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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 3

Refugio

Príncipe del inframundo · Luis Aníbal Nez

Lajosz da otro paso.

La suela de una bota resbala sobre la piedra húmeda, pero consigue mantener el equilibrio. Camino Este se extiende frente a él como una franja gris entre los campos ennegrecidos. Las piedras antiguas que delimitan la calzada están cubiertas de musgo y ceniza. Algunas se han desprendido de la tierra y yacen inclinadas junto al camino, como lápidas arrancadas de un cementerio.

Detrás de él, Tryendryk continúa ardiendo.

El resplandor de Ciudadela Dorada ya no alcanza el cielo con la misma intensidad. Las llamas se han reducido en ciertos sectores y han crecido en otros. La ciudadela parece respirar con dificultad, como un animal enorme que todavía se niega a morir.

Lajosz no vuelve la mirada.

La sangre de Dianod continúa seca sobre su espada.

Cada vez que mueve el brazo, el peso de la hoja le recuerda lo que acaba de abandonar. No sabe si los demonios siguen persiguiéndolo. Durante un rato, escucha ramas que se quiebran detrás de él y pasos que se mezclan con el ruido del viento. Después, todo se queda en silencio.

Ese silencio es peor. Los demonios no gritan cuando cazan.

Lajosz avanza con la mano apoyada sobre el costado. La herida vuelve a abrirse y la sangre comienza a empapar la tela que lleva bajo la armadura. Respira con dificultad. El aire nocturno ya no le quema tanto los pulmones, pero cada inhalación se vuelve más corta que la anterior.

A lo lejos, entre dos lomas bajas, aparece una luz. No es el fulgor rojizo de la ciudadela ni el resplandor azulado de los demonios. Es una luz pequeña, amarilla y temblorosa. Una llama protegida detrás de una ventana.

Lajosz abandona el camino. Camina cuesta abajo, entre los tallos secos de un campo abandonado. El terreno está cubierto de surcos endurecidos y restos de plantas que se rompen bajo sus botas. Cada pocos pasos, debe detenerse para recuperar el aliento. La luz continúa allí, inmóvil, mientras el resto del reino parece desplazarse alrededor de ella.

Al acercarse, distingue una casa baja construida con piedra oscura y barro endurecido. Tiene un techo inclinado de madera y placas metálicas. A un costado hay un cobertizo, un pozo y una pequeña huerta cercada con estacas. El lugar parece una finca modesta, pero no está abandonado.

Una cuerda atraviesa el camino de entrada. De ella cuelgan piezas de metal que chocan entre sí cuando el viento las mueve.

Lajosz se detiene frente a la barrera.

En la oscuridad, algo se mueve detrás de la casa.

Desenvaina la espada dorada. El esfuerzo le arranca un gemido. La punta de la hoja se inclina hacia el suelo. Durante un instante, cree que una figura se acerca entre los árboles. Luego distingue la silueta de un hombre que sostiene un hacha.

—No dé un paso más —le advierte el hombre.

Lajosz intenta mantenerse erguido.

—Necesito agua.

—Hay un pozo en el camino.

—No puedo llegar hasta él.

El hombre levanta el hacha. No parece joven. Tiene los hombros anchos, el cabello gris y una barba corta que le cubre parte del rostro. Lleva un abrigo grueso, botas embarradas y una vela pequeña en la otra mano. Sus ojos se detienen en la armadura dorada, pero casi enseguida pasan a la espada.

—Apártese de la casa.

—No busco hacerle daño.

—Eso dicen todos.

La puerta se abre detrás del hombre. Una mujer aparece con otra vela en la mano. Es más baja que él y lleva el cabello recogido bajo un pañuelo oscuro. Permanece en el umbral sin acercarse.

—Lenyon —dice—, no lo dejes ahí fuera.

—No sabemos quién es.

—Está herido.

—También puede estar fingiendo.

Lajosz siente que las piernas vuelven a ceder. La espada golpea contra la tierra y él se apoya sobre la empuñadura. La mujer observa el movimiento.

—No, no está fingiendo.

Lenyon no baja el hacha.

—Podría atraerlos.

—Ya están cerca.

Como si la frase los convocara, un sonido atraviesa la noche. No es un grito, tampoco un rugido. Es el ruido de algo que raspa lentamente una superficie de piedra. Lenyon mira hacia el oeste. La mujer sopla la vela y apaga la llama. El campo queda sumido en la oscuridad.

—Entre —dice la mujer.

—Onvána…

—Entre, Lenyon.

El hombre duda. Luego baja el hacha, se aparta de la barrera y hace un gesto hacia la casa. Lajosz cruza el camino de entrada como puede, con las fuerzas que le quedan. Al pasar junto a Lenyon, el hombre observa el emblema de Tryendryk bajo el barro y las placas doradas abolladas.

—Esa armadura no le sirve de mucho —murmura.

—Ya lo sé.

—Entonces quítesela antes de entrar.

Lajosz no responde.

En el interior de la casa hace más frío de lo que esperaba. Hay una habitación principal con una mesa, dos bancos, una cocina de piedra y una escalera que conduce a un nivel superior. Las paredes están cubiertas de herramientas, cuerdas, recipientes de barro y pequeñas piezas de metal. No hay adornos, salvo una imagen tallada en madera que representa una figura con las manos abiertas frente a un círculo.

Una niña observa a Lajosz desde el pie de la escalera. Es delgada y lleva una camisa clara, pantalones oscuros y un chal de lana sobre los hombros. Su cabello cae suelto a ambos lados del rostro. No parece asustada. Mira la espada, la armadura y la sangre que gotea desde el costado de Lajosz.

—Ánvana —dice Onvána—, trae agua caliente.

La niña no se mueve.

—¿Es un soldado?

—Trae el agua.

Ánvana mantiene los ojos sobre Lajosz durante un instante más. Después desaparece por una puerta lateral. Lenyon cierra la puerta y coloca una barra de madera sobre ella.

—¿Cuántos vienen detrás de usted? —pregunta.

—No lo sé. Muchos. Diez, quizá once.

—¿Demonios?

—Probablemente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Lenyon se vuelve hacia él. A la luz débil de la cocina, su expresión cambia. Ya no parece solamente desconfiado. También parece cansado.

—¿De dónde viene?

Lajosz mira la mesa.

—De Ciudadela Dorada.

Onvána le señala un banco.

—Siéntese.

—No puedo quedarme.

—Entonces muera de pie, si eso le parece mejor.

Lajosz se sienta.

La armadura cruje al doblar las piernas. Lenyon se acerca con cautela y le ayuda a quitarse las placas del pecho. Una de las correas está cortada. Otra se encuentra tan hundida que debe emplear el mango del hacha para aflojarla. Cuando retira la última pieza, la camisa de Lajosz aparece pegada a la piel por la sangre. Onvána se acerca con un cuenco de agua caliente. Ánvana la acompaña y lleva varias tiras de tela.

—No tenemos medicinas —dice Onvána—. Solo agua, sal y algunas hojas secas.

—Será suficiente.

—No sabe si será suficiente.

—No.

Onvána corta la tela con un cuchillo pequeño. La herida se extiende por debajo de las costillas y continúa hacia el abdomen. No parece profunda, pero la sangre ha empapado varias capas de ropa. La mujer limpia la piel sin hacer preguntas. Lajosz aprieta los dientes.

—Puede gritar —dice Onvána.

—No ayudaría.

—A veces ayuda a soportarlo.

—No quiero que me escuchen.

Lenyon permanece junto a la puerta.

—Ya saben que estamos aquí.

Onvána lo mira.

—No necesariamente.

—Una vela encendida en una casa aislada se ve desde el camino.

—La apagué.

—Después de que entrara.

Ánvana se acerca a la ventana y observa el exterior a través de una rendija de la madera. No parece tener miedo, pero tampoco aparta la mano del cuchillo que lleva sujeto a la cintura.

—No hay nadie —dice.

—Todavía —responde Lenyon.

Onvána coloca una tela limpia sobre la herida y la ajusta con fuerza. Lajosz se inclina hacia delante.

—¿Qué hay más allá de la finca?

—El camino continúa hasta el puente Ítsza —responde Lenyon—. Después comienza la frontera.

—¿Está abierto?

Lenyon no responde de inmediato.

—¿Lo estaba?

—Esta tarde, sí.

—¿Y ahora?

—Desde que la ciudadela comenzó a arder, nadie sabe qué está abierto y qué ya no existe.

Onvána termina de vendarlo.

—Han llegado personas desde el este durante toda la noche. Algunas dicen que la reina consorte sigue en la ciudadela. Otras aseguran que la han visto escapar. También dicen que el príncipe está muerto. Lajosz levanta la mirada.

—¿Qué dicen los soldados?

—Los soldados dicen lo que necesitan que la gente crea —responde Lenyon.

Ánvana se aleja de la ventana.

—En el camino hay una fila de carros.

—¿Cuántos?

—Más de diez.

Lenyon maldice en voz baja.

—¿Refugiados?

—Familias enteras. Se detuvieron junto al puente.

—Entonces los guardias no dejarán pasar a nadie.

Lajosz se incorpora con dificultad.

—Necesito llegar allí.

Onvána le apoya una mano sobre el hombro.

—No antes de que deje de sangrar.

—No tengo tiempo.

—El tiempo no le pertenece.

Lajosz mira los ojos de la mujer. Son oscuros y tranquilos, pero en ellos hay algo que no encuentra en los soldados de la ciudadela ni en los nobles que ha conocido toda su vida. No hay obediencia. Tampoco hay reverencia.

—¿Quiénes son los guardias? —pregunta.

—Hombres de Tryendryk —dice Lenyon—. Algunos pertenecen a la guarnición del puente. Otros llegaron desde las tierras del este. Nadie sabe quién obedece a quién.

—¿Y dejan pasar a los refugiados?

Lenyon suelta una risa seca.

—Dejan pasar a quienes tienen un sello, monedas o un nombre que todavía importe.

—Yo tengo un nombre que importa.

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas. La habitación queda en silencio. Onvána se vuelve hacia él. Lenyon deja de mirar la puerta. Ánvana observa a Lajosz con una atención diferente.

—Todos creen eso —dice Lenyon.

Lajosz baja la mirada. La última imagen de Dianod aparece en su memoria. El muchacho le exige una promesa como si la vida de ambos dependiera de ella. Después se arroja contra los demonios con un cuchillo pequeño. Un nombre puede importar y no servir para nada. Onvána retira el cuenco vacío.

—Debería dormir.

—No puedo.

—Entonces cierre los ojos sin dormir.

—Si me quedo, los pongo en peligro.

—Ya está dentro de nuestra casa —responde Onvána—. El peligro llegó con usted, pero no lo trajo necesariamente usted.

Lenyon la mira.

—No sabemos eso.

—Tampoco sabemos lo contrario.

Desde el exterior llega un ruido metálico. Las piezas colgadas de la cuerda chocan entre sí. Lenyon apaga la vela. Ánvana se aparta de la ventana y toma el cuchillo.

—¿Son ellos? —pregunta.

Nadie responde. El ruido vuelve a escucharse. Esta vez llega acompañado por voces humanas.

—¡Abran en nombre de Tryendryk!

Lenyon mira a Lajosz.

—¿Puede caminar?

—Sí.

—No parece.

—Puedo hacerlo.

—Entonces hágalo sin discutir.

Lenyon abre una trampilla en el suelo, junto a la cocina. Debajo aparece una escalera estrecha que desciende hacia la oscuridad.

—Es un depósito —explica—. Hay sacos de grano y herramientas. Puede esconderse allí.

Lajosz mira la espada.

—No puedo dejarla.

—Si la lleva, la encontrarán.

—No.

—Si se la quitan, al menos seguirá vivo.

Lajosz aprieta la empuñadura.

—No me la quitarán.

—Eso depende de cuántos sean.

Golpean la puerta con insistencia y violencia.

—¡Abran!

Lenyon toma el hacha. Onvána se coloca delante de la trampilla. Ánvana continúa junto a la ventana, con el cuchillo en la mano. Lajosz desciende. La escalera termina en una habitación baja que huele a tierra, grano y humedad. Hay sacos apilados contra las paredes. En un rincón descansa una carreta desmontada. Lajosz se coloca detrás de ella y apoya la espada contra el pecho. Desde arriba, escucha cómo retiran la barra de madera.

—¿Qué sucede? —pregunta Lenyon.

—Buscamos a un hombre herido.

—Aquí no hay nadie.

—Hemos visto una luz.

—La casa es nuestra. Encendemos velas cuando queremos.

—También hemos visto sangre en el camino.

—Hay animales en la finca.

—No estamos buscando animales.

La voz pertenece a un hombre joven. No suena cruel, sino agotada. Lajosz se agacha detrás de los sacos. La trampilla permanece abierta. Desde allí puede ver parte de la habitación principal. Las botas de dos soldados cruzan el suelo. Una tercera figura se queda junto a la puerta.

—¿Cuántas personas viven aquí? —pregunta el soldado.

—Mi esposa, mi hija y yo.

—¿Nadie más?

—Nadie.

—¿Dónde está la niña?

—Aquí —responde Ánvana.

—Acércate.

Ánvana obedece. Sus pasos se detienen a pocos centímetros de la trampilla.

—¿Has visto a un soldado?

—No.

—¿A un hombre con armadura dorada?

—No.

—¿A alguien que huye desde la ciudadela?

—He visto el incendio.

—No he preguntado eso.

—Entonces no.

El soldado guarda silencio.

—¿Te parece gracioso?

—No.

—No me gusta que me mientan.

—A mí tampoco.

Lenyon interviene antes de que la situación empeore.

—Mi hija no ha hecho nada.

—Todos dicen lo mismo.

Las botas se acercan a la cocina. Una mano mueve el cuenco que Onvána ha dejado sobre la mesa. El soldado examina la tela ensangrentada que queda en el borde.

—¿Qué es esto?

—Un vendaje —dice Onvána.

—¿Para quién?

—Para mi esposo.

—¿Qué le ocurre?

—Una herramienta le golpeó el costado.

—¿Dónde está la herida?

—Debajo de la ropa.

—Muéstramela.

—No.

La respuesta de Onvána es serena. El soldado se vuelve hacia ella.

—¿Qué ha dicho?

—He dicho que no.

—Puedo registrarla.

—Puede intentarlo.

El silencio se vuelve pesado. Lajosz desliza una mano hacia la espada. No ve el rostro del soldado, pero puede imaginar la escena. Un hombre armado frente a una familia desprotegida. Tres soldados contra una mujer, un agricultor y una muchacha. Si sube, matará al primero antes de que los otros puedan reaccionar. Después tendrá que matar a los demás. No puede hacerlo. No otra vez. Dianod no le pidió que se convirtiera en una máquina de matar.

—Hemos recibido órdenes de cerrar todos los caminos hacia el puente —dice el soldado—. Nadie cruza sin autorización.

—¿Por qué? —pregunta Lenyon.

—Porque la frontera está bajo amenaza.

—¿De los demonios o de las personas?

—De ambos.

Algo golpea la puerta desde el exterior. Todos se vuelven hacia el sonido. El golpe no es humano. Es demasiado fuerte y demasiado lento. Una segunda embestida hace vibrar los goznes. Los soldados desenfundan sus espadas.

—¿Qué fue eso? —pregunta uno.

El hombre que habla desde la puerta no responde. Afuera, algo raspa la pared de piedra. Lajosz reconoce el sonido. La criatura de ojos azulados está allí. Los soldados comienzan a retroceder. Lenyon cierra la puerta y coloca nuevamente la barra. Onvána toma a Ánvana del brazo y la lleva hacia la parte trasera de la habitación.

—¿Cuántos son? —pregunta el soldado.

—No lo sé —dice Lenyon.

—Usted vive aquí.

—No pertenecen a mi finca.

El primer soldado se acerca a la ventana y mira por la rendija. Un resplandor azul atraviesa la oscuridad exterior. El hombre retrocede.

—Hay uno.

—¿Uno? —pregunta otro.

—No está solo.

Las criaturas comienzan a moverse alrededor de la casa, no atacan todavía. Se desplazan entre las paredes, rozando la piedra con sus cuerpos. Las piezas de metal colgadas de la cuerda repican sin que el viento las toque. Lajosz sale de detrás de los sacos. Lenyon lo ve desde arriba.

—¿Qué hace?

—Si se quedan aquí, morirán —suelta Lajosz.

—Si sale, también.

—Puedo atraerlos.

—No sabe cuántos son.

—Sé lo que buscan.

—¿Qué buscan?

Lajosz mira la sangre de su propia ropa.

—A mí.

El soldado de la puerta levanta la espada.

—¿Quién es usted?

Lajosz lo observa desde la trampilla, no responde.

En ese instante, una de las criaturas golpea la pared con tanta fuerza que el techo cruje. Polvo y pequeñas piedras caen sobre la mesa. Ánvana mira hacia arriba.

—Van a entrar.

Lenyon se vuelve hacia los soldados.

—Hay una salida posterior.

—¿A dónde conduce?

—A los campos.

—No podemos salir.

—Entonces quédense aquí.

El soldado más joven mira a sus compañeros. Ninguno parece dispuesto a permanecer dentro de la casa. La criatura vuelve a golpear. Esta vez una grieta se abre en la pared exterior. Lajosz sube la escalera y toma su espada. Lenyon le bloquea el paso.

—No.

—Apártese.

—No voy a dejar que saque eso aquí dentro.

—Si entran, la necesitarán.

—No sabe quiénes somos.

—No necesito saberlo.

Lenyon sostiene su mirada. Durante unos segundos, ninguno se mueve. Después, el agricultor se aparta.

—La salida trasera está detrás del cobertizo. Hay un canal seco que llega hasta el camino del puente. No es visible desde la calzada.

—¿Por qué me lo dice?

—Porque si las criaturas lo siguen hasta aquí, también las veremos morir.

Lajosz comprende la verdad de sus palabras. Lenyon no actúa por compasión. Actúa porque su familia necesita que él se marche. Aun así, le entrega algo que no tiene obligación de darle.

—¿Puede caminar? —pregunta Onvána.

—Sí.

—No mienta.

—Puedo caminar.

—Eso no es lo mismo.

Ánvana aparece junto a la puerta trasera. Lleva un abrigo grueso sobre los hombros y sostiene una lámpara apagada.

—El canal está despejado —dice.

Lenyon mira hacia ella.

—¿Estás segura?

—Hay huellas, pero ninguna reciente.

—¿De quién?

—No lo sé.

La pared vuelve a estremecerse. Una mano deformada atraviesa la grieta. Los soldados retroceden. Uno de ellos cae contra la mesa. El otro levanta la espada y se queda inmóvil, incapaz de decidir si atacar.

Lajosz empuja la puerta trasera. El aire frío entra en la casa. Antes de salir, observa a la familia. Onvána tiene una mano sobre el hombro de Ánvana. Lenyon sostiene el hacha junto a la entrada. Los soldados se preparan para enfrentar algo que ninguno de ellos comprende.

—Gracias —dice Lajosz.

Lenyon no responde. Onvána sí.

—No nos dé las gracias todavía.

Lajosz sale al exterior. El cobertizo se alza a pocos pasos de la casa. Corre agachado hasta alcanzar una abertura entre dos muros bajos. Detrás comienza el canal seco. Es una zanja estrecha cubierta por hierbas y ramas. El terreno desciende hacia el oeste, en dirección al río. Antes de adentrarse en ella, escucha el primer grito. No proviene de un demonio, sino de uno de los soldados. Lajosz gira. La pared de la casa cede con un estruendo. La luz azul se extiende sobre el techo y convierte las piedras en superficies húmedas y brillantes.

Una figura demasiado larga emerge entre los restos de la pared. Lenyon golpea una de sus extremidades con el hacha. La criatura apenas se mueve. Lajosz da un paso hacia la casa y se detiene. En el interior, Onvána grita el nombre de su esposo. Ánvana responde. Los soldados atacan sin coordinación. La espada de uno de ellos se quiebra contra una garra.

Lajosz puede regresar e intentar salvarlos. También puede morir junto a ellos sin conseguirlo.

El rostro de Dianod vuelve a aparecer en su memoria. El muchacho le ordena correr, como si su vida tuviera un valor que Lajosz todavía no alcanza a comprender, así que se interna en el canal. Avanza con dificultad entre el barro seco y las raíces. La pendiente le obliga a apoyarse en las paredes. Cada pocos metros, debe detenerse para respirar. Detrás, la finca se llena de golpes, gritos y madera quebrada. No vuelve a mirar.

El canal continúa bajo un grupo de árboles. Cuando el terreno se aplana, Lajosz se arrodilla y permanece inmóvil. La noche guarda silencio una vez más. Espera. No oye pasos detrás de él, ni tampoco la voz de Lenyon. Lajosz cierra los ojos. Sabe que ha vuelto a huir. Esta vez no corre para salvarse solamente a sí mismo, sino porque alguien le ha indicado un camino. Todavía no sabe si la familia continúa viva.

Al amanecer, el canal desemboca en una hondonada. Desde allí, Lajosz observa Camino Este. Más adelante, entre la niebla, se eleva una construcción de piedra que atraviesa el río. El puente Ítsza tiene cuatro arcos y torres bajas en ambos extremos. Sobre las torres ondean estandartes oscuros, empapados por la humedad. Hay soldados apostados en las entradas. También hay carros: decenas de ellos permanecen detenidos junto a la calzada. Algunos están cargados con muebles, mantas y jaulas de animales. Otros transportan personas que duermen amontonadas bajo telas. Una mujer sostiene a un niño contra el pecho. Un anciano permanece sentado en el suelo con las manos atadas. Nadie cruza.

Lajosz distingue una barrera de madera atravesada frente al puente. En uno de los postes hay una placa metálica con un sello de la corona. Incluso desde la distancia reconoce el emblema; es el de Rev. Debajo del sello, una inscripción ordena cerrar el paso hacia Reszászország hasta nuevo aviso. Lajosz permanece oculto entre las hierbas. No sabe si la orden procede realmente de la reina consorte. De hecho, ni siquiera sabe si Rev continúa viva. Desconoce quién tiene autoridad ahora mismo para cerrar el único camino hacia el oeste mientras Tryendryk arde detrás de él. Quizá sea su tío Tiklos quien tenga autoridad, pero no puede estar seguro.

Lo único que comprende es que el puente está vigilado por hombres aterrados. Un sonido débil llega desde la finca. Podría ser el viento, un animal, alguien que aún respira.

Lajosz mira hacia atrás. Después observa el puente. La frontera se encuentra al otro lado de la barrera. El reino que puede ayudarlo está a pocos minutos de distancia, pero entre él y Reszászország hay soldados, refugiados, órdenes selladas y un río oscuro que arrastra ceniza. Lajosz baja la mirada hacia su espada. La sangre de Dianod continúa adherida a la hoja. No puede atravesar el puente como príncipe. Todavía no.

Se cubre con el abrigo que Onvána le ha dejado y abandona la hondonada por el lado opuesto. Camino Este queda frente a él, lleno de personas que esperan una autorización que quizá nunca llegue. Lajosz se mezcla con los refugiados. Por primera vez desde que abandona Ciudadela Dorada, nadie lo mira como un príncipe ni siquiera como un hombre. Ahora solo es otro cuerpo herido que intenta llegar al otro lado.