas de Rdrilveria, el capitán baja su mano izquierda de golpe. De forma casi instantánea, los arqueros disparan flechas hacia el objetivo que ya tenían en la mira. Con movimientos fugaces como aleteos de libélula, el forastero se agacha, levanta el escudo triangular con su brazo izquierdo y se cubre. Ambas flechas impactan contra la superficie opaca del escudo, se quiebran y caen rotas en el suelo mojado. El rápido movimiento del visitante sorprende a todos, pues su corpachón parecía a simple vista demasiado pesado para moverse de un modo tan ágil.

Entonces, cuando el silencio posterior solo convertía a la lluvia en un ruido escandaloso, un sonido estalló en el lugar. Al inicio, todos los soldados y capitán interpretaron el sonido como el advenimiento de un trueno. La tormenta podía ser eléctrica de un instante al siguiente. No obstante, cuando ese sonido que estallaba comenzó a tomar forma para convertir ruido en palabras, casi todos dedujeron la procedencia. Era la extraña y potente voz del forastero, el cual hablaba por primera vez.

—Podría daros una información valiosísima, hablaros de la vida, la muerte y de todos los misterios que a vosotros os quita el sueño. Podría compartir con vosotros el compendio de una eternidad de conocimiento, porque la tengo en mi poder y la necesitan. Pero vosotros solo conocéis un único lenguaje, solo interpretáis el discurso bélico de la sangre y la muerte. Sois demasiado primitivos aún, eso sois, al menos por ahora, por lo tanto, os comunicaré en el único lenguaje que conocéis e interpretáis. Os propongo que me enviéis a vuestro campeón, algún guerrero de élite, el más poderoso que tengáis dentro de esas murallas. Enviádmelo aquí, a una contienda que disputaremos a muerte ahora mismo —las polivalentes y cuadrafónicas palabras del forastero, sonaron demasiado complicadas para la mayoría de estos hombres.

Hubo soldados que rieron, otros sonrieron, pero hubo unos pocos que advirtieron el peligro que tenían ante sus ojos y no atinaron a decir nada más. El capitán de la guardia de Rdrilveria, que la noche anterior había comido bien, dormido aún mejor y había hecho el amor con su esposa, no tenía intención de complicar su jornada con esta visita inesperada. Como bien lo había advertido el forastero en su discurso, lo único que todos comprendieron sin ninguna duda, era que debían enviarle al mejor gladiador que Rdrilveria hubiera conocido jamás. Un soldado fue el primero en evocar un nombre y lo hizo martillando el piso con su pie derecho.

—Broderius, Broderius, Broderius —evocaba como en tono de canto. Otros soldados lo imitaron bajo la atenta mirada del capitán.

Éste último, echó un vistazo hacia abajo, hacia fuera de Rdrilveria. El forastero se había vuelto a quedar en posición de estatua de mármol. Los cánticos que evocaban el nombre del gladiador se multiplicaron y se hicieron cada vez más fuertes. Más allá de las pentaformes murallas de Rdrilveria, hacia el interior de la ciudadela, ni siquiera la lluvia y la bruma pudieron distraer a los residentes que escuchaban ese cántico. La noticia de un reto a Broderius por parte de un forastero, corrió más rápido entre los residentes que la misma insistencia que evocaba su nombre. En poco tiempo más, la posibilidad del reto alcanzó al mismo Broderius.

Para cuando el potente Gladiador se enteró del asunto e interrumpió sus baños termales, casi toda Rdrilveria evocaba su nombre como el de un héroe. Una vez se enteró de lo que se necesitaba de él, Broderius pactó un cuantioso premio por defender la ciudadela del invasor extranjero. El Concejo Episcopal de Rdrilveria, que contaba con doce miembros como lo había diseñado y designado el mismísimo Vakroy antes de partir a Zammön, firmó un preacuerdo en el cual hacía rico a Broderius y a siete generaciones de sus hijos, si lograba vencer a la amenaza extranjera. El Concejo, deseó que el gladiador no sobreviviera y que el ejército aplastara la amenaza. Si se lograba este deseo, se ahorrarían los costos, darían diversión a la gente y además eliminarían la amenaza.

Estuvo de acuerdo Broderius con la firma del documento por lo cual, una vez aceptado, se dispuso a marchar hacia el combate. La lluvia se detuvo en el transcurso de los trámites episcopales, no así la amenaza de nubes que se mantuvieron flotando sobre el firmamento de Rdrilveria. El imponente gladiador Broderius se calzó las más gruesas prendas de combate, que incluían pechera de cuero, yelmo con cabeza de oso, botas preparadas para el barro, brazaletes de hierro y una doble protección para sus partes nobles. Como armas, Broderius escogió las que solían ser de su preferencia, es decir, un pesado escudo de hierro y una maza de siete puntas.

Incluso antes de vestir sus prendas de combate, tres mujeres y un varoncito lo embadurnaron en aceites para que eventuales golpes del oponente resbalaran por su piel. Estos aceites hicieron brillar la piel de Broderius a pesar de las nubes del cielo, una vez que el gladiador salió por fin a las concurridas calles de Rdrilveria. Broderius se sintió glorioso como pocas veces, parecía que todos los residentes de Rdrilveria vitoreaban su nombre, conforme un carro tirado por seis caballos lo transportaban hacia los portales de la ciudadela. Ni su tupida barba, ni su abundante bigote negro, ni su cabello largo, ni su rostro severo repleto de cicatrices, fueron suficientes para que Broderius fuese rechazado por la gente. Su popularidad nunca había sido tan alta.

En el camino hubo personas que le arrojaban flores, por lo cual, una verdadera lluvia de estas cayó sobre él desde izquierda y derecha. El camino por el cual transitaba, quedó totalmente repleto de coloridas flores que adornaron la ciudadela con intensos perfumes y colores. Los residentes se guardaron medio racimo para recibir al triunfante gladiador en su camino de regreso. Desde el Concejo Episcopal, al mismo tiempo que Broderius se acercaba a los portales de Rdrilveria, organizaban una serie de festejos que durarían varios ciclos de Küny. Con esto además de entretener a la gente, la focalizarían en el tan tambaleante camino de la fe.

Después de décadas de absoluto hermetismo, portales de Rdrilveria volvieron a destrabarse ante la atenta mirada de los residentes. Las grandes vigas fueron retiradas con el mecanismo preestablecido y posteriormente, enseguida, se comenzaron a jalar los engranajes para que ese mencionado mecanismo abra las dos hojas de los enormes portales de la ciudadela pentaforme de Rdrilveria. Como por arte de magia la puerta quedó abierta de par en par, justo en el mismo instante en que los potentes rayos de luz de Küny, lograron perforar las nubes y bañar los rostros de los residentes. Fue entonces en ese momento, con el portal totalmente abierto, cuando la gente común vio por primera vez al que sería el oponente de Broderius. Los rostros de asombro se sumaron.

El capitán de la guardia, aún apostado en la cima de la muralla, recibe un rollo de papel por parte de un mensajero. El capitán lo lee, mira a su alrededor, ve que todos sus hombres lo observan a la espera de respuestas. El capitán guarda el rollo de papel entre su pechera y su piel, se acerca al borde del murallón y observa al forastero. Ve que ese hombre ha permanecido exactamente en la misma posición desde que terminó de decir sus enrevesadas palabras. A la espera de su oponente, allí está ese extraño cual estatua de metal. Del otro lado, atravesando el portal se encuentra Broderius. Detiene el carruaje, baja del mismo y se acerca a su oponente con su más fiero rostro de amenaza. Aferra en una mano el escudo de hierro y la maza en la otra.

—Hagamos esto rápido, tengo vino para beber, riquezas en las cuales nadar y mujeres a las cuales fornicar —espetó Broderius al tiempo que se acercaba a su oponente.

Al igual que todos los que presenciaban lo que ocurría, Broderius notaba que su contrincante no se movía. Eso no lo detuvo, lo interpretó como miedo. Ese hombre estaba en posición defensiva pero completamente inmóvil. Broderius se le acercó rápido e intentó arremeter contra él, chocando su escudo de hierro contra ese extraño triangular escudo de tonalidad oscura. El impacto fue duro. Bajo la atenta mirada de todos, Broderius cayó hacia atrás con un intenso dolor en su brazo izquierdo producto del choque, mientras que el forastero, tan fornido como él pero más alto, permanecía exactamente en la misma inamovible posición.

—Pero ¿qué pasa? —alcanzó a decir Broderius mientras se incorporaba.

Ni bien volvió a estar de pie, revoleó su maza, la preparó para atacar. También reacomodó el escudo en el lastimado brazo izquierdo. No tardó nada en impulsarse con sus pies y arrojarse contra su inmóvil oponente. Entonces lo golpeó duro con su maza, descargó sendos golpes que impactaron en el pecho, espalda y cabeza. Broderius también intentó tumbarlo a golpes con su maza en muslos y tobillos de su rival, pero no logró nada de esto. Su maza, famosa por destruir escudos en toda Rdrilveria, no había generado ni una sola abolladura, rayón o siquiera una marca en el metal de la armadura y yelmo de ese forastero.

No contento con esto, Broderius arremetió con más fiereza, golpeó todo lo que pudo y aplicó toda la fuerza que su brazo era capaz. A cualquier hombre de Rdrilveria, estos golpes le hubieran convertido los huesos en astillas. A este contendiente, de nuevo, no le generó consecuencia alguna en su metálica caparazón. Agitado por tanto esfuerzo, Broderius se tomó un instante para recuperar el aliento. Justo entonces, sin que lo esperase, el forastero efectuó un rápido ataque con su espada opaca. Con el primer ataque, cortó el escudo de Broderius a la mitad con el brazo izquierdo incluido. Con el segundo ataque cortó el brazo derecho del gladiador, este cayó al suelo estrepitosamente con la maza aún en el puño. Con el tercer y letal ataque, atravesó el cuello de Broderius.

Al retirar la hoja opaca de la herida, el gladiador, cayó hacia delante, bocabajo y sin vida para sorpresa de todos los presentes. De inmediato, el forastero aplicó fuertes zancados y se adentró en la ciudadela sin que ninguna de las flechas que se le arrojaban pudieran detenerlo. Una vez dentro, una guardia de lanceros lo atacó con la vehemencia que otorga el pánico. Desde todas direcciones le intentaron enterrar lanzas en diversas zonas del cuerpo.

—¡Las axilas y el cuello, las axilas y el cuello! —gritaba el capitán desde la muralla, al tiempo que descendía con sus hombres por la escalinata de piedra para reforzar la guardia. Nadie podía detener, ni herir, ni mucho menos matar al forastero que se había adentrado en Rdrilveria.

—No quiero dañar a nadie, dejen de atacar o me veré obligado a matarlos a todos —advirtió el forastero.

—¡Alto, alto, apártense! —ordenó el capitán cuando llegó al lugar.

Sus hombres obedecieron, aunque no se apartaron demasiado, formaron una ronda alrededor del extranjero apuntándole con sus respectivas lanzas. El capitán rompió una parte del círculo para acercarse a él. Cuando estuvo delante de él se sintió empequeñecido, pues ese hombre le llevaba al menos tres cabezas de alto. Pudo corroborar desde cerca que la armadura y yelmo lucían intactos, algo que le resultaba imposible de creer.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres aquí en Rdrilveria? —le preguntó el capitán.

—Quiero paz, vuestra paz, duradera. Y, por cierto, quiero unión entre todos vuestros pueblos divididos.

—No me has respondido. ¿Quién demonios eres?

—Solo soy alguien que busca la prosperidad de esta comunidad —responde el forastero.

—¡Ya tenemos nuestro profeta, su nombre es Vakroy, que bien te pese! —gritaba un anciano que vestía una toga.

Dicho anciano llegó acompañado de otros once que, como él, vestían de forma similar y portaban símbolos que conmemoraban la presencia del profeta que él mencionó.

—¿Admiráis tanto a vuestro profeta y sin embargo no sabéis reconocerlo?

La estupefacción a consecuencia de esas palabras fue absoluta en los doce ancianos que vestían togas, es decir, los obispos del Concejo Episcopal. Pero esto fue aún más intenso para todas las demás personas que rodeaban a este hombre.

—¿Te haces pasar por nuestro profeta? —soltó otro de los obispos.

—Como he dicho hace rato cuando aún estaba fuera de las murallas, vosotros solo entendéis el lenguaje de la violencia y eso os he dado. Puedo daros más, podéis atacarme de mil maneras y ninguno de vosotros podrá matarme. Si lo deseara, podría mataros a todos, uno por uno sin sentir dolor ni fatiga. Hasta el mejor de vuestros soldados acabaría agotándose antes de perecer —se multiplicaron los susurros entre la gente, soldados y obispos—. Pero eso no es lo que he venido a hacer aquí. Como dije, he venido a traer algo que les dará paz a todos, para siempre, como humanidad. No es importante la raza, la lengua, los credos o las culturas que los dividen, sino aquellas cosas que los unen. Eso debéis hacer a partir de hoy y para eso, os he traído algo —esgrime el forastero antes de llevarse las manos a la cabeza.

No hubo persona que no dedujese que se quitaría el yelmo, sin embargo, eso no fue lo que hizo. Con delicadeza inesperada, el forastero desenroscó de su yelmo lo que parecía ser un simple adorno, al parecer no lo era. Una vez que se lo quitó del yelmo, lo que quedó en sus manos casi sin ningún lugar a dudas fue una corona. Parecía ser un objeto simple, opaco, oscuro, sin joyas engarzadas ni relieves innecesarios. Su única distinción en la superficie interior como exterior, eran una serie de grabados escritos en una lengua que a simple vista nadie podría distinguir. El forastero se agacha, apoya una rodilla en el suelo, luego la otra, baja la cabeza y con ambas manos estira la corona hacia arriba, ofreciéndola así a los hombres que están cerca de él.

—Con esta corona os dejo mi legado de paz, el objeto que unirá a todas las castas, a toda la humanidad en un único pueblo liderado bajo un mandato digno. Quien porte esta corona en su cabeza obtendrá sabiduría, claridad, paz para él y su pueblo. No importa cuántas diferencias existan, ni las circunstancias, ni los pleitos. Quien lleve puesta esta corona tendrá siempre la sabiduría necesaria para saber qué hacer, gobernará siempre con inteligencia, astucia, empatía y sobre todo con amor al prójimo, a la humanidad y al mundo de Zyllyön que lo alberga sin pedir nada a cambio —su claro discurso resultaba ser muy confuso para casi todos los que estaban atentos a cada palabra.

—¿Cómo sabemos que no eres un demonio o un brujo? ¿Cómo podremos estar seguros de que eso no es una trampa? —deseaba saber uno de los obispos, mientras se acercaba al forastero.

—No hay ninguna verdad a medias ni oculta en mis palabras, solo deseos de una paz duradera entre vosotros y el mundo que los rodea. Pero os haré una advertencia —el obispo que se acercaba se detuvo a tres pasos al oír esto.

—¿Qué advertencia? —le preguntó el obispo.

—Solo alguien con un alma pura, inocente y penitente podrá tocar esta corona sin sufrir horribles consecuencias.

—Yo soy penitente, soy el miembro más antiguo de esta orden episcopal, nadie la merece más que yo —aseguró el obispo y se acercó hasta el forastero.

Tomó de él la corona con ambas manos, tomó impulso, pero no puso despegarla de las manos enfundadas en guanteletes del mismo metal. La sintió fría al tacto, más fría que la temperatura ambiente. No obstante, pudo percibir que se calentaba en sus dedos arrugados. El anciano la soltó entonces pues le comenzó a doler de lo caliente que la sentía, sin embargo, no dejó de sentir la sensación de ardor. Sacudía las manos, las pasaba por la tela de su toga, pero ese dolor lejos de cesar se le extendió por todo el cuerpo hasta que no pudo soportarlo más. Para cuando el obispo cayó al suelo, ya no estaba con vida.

—Sabía que ese viejo putañero no era nada casto y puto, pero yo sí lo soy —dijo otro de los obispos, quien se apresuró por acercarse al forastero y tomar la corona.

No solo no pudo quitar la corona de esas manos, sino que además sufrió las mismas consecuencias que el obispo anterior. Y así, del mismo modo, lo intentaron siete obispos que perecieron en su intento por hacerse de la corona. Los demás, desistieron de intentarlo.

—Cualquiera puede intentarlo —dijo el forastero y giró un poco su posición.

La corona quedó justo delante del capitán de la guardia. Tras el aliento de sus hombres, que lo consideraban alguien honorable, dio pasos hacia delante y se atrevió a intentarlo. No le costó nada sujetar la corona y quitarla de manos del forastero, seguido de lo cual, se la colocó en la cabeza. Y así, según como lo cuenta la leyenda, inició el prolongado reinado de Élsomrov, primero en su nombre para gobernar Rdrilveria, la humanidad total y el mundo de Zyllyön.