
Transcurría el ciclo de vida mil trescientos veinte y cinco.
Despertó U’Prot de golpe como cada mañana, exaltado, sobre una cama cómoda, dentro de una habitación amplia y redonda. El suelo estaba elaborado con tablas de fresno, y más allá, la salida a una terraza permitía el ingreso de la potente luz matinal de Küny. La mañana se presentaba cálida, muy húmeda, había llovido rato antes. El aire era pesado, caliente, auguraba más lluvia y tal vez tormenta. U’Prot se sentía agitado, transpiraba mucho a pesar de su completa desnudez. Tenía dibujados en el rostro unos visibles, evidentes signos de preocupación, ojeras y lagañas cristalizadas desde lágrimas tristes e inevitablemente depresivas. Siendo joven aún, su rostro lucía avejentado.
De nuevo había tenido un sueño traumático, o quizás pesadilla. Esto lo acababa de despertar de un sobresalto taquicárdico. No era la primera vez que sufría esto, ni sería la última. Entre sus labios, sin poder evitarlo ahora ya despierto, el nombre V-Vota se asomaba una y otra vez como amanecer tímido. La agitación se le desvanecía poco a poco, el pecho ya le dejaba de hinchar y desinchar sin control. El sudor se le enfriaba y secaba sobre la piel, eso le dio frío a pesar del calor, un frío febril. Era tiempo de levantarse. Se incorporó de la cómoda cama. El amanecer se podía ver colorido desde dentro de la habitación, a través de la terraza con los postigos abiertos de par en par.
Apenas prestó atención a esto, su mente era un desorden ahora mismo. Una vez incorporado se dirigió hacia el medio mismo de la estancia, donde contaba con una fuente desde donde brotaba abundante agua fresca. Este palacio donde U’Prot se encontraba, contaba con cientos de torres como esta donde él residía. Sólo que esta torre no era una de muchas, sino que era la más alta, la más protegida. Su habitación se encontraba en el último nivel. Esto no lo recordaba del todo, de hecho, ahora mismo no tenía demasiada noción de nada. Sólo la pesadilla abarcaba su mente. Con intención de asearse se acercó a la fuente. Desnudo como ya estaba se introdujo en el agua. Se refrescó y aseó un poco.
El calor se tornaba más intenso conforme Küny se elevaba hacia el cenit. Cuando U’Prot acabó con la ceremonia del aseo, bajo agua fresca de la fuente, se vistió con una túnica blanca de bordes y costuras de tonalidad naranja oscuro. Se calzó sandalias hechas con hilos de lana y una corona en la cabeza tras lo cual, salió de su habitación y de la torre. Caminó directo hacia las eternas veredas de la ciudadela Crovinistas, donde U’Prot por una gracia divina que ni siquiera lograba recordar, se había convertido en el absoluto monarca. Una vez que llegó a las flamantes veredas adosadas con adoquines de mármol, U’Prot se reencontró como cada ciclo con multitud de residentes.
Éstos lo llenaban todo en el paisaje a la vista. La personas corrían, caminaban, hasta saltaban por doquier. U’Prot no pasó desapercibido entre la gente. Ni bien lo veían lo saludaban, le sonreían, lo veneraban, hasta le intentaban dar obsequios. Él no aceptaba ninguno. A pesar de las multitudes y aglomeraciones a su alrededor, llegó a caminar unos doscientos pasos hacia su destino respectivo. En este punto, un hombre muy alegre lo interceptó. Sin elegancia ni simpatía, éste hombre intentó llegar a él hasta mantener la mirada fija en los ojos de U’Prot. Su sonrisa salió forzada, lo cual aunque no le fue fácil, sonrió un poco.
—¡Sumo Pontífice! ¡Buenos días! —Saludó este hombre con ese acostumbrado saludo protocolar carente de afectividad.
A cualquier otro residente de la flamante Crovinistas, capital del reino homónimo en aquel entonces, semejante felicidad de los residentes hubiera sido contagiosa, pero no a U’Prot. Él venía de soñar con intensidad un sueño traumático, muy fuerte para su corazón lastimado, demasiado doloroso para su cuerpo agotado. Esas imágenes de pesadilla, eran algo que no podía quitarse de la cabeza con sencillez de un momento a otro. El hombre que llegó hasta él intentaba mostrarse con alegría.
—¿Cómo estás, Kriiba? —Se limitó a saludar U’Prot con prisa casi inmediata. No dejaba de mirar a su alrededor, a residentes que lo rodeaban. Nadie parecía permitir que su presencia pasase desapercibida. Quería quitarse a ese tipo de encima.
—Epaaa… epa, Vakroy. Ese no es el rey que conozco. ¿Qué te sucede? Cuéntame… —Algún chisporroteo interno, generó un incendio dentro del pecho de U’Prot, es decir dentro de Vakroy. Aun así, intentó ser amable como siempre.
—Tengo prisa, S’Krach. Debo irme. —Reanudó la marcha, apresuró el paso. Kriiba se vio obligado a caminar con más prisa para no quedarse atrás y seguir al ritmo de su querido soberano.
—S’Krach… soy Kriiba. De verdad, cuéntame. —Le recordó sin dejar de caminar al lado de U’Prot.
—Tengo prisa. —advirtió Vakroy sin detenerse.
Su rostro reflejaba una evidente molestia creciente. La sonrisa de Kriiba era firme, imperecedera, casi como las sonrisas que ostentaban las estatuas de mármol de Crovinistas, algunas de las cuales habían sido talladas por el mismísimo Viejo Plinius en acantilados que daban hacia el Océano Micminasz. Era una costa que los pastores de ovejas solían llamar Crovinistas en una antigüedad en que ya ni siquiera Rdrilveria existía. Nombre en lengua morguendis que significa: Ciudadela de los vientos.
—Anda. Somos buenos amigos. ¿O no? —Disparó Kriiba, tras lo cual dejó salir una incómoda carcajada.
—¡No me estorbes! —cercenó Vakroy, cortante cual guillotina.
Dio por finalizado el asunto. Apresuró aún más el paso. A Kriiba se le borró un poco la sonrisa del rostro, justo antes de detenerse y quedar asolado, de pie en medio del sendero. Vakroy atravesó la peatonal que pisaba, alcanzó el otro lado, siguió adelante como si nada hubiera pasado. Intentó no pensar en nada, caminaba con prisa, pasos cortos y mirada baja. Trataba de no mirar a ningún residente que intentaba saludarlo o alabarlo, pero lo quisiera él o no, ya era demasiado tarde para eso. Dio unos quince pasos más. Las mujeres a la vista comenzaron a cantar una hermosísima y dulce melodía en lengua d’agam’anat. Las que antes transitaban por adoquinadas veredas detuvieron la marcha.
Se arremolinaron a su alrededor al tiempo que cantaban. Lo contemplaban con miradas vacías, inexpresivas. El confundido rey detuvo su avance. Recordaba muy bien su sueño, lo que en éste le ocurría. No permitiría que eso le ocurriese en la vida real. Vakroy miró a su izquierda, vio una puerta y enseguida la golpeó con un hombro. Al ser madera de Fusta Ferro no podría romperla ni doblegarla, lo sabía, su intención era hacer ceder el cerrojo. Golpeó tres veces de igual manera, hasta que al fin pudo vencer la cerradura de bronce. Cuando la gruesa puerta cedió, pudo entrar a una de las innumerables casas de un distrito en Crovinistas. Una vez dentro, cerró con ímpetu la puerta tras su espalda.
Giró sobre sus talones, examinó el interior. Allí dentro ya no escuchaba los modulados cánticos de esas mujeres. Al darse la vuelta, descubrió que la casa no estaba deshabitada. Se encontró con una única persona, la cual de hecho lo contemplaba absorta, maravillada, aunque también un poco asustada. Era una mujer. Estaba de pie a no más de dos pasos de él. Para sorpresa de Vakroy, notaba éste que conocía a esa chica, vaya si la conocía. Allí, casualmente, habitaba nada más y nada menos que la mujer que más amaba en todo Zyllyön. Su emoción casi lo arrastró a las lágrimas. Las reprimió. Apenas podía creer estar frente a ella.
—V’Vota… —Le susurró estupefacto.
Su tono de voz era tan apagado como casi inaudible, apenas un suave susurro, como aire que escapa de un globo al desinflarse. Estaba atónito ante esa increíble presencia. Veía delante de él a la mujer de sus sueños, la más bella. Lo contemplaba con dulzura, lo esperaba sin saber para qué. Sentía U´Prot en su propia piel esa presencia femenina. Era como si siempre hubiera sabido que debía entrar allí, a esa casa, por esa puerta. La había descubierto, la había encontrado, por fin podía volver a verla luego de tantos miles de amaneceres. Estaba aliviado de no escuchar los melodiosos cánticos de ahí fuera, ni los tamborileos de los hombres al pisar rítmicamente.
—¿Qué haces en mi casa? ¡Fuera! —exclamó ella. Cambió de repente su semblante. Sus mejillas blancas enrojecieron.
—No recuerdo del todo mi sueño, lo que ocurría luego de verte, pero sé que m… no lo sé… perdón… es confuso. Antes que algo malo ocurra, sé que sentiré un dolor muy fuerte, desagradable. —confesó él. Logró que el rostro de ella cambiase de nuevo. Se la veía preocupada.
—Pero, ¿qué dices, Vakroy? Eres el rey de Crovinistas. No sé qué haces aquí. Es la primera vez que te veo en persona, de hecho no te conozco, aun así, no sé cómo pero… siento que te amo con mucha intensidad, de verdad… es tan extraño que no sé cómo explicarlo… —confesó ella. Acortó un paso de distancia.
—No es cierto. —desmintió U’Prot. Intentaba expresar una frialdad que no era propia de él. Lo consiguió justo con ella.
—¿Qué dices? —preguntó ella sorprendida y triste.
—Te amo V’Vota, no sé cómo es eso posible, pero a la vez es inevitable. Te amo con todo mi corazón y espíritu. Aun así sé, de alguna manera sé que amarte es peligroso, es mi doloroso fin. —confesó U’Prot. Se esforzaba por repasar en su mente los hechos acontecidos en su última pesadilla, de principio a fin.
—Mi nombre no es ese que dices. Me llamo Augusta. Puedo ver tu aura. —afirmó ella con notorio orgullo.
—¿Augusta? ¿Mi aura? ¿Qué ves en ella? —Deseaba saber Vakroy, sonriente por primera vez desde que había despertado. Sus propias palabras le recordaron un tramo de su pesadilla.
—Que me amas. —Se limitó a responder ella. Le dio un poco de vergüenza, sus mejillas tan blancas se ruborizaron más.
—Eso es cierto. —susurró U’Prot; estaba hipnotizado con ella.
—Veo en tu aura que de verdad me amas, de corazón, que eres sincero y deseas estar conmigo. —continuaba ella más tímida que antes. Su rostro alcanzó al color del tomate.
—Todo eso es muy cierto, has visto muy bien. —confirmó él con una felicidad en su corazón que no le cabía en el pecho.
—Me hace muy feliz saber eso. —susurró ella con voz tenue.
—Siento tu energía. —Le mintió ahora él. Ella levantó la mirada, se mostraba muy entusiasta.
—¡Eso me gusta! ¿Qué sientes exactamente? —Deseaba saber ella con ansiedad desbordante, justo antes de la decepción.
—Que no eres sincera. —disparó él. Para ella, fue como si de pronto el cielo se cubriera de nubes grises a punto de llover. Una pausa profunda se estableció entre ambos, seguida de hondo silencio abismal como fosa oceánica.
—¿Cómo dices? —Tartamudeó ella al fin, con la esperanza de no haber comprendido bien las palabras de U’Prot.
—Lo que siento. —deslizó Vakroy, con la simpleza que por fin le otorgaba la alcanzada frialdad.
—Pero… ¿por qué sientes eso? —apresuró a cuestionar la joven. No podía creer que su amado la acusara así.
—Eso, tú podrás explicármelo porque yo… realmente quisiera que no fuese así. Lo siento con fuerza, y sé que no me equivoco. —reafirmó el hombre, no sin un dejo de notoria tristeza.
—Te lo explicaré. —aseguró ella. Intentaba ablandarlo con sonrisas que solían derretirlo como plomo caliente. No parecían surtir efecto en él esta vez.
—Eso espero —dijo él; arqueaba las cejas—. Si hay explicación para esto, realmente quiero saberla cuanto antes.
—¿Quieres un poco de té mientras te lo cuento? —Le ofreció ella con gran amabilidad, gracia y elegancia.
—Por supuesto. —respondió Vakroy con ingenuidad.
Después de todo, aunque se notara lo contrario, no quería lastimar los sentimientos de ella. Augusta giró ciento ochenta grados. Con sus manos gráciles preparó algo sobre una mesa dando la espalda a U’Prot. Tomó con mano derecha una vasija de barro, disponible contra un rincón oscuro. Extrajo desde una mesa dos tazas artesanales y vertió en ambas tazas desde la vasija, un líquido muy caliente y de tonalidad turquesa.
—¿Endulzas con miel? —preguntó sonriente, aunque ya conocía la respuesta.
—¿Cómo sabes que suelo endulzarlo? —Se sorprendió él. Casi nadie conocía su predilección por lo dulce.
—Porque te amo… una mujer conoce los gustos del hombre que ama. —simplificó ella con ojos tiernos, los cuales reflejaban transparencia y amor verdadero.
—Pero no nos conocemos realmente… —reflexionó él en voz alta. Le logró extender su confusión a la jovencita.
—Ahora me conoces, te lo explicaré todo. Ten. Cuidado, está muy caliente. No sea cosa que te quemes, amor.
Ella le hizo entrega de una tacita de té. Él la tomó entre sus manos, sintió al tacto que de verdad estaba caliente. Se miraron a los ojos. Él estaba convencido que la verdadera calidez no se encontraba en esa taza de té, ni en el cálido líquido que contenía. La verdadera calidez provenía directamente desde el corazón de ella, calor, lujuria y amor que sentía por él. En silencio, ella bebía sorbos pequeños con sus labios de muñeca; le sonreía. Esa mirada era tan tierna como lujuriosa, enloquecía a U’Prot.
—¿Me lo cuentas todo entonces por favor? —Deseó confirmar Vakroy antes de beber un sorbo grande.
—No. Ahora ya no. —Sonrió ella luego de hablar. La simpatía de ella le hizo perder la cabeza, aun así, la negativa respuesta llamó poderosamente la atención del confundido U’Prot.
—¿Cómo? —preguntó él, justo antes que la taza se le cayera de las manos sin que pudiera evitarlo.
Al impactar contra el suelo la tacita se destrozó en decenas de pedazos. Lo que quedó del té se desparramó sobre el piso de piedra. Al principio, U’Prot sintió una especie de electricidad que estallaba en el interior de su estómago, se le propagaba hacia todas partes en su castigado cuerpo. Enseguida sintió esa electricidad en su más potente demostración de destrucción. Sus músculos se estremecieron de forma frenética, sufrió fuertes convulsiones que se apoderaron de su ser. A pesar del intenso dolor incontrolable y movimientos violentos que su cuerpo sufría, intentó fijar la mirada en ella. Vakroy cayó al suelo, su piel se quemó con lentitud desde dentro hacia fuera.
Se agitó, se estremeció, se sacudió de dolor debido al alto poder invisible del Termotrilitrón. La piel se brotó de ampollas poco a poco hasta que reventaron. El cuerpo se chamuscó hasta quedar ennegrecido. Su túnica y sus sandalias se empaparon de transpiración, fluidos de ampollas y sangre. Ella no disfrutaba con lo que veía, en absoluto. De hecho, se cubrió los ojos con ambas manos para evitar ver el interminable proceso destructivo. No dejaban de caerle lágrimas desde los ojos. Las convulsiones acabaron. La vida de U’Prot se consumió hasta la última gota. Acabadas las convulsiones, la piel del monarca desprendió nauseabundas humaredas hacia direcciones irregulares.
Residentes de Crovinistas, mujeres y hombres, irrumpieron dentro de la finca y se encontraron con el cuadro del cadáver. Además, también se encontraron con una horrorizada mujer atacada por estallidos de llantos.
—¡Ya ha bebido! ¡¡Malditos autómatas!! ¡Cumplan con su parte ahora! —Gritó ella encolerizada de ira y tristeza.
Se sentía fuera de sí, furiosa, sin nada de su característica dulzura que resultaba tan cautivante para U’Prot, esa que tanto le fascinaba al fallecido soberano.
Y así, este hombre sufrió una y otra vez durante siglos enteros.
Luis Aníbal Nez