La fachada color caqui de la Happy Drunk Liquor Store, ubicada en West End, es iluminada por las primeras luces del día. Hacia allí se dirige Rob con su bicicleta vieja y un poco oxidada. A Rob poco le interesan los diseños arquitectónicos de los edificios. De hecho, desconoce que la finca a la cual se dirige perteneció a los primeros vestigios de colonos en Stormport. Este tipo de arquitectura es un baluarte para residentes de la ciudad y del distrito, un orgullo, últimos restos de una sociedad que ya no existe. Pero a Rob todo esto no le interesa ni un maldito comino. Poco y nada le importan las proezas arquitectónicas.
Lo que quisiera Rob es tener su propio negocio para ser libre de lo que él llama: Esclavitud. Se siente capaz de abrir un negocio del mismo rubro en el cual trabaja, aprovechar la experiencia acumulada por años. Pero siempre que comienza a soñar con esto, su mente aterriza de nuevo en una cruel realidad que le golpea con suma dureza. Sus pocas cuentas están en rojo, incluso hasta le debe dinero al idiota de Dan, su mejor amigo y hermano de la vida. Se frustra al sentir que no puede ni podrá nunca lograr sus sueños. La hermana de Dan, a quien Rob llama La Suricata en presencia o no de ella, siempre le sugiere que trabaje duro y olvide las utopías, que básicamente deje las estupideces. Por ese tipo de sucesos es que justamente la ama y al mismo tiempo la odia.
La Suricata, a quién Rob considera que tiene apariencia similar a ese animal, ha de ser la única mujer que de verdad se ha enamorado alguna vez de él en la vida real. A pesar de ello, la mujer ya no quiere vivir con él en la pieza de pensión en la cual conviven. Rob la quiere, a veces. Difícil le resulta enamorarse de una mujer que no sea Brittany Condon, o que al menos no sea similar a ella, ni esté a su altura. En la zona de pensiones donde vive, llamada Los Condominios, al este de Stormport, del otro lado del Eastern Wall, no hay mujeres con ese perfil tan extravagante. Sin embargo, en Los Condominios nadie juzga a Rob por las cosas que ha hecho o hace. Eso lo hace sentir cómodo allí.
En cualquier otro distrito, su sola imagen sería suficiente para que una cámara urbana active las alertas. Así que a pesar de las miserias se siente a gusto en Los Condominios, ya no imagina vivir en otro sitio. Antes de que asfaltaran algunas de las calles más transitadas de la zona, hace varios años, Rob y la demás gente que reside en Los Condominios, debió sufrir el peor huracán y posterior inundación que se haya sufrido jamás en esa zona. Agua oceánica parecía haber cobrado vida de pronto, se desbordó hacia dentro de la costa, destruyó altos diques artificiales de contención y arrasó toda aquella franja costera. En ese entonces, La Suricata y Rob construían su propio hogar en la zona que estaba más allá de una vieja metalúrgica vinculada a la histórica expansión industrial de Harrington City, gracias a la cual existen ahora Los Condominios.
De la noche a la mañana, la franja costera se inundó por gélidas aguas negras, sucias y violentamente salvajes. Un tsunami destruyó los diques, siguió de largo, arrasó cada casa que encontró a su paso. El huracán con alto nivel de catástrofe no dejó nada en pie. Los vecinos que se conocían desde hacía mucho tiempo quedaron sin hogar, ni tierra, ni pertenencias, algunos incluso quedaron además sin familia o amigos. Junto a cientos, miles de personas, Rob y residentes de Los Condominios suplicaron al Ayuntamiento de Stormport para que les permitieran cruzar el Eastern Wall. Los damnificados pidieron asilo en diversos sitios, en vista de la falta de respuestas del ayuntamiento. El alcalde se negó a abrir el muro.
Nadie entre los que habitaban diferentes zonas, deseaba que la pobreza y marginalidad de Los Condominios se propagara en sus barrios, calles y avenidas de influencia. Al este del Eastern Wall, en una aislada zona seca, se reunieron a los damnificados y se les proporcionó un trozo de pan, una taza de sopa y algún tubérculo tibio. Si se detectaba principio de hipotermia en alguna persona mayor, adulta o niño, se les otorgaba una manta térmica. Los diversos diagnósticos no fueron evaluados por médicos. Fueron las decisiones de altos jerarcas gubernamentales las que estuvieron al mando del control de emergencia. Nadie pudo acceder a instalaciones donde se cuenta con hospitales propios, barracas, cuchetas, comida y agua caliente suficiente para miles.
Divisiones y subdivisiones de la megacompañía más grande del mundo, es decir la United Humans Revolution, cuya sigla es UHR, contactó damnificados desde su división UHR Humanity. La multinacional planetaria y de riqueza trillonaria, propietaria de naves espaciales, satélites y con al menos una centena de divisiones incluido el entretenimiento, fue la única que dio señales de vida y asistencia. La división UHR Planetary, tenía por aquel entonces el mérito de haber llevado astronautas a Ganímedes. Como otros, Rob recibió una oferta tangible para continuar con la colonización y terraformación de La Luna y Marte. Muchos en su situación aceptaron la oferta de UHR Planetary, pero no él. Luego, UHR mermó su ayuda conforme reclutó a cientos de civiles.
Nadie más acercó ni la más mínima ayuda para afrontar el hambre, sed, frío y desolación por haberlo perdido todo; incluso la propia muerte propia. Rob aún recuerda muy bien esos días sufridos. No olvida ni un ápice de los discursos políticos en los cuales, las autoridades brindaban argumentos que aseguraban trabajo ante reclamos de la gente. Detallaban las muchas tareas que incansablemente se estaban llevando a cabo para ayudar a las víctimas. Apagadas las cámaras y acabado el discurso, esos mismos políticos olvidaban por completo lo dicho segundos atrás. Los resultantes daños ocasionados por el huracán fueron medidos en gráficas por programas de televisión y otros medios de comunicación.
Intenta Rob no recordar esto con frecuencia, pero por algún extraño motivo en esa mañana, mientras pedalea hacia el trabajo, rememora aquel invierno cuando La Suricata, él y cientos de familias quedaron en la calle. Justo antes de la llegada del huracán, La Suricata le habría manifestado su deseo de tener un hijo con él, un varón o dos. Rob no quiso. Con el tiempo La Suricata perdió el interés. En la zona de Los Condominios se reubicó a algunos de los damnificados a cambio de un bajo coste de alquiler que no todos pudieron pagar. Solo a madres solteras se les permitió trasladarse allí sin costos. La Suricata aceptó, pues gracias a su trabajo en las tiendas clandestinas pudo pagar la renta. Llevó con ella a Rob, quien no estaba para nada conforme con esto.
En ese período Rob no tenía forma de encontrar trabajo por ningún sitio. Sufrió el lado más cruel de la miseria. El discurso político ya ni siquiera los tuvo en cuenta. Rob y su buen amigo Dan, quien además es su cuñado, debían llevar dinero a casa de cualquier forma. Fue así que se esforzaron en encontrar un modo de penetrar el perímetro de alta seguridad de Downtown. Se adentraron por la noche en la zona financiera de Stormport, en plena hora pico del cierre de la bolsa, casas financieras y bancos. Hurtaron objetos de valor a cada transeúnte que les fue posible. Rob lastimó de gravedad, aunque de forma accidental, a una mujer en el forcejeo por arrebatarle un dispositivo electrónico. Los drones alertaron a efectivos apostados en las calles.
Persiguieron y atraparon a Dan y Rob con facilidad. Esa misma noche los enjuiciaron, sentenciaron y encarcelaron en la nueva prisión inexpugnable de Prisontown, al otro lado del Eastern Wall. No fue hasta un lustro después que Rob recuperó su libertad. Regresó a Los Condominios con La Suricata, quien no lo recibió nada bien. Ella rechazó la idea de volver a ser su pareja, aunque no quiso dejarlo en las calles. La condición para permitirle esto, fue que Rob se buscase un trabajo honesto sin volver a robar. Eso hizo él, buscó durante meses hasta que por fin consiguió trabajo en una vieja licorería de West End. Al dueño del comercio poco le importó que Rob fuese un foráneo damnificado procedente del otro lado del Eastern Wall. De hecho, contratar damnificados de las zonas exteriores le permitía acceder a ciertos beneficios fiscales, por lo que tenerlo detrás del mostrador terminaba resultándole más barato que contratar a un residente de Stormport. La paga era ridícula, pero era algo. Desde entonces se levanta a las seis o siete de la mañana, se enjuaga con agua fría y pedalea hacia West End.
Esta mañana, como tantas otras, pedalea en su bicicleta vieja y oxidada camino al trabajo. Toma un camino que lo conduce a lo largo de la ribera del Río Buffalo Bayou, antes de virar en un recodo que lo lleva hacia el oeste. Le gusta el paisaje matinal por la zona, así sea en pleno invierno con rocío en el rostro y brisa gélida de frente. El precio del tren o autobús es inaccesible para él. Pagar cada día ese viaje para ir y luego para volver, sería algo demasiado costoso para su apolillado bolsillo. Le gusta llegar de mañana temprano a la licorería, disfrutar de noticias frescas del periódico virtual, aguardar a que lleguen los primeros clientes ansiosos por llevarse algo con lo cual embriagarse. Cuando ya está cerca de la licorería, escucha a lo lejos las aspas de una aeronave.
Sin prestar demasiada atención a esto, Rob llega por fin a la Happy Drunk Liquor Store. El hombre carente de alegría, resignado, está incluso molesto por la monotonía rutinaria. Desmonta la bicicleta, la encadena a un poste cercano, se acerca a la cortina metálica de la entrada del local, cuando dos transeúntes pasan detrás de él.
—¿Has visto ese nuevo anuncio? —pregunta uno de los transeúntes al otro.
—¿Cómo no verla? —responde el que avanza a su lado.
—Es una diosa. Seguro que abajo no lleva ropa interior.
—¿Alguna vez lleva ropa interior?
Rob se da la vuelta con rostro de pocos amigos, los ve pasar, sigue las miradas de ambos con la suya. Ve que miran un holográfico anuncio nuevo que reluce entre los pisos tres y cinco del edificio frente a la licorería.
El manojo de llaves cae de la mano del boquiabierto Rob cuando ve el anuncio. Sujeta su cabeza con ambas manos al ver una nítida holografía de Brittany Condon. La joven viste un sugerente top y una falda volada muy pequeña a la cual revolea sin pudor al girar sus caderas.
—Es cierto, no lleva ropa interior. ¿Nunca lleva? —dice Rob tras lo cual se relame.
Una señora mayor que se apoya en un bastón se acerca.
—Jovencito, ¿a qué hora abre la licorería?
—Cuando se me antoje.
—No sea imprudente. Tengo que comprarle un regalo a mi nieto.
Rob baja la mirada, cierra la boca, se seca la comisura de los labios y observa a la anciana que le habló.
—¿Acaso su nieto es un borracho?
—Ah, pero que atrevido, ¿Cómo me va a decir una…
—No me moleste, vieja senil, cómprele otra cosa.
La señora murmura algo entre dientes y se aleja asustada.
Rob recoge el manojo de llaves del suelo, introduce la llave en la cerradura, gira dicha llave y desliza la cortina hacia arriba. Se adentra en el local comercial.
Una vez dentro, todo luce igual a como lo dejó el día anterior. Ve dos estanterías que dividen en cuatro el reducido espacio ambiental del local. En dichas estanterías se exhiben vinos finos de varias cosechas, licores de diversos sabores, whisky, vodka, ron, entre otras muchas bebidas. Una estantería está repleta de bombones caros, varios rellenos de licor o frutas.
Recostado contra un escaparate hay una mesa. A su vez, sobre esta reposa una holografía que simula ser una caja registradora antigua. Entre la mesa y pared hay una redonda banqueta gastada, sin respaldo. Allí se acomoda Rob luego de arrojar el manojo de llaves sobre la mesa. Suspira como si maldijera. Sus gastados jeans azules tienen más de diez años de uso; sus zapatillas deportivas tienen aún más años. Su camisa blanca a cuadros rojos huele mal, él ya se ha acostumbrado a no lavar sus prendas con frecuencia. En Los Condominios no hay agua corriente ni luz eléctrica. Sobre la camisa lleva puesta una chaqueta deportiva de color rojo que amortigua un poco el hedor que emanan sus axilas; se la quita ni bien llega. El pedaleo le ha generado calor.
Una gorra de béisbol con visera delante, cubre escasos cabellos que revelan incipiente calvicie. Algunos mechones en los costados de la cabeza y nuca son largos, rebasan sus hombros. Su nariz aguileña se disimula un poco ante sus ojos de huevo duro, tan grandes que parece no haber párpados capaces de cubrirlos. Con esos ojos mira hacia fuera a través de cristales de los escaparates de la licorería. Ahí fuera, West End se levanta poco a poco de la resaca de la noche anterior. Rob medita, sabe muy bien que anoche hubo un recital de Brittany Condon en Baybeach. Hurgará las noticias del día hasta enterarse de cómo estuvo el evento y en especial ella.
Luis Aníbal Nez