I
Antes de los cielos
Las leyendas creacionistas de Zyllyön son tan diversas como las burbujas de la espuma que alcanza la orilla. Muchos códices coinciden, sin embargo, en un principio: antes del tiempo hubo un vacío absoluto, intangible e inmóvil.
La soledad estalló sin motivo aparente. Colores estroboscópicos atravesaron la nada y miles de trillones de cielos ocuparon lo que antes estaba muerto. Las partículas se reunieron, los vientos solares contrariaron fuerzas gravitatorias inmensas y las primeras luces poblaron el espacio.
Algunas de esas luces cobraron voluntad y fueron llamadas Esenciales. Eran entidades incorpóreas, capaces de atravesar distancias y edades sin dejar huella. Entre ellas se encontraba Arabel, poderoso y sabio, cuya cólera repentina amenazó a todos los demás.
II
La cólera de Arabel
Millones de Esenciales entregaron parte de su poder a Aradán para que pudiera contenerlo. Ambos se enfrentaron cerca del núcleo de la galaxia y su lucha se prolongó durante eones.
Cada golpe desprendió partículas y grandes chispas. Según el mito, una de ellas se convirtió en Küny: la estrella binaria cuya luz blanco-azulada iluminó un sistema de mundos todavía yermos.
Aradán quedó maravillado ante aquella danza incipiente y desvió sus manos para no destruirla. Deseaba dar forma a las cosas más bellas del universo, pero antes debía sobrevivir a Arabel.
Agotados e incapaces de vencerse, interrumpieron finalmente el combate. Aradán ofreció a su adversario un mundo donde pudiera crear sin interferencias.
—Eres enérgico, Arabel. Quieres seguir tu propio camino. Habita uno de los mundos que hemos encendido y crea en él cuanto desees.
—Vosotros no me otorgaréis nada. Yo mismo crearé el mundo que me venga en gana. Si alguno osa entrar en él, lo aplastaré como a una mosca carroñera.
III
La forja del mundo
Arabel se alejó y escogió una esfera yerma del sistema de Küny. Herido y al borde del desvanecimiento, comenzó a transformarla. Aradán lo siguió y, contra toda expectativa, lo ayudó a terminar la obra.
Ya no como enemigos, sino como aliados precarios, dieron forma al mundo que llamarían Zyllyön. El mito cuenta que encarnaron en cuerpos humanoides, descendieron a su atmósfera violácea y pisaron por primera vez el césped aún joven.
Levantaron un gran continente entre dos océanos, llamados Micminasz al occidente y Sandulansz al oriente. Terremotos plegaron el suelo; surgieron cordilleras, volcanes, ríos, lagunas, bahías, acantilados, penínsulas, istmos, fiordos y aguas abisales.
IV
Vakroy y Kriiba
Mientras Aradán contemplaba los paisajes, Arabel volcó su furia en una forma de vida violenta y amorfa. La retorció con tal intensidad que incluso su creador acabó comprendiendo el tormento que le causaba. Demasiado tarde para deshacer el daño, la abandonó encadenada bajo tormentas perpetuas.
En otras regiones, Arabel creó innumerables criaturas marcadas por su ira. Aradán pobló los bosques, las aguas y las llanuras con formas de vida nacidas de su asombro. Su creación más ambiciosa fue Vakroy: fuerte, bípedo, inteligente y capaz de engendrar vida.
—Seas bienvenido, mi amado Vakroy —habría dicho Aradán sin voz ni boca.
—¿Qué es eso? —preguntó Vakroy, señalando la masa que gritaba bajo las tormentas.
—Ese es Kriiba.
—¿Por qué grita de esa forma? Sus alaridos lastiman mis oídos.
—Te diré qué debes hacer con él.
Aradán dejó instrucciones a Vakroy y regresó al cosmos. Arabel, vaciado por fin de su ira, pidió perdón y volvió también junto a los Esenciales.
Ambos abandonaron Zyllyön. Sus creaciones más poderosas, Vakroy y Kriiba, heredaron el mundo y la responsabilidad de emplear una fuerza que podía preservarlo o condenarlo.
Fin de la leyenda