
Uno de los custodios se arrodilló junto a Mercen y apoyó dos dedos bajo su mandíbula. Los demás inmovilizaron a Recen contra el suelo. Una vara descargó electricidad en su costado; otra quedó suspendida a pocos centímetros de su nuca.
—Sin pulso.
Recen intentó volver la cabeza.
—Él lo recordaba.
Nadie le respondió.
Una rodilla le aplastó la mejilla contra el piso. Alcanzó a ver el rostro de Mercen entre las botas negras, un ojo abierto y la marca hundida que la cadena había dejado alrededor de su cuello.
—Él sabía.
La vara descendió.
Esta vez la oscuridad no llegó de golpe. Empezó en sus manos y avanzó por los brazos, apagándolo desde los extremos. Antes de perder la vista, escuchó una voz sobre la alarma.
—No vuelvan a conectarlo.
Despertó bajo el aro negro.
Las correas eran nuevas. Una le inmovilizaba cada dedo por separado; otra le ceñía la mandíbula. Los filamentos de sus sienes se habían multiplicado. Ya no terminaban únicamente en la máquina detrás de su cabeza: cruzaban la sala y desaparecían en los paneles, como raíces transparentes.
Calahan estaba junto a uno de ellos. Llevaba una banda oscura alrededor del cuello. La piel que asomaba por encima tenía el color de una fruta golpeada.
Recen sonrió.
—Esta vez eras tú.
Calahan no se tocó la herida.
—Sí.
—Y Mercen también.
El médico sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Mercen era un recluso.
—Lo pusiste conmigo.
—Se autorizó una interacción controlada.
Recen probó las correas. Ninguna cedió.
—Ya lo habías hecho antes.
Calahan miró el panel. Filas de signos descendían por la superficie; cada una terminaba en una barra roja.
—Mercen compartió celda con usted antes de ingresar al programa. Era la única persona con la que había mantenido un vínculo estable desde el incendio.
—Entonces sabías lo que ocurriría.
—Sabíamos lo que podía ocurrir.
—Y abriste la puerta.
Calahan demoró la respuesta.
—Necesitábamos saber qué quedaba de usted cuando recuperaba la verdad.
Recen volvió a mirar sus manos. Ya no tenían sangre. Entre los dedos sujetos persistía, sin embargo, la presión de la cadena.
—Ahora lo sabes.
En el panel más cercano apareció Ten. No llevaba la bicicleta ni la chaqueta azul. Flotaba de pie en un espacio sin profundidad, vestido con el mismo tejido negro que Recen.
—La secuencia ha concluido —dijo.
—No —respondió Calahan.
El muchacho giró la cabeza hacia él.
—El sujeto recuperó la memoria autobiográfica, reconoció la consecuencia de sus actos y reiteró la conducta homicida. La probabilidad de reinserción ha descendido por debajo del umbral autorizado.
—No he pedido el informe final.
—El informe fue solicitado por la administración penitenciaria.
Calahan se acercó a la plataforma. En su rostro no quedaba nada de la cortesía de Cat, pero tampoco satisfacción. Parecía un hombre que llevara demasiado tiempo defendiendo una decisión que ya no recordaba haber tomado.
—¿Cuántas veces? —preguntó Recen.
El médico no contestó.
—¿Cuántas veces me devolviste al lago?
Ten habló desde el panel.
—Esta fue la decimocuarta extracción completa.
Calahan cerró los ojos.
—Cállate, Net.
—La información no se encuentra restringida durante la evaluación final.
Recen dejó escapar una risa breve. La correa de la mandíbula la convirtió en un ruido animal.
—No me estás curando.
Calahan abrió los ojos.
—No.
La respuesta borró la risa.
—¿Entonces qué haces?
—Impido que vuelva a matar.
—Mercen está muerto.
El círculo azul de la muñeca del médico perdió brillo.
—Mercen no debía morir.
—Lila tampoco. Violeta tampoco. Cat tampoco.
—Ellos no existían.
—Existían cuando gritaban.
Por primera vez, Calahan apartó la mirada.
Una señal grave pulsó detrás de los paneles.
—Lo veo —dijo Calahan.
Las barras rojas se extendieron hasta tocar el borde inferior de la pantalla.
Ten continuaba inmóvil.
—La administración solicita la interrupción permanente del tratamiento.
Recen observó al médico.
—¿Eso significa matarme?
—Significa que dejarían de despertarlo.
—¿Y tú qué quieres?
Calahan apoyó una mano en el aro. Los filamentos respondieron con un resplandor azul.
—Quiero que el próximo pez que abra sea lo único que muera por sus manos.
—Eso no es una vida.
—Para usted lo fue durante diecisiete años.
—Me dijiste que fueron menos.
—Cuando vuelva, no tendrá por qué saberlo.
Recen tiró de las sujeciones hasta que la correa de la frente volvió a morderle la piel.
—Voy a encontrarte.
Calahan acercó el círculo de su muñeca a la máquina.
—Ya lo hizo.
El panel de Ten se volvió blanco.
—Reinicio no autorizado —dijo Net.
El médico mantuvo la muñeca en su sitio.
—Autorización clínica Calahan, nivel nueve.
—La revocación está en curso.
—Todavía no.
Durante un instante no ocurrió nada. Después, el círculo azul emitió un pulso y todos los paneles de la sala se apagaron excepto uno.
En él apareció el lago.
No era una imagen fija. El agua avanzaba en ondas pequeñas contra el embarcadero. Las montañas empezaban a recibir la primera luz. Una barca vacía oscilaba junto a la orilla.
Recen sintió el olor de la madera húmeda.
—No —dijo.
Calahan tocó el borde del panel.
—Amanecer.
Los filamentos descargaron su luz al mismo tiempo.
Recen vio la celda. Vio el ojo abierto de Mercen. Vio una ventana cubierta de hollín y dos manos pequeñas golpeando el vidrio. Vio a Rosa junto al agua. Las imágenes se sucedieron con violencia, pero no desaparecieron: se alejaron, reducidas una detrás de otra, hasta caber dentro de un punto azul.
El punto se hundió en el lago.
Recen abrió los ojos.
Estaba de pie frente a la cabaña. Tenía los pies descalzos en el fango y una camisa áspera pegada a la espalda. El aire de la primavera olía a tierra mojada, flores silvestres y madera recién cortada.
El sol todavía no había terminado de salir.
Miró sus manos. Eran grandes, fuertes, surcadas por cicatrices cuyo origen no recordaba. Se llevó una a la muñeca derecha. La piel estaba intacta, aunque por debajo persistía una presión circular.
Esperó a que pasara.
Detrás de él, la cabaña guardaba herramientas, redes y diecisiete años de una vida que podía recordar sin esfuerzo. No existía nada anterior. Tampoco necesitaba que existiera.
Empujó la barca hasta que el agua le alcanzó las rodillas, subió y acomodó los remos. El lago se abrió ante él con la paciencia de algo que sabía que siempre regresaría.
Cuando llegó al centro, preparó el chinchorro.
El primer lanzamiento cayó limpio. Los pesos arrastraron la red bajo la superficie y el sonido se propagó hacia las montañas. Recen sostuvo la cuerda entre las manos, atento a las vibraciones.
Una palabra apareció en su mente.
Mercen.
No sabía si era un nombre, un lugar o una especie de pez. Intentó retenerla, pero una burbuja rompió el agua junto a la barca y la palabra desapareció con ella.
Recen tiró de la red.
El peso de la captura le devolvió la calma.
En la orilla, demasiado lejos para que pudiera verlo, un muchacho de chaqueta azul aguardaba junto a una bicicleta.
Recen continuó pescando al amanecer.
Fin
