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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 3 / 5

V’Vota

Residentes de Rdrilveria · Luis Aníbal Nez

Nunca se acostumbraría T’Prot a tales miradas incriminatorias.

Los residentes de Rdrilveria que tenía a la vista lo examinaban sin disimulo. Esto no le ocurría muy a menudo, incluso no le había ocurrido nunca, no de este modo, no frente a sus propios ojos. Mucho menos le había ocurrido con esas expresiones en cada mirada que lo observaban, sin pestañeos, ceños fruncidos, semblantes que irradiaban acusaciones silenciosas. No habría ocurrido esto jamás con su simple presencia, ni con sus magras palabras. Nunca despertó tal interés en la gente. El silencio de esos instantes era tan profundo como el interior de un sarcófago bajo tierra. Muy de a poco, el silencio se interrumpió con ciertos cánticos de los mismos residentes que rellenaban el paisaje.

Se trataba de antífonas que comenzaron a sonar como la tenue llovizna que cae antes de la tormenta. Con lentitud estos cánticos se propagaron hacia más bocas, se modularon decenas de voces sin importar sexo ni edad. Algunas voces descendieron hasta el suelo, se arremolinaron alrededor de T’Prot, cantaron desde muy cerca. Dichas voces sonaban con armonía, suaves, agudas y graves por igual. Llenaban cada espacio vacío o rincón del distrito, rellenaban cada cavidad coronaria del muy confundido T’Prot. La melodía del multitudinario coro, se elevaba hasta irregulares torres altas de la ciudadela. Luego, volvía a descender hasta la más profunda alcantarilla y mazmorra.

Desde cada zigurat, vereda o templo existente en este distrito, se escuchaban esas voces melódicas, las cuales eran trasladadas por la brisa incluso a zonas contiguas. T’Prot escuchaba con atención, boquiabierto de hecho. A pesar de no comprender qué ocurría, no evitaba sonreír un poco. Le resultaba tan bonita esa melodía, que la emoción casi le hace soltar lágrimas. Los bloques de piedra de murallones eran sus testigos. Hacía tiempo que T’Prot no sonreía, este pudo haber sido el momento, pero con la incertidumbre como excusa se obligaba a no hacerlo. La tristeza lo jaló hacia bajo, era indefectible, como imán depresivo de una constante energía oscura que se resistía a dejarlo en paz.

Las residentes de sexo femenino disparaban sus melódicos y agudos cánticos hasta el cielo, como tibios vahos coloridos que pronto se convertirían en nubes, luego en húmedos arcoíris cargados de agua fresca, alegre y tibia. Dicha agua, en poco tiempo más diluviaría en forma de lluvia arremolinada sobre Rdrilveria. Los residentes de sexo masculino por otra parte, tamborileaban el suelo con los pies calzados con sandalias. Golpeaban con fuerza, como si pisaran hormigas enormes. Eran pasos acompasados, sincronizados, entre una multitud aunada como un único órgano viviente. Muy pronto, este ritmo marcado por fuertes pisadas, emulaba al tronar de un único gran tambor.

T’Prot notaba sin demasiado esfuerzo que las miradas aún no lo soltaban, a pesar de toda esta actividad inesperada y repentina. Se le incrustaban cada vez más, lo acechaban inexpresivas, sin pestañeos, penetrantes. Pasados unos instantes más, las mujeres sostenían una única tonalidad melódica con sus voces, la cual le arrojaban de un modo directo al confundido T’Prot, cada tonada. Él no podía comprender nada de lo que ocurría. Los residentes a a su alrededor cantaban sin excepción, pisaban fuerte con ritmo y pasión. Las miradas que le escudriñaban le hacían sentir mal a T’Prot. Nadie le quitaba los ojos de encima ni un instante. Estaba acostumbrado a muchas cosas, esta no era una de ellas.

Cuando menos lo esperó, vio que de pronto delante de él apareció una figura. Era alguien de presencia elegante, muy intensa. Emergió entre la multitud, avanzó hacia él sin prisa. Se detuvo a tan sólo dos pasos de distancia de T’Prot. El tambor humano de sandalias masculinas no dejaba de tronar, ni la lluvia de cánticos femeninos dejaba de mojar. T’Prot pestañeó una última vez, con lentitud se refregó los ojos y cuando lo hizo, ante sus ojos aún estaba la joven mujer cuya belleza lucía demasiado perfecta e irreal. Maravillado, T’Prot se congeló incrédulo. Lo que T’Prot más destacaba de ella, era la extrema similitud que tenía respecto a la chica con la cual soñó durante tantas noches.

Tanto fue así, que le era casi imposible pensar que no era ella misma. Sin ningún tipo de dudas acerca de eso, T’Prot no evitó sentir en su corazón lo mismo que por ella sentía en su sueño. Si bien no podría ni siquiera explicárselo asimismo, de algún modo T’Prot sentía una enigmática y potente atracción hacia esa mujer. Era una invisible energía que lo unía a ella, con fuerza, algo más allá de lo tangible, lo visible, o lo perceptible, era algo emanado por los cuerpos de ambos. Esto se entrelazaba en algún punto, casi lo sentía palpable. En medio de estas sensaciones T’Prot la observaba. La joven vestía una túnica roja, con bordes y costuras de color violeta y escote rectangular.

La tela de la indumentaria era muy fina. Estaba descalza sobre adoquines de piedra de las veredas de Rdrilveria. Él la miraba con calidez, sin necesidad de palabras. Deseaba con fervor hacerle saber a esa mujer cuanto la amaba, cuanto la deseaba. Un sentimiento que de su parte al menos sentía que le era recíproco. La mirada de ella era tierna, dulce y al mismo tiempo lujuriosa. Sus cabellos eran tan largos que alcanzaban su cintura, oscuros, tanto, que el reflejo del mismísimo Küny se hundía en cada mechón. Sus ojos eran profundos como abismo insondable. Sus labios carnosos formaban una boca pequeña. Tanta vibración tibia, tanta tensión inevitable sacudió los cimientos de T’Prot.

En ese momento, ante ella, todo lo conocido se esfumó de su mente. Se desconoció asimismo. Le resultó innegable el transitar esa senda ignota. El amor lo alcanzó envuelto en un tsunami de sensaciones reprimidas. A través de él, el amor arribó al distrito donde nunca nadie lo conoció. Contrario a lo que antes le dijo M’Krach, sentía que el amor sí pudo tocar el corazón y el alma de los d’agam’anat que habitaban en la grandiosa ciudadela de Rdrilveria. Se habían roto todas las maldiciones. Podía ver esto T’Prot con claridad, podía sentirlo al ver a la mujer sonriéndole con ternura y timidez. Él miraba de tanto en tanto a su alrededor, no perdía de vista a cientos, quizás miles de residentes cantores.

Aún lo miraban sin tapujos. Eran tantos, que llenaban toda la vereda peatonal a la vista y también cada ventana. Se les sumaban más y más vecinos a medida que los cánticos avanzaban. T’Prot tomó coraje, aspiró profundamente, cambió aire en sus pulmones y se atrevió a hablarle a la mujer.

—¿V’Vota? —atinó a balbucear T’Prot. Ella al parecer se puso nerviosa con su voz. Asintió varias veces con vergüenza.

—Ji, ji. Sí… ¿Cómo sabes mi nombre? —Le preguntó V’Vota, luego de quitarse una mano que antes había depositado sobre sus labios para reír con el delicado respeto de las damas.

—Es extraño, creerás que estoy loco pero…he soñado contigo. En mi sueño sabía tu nombre… eras igual a como te veo ahora, vestías lo mismo de hecho. —respondió él con voz pensativa.

—He visto tu aura. Puedo verla en este momento. —cambió de tema ella con simpatía.

—¿Ah sí? —Se mostró fascinado y con curiosidad sincera.

—Sí. —afirmó V’Vota con evidente orgullo de talento.

—¿Ves algo especial en mi aura? Si a bien tienes, claro. —Él dio un paso hacia delante, solo los separaba un paso de distancia.

—A bien tengo, claro. Y sí, veo algo especial. Eres un hombre muy bueno, generoso y enamoradizo. —Sus blancas mejillas se ruborizaron de inmediato.

—Es cierto, en parte. Eso último… no puedo ser enamoradizo aquí, no es correcto amar en la cultura d’agam’anat, pero en lo demás has acertado. —confesó él. La voz de V-Vota era melodía para sus oídos.

—Sí, lo sé. ¿Y tú? ¿Ves mi aura? —Se la veía entusiasta.

—Pues… Por mucho que lo lamento, no poseo semejante talento. ¿Qué más quisiera…? —No mintió al decirle esto, le hubiera fascinado leer ese tipo de aspectos en ella.

—Que pena. —exclamó ella casi con tristeza.

V’Vota entrelazó los dedos delante de su ombligo desnudo, e inclinó la mirada hacia los adoquines del suelo.

—Pero…puedo sentir tu energía. —quiso transmitirle él con entusiasmo. Deseaba levantarle el ánimo a la joven de cualquier modo. Vio que se había entristecido. Lo logró por cierto.

—¿De verdad? —cuestionó ella algo incrédula al inicio, pero entusiasta después.

—Sí. —ahora era él quien se mostraba con orgullo.

—¿Qué es lo que sientes en mi energía? —preguntó V’Vota con extrema ansiedad y brillo especial en sus ojos oscuros.

—Siento que me amas. —arriesgó T’Prot. Hizo que de nuevo, las mejillas de ella se ruborizaran.

—Ji, ji… bueno, pues… es cierto. —V’Vota rió con una mano sobre los labios para mantener el acostumbrado respeto de dama.

—¿De qué zona del distrito eres? —cambió de tema él casi con brusquedad. Ella se sorprendió un poco, pero respondió.

—No importa… —cortó V’Vota sin darle importancia, casi a riesgo de perder su fresca sonrisa.

—¿Por qué nunca te he visto antes? Todos nos conocemos, a pesar de ser cientos de miles de residentes. —Su pregunta sonó incisiva, al punto que se hizo notoria la incomodidad de ella.

—Justamente por lo que has dicho antes, T’Prot, porque te amo. Los d’agam’anat no podemos amar, ¿recuerdas? O no debemos… —A la joven se la veía atemorizada observándolo todo a su alrededor con disimulo.

Miró hacia atrás. La muchedumbre estaba llamativamente en silencio, por completo, lo cual podía no ser bueno. Cientos de residentes escuchaban la garla con incisiva atención, petrificados como si no respirasen, sin pestañeos, sin dejar de observarlos ni un solo instante. V’Vota ya casi no tenía sonrisa en su rostro.

—No hay ninguna ley que prohíba los sentimientos, ni el amor ni ningún otro. —afirmó T’Prot con entusiasta convicción.

Frunció el ceño. Su preocupación hizo que dejara atrás la simpatía; esto ya no era divertido para ella. V-Vota quería divertirse sin preocupaciones, no deseaba profundizar temas confusos que no tenían respuestas ni mucho menos soluciones.

—Lo sé, T´Prot. No hay leyes de Rdrilveria que lo impidan, pero tenemos nuestros principios. —Con este argumento, tenía esperanzas de que T’Prot descartase el asunto y fuese festivo.

—Te refieres a… —reflexionó él enseguida, en voz alta—. …los principios de Kriiba: No adolecer, no perdonar, no amar… Nadie nos obliga a respetar eso, V’Vota. Rdrilveria es un sitio libre de cultos, podemos escoger la religión que nos plazca.

—Somos d’agam’anat, T’Prot, no elegimos religiones como las prendas de vestir que nos ponemos antes de salir de casa. Nosotros somos la devoción, respetamos la fe que nos dio vida. Nosotros somos Kriiba.

—V’Vota, nunca me creí capaz de llegar a sentir algo tan intenso por alguien, no como lo que ahora siento por ti. —Sus ojos brillaban, los de ella también.

La mujer devolvió sonrisa plena a su rostro. Su amado, aunque desconocido T´Prot, había vuelto a ser más divertido ahora, casi como antes. Así le gustaba que él fuese, así lo quiere para ella.

—Me sucede exactamente lo mismo. El solo hecho de verte me cambió todo. —Le dijo ella con gran alegría. Entrecruzaba dedos de las manos a la altura de los pechos—. Pero T’Prot… somos diferentes. —Su sonrisa se apagó, su expresión cambió drásticamente casi de inmediato. Para él, fue como si de pronto se hiciera de noche.

—No somos diferentes, no digas eso. —negó él muy enfático.

—Lo somos, no te engañes a ti mismo. —Le reafirmó V-Vota. Ya no tenía ni pizca de la sonrisa que antes ostentó.

—Eso no es cierto, mi querida V-Vota. ¿Por qué dices tal cosa? —insistía en saber T’Prot, pues creía desconocer algún detalle.

—Tú bien sabes que yo… en fin… soy fiel devota de Kriiba, no soy una simple residente de Rdrilveria, como otras… —Explicaba ella al tiempo que extendía sus brazos y giraba en derredor—. Tú eres diferente, T’Prot, eres… más abierto, un elegido tal vez para algo más que por ahora no entendemos. Eso nos hace muy diferentes. —exclamaba convencida y seria.

—Pero… ¿qué dices? ¿Elegido por quién? ¿Por Kriiba? ¿Cómo podría ser yo un elegido del amo del inframundo, cuando claramente demuestro con mi amor hacia ti que no respeto sus principios? ¿Por qué piensas eso? Tú no eres una mujer más… si lo fueses… —T’Prot señalaba a los curiosos presentes con el dedo índice derecho, mientras hablaba con evidente desprecio— …no podrías sentir nada de lo que sientes por mí, ni emitir la energía que siento que emanas cuando me ves. —Sus palabras sonaban creíbles, pero para V’Vota hacía falta más que el solo hecho de afirmar tal argumento.

—Soy como cualquier mujer d’agam’anat, T’Prot, no tengo nada de especial. Quizás… tan solo esté confundida y crea sentir algo que no comprendo. Quizás… también tú crees percibir energía proveniente de mi espíritu, porque me has visto en tu sueño como una mujer ideal para ti. Pero los sueños son para eso, T’Prot, para hacer realidad las cosas que no podemos hacer en la vida real. El sueño te ha confundido, ha hecho que tus propios ojos te engañen hasta ahora. Soy como cualquiera.

—No es así, sabes que no. No eres como cualquiera para mí.

—Nada es lo que parece cuando Vakroy, en su afán por entorpecer el sendero que Kriiba nos ha enseñado, pone sus embarradas manos delicadas en tu alma. Seguro que sólo ves en mí lo que él quiere que veas, sólo sientes lo que él quiere que sientas. —El discurso de V-Vota, frío como témpano del polo, se clavó cual puñalada en el ya entristecido corazón de T’Prot.

—¿Qué es el amor entonces, V’Vota? ¿Qué es sino todo eso que has resumido? —La pregunta de T’Prot sonó resignada e irritada. Sentía un nudo en la garganta, eso le hacía dificultoso el tragar saliva—. ¿Debemos hacer a un lado los sentimientos? ¿Segura? ¿Debemos hacer de cuenta que no sentimos nada? —Sonaba más angustiado, preocupado, nada divertido para ella.

—T’Prot… Debes hacer que tu aura se cure de tal necesidad, debes desprender a Vakroy de tu ser y fusionarte con la esencia de Kriiba en un único cuerpo. —Se apresuró a responder ella.

—¿Fusionarme? ¿Por qué? ¿Cómo se lograría eso? —T’Prot se reprimió, estaba al borde del llanto.

—Deberás beber esto. —respondió ella.

V’Vota levantó los brazos hasta dejarlos paralelos al suelo. Los unió, luego enseñó a T’Prot algo que tenía en su manos con las palmas hacia arriba, las cuales estaban curvadas cual si fuesen cuencos. Acercó esto a los labios del triste y confundido hombre.

—¿Qué es? —quiso saber él.

T’Prot apuntó sus ojos a lo que sea que ella le enseñaba entre sus manos. Lo que allí veía era un líquido de color turquesa, por momentos celeste, por momentos verde muy claro, según el ángulo desde donde se lo mirase o la luz que lo iluminase. El líquido parecía ser espeso. Las pocas gotas que se escapaban fuera de las pequeñas manos ahuecadas de ella, caían al suelo estiradas como resina. El rostro de T’Prot reflejaba desconfianza.

—Nada que conozcas, se llama Termotrilitrón, pero es casi lo mismo que el agua, T’Prot, abundante fuente de toda vida y muerte en Zyllyön. —Se limitó a responder ella con simpleza. Su tono de voz sonaba a: <<¿Qué otra cosa podría ser?>>

—No… ¿se supone que esto que me ofreces me fusionará con Kriiba? —rechazó él, justo antes de dar un paso atrás.

Ella dio dos pasos hacia delante, volvió a quedar de nuevo justo frente a T’Prot, casi a la misma distancia de antes. De hecho quedó más cerca.

—Claro T’Prot, vida pura. El Termotrilitrón te unirá a él para siempre. No habrá diferencias entre nosotros. Los núcleos de nuestras almas se sincronizarán, todo será felicidad absoluta como Kriiba desea, eterna. Será todo diversión desde entonces, gozo, placer, todo lo que quieras sin límites, sin las cadenas de los sentimientos. Por favor, bebe. —explicaba V’Vota sonriente, entusiasta, también exigente. Él no estaba del todo seguro de beber eso, pese a las promesas de felicidad eterna que le ofrecía. Pero por ella era capaz de hacer casi cualquier cosa. Beber eso no parecía ser un sacrificio demasiado grande—. Hazlo por mí.

—Pues… si esto ha de otorgarnos una unión que dure una eternidad, entonces beberé… lo haré por ti. —decidió él.

Ella no parecía percatarse de las palabras de él, sólo aguardaba ceremonialmente a que bebiese de sus manos. Su sonrisa era silenciosa con gruesos labios pequeños. T’Prot tomó las pequeñas manos de la mujer entre las suyas, como si de un verdadero cuenco se tratase. Las acercó a su boca. Finalmente bebió el líquido espeso hasta la última gota. Le sabía gélido, con cierta bioluminiscencia que le iluminaba incluso la cavidad bucal desde dentro al tragar. Le resultaba innegablemente deliciosa, a pesar de que no tenía gusto, contrario a lo que hubiera esperado. Cuando acabó de beber, devolvió las manos a V’Vota, quien sonriente reculó un par de pasos y recogió ambos brazos.

Él se pasó el dorso de la mano por la boca, se limpió las luminosas gotas pringosas. Los efectos secundarios no tardaron en manifestarse. Al inicio, T’Prot sintió una especie de estallido electroestático que reventó en su estómago desde dentro hacia fuera y se hizo extensivo hacia el resto del cuerpo. El dolor se propagó muy rápido hacia cada molécula, hacia cada célula transportada por el torrente sanguíneo. Luego, sintió un segundo estallido electroestático, esta vez más potente.

—¿Qué…? V’Vota, ¿qué me has… me has envenenado? —logró preguntar T’Prot en medio de un repentino sufrimiento tan desconocido como doloroso y tortuoso.

Los estragos en sus órganos internos ostentaron la más poderosa demostración de destrucción. Hicieron que T’Prot se precipitase de golpe al suelo. Los adoquines del empedrado peatonal donde cayó, se encontraban empapados por agua de lluvia. Al parecer había comenzado a llover en algún momento indeterminado; T’Prot nunca se percató de eso hasta ahora. Sufrió oleadas de un intenso dolor interno que lo sacudieron en frecuentes espasmos. Su cuerpo se estremeció de pies a cabeza de un modo frenético, ingobernable, insoportable. Sufrió fuertes convulsiones intrínsecas que se apoderaron de sus músculos, esqueleto, cuerpo y de todo su ser por completo.

Los residentes, rígidos como efigies de limo, atestiguaban todo con rostros pétreos. La piel de T’Prot se quemaba desde dentro hacia fuera en este tortuoso proceso destructivo. Muy pronto su piel se chamuscó, como consecuencia de la potente fusión electroestática, generada a causa de aceleradas reacciones químicas naturales del Termotrilitrón y su sangre. De golpe las convulsiones acabaron. También terminaron los espasmos y los movimientos frenéticos. Se evaporó el último hálito de vida de T’Prot. Sus ojos ya sin párpados quedaron abiertos, sus manos agarrotadas con dedos en forma de garras y los dientes quedaron fuera de una boca sin labios. Su cuerpo se desintegraba.

V’Vota se horrorizó a tal punto que quedó boquiabierta, con sus ojos oscuros inundados en lágrimas. Giró ciento ochenta grados, le dio la espalda al cadáver en proceso de desintegración de T’Prot. Trató de mirar a todos los residentes que tenía a la vista, los cuales a su vez, aún la estaban viendo.

—¡Ha bebido! ¡Ha bebido, desgraciados! ¡Malditos autómatas! ¡Ahora cumplan con su parte! —exigió a gritos desconsolados y con lágrimas en los ojos la enfurecida V-Vota.

Se dirigió a todos los residentes, sin dejar de girar al tiempo que gritaba a quienes rodeaban la escena. Gruesas lágrimas caían desde sus ojos. Notaba que sus palabras, no conseguían generar ni una pizca de reacción alguna en los serios rostros de los imperturbables residentes.

Había perdido toda dulzura, pero nada del amor hacia T’Prot.