
Al día siguiente, Marie despierta antes que Joseph, pero permanece acostada a su lado. La imagen de la mujer sobre el puente regresa una y otra vez a su memoria, junto con la luz que continúa titilando al otro lado del arroyo.
Cuando Joseph finalmente despierta, ella se vuelve hacia él.
—Joseph, durante la madrugada vi una luz en el terreno del otro lado del arroyo. El campo está vacío, ¿verdad?
Joseph parpadea, todavía adormecido.
—¿Una luz?
—Sí. En la cabaña de enfrente. O más allá de ella. No estoy segura.
—¿Qué hacías mirando hacia allí a esa hora?
No hay reproche en su voz, pero la pregunta desconcierta a Marie. Durante un instante piensa en contarle que también vio a una mujer sobre el puente. Sin embargo, la imagen le parece tan improbable que decide guardársela.
—Me levanté a buscar algo para beber. Cuando regresaba, vi la luz. Pensé que alguien podía haberse metido en el terreno y que había encendido una fogata para protegerse del frío.
Joseph se incorpora y la mira con atención.
—No hay nadie más que nosotros en toda la propiedad.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Marie espera que él parezca tan inquieto como ella, pero Joseph se limita a sonreír.
—Probablemente era agua reflejando la luz de la Luna.
Marie vuelve la vista hacia la ventana.
—¿Agua?
—El arroyo, alguna roca húmeda… cualquier cosa puede producir un reflejo en la oscuridad.
La explicación resulta razonable. Joseph siempre ha conseguido tranquilizarla cuando sus pensamientos empiezan a desbordarse.
—Sí —dice Marie, aunque sin demasiada convicción—. Probablemente fue eso.
Bajan al comedor y preparan el desayuno. Sunny se une a ellos poco después, pero permanece callada y apenas prueba la comida. Joseph intenta iniciar una conversación sobre los planes del día. Marie también hace un esfuerzo por participar, aunque su atención regresa con frecuencia hacia las ventanas.
Durante los días siguientes, la familia mantiene una rutina tranquila. Joseph y Marie recorren los alrededores de la cabaña, preparan comida y pasan parte de la tarde en la terraza. Sunny permanece distante. A veces utiliza su móvil en silencio; otras, se encierra en su habitación.
Marie no vuelve a mencionar la luz.
Sin embargo, la noche en que la observa por segunda vez ya no puede atribuirla a un reflejo.
Despierta cerca de las tres y media de la madrugada. Durante unos segundos permanece acostada, escuchando la respiración de Joseph. Luego se levanta y camina hasta la terraza.
La luz vuelve a estar allí.
Marie mira el cielo. La Luna no está llena. Su resplandor es insuficiente para producir aquel destello en el terreno opuesto.
La luz titila con la misma intensidad que la noche anterior.
Marie regresa al dormitorio y sacude suavemente el hombro de su esposo.
—Joseph. Despierta.
—¿Qué sucede?
—Ven al porche. Quiero mostrarte algo.
Joseph abre los ojos con dificultad.
—¿Qué hora es?
—Las tres y media. Levántate, por favor.
Él protesta en voz baja, pero finalmente se incorpora. Marie lo conduce hasta el porche y señala hacia la colina opuesta.
—Esa es la luz de la que te hablé.
Joseph observa durante un rato. La luz continúa parpadeando detrás de la oscuridad.
—Sí, la veo.
Marie aguarda una reacción. Joseph parece más incómodo que sorprendido.
—Mañana iremos a comprobar qué hay allí —dice.
—¿Lo prometes?
—Te lo prometo.
La respuesta vuelve a tranquilizarla. Poco después regresan a la cama y se duermen.
A la mañana siguiente, Joseph y Marie comienzan a preparar lo necesario para cruzar el arroyo. Joseph busca unas botas y revisa el estado del vehículo, mientras Marie reúne algo de comida y agua.
Antes de que puedan salir, el teléfono de Joseph comienza a sonar.
Él observa la pantalla con una expresión de disgusto. Solo unas pocas personas tienen ese número y todas saben que no deben llamarlo durante sus vacaciones, salvo que se trate de una emergencia.
—¿Quién es? —pregunta Marie.
—No lo sé.
Joseph responde.
La conversación se prolonga durante casi media hora. Marie lo observa desde la cocina. Al principio, él permanece de pie junto a la ventana. Después comienza a caminar de un lado a otro, con el rostro cada vez más tenso.
Cuando termina la llamada, guarda el teléfono y se queda unos segundos en silencio.
—Tengo que ir a la ciudad.
Marie deja lo que está haciendo.
—¿Ahora?
—Parece que están a punto de cerrar una inversión importante mientras estoy ausente. Necesitan que intervenga.
—¿Por cuánto tiempo?
—Dos días. Tres como máximo.
Marie mira hacia el exterior. La cabaña opuesta permanece visible entre las colinas, silenciosa y distante.
—Habías prometido que iríamos hoy.
—Lo sé. Y cumpliremos la promesa cuando regrese.
—No tardes más de dos días.
Joseph se acerca y la abraza.
—No tardaré.
Luego se despide de Sunny. La adolescente apenas abandona su habitación para saludarlo. Joseph intenta besarla, pero ella se limita a apartar el rostro y a murmurar una despedida.
Poco después, se marcha en la camioneta.
Marie y Sunny regresan al interior de la cabaña. Durante las horas siguientes, permanecen juntas frente al fuego de la estufa de leña. Hablan, ríen por momentos y comparten un almuerzo tranquilo.
Marie quiere profundamente a su hija. A pesar de la distancia que Sunny ha levantado entre ambas, todavía la considera lo más importante de su vida.
Después de almorzar, Sunny se retira a dormir. Marie permanece sola en el comedor, inquieta.
Mira hacia la ventana.
La cabaña opuesta continúa allí.
La promesa de Joseph vuelve a su mente. También la luz. Y la mujer inmóvil en el puente, vestida con el mismo camisón que ella.
Marie intenta convencerse de que todo tiene una explicación. Pero la inquietud ya no le permite esperar.
Deja una nota sobre la mesa del comedor y se prepara para salir.
No sabe cuánto tiempo permanecerá fuera. Solo sabe que necesita descubrir qué hay al otro lado del arroyo.
Luis Aníbal Nez