
Es abril del año mil ochocientos dos en la campaña dentro de la Banda Oriental. De pronto, estalla allí una potente tormenta intempestiva.
En el cielo de los pagos de Porongos, las nubes negras revientan en escandalosos relámpagos que poco después se convierten en truenos. La lluvia, de pronto, cae como unas verdaderas y enormes cortinas de agua. Es otoño, pero está frío, muy frío en la campaña ubicada en las cercanías del Arroyo Sarandí. Allí, casi nunca sucede nada.
Bajo la intensa lluvia, un trueno retumba desde los cielos hasta el suelo, lo sacude todo y, poco después de eso, un hombre aparece cerca de la orilla del arroyo. Empapado por completo, este hombre de físico fuerte, atlético, rostro hosco y un poco de barba y bigote, se abre paso entre los pajonales de la orilla y se aleja del cauce de agua salpicado por la lluvia.
Su cabello es negro, ni muy corto ni demasiado largo. También el vello facial es del mismo color. Sus ojos son de una tonalidad café oscurecida ahora con la tormenta. Camina con pasos livianos que lucen pesados, firmes, con fuerte impulso e inclinando el cuerpo hacia delante. A pesar de su edad, apenas tiene arrugas en el rostro.
La característica que más resalta en sus ojos son las de dos pequeños lunares que, como coincidencia, están ubicadas casi en el mismo sitio, una debajo de cada ojo. El lunar debajo del ojo izquierdo es un poco más grande que el derecho, pero en una mirada rápida parecerían del mismo tamaño. Asimismo, su nariz es algo prominente y destaca en su perfil.
Mientras avanza y se aleja de los pajonales, se sube el chiripá y el poncho que lleva puesto por encima de la camisa holgada. En los pies tiene puestas botas de potro. Se reacomoda la faja y el tirador donde lleva calzado el facón. Tantea la empuñadura de este último sin dejar de avanzar.
A lo lejos, aunque no demasiado, por entre las ondulaciones del terreno por efecto de la cuchilla, este hombre que se llama Ramiro Ibarra Pérez divisa una estancia. Se encamina hasta allí. La propiedad luce solitaria y aislada bajo la densa cortina de agua que cae entre truenos constantes. Avanza sin detenerse.
Cuando llega a la finca, sin miramientos, abre la puerta con una dura patada de la suela de su bota derecha. La cerradura cede, la madera revienta, la puerta se abre con violencia hacia atrás e impacta contra una pared.
En caso de un eventual peligro, desenfunda el facón con la mano izquierda y se quita el poncho para envolverlo alrededor de su brazo derecho. Se adentra en la finca. Frente a él hay un pasillo y una escalera a la derecha. A su izquierda hay una puerta. Mira hacia arriba siguiendo los escalones de la escalera, pero la descarta y con alerta entra por la puerta.
Ni bien se adentra, ve a una anciana sentada en una mecedora. Su rostro está muy arrugado, más por el enojo que parece demostrar. Su largo cabello gris está enroscado en un moño encima de la nuca. Lleva puesto un largo vestido azul pegado al cuerpo, el cual evidencia que, de tan delgado, parece esquelético.
No obstante, la anciana luce fuerte. En sus manos tiene una escopeta con la que apunta hacia delante, hacia Ramiro, mientras en su boca desdentada parece morder sin control al tiempo que refunfuña. Tiene puestas botas que lucen viejas como ella.
—María Antonieta —dice Ramiro con desprecio.
—Te vi entrar, Vasco —le gruñe María Antonieta.
—Bajá el arma.
—No das órdenes en mi casa —refunfuña ella.
—¿Dónde está tu marido?
—Bajo tierra.
—No me mientas.
—Buscalo en el infierno.
Dicho esto, María Antonieta levanta la escopeta, jala el gatillo y un potente estallido retumba dentro de la finca, compite con los truenos que suenan afuera bajo la lluvia intensa.
El proyectil disparado hace reventar los vidrios de la ventana detrás de Ramiro. Los perdigones se esparcen y barren con todo lo que encuentran en su camino, madera, vidrios, tela de poncho y carne.
Él logra lanzarse al suelo justo un pestañeo antes, aunque no evita que algunos de estos perdigones se incrusten en su brazo izquierdo. Deja caer su facón al suelo. Desde la zona lumbar de su faja desenfunda una pesada pistola de chispa, hecha de metal oscuro y con empuñadura de madera y diseños de bronce. Su cañón es grueso.
Desde el suelo rueda hacia su derecha, se incorpora en una rodilla, apunta y jala el gatillo. Se produce un fogonazo antes del estallido del disparo, el cual lanza una bala de plomo con la precisión que la situación le permite. La bala de plomo impacta de lleno en el pecho de María Antonieta ante su rostro de sorpresa.
La mecedora cae hacia atrás, la anciana se desparrama contra el suelo con un fuerte sonido. Al mismo tiempo, afuera, la lluvia se pone ventosa y un nuevo trueno estalla entre las nubes. Las gotas de lluvia entran por la ventana rota. Ramiro se incorpora, se acerca al cuerpo muerto de María Antonieta, la pisa con su bota e intenta moverla para asegurarse. No respira.
Tras un suspiro, Ramiro guarda su bien escondida arma en la zona trasera de la faja, resguardada de la lluvia para mantener la pólvora seca y oculta de ojos enemigos. Luego, se tantea una segunda pistola que tiene en el lado derecho de su faja, también oculta, seca y cargada, lista para ser utilizada en caso de que sea necesario.
Se aleja de la mecedora, vuelve sobre sus pasos y recoge el facón del suelo. Lo guarda donde antes estaba en el lado izquierdo de su faja. Sale al pasillo, pasa por el costado de la escalera, atraviesa la finca, pasando por otro ambiente y una cocina. Abre la puerta del fondo en dicha cocina y sale al patio. La lluvia vuelve a envolverlo.
Allí ve lo de siempre como cualquier fondo de este tipo de viviendas, pasto alfombrando el suelo, ropas y sábanas colgadas en una cuerda y un aljibe con su respectiva polea. Ramiro se aleja de la puerta, se adentra aún más en la lluvia, rodea el aljibe y sigue un poco más allá. A tres metros del aljibe, encuentra una cruz clavada en el suelo. Se acerca a esta.
Se agacha frente a la cruz y repasa la madera con el dedo pulgar. Ve un nombre rudimentariamente tallado en esa cruz: Esteban Ibarra Pérez. Él baja la mirada con los ojos apretados bajo la lluvia, tras leer ese nombre.
—Hijo de puta —murmura.
Aprieta el puño derecho con fuerza, gruñe, se tensa, finalmente escupe hacia un costado y se pone de pie de golpe. Deja atrás la cruz de madera clavada en el suelo, vuelve a la puerta y entra en la cocina. Goteando, empapado completamente por la lluvia fría, vuelve a atravesar la finca, revisa cajones de las cómodas, revuelve armarios, levanta papeles de un escritorio y quita todos los libros de las estanterías de una biblioteca.
Enfurecido, decepcionado por no haber podido encontrar nada, regresa a la habitación del frente y observa la mecedora tirada de lado en el suelo. Se agacha a su lado y, sorprendido como nunca, toca el piso donde hace tan solo un instante estuvo el cuerpo de María Antonieta. Allí, ahora no hay nada, solo una marca de calor que toca con su mano izquierda.
Se incorpora de golpe. Furioso, patea la mecedora, la cual se desliza por el suelo y golpea contra una pared. De inmediato sale de la finca, da varios pasos fuera y lo observa todo en derredor. María Antonieta no está por ninguna parte y su rastro de sangre, si lo hubiera, enseguida es borrado por la lluvia intensa e incesante.
Examina el suelo, avanza, se agacha, se incorpora y gira una y otra vez hacia todas las direcciones posibles. Finalmente, ve una marca sospechosa en una mancha de barro que encuentra en el césped alfombrado que rodea la finca. Se acerca, se agacha, la examina. Es una huella, una fresca pisada de bota, no muy profunda. Podría ser de María Antonieta.
Se reincorpora, observa hacia la dirección a la que se dirige la bota. Más adelante, hacia esa dirección hay un monte nativo de considerable tamaño, el cual no parece ser parte del terreno de la finca, pues está más allá de una alambrada que divide el paisaje unos metros antes. Con gotas de lluvia empapando su rostro, Ramiro observa los árboles del monte.
Resopla, frunce el rostro de dolor, se coloca en el torso el poncho que tenía envuelto en el brazo derecho y se sujeta el brazo izquierdo con los perdigones incrustados. Entonces, se dirige rápido hacia el monte nativo tras el rastro de María Antonieta.
Luis Aníbal Nez