
Un despertador vibra a las cinco y cuarenta y seis de una mañana de invierno.
Reece Strangford abre los ojos antes del segundo pulso y apaga la alarma. No enciende la luz. Maddie duerme de espaldas a su lado, con una mano abierta sobre la sábana a rayas y el cabello extendido en la almohada. Reece permanece sentado unos segundos, hasta que el sueño termina de abandonarlo.
En la pantalla del teléfono, el horario sigue igual que la noche anterior: dos intervenciones quirúrgicas, una consulta antes del mediodía y guardia hasta que llegue el equipo nocturno. No hay urgencias previstas. Reece repasa la agenda de todos modos.
Se ducha, se afeita y se viste en silencio. Al salir del baño pasa frente a la habitación de Celestine. La puerta está entornada. Su hija, de seis años, duerme de costado, con un libro abierto junto a la almohada. Reece reconoce la página: él mismo la había dejado allí la noche anterior, después de leerle dos capítulos.
Se detiene en el marco. Si entra, Celestine puede despertarse y pedirle el tercer capítulo; él tendrá que decirle que no y marcharse con la despedida a medias. Reece empuja la puerta apenas un poco más, hasta tapar la luz del pasillo, y sigue hacia la cocina.
Maddie ya está allí, con una bata sobre el camisón. Reece prepara café cuando ella mira el reloj del horno.
—Creí que hoy salías más tarde.
—Cambió el horario.
—¿Te avisaron anoche?
—A última hora.
Maddie asiente. Reece se sirve café y se queda junto a la ventana. Ninguno habla durante un rato. Sobre la mesa hay una hoja doblada en cuatro. Él la abre.
Celestine los ha dibujado a los tres frente a una casa cuadrada, bajo un árbol que ocupa casi toda la página. Ninguna de las figuras tiene manos. El sol, en cambio, está coloreado con tanta fuerza que el lápiz ha marcado el papel.
—Lo dejó para ti —dice Maddie—. Me pidió que no lo guardara con los otros.
Reece pasa el pulgar por el borde de la hoja, sin tocar el sol.
—Me lo llevo.
—Después quiere enseñarte una parte.
—Que me la explique cuando vuelva.
Maddie sostiene la taza entre las manos. Reece busca una respuesta que no suene a excusa y no encuentra ninguna.
Celestine aparece unos minutos después, arrastrando las pantuflas. Tiene una marca de almohada en la mejilla y lleva el libro bajo el brazo.
—¿Ya te vas?
—En unos minutos.
—¿Vas a estar cuando vuelva de la escuela?
Reece mira a Maddie. Ella no contesta por él.
—No lo sé —dice—. Pero esta noche leo contigo antes de que te acuestes.
Celestine lo observa, como si buscara en su cara una respuesta más firme.
—Te toca la parte del barco.
—La recuerdo.
—La otra vez dijiste eso y te saltaste una página.
—Entonces hoy no me dejarás olvidarlo.
La niña parece a medias satisfecha. Deja el libro sobre la mesa y va a buscar un lápiz. Reece guarda el dibujo en el bolsillo interior de la chaqueta y la besa en la frente.
A las seis y diez sale de la casa. Comprueba la cerradura, baja los tres escalones del porche y camina hasta el automóvil. Antes de arrancar, ve a Maddie detrás de la ventana de la cocina. Ella levanta la taza. Reece le devuelve el saludo y enciende el motor.
El trayecto al hospital dura veintisiete minutos. Recorre las avenidas de siempre, pasa frente a una panadería que acaba de abrir y espera en dos semáforos. En el segundo, un ciclista cruza con una mochila grande, mal ajustada. Reece no avanza hasta verlo desaparecer de la calle.
Llega a las seis y treinta y siete. Saluda al guardia, sube al vestuario y deja la chaqueta en su casillero. Saca el dibujo y lo apoya contra la puerta metálica para que no se doble más. Después se cambia y revisa el parte de la mañana.
La residente lo espera junto al acceso al área quirúrgica. Sostiene una carpeta abierta; la banda que le sujeta el cabello empieza a soltarse.
—El primer paciente está preparado. Está nervioso.
—Es razonable. Hablaré con él antes de entrar.
El hombre tiene unos cincuenta años. Mantiene las manos cruzadas sobre el abdomen y aprieta los dedos cada vez que alguien pasa por el corredor. Al ver a Reece, intenta sonreír.
—¿Usted va a estar ahí todo el tiempo?
—Durante la intervención, sí. Después, el anestesista lo acompañará hasta que despierte.
El hombre mira la puerta cerrada del quirófano.
—¿Y si algo sale mal?
Reece le explica lo que hará el equipo, qué riesgos vigilarán y cómo procederán si la intervención no avanza como esperan. No promete que todo saldrá bien. Cuando termina, el paciente deja de apretarse los dedos.
—Está bien —dice—. Hagámoslo.
En el quirófano, Reece confirma el nombre del paciente y el procedimiento. La residente responde a cada punto de la lista. La enfermera ajusta el equipo; el anestesista informa que el hombre está estable. Reece se lava, se pone los guantes y ocupa su lugar.
Durante la intervención habla poco. Da instrucciones breves y espera la confirmación del equipo antes de continuar. La residente sigue sus indicaciones. El ritmo del monitor no cambia.
Al terminar, Reece deja al paciente en manos del equipo de recuperación y habla con su esposa en el pasillo. Ella se levanta cuando lo ve.
—Terminó sin complicaciones. Sigue estable. Cuando despierte, podrán verlo.
La mujer se cubre la boca con una mano y cierra los ojos un instante.
—Gracias.
Reece le indica dónde esperar. No le dice que ya no hay nada de qué preocuparse.
La segunda intervención empieza más tarde de lo previsto. Reece atiende la consulta antes del mediodía, revisa estudios, responde llamadas y vuelve al quirófano. Las horas se le acumulan sin un corte claro. El café que deja junto al teclado se enfría.
En una pausa, abre el casillero. La hoja se ha curvado en una esquina. Reece la alisa con la palma y vuelve a guardarla en el bolsillo de la chaqueta.
La segunda intervención termina tarde. Antes de que pueda cambiarse, llega una urgencia de su especialidad. El relevo nocturno se retrasa. Reece vuelve al quirófano.
Cuando por fin puede lavarse y cambiarse, el reloj del vestuario marca las nueve y treinta y ocho. Le duele la espalda entre los omóplatos. En el teléfono encuentra un mensaje de Maddie.
«Celestine se quedó dormida con el libro. Ya cenamos. Estoy terminando de lavar los platos. Después voy a prepararme un té. La cocina sigue funcionando mal; pierde gas. Tenemos que arreglar eso. ¿Vas a tardar mucho?»
Reece escribe: «Voy para casa. No me esperes despierta».
Lee la frase y la borra antes de enviarla. Escribe otra: «Salgo ahora. Te aviso cuando llegue».
Envía el mensaje, guarda el teléfono y se pone la chaqueta. Antes de salir comprueba que lleva el dibujo. Sigue en el bolsillo interior, protegido entre el forro y su pecho.
La ciudad no está vacía. Un autobús avanza casi sin pasajeros por la avenida. En varias ventanas de casas y edificios siguen encendidas las luces de las cocinas. Reece sale del estacionamiento con los hombros tensos y las manos firmes sobre el volante.
La panadería que vio abierta por la mañana ahora tiene las persianas bajas. Se detiene en dos semáforos. En el segundo, un hombre pide monedas junto a la ventanilla; nadie baja el vidrio. Reece espera el cambio de luz y sigue.
Una ambulancia pasa en sentido contrario, con la sirena encendida. Reece reduce la velocidad para dejarla cruzar. La sigue con la mirada por el espejo hasta que desaparece detrás de los edificios.
En la última avenida antes de doblar hacia su calle, el tránsito se detiene. El automóvil de delante se aparta hacia la acera y deja libre un carril. Reece avanza unos metros. Por encima de los árboles ve una luz anaranjada que no pertenece a ninguna ventana.
Piensa en un transformador. Después distingue la columna de humo.
Deja el automóvil junto a la acera, antes de llegar a la esquina. Baja sin apagar el motor ni cerrar la puerta. Su casa está al final de la calle. Un camión de bomberos ocupa parte de la calzada; una ambulancia y un vehículo policial bloquean la entrada. Los vecinos esperan detrás de una cinta amarilla, algunos con ropa de dormir bajo los abrigos.
Las llamas salen por una ventana baja y trepan por el revestimiento de madera. El porche está cubierto de humo. Reece no ve la puerta hasta que está casi encima.
Un bombero le corta el paso.
—¿Hay alguien dentro?
—Mi esposa. Mi hija.
—¿En qué parte?
—Arriba. En la habitación de mi hija.
El bombero le sujeta los hombros. Detrás de él, un equipo se ajusta las máscaras. Reece mira hacia la entrada. Desde el interior llega un golpe seco.
—El equipo está entrando —dice el bombero.
Cuando el bombero se vuelve para gritar una indicación, Reece se zafa y sigue al equipo por el porche.
El calor le golpea la cara antes de que alcance el pasillo. Se cubre la boca con la manga y avanza agachado. Las luces del techo parpadean; una se apaga. El humo borra los muebles y las paredes. Desde arriba llega una tos breve.
—¡Maddie!
No recibe respuesta. Sube las escaleras agarrado al pasamanos.
—¡Celestine!
En el descanso, el humo se mueve hacia él en oleadas. La puerta de la habitación está abierta. Una viga caída corta el umbral en diagonal, envuelta en llamas. Por el hueco que deja contra la pared, Reece alcanza a ver la cama, el libro en el suelo y a Maddie inclinada sobre su hija. Su esposa se incorpora al verlo. Tiene una manga chamuscada y aprieta un brazo contra el pecho. Con el otro intenta levantar a Celestine para llevarla hasta la puerta.
Una llamarada sube desde la escalera y barre el pasillo. Maddie retrocede y cubre a la niña con el cuerpo. Durante un instante, Celestine levanta la cara.
Reece avanza. Un bombero lo alcanza por detrás y le rodea el pecho con un brazo. Reece intenta soltarse. Otro hombre aparece en el descanso y lo sujeta por la cintura. La habitación desaparece tras el fuego que cruza el pasillo.
—¡Maddie!
Entre los dos lo arrastran escaleras abajo. Reece se aferra al pasamanos; los dedos se le resbalan. Busca apoyo en la pared, en un marco, en cualquier cosa que pueda detenerlos. No lo sueltan. Al cruzar la puerta, el aire frío le golpea la cara. Cae de rodillas sobre el césped. Los bomberos lo apartan de la entrada. Reece trata de levantarse. En el piso superior, una ventana se ilumina por completo. Detrás del humo cree ver dos figuras, una más alta que la otra.
—¡Están ahí! ¡Las veo!
Un fogonazo ilumina la planta baja, cerca de la cocina. El estallido llega un instante después. Los vidrios de la ventana y de otras habitaciones saltan hacia la calle. La gente se agacha o busca refugio detrás de los vehículos. A Reece le vuelve entero, en su mente, el mensaje de Maddie: la cocina sigue perdiendo gas. Un paramédico le acerca una mascarilla. Reece la aparta y vuelve a buscar la ventana.
—No puede regresar.
Él sabe que sin equipo no llegará hasta ellas. También sabe lo que ocurrirá si vuelve a entrar y alguien tiene que rescatarlo. La certeza no hace que deje de luchar. Los bomberos lo sujetan mientras él empuja, gira y vuelve a empujar. Justo entonces, un crujido recorre la estructura. La parte central del techo cede hacia dentro. El estruendo cubre las voces de la calle.
Deja de forcejear, solo por un segundo, no porque acepte lo ocurrido; ya no puede oír nada más. Lo sientan en la ambulancia y le ajustan la mascarilla. Cuando intenta apartarla, un paramédico le sostiene la mano. Reece mantiene la mirada en la casa. Cada vez que alguien sale, busca su rostro entre las máscaras. La noche avanza sin orden. El fuego cede poco a poco, pero los equipos continúan entrando y saliendo entre el humo.
Reece no sabe cuándo deja de temblar de frío ni cuándo empieza a aclarar el cielo. La sirena de otra ambulancia se pierde a lo lejos. En algún momento, el paramédico lo deja sentado en el borde de la ambulancia, con una manta sobre los hombros. Reece sigue mirando la entrada. La casa ha perdido el techo. Las ventanas son huecos negros; el humo ya no sube en columnas, sino en jirones bajos que el viento arrastra sobre el jardín.
La pantalla del camión de bomberos marca las seis y cincuenta y dos. Un bombero sale de la casa y se quita el casco. Mira hacia Reece. No dice nada. Reece espera a que alguien más salga.
No salen.
Luis Aníbal Nez