
Rosa no dejó de llorar hasta mucho después de que la oscuridad cubriera el lago.
Lo hizo sin sollozos, con una respiración corta que movía apenas la manta. Recen permaneció a su lado. Cada tanto acercaba una mano al rostro de la niña para comprobar que seguía tibio. La sangre se había secado entre sus dedos y bajo las uñas, pero no parecía advertirla.
Afuera no había viento. Tampoco se oían insectos, aves nocturnas ni agua contra las piedras. La cabaña entera guardaba un silencio tan absoluto que Recen distinguía el pequeño latido detrás de la oreja de Rosa.
Regular. Preciso.
La misma pulsación que había visto en Ten.
Buscó una explicación y encontró únicamente la certeza de que no debía permitir que nadie se la llevara.
Rosa abrió los ojos cerca de la medianoche.
—Tengo sed.
Recen llenó la taza de lata en el aljibe y se la acercó. La niña bebió con ambas manos. El agua no disminuyó dentro del recipiente.
Él lo notó.
Rosa también.
Continuó bebiendo hasta que Recen le retiró la taza. La superficie seguía al borde, lisa, sin una sola ondulación.
—No importa —dijo él.
Dejó el recipiente en el suelo. Al tocar las tablas, la taza emitió el sonido de algo pesado y hueco, como si estuviera vacía.
Rosa se encogió bajo la manta.
—Me llamo Rosa.
—Duerme.
—Mi hermana me llamaba Rosa.
Recen miró hacia la puerta. Detrás de ella yacían tres cuerpos que todavía no había ido a comprobar. No necesitaba hacerlo. Conocía la diferencia entre herir y matar.
—No tienes hermana.
La niña cerró los ojos, pero una lágrima nueva cruzó la anterior sobre su mejilla.
—La recuerdo.
—No.
—Recuerdo que me dijo que corriera.
Recen se inclinó sobre ella.
—Esos recuerdos te los pusieron. Quieren confundirte.
No sabía quiénes eran ellos ni de dónde provenía aquella convicción. Al pronunciarla sintió que las palabras ya habían existido en su boca, tal vez muchos años antes, frente a otra cama.
Rosa lo miró con un miedo silencioso.
—¿Y los tuyos?
Recen se quedó inmóvil.
La lámpara disminuyó de intensidad. Durante un instante el rostro de Rosa pareció compuesto por miles de puntos diminutos, suspendidos a distinta profundidad. Después volvió a ser una niña acostada bajo una manta.
—Duerme —repitió él.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama y el cuchillo de hoja gruesa sobre las piernas.
A las cinco en punto abrió los ojos.
La cama estaba vacía.
La manta conservaba la forma del cuerpo de Rosa, incluso la hendidura de su cabeza sobre la almohada, pero al tocarla Recen encontró la tela fría. Se puso de pie. El cuchillo cayó sobre las tablas.
—Celeste.
Registró la cabaña. Miró debajo de la mesa, dentro de la despensa y detrás de la puerta, aunque sabía que una niña de ocho años no podía esconderse en ninguno de aquellos espacios. La puerta principal seguía atrancada. La trasera estaba abierta.
Afuera había amanecido.
El Sol ocupaba ya la mitad del cielo, inmóvil sobre las montañas. El terreno continuaba mojado por la tormenta, pero el barro no conservaba pisadas. Los cuerpos habían desaparecido. No quedaban sangre, armas ni señales de lucha. Las cinco sillas volvían a ser cuatro.
Recen atravesó el terreno llamando a Celeste.
Encontró a Rosa en el embarcadero, de espaldas a la cabaña. Vestía la misma ropa de la noche anterior, pero estaba seca. La muñeca yacía a sus pies.
La niña contemplaba el agua.
—Te dije que no salieras.
Rosa no se volvió.
—No hay peces.
Recen se acercó al borde. El lago era transparente hasta el fondo. A decenas de metros bajo la superficie se distinguían las rocas, las ramas sumergidas y el lodo recorridos por una claridad azul. No había algas ni peces. Tampoco el movimiento de una corriente.
—Volverán.
—No —dijo Rosa—. Los quitaron.
Recen la tomó del hombro y la hizo girar.
El Sol se veía a través de su mejilla.
Apartó la mano. Bajo la piel de la niña se encendieron líneas azules que descendieron por el cuello y se ramificaron debajo de la ropa. Duraron menos que un parpadeo.
—¿Qué te hicieron?
—No lo sé.
—¿Quiénes?
Rosa miró hacia la cabaña.
Ten estaba junto a la puerta.
No había bicicleta ni carrito en el sendero. Vestía la chaqueta azul y las botas limpias. Mantenía los brazos a los costados, con las palmas abiertas.
—Buenos días, señor Skantranovic —dijo—. Debe alejarse de la niña.
Recen colocó a Rosa detrás de él.
—Vete.
—No puedo hacerlo.
—Entonces aprenderás.
Ten avanzó. Sus botas tocaron el barro sin hundirse.
—Rosa no puede permanecer aquí. Su presencia...
Recen recogió uno de los remos del chinchorro.
—Hablas igual que las voces.
El joven se detuvo.
—¿Qué voces?
—Las que hablan cuando creen que no puedo oírlas.
Bajo la oreja izquierda de Ten apareció la pulsación regular. Esta vez no desapareció. Se extendió hacia la mandíbula como una línea de luz cubierta por la piel.
—Entrégueme a Rosa —dijo.
—Se llama Celeste.
—No.
Recen alzó el remo.
—No vuelvas a decirme eso.
—Rosa no es Celeste. Usted lo sabe.
El remo descendió con fuerza suficiente para quebrar un cráneo. Ten levantó el antebrazo y recibió el golpe sin moverse. La madera se partió en dos. Durante un segundo, la manga azul desapareció y dejó ver una estructura de líneas luminosas articulándose alrededor de un vacío.
Recen conservó en la mano la mitad astillada.
Ten miró su brazo. La tela reapareció.
—No debería haber visto eso.
—Ya vi demasiado.
Recen le clavó la madera en el abdomen.
La punta atravesó la chaqueta sin encontrar resistencia. No hubo sangre. Del cuerpo de Ten salió un zumbido agudo y su rostro perdió los rasgos durante un instante: ojos, boca y nariz se alisaron hasta formar una superficie azul grisácea. Después su apariencia regresó, pero la voz surgió desde varios lugares a la vez.
—Interrumpan el enlace.
El lago tembló.
No fue una ola. La superficie se dividió en cuadrados perfectos que subieron y bajaron siguiendo ritmos distintos. Las montañas parpadearon. Cada vez que reaparecían estaban más cerca, como si el valle se plegara alrededor de la cabaña.
Rosa gritó.
Recen soltó la madera y la tomó en brazos. Corrió hacia el chinchorro, saltó dentro y desató la amarra.
—Nos iremos al otro lado.
—No hay otro lado —dijo Rosa.
—Lo habrá.
Empujó el bote con el remo intacto. La proa avanzó unos metros y se detuvo contra una resistencia invisible. Recen volvió a empujar. La madera crujió, pero el chinchorro no se movió.
Detrás de ellos Ten caminaba sobre el agua.
A cada paso, uno de los cuadrados de la superficie se volvía blanco. La transformación se propagó desde sus pies hasta alcanzar las orillas. Los juncos, las piedras y los árboles perdieron primero el color y después el volumen.
—Señor Skantranovic —dijo Ten—, suelte a Rosa.
Recen abrazó a la niña contra el pecho.
—No volverán a separarnos.
Rosa lo miró. Ya no lloraba.
—No soy ella.
—Tienes miedo. Por eso dices esas cosas.
—Celeste no está aquí.
El nombre produjo una abertura dentro de Recen. Vio fuego en una ventana, una mano infantil desapareciendo detrás del humo y sus propias uñas quebrándose contra unos brazos que lo sujetaban. El recuerdo se cerró antes de mostrarle más.
—Mientes.
—Tú estabas allí.
Recen apretó a Rosa hasta hacerla gemir.
—Cállate.
La niña comenzó a perder peso entre sus brazos. Sus piernas desaparecieron debajo de las rodillas; luego la falda, el torso y uno de los hombros se volvieron transparentes. Recen intentó aferrarla por lugares que ya no ofrecían resistencia.
—No —dijo—. No, no, no.
Rosa levantó una mano. Le tocó la barba con dedos hechos de luz.
—Me haces daño.
Fue lo último que dijo.
Su cuerpo se deshizo sin caer. Permaneció un momento como una silueta azul entre los brazos de Recen y después se dispersó en puntos que el aire no se llevó.
Él cerró las manos sobre el vacío.
El grito que salió de su garganta no pareció humano.
Se arrojó contra Ten. Ambos cayeron sobre el agua blanca, que los sostuvo como un suelo. Recen golpeó al joven una y otra vez. Cada puñetazo borraba una parte distinta de su cara y dejaba al descubierto aquella trama luminosa. Ten no se defendió. Lo observaba con ojos que desaparecían y volvían a formarse.
—No puedo estabilizarlo —dijo con todas sus voces.
—Tráela de vuelta.
—No puedo.
Recen hundió los pulgares donde debían estar sus ojos.
El rostro cedió como una membrana. Una claridad azul envolvió las manos de Recen y subió por sus brazos. Sintió otra vez el dolor en la piel, más intenso que en el lago, más antiguo que los diecisiete años.
Ten pronunció un nombre.
—Calahan.
El mundo se apagó.
Primero desaparecieron las montañas. Luego los bosques, la cabaña y el embarcadero. El chinchorro quedó suspendido unos segundos sobre la blancura y se desarmó tabla por tabla. Al final también el lago se extinguió bajo las rodillas de Recen.
Cayó sin desplazarse.
La luz lo atravesó desde todas partes. Su ropa se desprendió en fragmentos oscuros. La barba retrocedió dentro de su rostro; el cabello desapareció y el cuerpo envejeció de golpe, cubriéndose de cicatrices que no recordaba. Un tejido negro, ceñido y sin costuras, reemplazó los harapos.
Cuando pudo volver a ver, estaba de pie en una habitación formada por espejos.
Había cientos. Cubrían las paredes, el suelo y el techo. Ninguno le devolvía exactamente la misma imagen. En uno era joven. En otro tenía el rostro quemado. En otro sostenía a una niña sin rasgos. En los demás aparecía solo, rapado y vestido de negro.
Recen buscó una salida y todos los hombres reflejados hicieron lo mismo un instante antes que él.
Golpeó el espejo más cercano.
No se rompió.
—Devuélvanmela.
Su voz regresó desde cada superficie, multiplicada hasta perder las palabras.
Una figura apareció detrás de los reflejos. Era alta, vestía de gris y tenía el rostro de Cat sin la herida en la garganta.
Recen se volvió. No había nadie en la habitación.
La figura continuaba allí, pasando de un espejo a otro sin caminar.
—Recen Skantranovic —dijo con la voz de Cat—. Abra los ojos.
Recen golpeó de nuevo el cristal.
Esta vez, al otro lado, algo golpeó con él.
Luis Aníbal Nez