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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 3

En el monte nativo

1802 · Luis Aníbal Nez

Ramiro Ibarra Pérez salta por encima de la alambrada y, al otro lado de esta, sus botas aterrizan en un charco de agua barrosa que salpica en todas las direcciones.

Una vez que está del otro lado de la alambrada se detiene, pues frente a él se encuentra la frontera de un monte nativo. Es una mancha en el terreno de esa extensa pradera, una mancha conformada por altos árboles que se alimentan del arroyo cercano. Esos árboles son oscuros, de madera gruesa que huele a mojado y cuyas ramas quebradas por el viento cubren el suelo debajo de las hojas.

El hombre se acerca a uno de esos árboles, al que está más cerca, gira y pega su espalda al tronco bajo la lluvia. Las gotas no son tan intensas debajo de las ramas. Se quita el poncho, lo envuelve en su brazo derecho y desenfunda el largo facón de hoja recta, oscura y gastada, sin adornos. La empuñadura es de hueso erosionado por el uso, con vetas irregulares y una leve hendidura donde el pulgar descansa.

La hoja no brilla, por el contrario, absorbe luz. Afirma esta arma en su puño izquierdo y se adentra en la espesura. La lluvia amaina, no de golpe, de a poco, conforme Ramiro se adentra pegando la espalda de tronco en tronco, al tiempo que examina lo que hay más adelante. No ve a nadie. Intenta evitar que sus botas pisen ramas u hojas crujientes, cosa que no puede evitar del todo.

Con los sentidos agudizados y bajo una llovizna que cae ralentizada bajo los árboles del monte, Ramiro avanza, se oculta, intenta evitar que lo sorprendan con perdigones otra vez. Ya suficiente sangre se le escurre por las heridas de su brazo izquierdo, el cual siente cada vez más caliente, casi ardiendo por sectores.

De mismo modo, se esfuerza por examinar el suelo con toda la agudeza que le permite la situación. Intenta identificar huellas, al menos una que delate la trayectoria o incluso la posición de María Antonieta, quien muy posiblemente esté aún oculta allí, bajo los mismos ramajes arbóreos que él. Pero el suelo está demasiado tupido de hojas, ramas, pasto y yuyos.

—Sé que estás ahí. Mostrate. Esteban te dejó una carta. Dámela.

No recibe respuestas, incluso cuando los sonidos del monte lo engañan y le hacen creer que escucha un crujido, un susurro, un cliqueo de la escopeta. En realidad no escucha nada. Solo oye lluvia. Suenan gotas que caen a su alrededor e impactan contra diferentes superficies, en cuyos casos imitan sonidos plausiblemente identificables como otros.

Se adentra aún más al corazón del monte, salta rápido de tronco en tronco sin quedar desprotegido por más que un fugaz instante. Su mano izquierda ya está empapada de sangre caliente, la cual brota de sus heridas recientes. No puede atender eso ahora, pero los dolores lo comienzan a distraer más de lo que quisiera.

—¡Mostrate, carajo! —Insiste Ramiro con algo de exasperación.

De nuevo nada, silencio, lluvia, gotas, viento.

Oculto detrás de un viejo árbol de un tronco tan grueso, que pareciera ser el mástil principal de un inmenso barco, Ramiro medita, consciente de que no hará salir a María Antonieta de su escondite con tan solo hablar. Y en caso de que ella ya no esté oculta en este monte nativo, estaría ante una pérdida considerable de tiempo, una ventaja que no debería otorgar.

Ante esta situación, decide arriesgarse y ponerse como carnada, gira en torno al grueso tronco del árbol y se pone delante de este, expuesto a un eventual disparo.

—¡Ahora, Ñata! ¡Dame esa carta… y capaz que seguís viva! —Le ofrece Ramiro invitándola a salir.

Sin elegancia, agitada, con lentitud, sujetándose el pecho con una mano y la escopeta con la otra, sale María Antonieta detrás de una roca y le apunta. Bajo la mano con la que sostiene su pecho, su vestido tiene un agujero por el cual no sangra. Ramiro la observa con sus manos abiertas a un lado y a otro de sus caderas.

—Hoy te morís, hijo de puta —le espeta la anciana.

—Dame eso y me voy —le insiste Ramiro.

—No es una carta. ¡Agustín! —Grita ella.

Enseguida, de atrás de un árbol sale un muchacho con otra escopeta, la cual sostiene con firmeza con ambas manos, apuntándole a Ramiro.

—¿Vas a arrastrar a tu hijo a esto? —Le pregunta Ramiro sin dejar de mirar al joven.

—Es tu sobrino, hijo de puta —se apresura a replicar María Antonieta.

Ramiro deja de mirar a Agustín, vuelve a mirar a la anciana.

—Dame eso, Ñata, o lo que sea que Esteban dejó escrito en ese papel.

María Antonieta se mete la mano entre las enaguas, de allí abajo saca un sobre que alguna vez fue blanco, pero que ahora es amarillento, algo manchado y viejo, el cual revolea delante de su cara. Sigue agitada y visiblemente dolorida en el pecho, pero no se visualiza sangre goteando de la supuesta herida.

—¿Esto buscás? —Le dice al hombre alzándolo delante de su cara.

Ramiro se toma unos instantes para analizar la tensa situación. María Antonieta le apunta con su escopeta a unos siete u ocho pasos. Agustín, el cual no sabía que estaba allí, lo tiene sorprendido apuntándolo desde unos diez pasos de distancia. Detrás de Ramiro está el tronco grueso, el cual no puede rodear por muy rápido que se mueva. Entre los tres solo hay follaje.

—¿Estás dispuesta a perderlo todo por ese papel, Ñata?

—No pierdo nada —sacude el sobre—. ¡Vení, Agustín! —Le dice al joven.

Agustín se mueve hacia ella sin dejar de apuntarle a Ramiro. Cuando la alcanza, allí se queda, solo apuntando.

—Dámelo —le dice Agustín.

—Ya sabés lo que tenés que hacer, nene, ya hablamos. Tomá —le dice María Antonieta y le entrega el sobre.

Agustín toma el sobre, lo mete dentro de su camisa, contra la piel y de a poco empieza a recular hasta que desaparece bajo los árboles.

—Te espero, vieja —le dice a la distancia antes de desaparecer.

Ramiro atina por impulso a dar un paso hacia delante, pero la anciana le amaga con un tiro y él se queda en su sitio. Poco después, un relincho de un caballo y posterior repiqueteo de cascos de un trote, le dan el indicio a Ramiro de que Agustín se aleja a caballo. Esto le impacienta, no puede perderle el rastro a su sobrino o jamás encontrará esa carta.

—No debiste meter al muchacho en esto, Ñata —le suelta Ramiro.

Dicho esto, sin más y tan rápido como puede, le arroja el facón a María Antonieta apuntándole a la cabeza.

El arma gira en el aire, atraviesa la distancia de siete pasos muy rápido, tanto, que apenas le da tiempo a María Antonieta para moverse a un lado y eludirlo. La punta del filo la corta un poco, pero evita lo peor. Hecho esto, vuelve a acomodarse para apuntar la escopeta, pero ya es demasiado tarde; Ramiro está encima de ella.

Con la mano libre, la izquierda, Ramiro sujeta la escopeta y se la arranca de las manos. La lanza hacia atrás. Sujeta el cuello de la anciana y la coloca contra un árbol. Desenvuelve el poncho de su mano derecha y cuando la tiene liberada, examina el agujero en el vestido donde debiera haber una herida.

Descubre metiendo el dedo en el orificio de la bala, que bajo el vestido María Antonieta está envuelta en un cuero grueso donde impactó el plomo que antes le disparó. Ella está dolorida pero ilesa.

—Sabías que iba a venir. Te preparaste con esto —le dice él, al tiempo que le sacude el cuero grueso—. ¿Cómo supiste? —pregunta Ramiro sin demasiada gentileza.

—Lo decía tu famosa carta. Nunca la vas a encontrar —le asegura la anciana antes de escupirlo en la cara.

—¿A dónde va tu hijo?

—Morite, hijo de puta, hacé lo que tengas que hacer, nunca te voy a decir nada.

Ramiro desenfunda la pistola de chispa que aún le queda cargada en la faja, la que está en el lado de la cadera. Le apunta en la cara a María Antonieta.

—Hablá.

—No.

—¡Hablá! ¿A dónde va Agustín?

—No tenés ni idea. Seguilo… andá, seguilo al infierno, que es donde merecés estar.

El hombre no tarda demasiado en darle una réplica.

—Vos primero —le dice Ramiro, tras lo cual jala el gatillo.

El disparo estalla fuerte en medio del monte nativo, las aves vuelan rápido del lugar, asustadas por semejante estruendo.

Ramiro deja caer con desprecio el cuerpo sin vida de la anciana, sobre el follaje y ramajes del suelo. Guarda la pistola en la faja, donde antes la tenía cubierta de la lluvia. Recoge su poncho del suelo, se lo vuelve a poner en el torso. Luego, busca su facón en el suelo del monte y cuando lo encuentra, también se lo acomoda en la faja.

Hecho todo esto, vuelve al cuerpo de la anciana. La idea del cuero que le protegía el pecho le agrada. Lo vuelve a examinar, asiente. Revisa todo el cuerpo de la anciana, faldas, escotes, enaguas, medias, incluso zapatos y hasta el cabello. Para su decepción, no encuentra nada. Sabe que el tiempo no le favorece, así que allí la deja, en el suelo del monte sin más.

Se aleja del cuerpo y se dirige hacia donde cree que Agustín salió del monte nativo. No estuvo muy errado, pues al dejar atrás los cientos de árboles que conforman esa mancha en el paisaje al margen del arroyo Sarandí, descubre que hay un caballo. Probablemente es el caballo que María Antonieta pensaba usar para huir.

Ramiro se acerca al caballo, le acaricia el cuello, lo mira a los ojos; el animal le devuelve la mirada. Su pelaje marrón se siente tibio al tacto. Se dedica un instante a examinar el suelo, ve perfectamente bien la huellas que antes dejó el caballo de Agustín al alejarse del monte. El suelo está blando con tanta lluvia, las huellas no serán difíciles de seguir.

Vuelve Ramiro al caballo, revisa la montura, donde encuentra una alforja de cuero del lado izquierdo de la panza del equino. Hay raciones de carne cocida, pan, dos duraznos y una manzana. En otra alforja de cuero del lado derecho de la panza, también ve que hay pólvora seca y decenas de balas de plomo.

Ramiro acaricia el cuello del caballo, le da un par de palmadas y lo monta. El animal siente al extraño y relincha, se para en las dos patas traseras y revolea las delanteras en el aire. Repite esto tres veces, mientras Ramiro se aferra a las riendas y rodea con sus piernas fuertes la panza redonda. Se mantiene en la montura, el caballo se resigna.

Entonces, Ramiro le pega varias veces con los talones en esa panza dura y redonda, el caballo sale disparado por encima de las huellas del otro equino, el de Agustín, al cual deberá encontrar más temprano que pronto, pues ahora es él el portador de la carta de su padre Esteban y heredada por su madre María Antonieta.

Ahora, por mucho que le pese, la persecución lo lleva tras su propio sobrino, Agustín Ibarra Del Monte.