
Cerca del arroyo lindero a los terrenos de la finca de María Antonieta hay arbustos que se mueven un poco y no por efecto del viento.
Algo de llovizna ha quedado tras el diluvio de los dos días anteriores, pero no son esas gotas limpias las que empapan las hojas, sino otras, saladas. Hay ojos que pestañean entre el follaje. Esos ojos están tan mezclados entre las ramas que son invisibles a simple vista.
Se distingue de forma muy tenue que, entre el viento y el goteo de lo que queda de llovizna, hay susurros rápidos, cortos, indistinguibles de otros tonos audibles. Los teros saben que allí hay presencias que no debieran estar, eluden acercarse allí, graznan fuerte, hacen sonar sus quejas por semejante la invasión.
Y así, por un rato se mantiene todo en calma, con ojos que escudriñan la finca de María Antonieta, hasta que las luces del día se apagan y llega ese momento previo a la oscuridad crepuscular. Se incrementa el viento conforme oscurece, sacude las hojas de árboles y arbustos, esconde otros sonidos que ahora se hacen más nítidos.
Por fin, entre las penumbras de lo que queda del día y el comienzo de la noche, suenan muy suaves las pisadas de al menos una decena de pares de pies descalzos. Están embarrados y con plantas de los pies endurecidas por caminatas constantes, desde que esa piel tiene memoria desde los dedos hasta los talones.
Entonces, por delante de los últimos destellos que quedan de un sol ya oculto, pasan varias siluetas, una, cinco, luego diez y hasta quince, tal vez algunas más. Pisan de un modo tan silencioso con sus pies descalzos, que ni siquiera se escuchan entre ellos. Con un extremo sigilo entrenado desde la niñez, empuñan lanzas y apuntan las afiladas puntas de piedra hacia delante.
El grupo se acerca a la aislada finca de María Antonieta. Esta vivienda inmersa en la vastedad del campo de la Banda Oriental, luce con la puerta principal abierta de par en par. Ven que a la izquierda la ventana está rota. Conforme se acercan extreman los cuidados, enlentecen el avance y se dividen en tres grupos.
Un subgrupo de cinco rodea la casa por la izquierda, otro de la misma cantidad la rodea por la derecha. El grupo que queda ante la fachada, con los restantes, se acerca al porche de la casa y sube los escalones de madera que crujen a pesar de las tenues pisadas. Lo hacen en una fila encabezada por un hombre, Yammeric.
Éste, mira hacia atrás cuando los escalones crujen, detiene su avance y así mismo lo hace la que viene detrás de él, una mujer, la única en todo este grupo. Es una joven llamada Tamasic, que también está preocupada por los crujidos, queda con los ojos fijos en los del hombre que tiene delante. La expresión de su rostro, no obstante, no se modifica ni un ápice.
Detrás de ella, también han detenido la marcha tres hombres que la siguen de cerca, Hiljaleu, Ymaldoyve y Homit. Los cinco aguardan, hasta que Yammeric decide volver a avanzar y con los pies descalzos pisa los bordes de los escalones para intentar que no haya crujidos. Lo logra. Hace lo propio Tamasic, quien lo sigue de cerca con la lanza entre las manos.
Yammeric deja atrás los escalones crujientes, atraviesa el porche con la punta de lanza siempre hacia delante y se adentra en la casa. Detrás de él, Tamasic lo observa todo con los ojos muy atentos. La banda oscura de arcilla con la que ella se ha pintado los ojos, utilizando dos dedos de izquierda a derecha, hace que resalten sus escleróticas. A su vez, sus ojos son tan negros como el cielo de la noche que ya tienen encima.
Ni bien ingresan a la casa examinan la entrada, con una escalera que ofrece acceso a la parte superior, la cual solo observan y luego ignoran. Yammeric avanza hacia el ambiente a su izquierda. Detrás de él, entra también Tamasic con ojos inquietos y curiosos escudriñándolo todo. Hiljaleu, Ymaldoyve y Homit, en cambio, optan por subir por la escalera.
—Acá no hay nadie —le dice Yammeric a Tamasic.
Habla en una lengua que casi ningún hispanohablante conoce. Su voz es grave, ronca y sus palabras guturales suenan secas, y a la vez, con una extraña musicalidad verbal casi de versos con rimas. Ella, que al igual que él solo habla esa lengua, le comprende perfectamente, tanto, que le fastidia escuchar esas palabras. No va a reprimir lo que desea manifestar.
—Pasó por acá, su olor aún es fuerte en el aire. Sus pisadas todavía son frescas en el suelo; está cerca, pero se nos escapa —corta ella con furia.
—Hoy se descansa, las madres están cansadas, los niños no siguen el ritmo —replica Yammeric.
Tamasic golpea el suelo de madera con la parte no filosa de su lanza y se resigna a darle la razón con una mirada y asintiendo.
Los quince del grupo se reagrupan frente a la fachada de la finca de María Antonieta, tras revisarlo todo. Intercambian información, la tumba de Esteban Ibarra Pérez, cuya leyenda no pudieron leer en el crucifijo, la ventana rota por los perdigones, las señales de tiroteo entre la dueña de casa y Ramiro, entre otras particularidades de la vida doméstica.
Sin mayores conclusiones útiles que las ya sabidas, los quince se disponen a regresar con el resto del grupo oculto entre los árboles y arbustos que están linderos al escandaloso arroyo cercano. Allí, ocultos del viento pero más especialmente de invasores que cruzaron el agua grande, están las madres que amamantan a sus bebés, los niños que aún no tienen edad para empuñar lanzas, algún enfermo, un par de heridos y un trío de ancianos que ya no tienen fuerzas para luchar.
Los quince que examinaron la casa regresan con todos ellos, pero un par de ellos detienen la marcha. Tamasic se planta a mitad de camino, antes de que la finca de María Antonieta quede difuminada entre la niebla de la noche fría y oscura. Sujeta el brazo de Yammeric con prisa y no con demasiada gentileza. El hombre observa esa mano que lo aferra, ella lo suelta, se quedan en silencio mirándose a los ojos.
—Perdemos su olor en el aire y sus marcas en el suelo, quedamos sin nada —le expresa Tamasic— vi marcas con sangre, van hacia allá —la mujer le señala un monte nativo que está cercano a la finca.
—Ya hablé, las madres… —lo que Yammeric iba a decir se interrumpe por ella.
—Voy yo, si encuentro carne sin vida, se terminó acá.
Yammeric asiente. De inmediato emite un silbido muy similar al de los pájaros que hablan por la noche, el cual es escuchado por Ymaldoyve y Hiljaleu. Ambos, que se dirigían hacia la ribera del arroyo, donde está el resto del grupo, para reencontrarse con sus esposas e hijos, giran sobre sus talones descalzos y regresan con Yammeric.
—Busquen carne muerta y vuelvan antes de que Guidaí se vaya —les indica Yammeric.
Ymaldoyve asiente y mira a Tamasic, quien ignora su mirada atenta al monte nativo. Hiljaleu no aguarda ni un instante y tras las palabras de Yammeric emprende hacia el monte. Tamasic no pretende quedarse atrás, lo sigue de cerca y finalmente, Ymaldoyve también va con ellos. Por un instante se queda observándolos Yammeric sin expresión alguna, luego tan solo gira y se dirige hacia la ribera del arroyo junto al resto del grupo.
Poco después Tamasic, agachada en el suelo, toca un par de huellas aún frescas en el suelo de barro y pasto. Son de un par de botas que estuvieron justo ante una larga alambrada. Esta última divide terrenos pastosos que rodean la finca de María Antonieta, de un monte nativo que está al otro lado.
Tamasic se incorpora, observa a Ymaldoyve y Hiljaleu a los ojos, bajo la luz plateada y redonda de Guidaí, que ilumina desde el firmamento nocturno, tras lo cual salta la alambrada y cruza. Ellos hacen lo propio, los tres se mueven en silencio, aferran sus lanzas apuntadas hacia delante, se internan en el monte sin casi generar sonidos.
Rebasan los árboles, la oscuridad es casi absoluta, por lo que Tamasic debe agacharse cada dos pasos para tantear las marcas de las botas que están siguiendo. Avanzan de este modo hasta que alcanzan un tronco que parece ser más grueso y más antiguo que los demás. Allí los tres se dividen, pues los rastros se multiplican.
Hiljaleu encuentra huellas de botas diferentes a las que vienen siguiendo, sigue ese nuevo rastro. Ymaldoyve encuentra pisadas de pies pequeños que no están tan hundidas en el suelo. Los rastros de ambos quedan muy cercanos a los que Tamasic sigue. Finalmente, tras un rato de seguir rastros entre lo oscuro, los sonidos de ranas y grillos, incluso bajo las miradas incesantes de algunas lechuzas, la mujer halla el cuerpo sin vida de María Antonieta.
Agachada a un costado del cadáver, Tamasic la gira, tantea y mete los dedos de una mano en agujeros ubicados en alguna parte donde antes estuvo el arrugado rostro de la dueña de la finca.
—Carne sin vida, pero no la nuestra —reflexiona Tamasic en voz alta, ante la mirada atenta de los dos que están con ella.
No contenta con esto, Tamasic sigue aún más las marcas de pisadas de botas que venía tanteando desde la alambrada. Del mismo metódico e incómodo modo, agachada y avanzando con lentitud, Tamasic sigue estas huellas hasta que sale del monte nativo. Una vez fuera, respira más fresco el aire de la noche que se cierne aún más alrededor de Guidaí, que domina los cielos con su luz plateada.
La joven encuentra allí huellas diferentes, semicirculares, pero no del todo desconocidas para ella.
—Jual —murmura Tamasic.
Y dicho esto, la joven se arroja tras ese rastro, seguida de sus dos acompañantes. Aunque ella lo ignora, Homit también los sigue desde una considerable distancia.
FIN DE LOS CAPÍTULOS DISPONIBLES