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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 5 / 6

Revelación

Pescando al amanecer · Luis Aníbal Nez

El golpe regresó desde el otro lado del espejo y le atravesó el puño.

No fue dolor. Fue peso.

La superficie cedió bajo sus nudillos y una oscuridad líquida le envolvió el brazo hasta el hombro. Recen tiró hacia atrás, pero algo lo sujetaba desde el reflejo. Los demás hombres hicieron lo mismo con un instante de anticipación: forcejearon, doblaron las rodillas y abrieron la boca antes de que el grito saliera de la suya.

La habitación se inclinó.

Los espejos dejaron de mostrarlo. En cada uno apareció un ojo cerrado.

—Abra los ojos —repitió Calahan.

Recen obedeció.

La luz blanca le perforó las pupilas. Intentó levantar una mano y descubrió que tenía las muñecas sujetas. También los tobillos, el pecho y la frente. Respiró por la boca. El aire olía a metal, desinfectante y piel encerrada.

Sobre él había un aro negro del que descendían filamentos transparentes. Algunos terminaban adheridos a sus sienes; otros desaparecían debajo del tejido ceñido que cubría su cuerpo. Pequeñas luces azules se desplazaban por ellos en dirección a una máquina situada detrás de su cabeza.

Recen tiró de las correas.

La plataforma bajo su espalda vibró, corrigiendo el movimiento.

—Celeste.

Su voz apenas fue un roce.

Nadie respondió.

La sala era circular. No había espejos, sino paneles oscuros dispuestos alrededor de la plataforma. En uno permanecía la silueta de Cat. En otro flotaban números y líneas que Recen no comprendía. En el más cercano, tres letras blancas aparecieron durante un segundo:

NET.

El panel invirtió la imagen al reflejarla sobre la superficie contigua.

TEN.

Recen dejó de respirar.

El muchacho de la bicicleta apareció detrás de las letras. Conservaba la chaqueta azul, las botas limpias y el rostro sereno, pero no proyectaba sombra sobre el cristal.

—Buenos días, señor Skantranovic.

Recen embistió contra las correas. La que le cruzaba la frente le mordió la piel.

—¿Dónde está la niña?

—Rosa ha sido retirada.

—Tráela.

—No existe fuera del entorno.

Recen volvió a tirar. Algo cedió junto a su muñeca derecha con un chasquido. No supo si había sido la sujeción o uno de sus huesos.

—¡Tráela!

Las luces azules de los filamentos aceleraron. El dolor regresó a su piel, primero como calor y después como miles de agujas que penetraran al mismo tiempo.

—Basta —dijo Calahan.

La figura de Cat desapareció del panel.

Una puerta se abrió en la pared. El hombre que entró tenía el mismo rostro, aunque la realidad le había añadido cansancio alrededor de los ojos y una cicatriz fina bajo la mandíbula. No llevaba el abrigo gris, sino una chaqueta sin solapas sobre una camisa oscura. En su muñeca brillaba un círculo azul que cambiaba de forma con cada paso.

Recen lo siguió con la mirada.

—Te maté.

—Era una representación.

—Sentí tu garganta.

—Fue justo lo que el sistema necesitaba que sintiera.

Calahan se detuvo fuera del alcance de sus piernas. No había miedo en su postura, pero tampoco la serenidad complaciente de Cat. Mantenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás y una mano cerca del círculo de su muñeca.

—Soy el doctor Calahan, director clínico de su tratamiento.

—Eres Cat.

—De ese modo interactuamos con usted en ese entorno.

—Eras él.

—En parte.

Recen miró el panel donde Ten permanecía inmóvil.

—¿Y ese?

—Net administra el sistema.

—Se llama Ten.

—Usted lo llama así.

—Él me dijo su nombre.

—Escogió un nombre que usted pudiera conservar sin reconocerlo.

Las letras volvieron a aparecer detrás del muchacho. Recen las leyó de izquierda a derecha y luego en el reflejo. Sintió que algo se desplazaba dentro de su cráneo, una pieza antigua buscando su posición.

—Diecisiete años —dijo.

Calahan no contestó.

—Viví allí diecisiete años.

—Para usted, sí.

—La cabaña era mía.

—Son recuerdos, preferencias y respuestas recogidas durante las primeras etapas del tratamiento.

—Yo corté cada tabla.

Recen cerró los ojos. Vio sus manos cubiertas de aserrín, una viga suspendida entre dos caballetes, el primer fuego encendido en la estufa. Los recuerdos poseían peso, temperatura, cansancio. Ninguno contenía un día anterior al lago.

—¿Cuánto tiempo?

—La respuesta a eso no le ayudará.

—¿Cuánto?

Calahan miró uno de los paneles.

—Mucho menos de diecisiete años.

Recen abrió los ojos.

—Me los robaste.

—Intentamos darle algo que nunca había conseguido conservar.

—¿Qué?

—Una vida sin víctimas.

La sala quedó en silencio.

El aro sobre la plataforma emitió un pulso grave. Recen sintió la vibración dentro de los dientes.

—Lila —dijo Calahan—. Violeta. Rosa. Ninguna era una persona. Fueron construidas para evaluar su respuesta ante la cercanía, la contradicción, el deseo y la pérdida.

—Gritaron.

—Porque debían responder a lo que usted hiciera.

—Sangraron.

—Porque usted esperaba sangre.

Recen recordó el filo abriendo la garganta de Cat. La línea azul antes del rojo. El cuerpo de Violeta hundiéndose en el barro. Lila junto a la puerta.

—Las maté.

Calahan demoró la respuesta.

—Eligió matarlas.

Algo golpeó dentro del pecho de Recen. No fue culpa. Fue una puerta intentando cerrarse.

—Rosa me recordó.

—Rosa empezó a recordar datos que no le pertenecían. Su contacto con usted alteró la construcción.

—Era Celeste.

—No.

La correa de la muñeca derecha terminó de romperse.

Recen liberó la mano y alcanzó a Calahan antes de que el hombre pudiera tocar el círculo azul. Sus dedos se cerraron alrededor de su garganta. Esta vez encontró piel, cartílago y una pulsación irregular.

Dos paneles se abrieron al mismo tiempo. Entraron cuatro custodios cubiertos por armaduras oscuras, sin insignias. No llevaban bastones cromados, sino varas cortas que chisporrotearon al desplegarse.

—Suéltelo —ordenó uno.

Recen apretó.

Calahan no intentó apartarle la mano. Lo miró desde muy cerca, con el rostro enrojecido y los ojos húmedos por la presión.

—Esto —consiguió decir— también es una elección.

La primera descarga le atravesó la espalda.

Los músculos se contrajeron sin obedecerlo. Soltó a Calahan, pero no cayó: las correas restantes lo mantuvieron sujeto a la plataforma. La segunda descarga le cerró la mandíbula. La tercera apagó la sala.

Despertó caminando.

Una capucha áspera le cubría la cabeza. Tenía las manos inmovilizadas detrás de la espalda y una abrazadera alrededor de cada tobillo. Dos personas lo sostenían por los brazos. Otras pisadas avanzaban delante y detrás.

No veía, pero el lugar no estaba en silencio. Escuchaba puertas que se abrían antes de que llegaran, motores ocultos detrás de las paredes y voces lejanas que se interrumpían al paso del grupo. Bajo sus pies, el suelo comenzó a moverse por sí solo. Durante varios minutos caminaron sin avanzar y avanzaron sin caminar.

Recen contó los cambios de dirección.

Siete a la izquierda. Cuatro a la derecha. Un descenso. Dos tramos rectos demasiado largos.

Cuando le quitaron la capucha, se encontraba frente a una celda.

Los barrotes no eran cromados, sino negros y opacos. Continuaban hacia arriba hasta perderse en una altura ocupada por corredores idénticos. Había celdas enfrente, debajo y encima. Algunas contenían figuras inmóviles. Otras parecían vacías. Ninguna tenía un número visible.

La puerta se abrió sin ruido.

Lo empujaron dentro.

Recen cayó de rodillas. La puerta volvió a cerrarse detrás de él.

El aire le golpeó la cara con una mezcla de humedad estancada, sudor rancio, orina y algo dulzón que prefirió no identificar. De algún punto alto caía un goteo irregular. Más allá de los barrotes, chillidos y llantos aislados atravesaban los corredores; a veces un grito estallaba y se multiplicaba en ecos hasta confundirse con otros. El lugar entero parecía respirar por gargantas que no conseguían callarse.

La celda tenía dos literas moldeadas en la pared, un lavabo sin cañerías visibles y un rectángulo opaco donde debía estar la ventana. En la cama inferior dormía un hombre de espaldas.

Recen se incorporó. Las abrazaderas se habían abierto, pero aún llevaba las muñecas sujetas. Golpeó el hombro del desconocido con el pie.

El hombre despertó sobresaltado. Era ancho, calvo en la coronilla y tenía una oreja deformada por una cicatriz. Primero miró las botas de Recen. Después su rostro.

—No puede ser.

Recen retrocedió un paso.

—¿Me conoces?

El hombre se sentó. Una sonrisa insegura le abrió la cara.

—Recen.

Pronunció el nombre como si acabara de encontrar a alguien entre los muertos.

—Soy Mercen.

Recen buscó el recuerdo y no encontró nada.

—No sé quién eres.

La sonrisa desapareció.

—Entonces volvieron a meterte allí.

—¿Dónde?

Mercen miró hacia los barrotes antes de responder.

—En tu lago.

Recen se abalanzó sobre él. Le apoyó las manos sujetas contra el pecho y lo estampó contra la pared.

—¿Cómo sabes del lago?

—Porque me lo contaste la primera vez que te sacaron.

—Nunca salí.

—Has salido muchas veces.

La frase lo dejó sin fuerza durante un instante.

Mercen aprovechó para apartarlo. No intentó devolverle el golpe. Se quedó junto a la litera, frotándose el pecho.

—Cada vez vuelves sin recordar —dijo—. Cada vez juras que fue la primera.

—Mientes.

—Ojalá.

En el rectángulo opaco apareció una claridad gris. No mostraba el exterior, sino una sucesión de datos. El nombre de Recen encabezaba una columna. Debajo había fechas, barras rojas y una palabra repetida que no alcanzó a leer antes de que la pantalla volviera a apagarse.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó.

Mercen soltó una risa breve, sin humor.

—Por lo mismo que todos.

—No te pregunté por todos.

El otro hombre lo estudió. Parecía decidir cuánto podía decir sin acercarse demasiado.

—Después del incendio empezaste a matar.

Recen sintió el humo antes de recordar el fuego.

—Celeste.

Mercen bajó la vista.

—Sí.

—¿Dónde está?

—Recen...

—¿Dónde está mi hija?

La pregunta hizo que Mercen mirara nuevamente hacia los barrotes.

—Murió en el incendio.

Esta vez el recuerdo no se cerró.

Una ventana cubierta de hollín. Dos manos pequeñas golpeando el vidrio. Recen corriendo hacia la entrada. El techo de un corredor derrumbándose entre ambos. Alguien sujetándolo por la cintura mientras él arañaba el suelo. Una voz infantil llamándolo desde un lugar al que el fuego había llegado primero.

Después, sirenas.

Una manta sobre algo demasiado pequeño.

Recen cayó sentado en el borde de la litera.

No lloró. El llanto pertenecía al hombre que había vivido junto al lago, y ese hombre se estaba deshaciendo con la cabaña.

—¿Quién provocó el incendio?

—Nunca me lo dijiste.

—Tú estabas allí.

—No.

—Me conocías.

—Te conocí después.

Recen levantó la cabeza.

—¿Después de qué?

Mercen tardó demasiado.

—Después de que empezaras.

El silencio entre ambos cambió de forma.

Llegaron otros recuerdos, pero no en orden: un callejón mojado; un hombre de rodillas; la empuñadura de un cuchillo entrando y saliendo de un abrigo; una mujer que cerraba una puerta; sus propios nudillos cubiertos de sangre que no provenía de ningún pez. Rostros desconocidos. Habitaciones distintas. Siempre la misma calma posterior.

Recen miró sus manos.

—No eran ellos.

—¿Quiénes?

—Los que murieron en el fuego.

Mercen no respondió.

—No eran ellos —repitió Recen—. Pero seguían vivos.

El otro hombre dio un paso atrás.

—Recen, siéntate.

—Podían volver a sus casas.

—No hagas esto.

—Podían abrazar a sus hijos.

Mercen alzó ambas manos.

—Escúchame. Eso pasó hace mucho.

—Para mí pasó esta mañana.

Recen se puso de pie.

Mercen intentó llegar a los barrotes. Recen enganchó la cadena de sus muñecas alrededor del cuello del hombre y tiró hacia atrás. Ambos cayeron entre las literas. Mercen golpeó con los codos, buscó aire y arañó el tejido negro de los brazos de Recen.

Una alarma comenzó a pulsar en el corredor.

—Suéltame —consiguió decir Mercen.

Recen apoyó una rodilla entre sus omóplatos.

—Tú lo recordabas.

—No fui yo.

—Y aun así seguías aquí.

Tiró de la cadena.

La puerta de la celda se abrió.

Cuando los custodios entraron, Mercen ya no se movía.