
El puente Ítsza no se abre.
La fila de refugiados permanece inmóvil frente a las puertas de hierro. Algunos llevan horas bajo la lluvia fina que baja desde las colinas. Otros cargan niños dormidos, sacos vacíos o heridas cubiertas con trapos. Nadie habla demasiado. Las voces se apagan cada vez que un soldado levanta la lanza.
Lajosz permanece entre ellos con la cabeza inclinada. La capa de Onvána todavía le cubre el cuerpo. Debajo, la armadura dorada se siente como una segunda piel, rígida y pesada. Cada movimiento le recuerda que sigue llevando encima todo aquello de lo que intenta escapar. Tryendryk queda a su espalda. No necesita mirar para saber que el reino continúa ardiendo.
Un soldado baja por la fila y revisa a los refugiados uno por uno. Les pide sellos, permisos, monedas o nombres que todavía tengan algún valor. A quienes no poseen nada de eso los aparta hacia una zona de barro junto a la muralla.
Una mujer intenta explicar que su marido está al otro lado.
El soldado le golpea la boca con el reverso de la mano.
Nadie se mueve.
Lajosz siente que el cuerpo se le tensa. La mano derecha se le cierra lentamente, aunque no lleva el arma al alcance. Sabe que bastaría con dar un paso, apartar al soldado y decir quién es. Sabe que su nombre todavía tiene valor, incluso si Tryendryk ha caído.
Pero también sabe lo que ocurrirá después.
Los hombres de la frontera lo entregarían a quien controlara el paso. Si Tiklos ocupa el trono, su supervivencia convierte a Lajosz en una amenaza. Si Rev sigue viva, su nombre podría servir para encontrarla. En cualquier caso, dejaría de ser un refugiado y volvería a ser una pieza.
El soldado continúa avanzando.
—Tú.
Lajosz levanta los ojos.
El hombre señala la capa.
—¿Qué escondes?
—Nada.
—Todos esconden algo.
El soldado tira del borde de la tela. Lajosz retrocede apenas. El movimiento revela una parte de la armadura, un destello dorado bajo la lluvia.
El hombre entrecierra los ojos.
Antes de que pueda apartar la capa, alguien tropieza contra él desde atrás. La fila se comprime. Un anciano cae al suelo y arrastra a otras dos personas. Un niño empieza a llorar.
El soldado pierde el equilibrio.
Lajosz aprovecha el instante para cubrirse de nuevo.
—¡Atrás! —grita el guardia.
La multitud obedece con una rapidez que parece ensayada.
Entonces oye una voz conocida.
—¡Lajosz!
No gira.
La voz vuelve a llamarlo, más cerca.
—¡Lajosz!
Esta vez reconoce el tono. Es Ánvana.
La niña aparece entre dos carretas, con el cabello pegado a la frente y una herida seca en la mejilla. Onvána la sigue, sujetando a Lenyon por el brazo. Lenyon tiene la ceja abierta y camina con dificultad. El hombre mira a Lajosz durante unos segundos, como si todavía estuviera decidiendo si debe alegrarse de verlo.
Onvána llega hasta ellos.
—Pensamos que estabas muerto.
—Yo pensé lo mismo de ustedes.
—La casa cayó —dice Lenyon—. Pero el canal no estaba completamente seco. Onvána encontró una salida detrás del establo.
Ánvana mira la capa.
—¿Te escondiste con eso?
Lajosz no responde.
Onvána sí entiende.
—No vuelvas a sacarlo —murmura—. Aquí no.
El puente continúa cerrado. Al otro lado de la muralla, las torres del puesto fronterizo se elevan sobre la neblina. Más allá no hay ninguna villa: solo una empalizada baja, el puesto de control y varios caminos que se cruzan y se separan hacia distintos puntos de Reszászország.
La diferencia resulta insoportable.
Desde la retaguardia llega un sonido profundo, parecido a un rugido lejano. Algunas personas levantan la cabeza. Los soldados también lo escuchan, aunque fingen no hacerlo.
Un capitán aparece sobre la muralla.
—¡Abrid el paso para los registrados! —ordena—. ¡Los demás esperan!
Las puertas comienzan a moverse.
La fila se divide.
Lenyon busca entre sus ropas y saca una pequeña placa de madera, marcada con el emblema de una familia agrícola. El capitán la observa desde arriba y hace un gesto de desprecio.
—Eso no sirve.
—Somos de la zona oriental —dice Lenyon—. Tenemos derecho a pasar.
—Tenían derecho antes de la orden.
—No podemos volver.
El capitán mira hacia el humo que se extiende detrás de ellos.
—Nadie vuelve.
Un grupo de soldados baja hasta la fila. Separan a quienes tienen documentos, aunque algunos papeles ya están empapados y apenas se pueden leer. El resto debe permanecer en el puente hasta que haya espacio.
Onvána aprieta la mano de Ánvana.
Lajosz observa cómo los guardias empujan a Lenyon hacia un lado. Uno de ellos le arranca la placa de madera y la arroja al barro.
—¡Espera! —dice Lajosz.
El soldado se vuelve.
—¿Qué has dicho?
Lajosz siente el peso de todas las miradas.
Podría decir que la placa pertenece a una familia honrada. Podría ordenar que los dejen pasar. Podría exigir una audiencia con el responsable de la frontera.
Pero no tiene autoridad visible. Solo una armadura escondida y un apellido que debe mantener enterrado.
—Que el hombre está herido —responde—. No puede caminar solo.
El soldado lo golpea en el pecho.
La armadura oculta recibe el impacto. El dolor se extiende hasta el hombro.
—No te he pedido opinión.
Ánvana se interpone.
—¡Déjalo!
Onvána la sujeta antes de que el guardia pueda tocarla.
—No —susurra—. No hagas que te vean.
La frase queda suspendida entre ellos.
Lajosz comprende que todos han aprendido la misma regla: sobrevivir exige no llamar la atención.
Al fondo del puente, alguien grita.
No es una voz humana.
El sonido atraviesa el aire con una vibración que hace temblar las barandas de piedra. Los caballos de las carretas se encabritan. La multitud se rompe. Unos corren hacia la puerta; otros intentan regresar.
Los soldados levantan las armas.
—¡Que nadie se mueva!
Nadie los escucha.
Una figura oscura aparece entre los árboles del lado de Tryendryk. Está demasiado lejos para distinguir su forma, pero avanza con una velocidad imposible. Tras ella surgen otras.
La gente comienza a empujarse.
Un niño cae entre las piernas de los adultos. Ánvana se suelta de Onvána y desaparece en la confusión.
—¡Ánvana! —grita su madre.
Lajosz se lanza hacia el lugar donde la ha visto por última vez.
Un caballo golpea el suelo. Una carreta vuelca. La multitud se abre durante un instante y Lajosz encuentra a la niña agachada junto a la baranda, con las manos cubriéndose la cabeza.
La levanta.
—No mires atrás.
—¿Ya están aquí?
—No —miente él.
Lajosz la entrega a Onvána. Luego se vuelve hacia el extremo del puente.
Las criaturas todavía no han llegado a las puertas, pero los soldados ya las han visto. El capitán grita una orden. Los arqueros se colocan sobre la muralla.
—¡Abrid! —ruge—. ¡Abrid ahora!
Las puertas se separan por completo.
La multitud entra en Reszászország como si atravesara una herida.
Lajosz cruza junto a la familia.
Al pasar bajo el arco de piedra, mira hacia el suelo. Una línea blanca atraviesa el puente y marca la frontera entre ambos reinos. No hay magia en ella. No hay barrera ni ceremonia. Solo una franja de cal desgastada por miles de pasos.
Lajosz la pisa.
Al otro lado, el aire parece más frío.
Los soldados cierran las puertas detrás de ellos.
El golpe del hierro retumba sobre el puente.
Por primera vez desde la caída de la Ciudadela Dorada, Tryendryk queda completamente separado de él.
Los refugiados salen del puesto fronterizo por uno de los caminos que conducen hacia el interior. Nadie les explica cuál es su destino. Solo saben que deben alejarse del puente.
Ánvana continúa junto a Onvána. Lenyon avanza con el rostro pálido, sosteniéndose contra una carreta. Lajosz camina detrás de ellos, todavía cubierto por la capa.
Después de medio día de marcha, la empalizada de Fénecs comienza a recortarse contra el cielo. Desde lejos se distingue un obelisco oscuro en el centro, rodeado por una plaza amplia. Las casas se apiñan alrededor de ella. Hay humo en las chimeneas, puestos cerrados y grupos de personas armadas en cada esquina.
Al aproximarse, llegan a un letrero de piedra que anuncia el nombre del lugar: Fénecs.
La villa está llena de refugiados.
Los soldados los conducen hacia la plaza central. Allí se registran nombres, procedencias y oficios. A quienes no pueden demostrar que tienen un destino concreto los obligan a permanecer en el perímetro exterior.
Lajosz escucha acentos de distintos reinos. Hay comerciantes de las costas, campesinos de las montañas y familias que aseguran haber atravesado caminos secundarios durante días. Todos hablan de demonios. Todos han visto algo que las autoridades prefieren negar.
Un hombre discute con un guardia.
—Mi hermano está dentro de la villa.
—Entonces que venga a buscarte.
—No puede. Está enfermo.
—Eso no es asunto mío.
El guardia lo aparta de la fila.
Más adelante, un grupo de soldados se congrega alrededor de una estructura de madera.
Ánvana mira hacia allí.
—¿Qué pasa?
Nadie responde.
La multitud se mueve lentamente en esa dirección, atraída por los gritos. En el centro de la plaza hay un poste de ejecución. Un hombre está atado a él con las manos por encima de la cabeza. Tiene la camisa desgarrada y la cara cubierta de sangre.
Un funcionario lee un documento frente a la gente.
—El acusado es declarado culpable de propagar falsas alarmas, incitar al desorden y colaborar con fuerzas enemigas. Durante la noche, intenta abrir la puerta oriental de la villa y afirma que una horda demoníaca se acerca desde Tryendryk.
El condenado levanta la cabeza.
—No es falso.
Su voz apenas se escucha.
El funcionario continúa leyendo.
—La sentencia queda dictada en nombre de la autoridad fronteriza.
—¡No es falso! —grita el hombre—. ¡Los he visto! ¡Están cruzando el bosque!
Algunas personas se apartan. Otras se persignan.
Un soldado golpea al condenado en el estómago.
Lajosz observa sus ojos. No ve en ellos la mirada de un embustero. Ve el mismo terror que ha visto en los soldados del puente.
—Lo van a matar —dice Ánvana.
—Sí.
—¿Por qué?
Lajosz mira al funcionario.
—Porque todos necesitan creer que miente.
El condenado vuelve a gritar.
—¡Cerrar las puertas no sirve! ¡No son ejércitos! ¡No vienen a negociar!
Un capitán se acerca al poste.
—¿Todavía quieres continuar?
El hombre respira con dificultad.
—Quiero que alguien escuche.
Lajosz siente algo romperse dentro de él.
Ha visto esas criaturas. Las ha visto despedazar a Dianod. Las ha visto descender sobre Tryendryk mientras los soldados abandonaban sus puestos. El hombre no está inventando nada.
Da un paso hacia la plaza.
Onvána le sujeta el brazo.
—No.
—Está diciendo la verdad.
—Eso no significa que puedas salvarlo.
Lajosz la mira.
—¿Cómo sabes que no?
—Porque aquí todos tienen miedo de lo mismo. Y cuando la gente tiene miedo, necesita que alguien sea culpable.
El funcionario termina de leer.
El verdugo se acerca al poste.
Lajosz avanza.
—¡Esperen!
Las cabezas se vuelven.
El capitán observa la capa, las botas embarradas y el rostro pálido.
—¿Tienes algo que añadir?
—Sí. Yo también los he visto.
Un murmullo recorre la plaza.
El funcionario baja el documento.
—¿A los demonios?
—Sí.
—¿Dónde?
—En Tryendryk.
—¿Eres soldado?
—No.
—¿Entonces qué eres?
La pregunta lo alcanza con una precisión brutal.
Lajosz mira al condenado. El hombre lo observa desde el poste, sorprendido de encontrar a alguien dispuesto a respaldarlo.
—Un refugiado —responde.
El capitán sonríe sin humor.
—Un refugiado no puede cuestionar una sentencia.
—La sentencia es falsa.
El capitán se acerca.
—¿Conoces al acusado?
—No.
—¿Y esperas que creamos tu palabra?
—No tienen que creerme. Solo tienen que detenerse y mirar el bosque.
Algunas personas levantan la vista hacia las murallas.
El capitán hace un gesto.
Dos soldados sujetan a Lajosz por los brazos.
El condenado intenta incorporarse.
—¡Déjenlo! ¡Él sabe lo que está diciendo!
El capitán se coloca frente a Lajosz.
—Aquí no estás en Tryendryk. Aquí nadie se salva por tener un apellido.
Lajosz siente que algo duro le roza el cuello. Uno de los soldados ha desenvainado una espada corta.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta el capitán.
Lajosz no responde.
El silencio se extiende por la plaza.
Puede decirlo. Puede pronunciar su nombre y obligarlos a escuchar. Puede mostrar el emblema de su familia, exigir protección diplomática y reclamar el derecho a intervenir en cualquier territorio que aún reconozca la corona de Tryendryk.
Pero también puede condenarse.
Si el capitán lo reconoce, lo arrestará. Si no, alguien lo venderá. Si sus enemigos reciben la noticia de que ha cruzado el puente, la persecución comenzará de nuevo. Y la familia de Lenyon quedará atrapada junto a él.
El soldado presiona la espada contra su garganta.
—Te he preguntado tu nombre.
Lajosz mira a Ánvana.
La niña lo observa desde los brazos de Onvána. Su rostro está sucio. Todavía sostiene el pequeño cuchillo con el que lo recibió en la casa.
Por un instante, Lajosz vuelve a ver a Dianod.
No recuerda su rostro completo. Apenas conserva algunos detalles: el pelo oscuro, la respiración entrecortada y sus intentos tristes por sonreír. Recuerda sus manos empujándolo hacia el camino y la promesa que le obligó a hacer.
«Cuando seas rey, no permitas que vuelva a existir una Villa Pobreza en Tryendryk».
Lajosz traga saliva.
—Me llamo Dianod.
Ánvana frunce el ceño.
—¿Dianod?
—Sí.
El capitán parece aburrirse.
—No conozco ese nombre.
—No necesitas conocerlo.
Lajosz vuelve la mirada hacia el condenado.
—Ese hombre no es culpable.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque dice la verdad.
—Entonces demuéstralo.
El capitán señala la espada.
—Dime quién eres realmente. Dime qué autoridad tienes para contradecir una sentencia dictada por la frontera.
Lajosz no responde.
El condenado entiende antes que nadie.
—Tú sabes quién eres —murmura.
Lajosz lo mira.
—Cállate.
—Si dices tu nombre, me dejarán vivir.
La plaza parece detenerse.
El hombre no suplica por compasión. Le está ofreciendo una salida. Sabe que la autoridad que Lajosz oculta tiene más fuerza que todas sus palabras.
El capitán se vuelve hacia el condenado.
—¿Qué ha dicho?
Lajosz aparta la mirada.
—Nada.
El verdugo sube al estrado.
—¡No! —grita el condenado.
Lajosz se libera de uno de los soldados y da un paso hacia el poste. El segundo guardia le golpea la espalda con la empuñadura. Cae sobre una rodilla.
El dolor le atraviesa el cuerpo.
Podría levantarse, desarmar a los dos hombres, alcanzar el poste y cortar las cuerdas.
Pero entonces tendría que sacar la espada, moverse como alguien entrenado para matar, mostrar la armadura y dejar de ser Dianod.
El condenado vuelve a gritar.
—¡Diles quién eres!
Lajosz se queda inmóvil.
El verdugo tira de la cuerda.
El cuerpo del hombre se sacude contra el poste.
Ánvana grita.
Onvána le cubre los ojos.
Lajosz levanta la cabeza, incapaz de apartar la mirada.
El condenado tarda demasiado en morir. Sus pies golpean la madera. Sus manos buscan algo que no existe. Su boca continúa moviéndose, pero ningún sonido llega hasta la plaza.
Después, el cuerpo queda quieto.
El verdugo se aparta.
El funcionario dobla el documento.
—La sentencia ha sido cumplida.
Nadie aplaude ni protesta.
Desde las murallas llega un repique de campanas: una vez, dos, tres veces.
Los soldados se vuelven hacia el bosque.
Más allá de las casas, detrás de las defensas orientales, una columna de humo oscuro se eleva entre los árboles. La misma forma que Lajosz distingue en el puente aparece sobre la línea de la colina.
La gente empieza a correr.
El capitán ordena cerrar las puertas de la villa.
El funcionario rompe el documento en dos.
Lajosz permanece arrodillado junto al poste.
Ha cruzado la frontera y ha recibido otro nombre. Aun así, no consigue salvar a nadie.
Ánvana se acerca lentamente. Onvána intenta detenerla, pero la niña continúa hasta ponerse frente a él.
—¿Por qué dijiste que te llamabas Dianod?
Lajosz mira el cuerpo del condenado.
—Porque alguien con ese nombre me salvó la vida.
—¿Dónde está?
Lajosz levanta los ojos hacia la empalizada. El humo se extiende sobre el bosque y oculta el cielo.
—En Tryendryk.
Ánvana no entiende la respuesta.
Lajosz se pone de pie con dificultad. En la plaza, los soldados comienzan a empujar a los refugiados hacia las casas. Nadie sabe todavía qué se acerca. Nadie quiere decirlo en voz alta.
Lajosz observa el obelisco de Fénecs, inmóvil en el centro de la villa.
Por primera vez desde que abandona la Ciudadela Dorada, comprende que el reino al que acaba de llegar tampoco está preparado para salvarse.
Y comprende algo más.
Si quiere mantener viva a Rev, encontrar a Minoszet y regresar algún día a Tryendryk, tendrá que seguir caminando como un desconocido, como un refugiado, como Dianod.
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