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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 1 / 3

Promesa

Príncipe del inframundo · Luis Aníbal Nez

Lajosz corre sin saber cuánto tiempo lleva huyendo.

El aire le entra en los pulmones como una cuchilla. Cada respiración le quema la garganta y le deja un sabor metálico en la boca. Ha perdido el casco dorado en algún punto del camino, aunque no recuerda cuándo. Tampoco sabe cuánto falta para que su cuerpo deje de responderle. Solo continúa como puede; trastabilla, pero avanza.

A su espalda, más allá de las tierras bajas y de los campos abandonados, el reino de Tryendryk arde como nunca.

El resplandor de Ciudadela Dorada se eleva por encima del horizonte como una segunda puesta de Küny. No es una luz cálida ni hermosa. Las murallas doradas reflejan los incendios de las zonas pobladas exteriores y convierten el cielo violáceo en una extensión rojiza y enferma. De vez en cuando, una columna de humo oscurece el fulgor de la ciudadela y luego vuelve a apartarse, empujada por el viento.

Lajosz no se atreve a mirar durante demasiado tiempo. Cada vez que lo hace, recuerda los insoportables alaridos, los caballos desbocados entre las veredas, las puertas derribadas, los cuerpos que ya no se mueven y las voces de los soldados que piden refuerzos a gritos, mientras algo enorme golpea los muros desde el otro lado. Recuerda a su madre, Rev, la reina consorte, siendo apartada de él por guardias de la corona.

Y también recuerda a Minoszet entre la multitud, separada de su familia y perdida en una ciudadela que ya no obedece a nadie.

No sabe si alguna de las dos sigue viva, ni si alguna vez volverá a verlas. La única certeza que conserva es que debe llegar a Camino Este y aún más allá, cruzando un puente que apenas conoce de nombre. Deberá adentrarse en lo desconocido, donde comienza el reino de Reszászország. Allí todavía quedan ejércitos, ciudades fortificadas y hombres capaces de enfrentarse a lo que ha escapado de las tierras nororientales.

Si logra alcanzar la frontera, podrá pedir ayuda, regresar quizás y salvar a los suyos. Eso se repite a sí mismo cada vez que puede, al tiempo que sus piernas amenazan con doblarse. Aún puede regresar. Aún puede salvarlos.

La armadura dorada que lleva puesta ha dejado de parecerle una protección hace mucho tiempo. Las placas le pesan sobre los hombros y le golpean las costillas a cada paso. Algunas están hundidas; otras han perdido las piedras engarzadas. La sangre seca cubre buena parte de su pecho y se mezcla con el barro que le salpica las piernas. Su espada cuelga de la cintura, pero no tiene fuerzas para desenvainarla.

El terreno desciende suavemente hacia una zona de cultivos abandonados. Las hileras de plantas se han convertido en tallos secos, inclinados bajo el peso de la ceniza. Una carreta volcada obstruye el camino. Lajosz debe desviarse y continuar entre surcos endurecidos.

Entonces oye los primeros sonidos: un alarido lejano y desesperado. Después, el ruido de algo pesado golpea la tierra. Lajosz acelera cuanto puede.

Los demonios ya han abandonado la ciudadela; no necesita verlos para saberlo. Los ha escuchado dentro de Ciudadela Dorada, ha oído sus voces ásperas, sus gruñidos roncos y esa lengua oscura que parece compuesta por piedras arrastradas sobre metal. Sabe que un grupo avanza detrás de él, rápido, sin pausa.

Una bandada de aves sale de los árboles cercanos y cruza el cielo en desorden. Algunas chocan entre sí o caen al suelo sin que nada visible las alcance.

Lajosz siente que sus rodillas ceden. Se apoya con una mano sobre el costado. Debajo de la armadura, la herida ha vuelto a abrirse. La sangre le corre por el abdomen y desciende hasta la cintura. Aprieta los dientes y continúa. El sendero hacia Camino Este queda todavía más adelante. No puede detenerse.

Algo se mueve entre los cultivos aledaños.

Lajosz se detiene de golpe y lleva la mano a la espada.

Una figura pequeña aparece entre los tallos secos. Corre hacia él con la cabeza baja y tropieza a cada pocos pasos. Es un muchacho delgado, cubierto de polvo y ceniza. Lleva una camisa demasiado grande, pantalones remendados y un cuchillo corto sujeto a la cintura.

No lo ve.

Lajosz intenta apartarse, pero ambos chocan con violencia. El muchacho cae de espaldas. Lajosz pierde el equilibrio y termina arrodillado sobre la tierra húmeda. La espada golpea contra una piedra. Durante unos instantes, ninguno de los dos se mueve.

—¿Estás herido? —le pregunta Lajosz.

El muchacho lo observa con los ojos muy abiertos. Tiene un corte en la frente y una marca oscura en la mejilla.

—Tú… eres el príncipe.

Lajosz siente que la sangre se le enfría.

—Levántate.

—Eres Lajosz.

—Levántate y corre.

El muchacho no obedece. Mira la armadura dorada, el escudo abollado y el emblema de Tryendryk que todavía puede distinguirse bajo el barro.

—Dijeron que habías muerto.

—Si ese es el rumor, conviene que siga circulando.

Un estruendo sacude el aire.

Los dos vuelven la mirada hacia Ciudadela Dorada. Más allá de los campos, una nube negra se eleva sobre las murallas. Dentro de ella se mueven destellos azulados, eléctricos, como relámpagos atrapados entre las cenizas.

El muchacho se incorpora con dificultad.

—¿Vas hacia Camino Este?

—Sí.

—Entonces vas en la dirección equivocada.

Lajosz lo mira sin comprender.

—Reszászország está al oeste.

—Lo sé. Pero el camino está vigilado.

—¿Por quién?

El muchacho tarda en responder.

—Por ellos.

Un nuevo grito atraviesa la noche y esta vez no proviene de la ciudadela. Lajosz escucha el golpeteo irregular de varias criaturas que avanzan entre los árboles. El sonido se acerca con rapidez. El muchacho aprieta el cuchillo.

—¿Cómo te llamas?

—Dianod.

El nombre queda suspendido entre ambos, insignificante y definitivo al mismo tiempo.

—Dianod, si conoces otro camino, guíame.

—No hay otro camino que te lleve hasta la frontera.

—Entonces sigue corriendo.

Dianod niega con la cabeza.

—No puedo.

Lajosz observa el rostro sucio del muchacho. No debe tener más de doce o trece ciclos de vida. Es muy pequeño para estar allí, demasiado delgado para enfrentarse a cualquiera de las criaturas que se aproximan.

—No voy a dejarte.

—No puedes llevarme contigo.

—Puedo intentarlo.

—No. —Dianod mira hacia los árboles—. Tú debes seguir.

Lajosz se pone de pie. El esfuerzo le arranca un gemido. Por un momento, tiene que apoyarse en la espada para no caer.

—Lo que está ocurriendo aquí solo trae muerte —dice Lajosz—, pero si vienes conmigo, quizá podamos llegar juntos.

Dianod suelta una risa breve y sin alegría.

—¿Juntos, adónde? ¿Al reino Reszászország? ¿A Puerto del Soberano, otra capital como Ciudadela Dorada, donde los pobres pueden morir fuera de las murallas mientras los ricos observan desde arriba?

Lajosz baja la mirada.

—No sabes quién soy. No sabes si soy quien dices.

—Sé perfectamente quién eres. La armadura es inconfundible. También lo dice la forma en que hablas. Y lo dice tu manera de mirar hacia atrás cada vez que escuchas un grito.

Las criaturas ya están cerca. Algo pesado quiebra ramas.

Lajosz desenvaina una espada de hoja dorada y afilada. El movimiento le provoca un dolor agudo en el hombro derecho, pero logra mantenerse firme.

—Dianod, ven conmigo.

El muchacho lo mira durante un largo instante.

—Cuando seas rey —dice—, no permitas que vuelva a existir ninguna otra Villa Pobreza en Tryendryk.

Lajosz no responde.

—¿Me has oído?

—Sí.

—No me lo prometas como príncipe. Ellos prometen cosas cuando quieren conseguir algo.

Las ramas tiemblan detrás de ellos.

—Prométemelo como el hombre que algún día tendrá que gobernar el reino entero. Prométemelo como un amigo.

Hace una pausa. El silencio entre ambos se prolonga.

—Para que valga la pena que sigas con vida —agrega.

Lajosz siente que no puede respirar. Un nudo se le forma en la garganta y le aprieta.

A unos pasos, un pequeño fuego arde entre las plantas secas. Quizá pertenece a una familia que ha abandonado la zona durante la noche. Cerca de las llamas hay una olla volcada y un montón de mantas ennegrecidas.

Dianod observa el fuego. Después mira la espada dorada de Lajosz, bruñida y cubierta de engarces.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Dilo.

Lajosz aprieta la empuñadura, labrada y cubierta de engarces.

—Cuando sea rey, no volverá a existir jamás una Villa Pobreza en ninguno de los territorios de Tryendryk. Te lo prometo, joven Dianod.

Dianod sostiene su mirada.

—Ahora sí, vete.

Lajosz no se mueve.

De entre los árboles surge la primera criatura. Tiene el cuerpo encorvado y demasiado largo, cubierto por una piel oscura que parece húmeda. Sus brazos terminan en manos deformes, con dedos delgados y articulaciones invertidas. Detrás de ella avanzan otras figuras, algunas con cuerpos humanoides y otras unidas a extremidades animales.

Una luz azulada brilla en el interior del rostro de la primera criatura.

Dianod levanta el cuchillo.

Lajosz da un paso hacia él.

—No.

—Corre.

—No voy a dejarte aquí.

—Vete, ya me has dejado algo.

Dianod se lanza hacia las criaturas. Lo hace sin gritar. No lleva armadura ni espada, ni tiene ninguna posibilidad de vencer. Solo tiene aquel cuchillo pequeño y la promesa que acaba de arrancarle a un príncipe.

La primera criatura lo golpea con el dorso de una mano. Dianod sale despedido y cae sobre la tierra. Antes de que pueda incorporarse, otra figura se abalanza sobre él.

Lajosz avanza, pero no puede dejar de ver lo que ocurre con Dianod.

Un demonio se interpone en su camino. La espada dorada choca contra una garra y el impacto le adormece todo el brazo. Retrocede, trastabilla y casi cae. La criatura abre la boca. Dentro no hay lengua ni dientes, sino una oscuridad palpitante.

Dianod vuelve a levantarse.

Se arroja contra la espalda de la criatura que se encuentra frente a Lajosz y le clava el cuchillo en el cuello repetidas veces. El demonio gira. Dianod apenas tiene tiempo de mirarlo.

Una criatura lo sujeta por el torso y lo levanta del suelo. Otra se acerca por detrás. Una tercera le arranca el cuchillo de la mano.

—¡Corre! —grita Dianod.

Lajosz se queda paralizado.

Ve cómo el cuerpo del muchacho desaparece bajo aquellas formas oscuras. Ve sus manos golpeando las garras que lo sostienen y cómo una de las criaturas le abre el costado, mientras otra lo arroja contra el suelo como si fuese un muñeco de trapo.

Dianod grita una sola vez.

Lajosz quiere regresar, atacar, cumplir la promesa en ese mismo instante, aunque todavía no sea rey ni sepa cómo.

Pero entonces comprende que Dianod no está luchando para vencer. Está comprando tiempo a un precio demasiado caro.

Lajosz retrocede.

La criatura de ojos azulados gira hacia él. Entre sus garras aún cuelga parte de la camisa de Dianod. La luz celeste vuelve a encenderse en lo profundo de su rostro.

Lajosz corre. Se odia por la cobardía que le impone la huida. No vuelve a mirar atrás.

Atraviesa los campos secos, deja atrás la carreta volcada y continúa por el sendero que desciende hacia el oeste. El dolor deja de importarle, también la sangre. Solo oye el ruido de sus propios pasos y, detrás, los alaridos que se apagan uno por uno.

Cuando alcanza la elevación del terreno, observa un sendero pavimentado. Camino Este se extiende frente a él entre dos hileras de piedras antiguas. Más allá, muy a lo lejos, comienza el paso hacia el puente que conduce directamente a Reszászország. Un poste inclinado señala la frontera con letras casi borradas por la intemperie.

Lajosz se detiene, aún dentro del territorio de Tryendryk.

A sus espaldas, el cielo normalmente violáceo de su reino arde y se tiñe de rojo.

Mira la espada dorada cubierta de sangre. No sabe cuánto de esa sangre pertenece a los demonios y cuánto a Dianod.

Cierra los ojos.

Por un instante, vuelve a ver el rostro del muchacho.

Cuando los abre, da un paso hacia el oeste, siguiendo Camino Este.

Luego otro.

Todavía no ha cruzado la frontera, pero ya no existe un camino de regreso.