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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 4 / 9

Del otro lado

Dama sin rostro · Luis Aníbal Nez

Sunny duerme en su habitación.

Marie la observa durante unos segundos desde el umbral. Después baja al comedor, toma una hoja de papel y escribe una breve nota. No quiere despertarla ni tener que explicar adónde va. Deja el papel sobre la mesa, junto a las llaves, y sale de la cabaña.

Desde la terraza, el puente parece estar mucho más cerca de lo que realmente está.

Marie desciende por la ladera siguiendo un sendero estrecho, aunque pronto comprende que no se trata de un camino propiamente dicho. La vegetación crece de manera desordenada y los arbustos le cierran el paso. En más de una ocasión debe apartar ramas y avanzar entre espinas que le rasgan la ropa y le lastiman los brazos.

El arroyo continúa pareciendo pequeño desde la cabaña, pero la distancia se vuelve cada vez mayor a medida que desciende. Marie camina durante un tiempo que no sabe calcular. El terreno, irregular y empinado, le exige más esfuerzo del que había previsto.

Cuando por fin llega junto al agua, se detiene para recuperar el aliento.

El arroyo es ancho y su corriente tiene una fuerza considerable. Grandes rocas sobresalen de la superficie y dividen el cauce en rápidos pequeños, cuyo sonido se mezcla con el viento y el movimiento de los árboles.

Marie mira hacia atrás.

La cabaña donde se ha quedado Sunny parece lejana, casi suspendida en la ladera. Desde allí, la construcción opuesta se distingue con mayor claridad. La luz que la había intrigado durante las noches parece encontrarse aproximadamente a mitad de la colina.

Marie continúa.

Después de atravesar un tramo de vegetación todavía más densa, llega al puente. Se detiene antes de cruzarlo. El arco de piedra se eleva sobre el arroyo con una solidez antigua. Los símbolos grabados en sus superficies, que desde la terraza parecían simples adornos, se revelan ahora como figuras más complejas. Algunos parecen representar animales. Otros se asemejan a rostros deformados o a cuerpos humanos incompletos.

Marie no se permite examinarlos demasiado.

Cruza el puente.

Al principio, todo parece normal. El suelo de piedra está húmedo y resbaladizo, pero sus pasos se mantienen firmes. Sin embargo, cuando alcanza aproximadamente la mitad del trayecto, una corriente de aire atraviesa su cuerpo de derecha a izquierda.

Es un viento intenso y helado.

Marie se estremece.

Mira hacia los árboles. Ninguna rama se mueve. Los arbustos permanecen inmóviles, como si aquella ráfaga existiera únicamente en el espacio que ocupa su cuerpo.

Sus cabellos tampoco se agitan.

Marie intenta avanzar, pero de pronto siente que le han vaciado los pulmones. Abre la boca y trata de respirar. No consigue inhalar nada.

El pecho comienza a arderle.

Se lleva una mano a la garganta. Su cuerpo se paraliza, incapaz de comprender lo que sucede. La sensación no se parece a una falta de aire normal: es como si el espacio alrededor de ella hubiera perdido el oxígeno.

Marie mira hacia la otra orilla.

Todavía faltan unos metros.

Se obliga a moverse. Avanza con dificultad, sosteniéndose del borde de piedra cuando las piernas comienzan a fallarle. La necesidad de respirar se vuelve insoportable. Una sensación de pánico le recorre el cuerpo y, sin pensarlo más, corre hacia el otro extremo del puente.

Apenas pisa la otra orilla, el viento desaparece.

Marie cae de rodillas y aspira una bocanada desesperada. Después otra. Y otra más. Respira como una persona que acaba de salir de un ataque de asma, con el pecho contraído y la cabeza llena de zumbidos.

Entonces comienzan a caer las primeras gotas.

Marie alza el rostro.

La lluvia aparece de manera repentina, como si una tormenta hubiera estado aguardando al otro lado del puente. En pocos segundos, las gotas se vuelven más densas. El cielo se oscurece y el agua empapa su cabello y su ropa.

Cuando consigue ponerse de pie, descubre que el suelo está cubierto de barro.

Le sorprende que la tierra se encuentre tan húmeda. No ha llovido en la otra orilla y, desde la cabaña, el tiempo había permanecido seco. Sin embargo, allí el fango parece haber recibido horas de lluvia.

Marie mira hacia el cielo, desconcertada.

Podría regresar. La idea aparece con claridad en su mente. Pero ya ha llegado hasta allí, y la luz continúa visible en la parte alta de la colina.

Avanza.

El terreno asciende por una pendiente irregular. Marie sigue una senda de barro que se pierde entre los arbustos y las rocas. Camina con dificultad, resbalando varias veces. Las piernas le duelen y la ropa comienza a pesarle por el agua.

Mientras sube, intenta convencerse de que todo lo que hace es una imprudencia. Ha dejado a Sunny sola en la cabaña y se ha internado en un terreno desconocido, bajo una lluvia torrencial, para descubrir el origen de una luz que podría ser cualquier cosa.

Pero ya está demasiado cerca.

Lo único que espera es que Sunny no se despierte antes de su regreso.

Marie continúa ascendiendo. En un momento determinado, se vuelve para mirar hacia el arroyo. La cabaña donde se hospedan ya casi no puede distinguirse bajo la cortina de lluvia. El puente ha quedado oculto entre los árboles.

Cuando vuelve la vista hacia delante, la luz aparece otra vez.

Está más cerca.

Marie se detiene.

La luz amarillenta titila en la oscuridad de la lluvia, exactamente como la había visto desde la terraza. No parece una fogata ni el reflejo de la Luna. Es un resplandor fijo, situado a la altura de una cabaña que todavía no consigue ver.

Marie siente que el estómago se le contrae.

La posibilidad que ha intentado rechazar desde la primera noche empieza a imponerse en su mente. Aun así, no se atreve a formularla por completo.

Continúa subiendo.

La pendiente se vuelve más pronunciada. Marie avanza casi a cuatro patas durante algunos tramos, aferrándose a las raíces y a las piedras para no caer. El barro le cubre las manos y las rodillas. La lluvia le dificulta la visión.

Finalmente alcanza la parte alta de la colina.

Se incorpora con esfuerzo.

Frente a ella hay una cabaña.

Marie se queda inmóvil.

La construcción tiene la misma forma que la suya: dos plantas, amplios ventanales y una terraza de madera orientada hacia el arroyo. Junto a la entrada hay una camioneta idéntica a la que Joseph ha llevado hasta allí.

La luz misteriosa proviene del farol instalado sobre el porche.

Marie observa la cabaña sin poder respirar.

Luego gira lentamente hacia el paisaje.

La cadena de colinas, el arroyo y el puente se extienden frente a ella en una disposición exactamente igual a la que ha contemplado desde su propia terraza. Por un instante no sabe si ha cruzado al otro lado del arroyo o si, de alguna manera, continúa en la misma orilla.

La lluvia cae sobre su rostro.

Marie mira hacia la cabaña que acaba de abandonar. La distancia, la tormenta y la oscuridad le impiden distinguirla con claridad. La construcción que tiene delante, en cambio, parece pertenecerle.

No sabe cuál de las dos es la verdadera.