
El sábado empieza antes del amanecer.
Esteban abre los ojos y tarda unos segundos en reconocer el techo de su apartamento. Ha dormido vestido, sobre la colcha, con los zapatos al pie de la cama y un sobre blanco debajo del teléfono. La noche anterior ha comprobado tres veces que el sobre sigue allí. Vuelve a hacerlo ahora. Dentro están las dos alianzas.
En otro extremo de Montevideo, Fabiana se sienta en el suelo de su antiguo dormitorio, junto a un álbum de tapas verdes. Su madre duerme detrás de la pared. En la casa de la calle Portugal todavía es de noche, pero ella no necesita encender la luz para encontrar la fotografía que busca. Sabe en qué página está.
Dos niños posan frente a una plazoleta. Él lleva una pelota bajo el brazo y mira hacia otro lado. Ella lo observa con una seriedad impropia de sus doce años. Fabiana pasa el pulgar sobre el borde de la imagen. Después cierra el álbum, lo deja sobre la cama y se mira al espejo. Se casa a las once.
No debería haber ninguna razón para dudar. Sin embargo, desde enero, cada vez que imagina la ceremonia, ve a una niña con un vestido azul caminando hacia el agua.
Cuando Esteban tiene ocho años, la vida cabe en las cuatro cuadras que rodean la plazoleta de Venezuela y Minas. Conoce las baldosas sueltas, la altura de cada cordón, los horarios en que los vecinos riegan las veredas. Los partidos de fútbol terminan cuando se acaba la luz o cuando aparece la madre de alguno para arrastrarlo hacia la cena.
Fabiana vive a una cuadra. Es tres años mayor y eso, para Esteban, la vuelve casi inalcanzable. Sale con sus amigas a sentarse en las puertas de las casas y parece no prestar atención a los muchachos que persiguen una pelota. Él juega para que ella lo vea. Ella lo ve siempre, aunque no se lo permite saber.
El mejor momento llega cuando los demás proponen jugar a la escondida. Entonces el fútbol deja de importar y el barrio se transforma en un mapa secreto: un automóvil estacionado, un zaguán oscuro, el hueco entre dos muros. Esteban busca lugares en los que puedan esconderse juntos. Fabiana finge que los encuentra por casualidad.
Una noche, agazapados detrás de un automóvil, oyen a sus amigos correr del otro lado de la calle.
—Tu hermano va a venir a buscarnos —susurra Esteban.
—Está escondido con los demás.
—Siempre nos sigue.
—Porque cree que conoces los mejores lugares.
Esteban mira por encima del capó. No ve a nadie. Se vuelve y descubre que Fabiana lo está mirando.
—Quiero decirte algo.
—Entonces dilo.
La frase le cuesta más que cualquier cosa que haya hecho hasta ese momento.
—Me gustas.
Fabiana baja los ojos. Tiene las rodillas cubiertas de polvo.
—Tú también me gustas.
Esteban siente un golpe en el pecho, como si acabara de recibir un balonazo.
—¿Quieres ser mi novia?
—Tengo que pensarlo.
Durante el resto del juego no se atreve a preguntar qué significa eso. Al día siguiente vuelve a encontrarla en la plazoleta. Ella acepta. Se despiden sin tocarse, como si hubieran firmado un acuerdo demasiado importante para celebrarlo. Después Esteban comete su primera estupidez amorosa: pasa cuatro días sin salir de casa.
Cuando finalmente suena el timbre, es Fabiana quien espera abajo.
—¿Estás enfermo? —pregunta.
—No.
—¿Te castigaron?
—Tengo que estudiar.
—Nunca estudias tanto.
Él busca una excusa más convincente, pero ella se aproxima y le da un beso en los labios, breve y torpe. Esteban cierra los ojos demasiado tarde.
—Así se saluda a una novia —dice Fabiana.
Luego se marcha, dejándolo en la puerta con la sensación de que el mundo acaba de cambiar de tamaño.
Durante dos años no hay ningún verano sin la rambla, ninguna tarde de lluvia sin llamadas desde el teléfono de alguna casa, ninguna discusión que sobreviva a un encuentro en la vereda. Después los padres de Esteban se mudan a Piriápolis. Los de Fabiana dejan el barrio poco más tarde. Las cartas se pierden entre direcciones nuevas y promesas infantiles. Cuando dejan de llegar, ninguno sabe cómo buscar al otro.
Transcurren diez años.
Esteban regresa a Montevideo y alquila un apartamento pequeño en la calle Salvador Ferrer Serra. Trabaja como instructor de natación y estudia lo que puede. A fuerza de preguntar por antiguos vecinos, consigue un número telefónico. Marca sin saber si Fabiana todavía vive allí. La mujer que responde tiene veintitrés años, pero él reconoce la voz antes de que diga su nombre.
Se encuentran en la Terminal de Tres Cruces. Fabiana llega primero. Está junto a una vidriera, con un bolso negro colgado del hombro. Esteban pasa dos veces frente a ella porque espera encontrar a una niña de doce años y no a esa mujer que levanta la cabeza al verlo.
—Estás diferente —dice.
—Tú también.
Él ve que Fabiana sonríe. Después nota que está llorando.
Se sientan a tomar café, pero apenas lo prueban. Hablan de Piriápolis, de sus familias, de trabajos que no alcanzan para vivir y de las cosas que recuerdan de manera distinta. Cuando Esteban menciona el automóvil detrás del que se escondieron, Fabiana le corrige el color. Cuando ella dice que fue un viernes, él insiste en que era sábado. Ninguno consigue demostrarlo.
—¿Y ahora? —pregunta él al cabo de una hora.
—Ahora, terminamos el café.
—No me refiero a eso.
Fabiana aparta su taza.
—Yo tampoco.
Se besan en medio de una terminal llena de gente que va y viene y que no sabe nada de ellos.
Dos años después, todavía no pueden pagar un alquiler juntos. Esteban suma turnos en la piscina y, cuando llega el verano, consigue trabajo como salvavidas en Playa Malvín. Fabiana estudia alta costura, cose arreglos para vecinas y guarda en una caja de galletas los billetes que logra apartar. Quieren casarse. A veces hablan de una casa pequeña con un patio. Otras veces ni siquiera se atreven a ponerle fecha.
El verano que lo cambia todo empieza como cualquier otro.
A mediados de enero, con un calor inusualmente insoportable, el viento sopla desde el este y levanta una espuma fina sobre el agua. La playa está llena, pero frente a Isla de las Gaviotas hay un sector despejado. Desde temprano han instalado allí una carpa amplia, sombrillas blancas y unas cuerdas que marcan un perímetro discreto. Esteban ve bajar de varios vehículos a hombres de traje liviano, mujeres con acreditaciones y dos niñas que corren hasta la arena. Le han avisado que una delegación extranjera pasará unas horas en la playa. Nada más.
Por las radios de los guardavidas circula la versión de que se trata de una familia vinculada a la corona noruega. A Esteban le importa menos la identidad de los visitantes que la corriente lateral que se forma a la altura del banco de arena. Por tercera vez en la mañana pide a unos bañistas que se acerquen a la costa.
Fabiana llega poco después del mediodía con una bolsa de frutas y una botella de agua fría. Se queda junto a la torre mientras Esteban observa el mar.
—Hoy tienes público importante —dice ella, señalando la carpa, mientras se quita la ropa hasta quedar en bikini.
—El agua no distingue a nadie.
—Qué frase tan solemne.
—Es verdad.
Fabiana le ofrece una mandarina.
—Cuando seas rico y famoso, procura seguir hablando conmigo.
—Si llego a ser rico, compramos la casa.
—Con patio.
—Obvio, con patio.
—Y nada de vivir otra vez con nuestros padres.
Él sonríe. Antes de responder, oye un grito.
Una mujer corre desde la carpa. No se dirige hacia el grupo de hombres que vigilan el perímetro, sino directamente hacia él. Lleva sandalias en una mano y una expresión que Esteban reconoce de inmediato: la de alguien que ha comprendido algo terrible unos segundos antes que los demás.
—¡Hay dos niñas en el agua! ¡No pueden volver!
Esteban ya las está viendo desde antes que la mujer hablara.
Más allá de la rompiente distingue una cabeza que desaparece. Otra surge unos metros a la izquierda. Las dos están demasiado cerca del canal donde el fondo desciende de golpe. El viento empuja los gritos hacia la rambla.
—Llama a la emergencia —le dice a Fabiana—. Y avisa a los otros puestos.
Ella corre hacia la torre. Esteban toma el tubo de rescate y entra en el agua. Las primeras olas le golpean el pecho. Después nada con brazadas largas, inclinándose sobre la corriente. Oye una voz que grita algo en un idioma que no entiende. Ve a una niña de cabello claro intentando mantener la boca fuera del agua. Cerca de ella aparece un brazo pequeño.
—¡Mírame! —grita Esteban—. ¡Voy hacia ti!
La niña no responde. Se hunde otra vez. Al alcanzarla, Esteban se sumerge, encuentra un hombro y tira hacia arriba. Ella emerge tosiendo. Se aferra a él con tanta fuerza que le inmoviliza un brazo. Esteban consigue colocarle el tubo de rescate bajo el pecho.
—Respira. Sujeta esto. No me sueltes.
La niña señala algo detrás de él. Esteban se vuelve. Bajo la superficie ve un destello azul. Una segunda niña intenta subir, pero la corriente la arrastra de costado. Por un instante sus dedos quedan al alcance de los suyos. Esteban estira la mano y siente el roce de una piel fría. La primera niña se agita sobre el tubo, se desprende y vuelve a tragar agua. Tiene que sujetarla. Cuando mira otra vez, el azul ha desaparecido.
—¡Aquí! —grita a los salvavidas que vienen en su ayuda—. ¡Hay otra niña aquí!
Entrega a la primera a uno de sus compañeros y se sumerge. Busca entre remolinos de arena, abre los ojos hasta que le arden, sale a tomar aire y vuelve a hundirse. El fondo parece cambiar de lugar con cada ola. Una vez cree alcanzar un trozo de tela, pero solo recoge algas. Los otros guardavidas lo llaman desde la superficie. Esteban no responde. Cuando por fin lo arrastran hacia la playa, tiene los labios entumecidos y los pulmones incendiados. Se libera, trata de volver al agua y cae de rodillas.
En la orilla, una niña rubia respira bajo una mascarilla de oxígeno. Un hombre de traje se arrodilla junto a ella. Varios periodistas que salen de la nada levantan teléfonos. Más lejos, una mujer con uniforme blanco se abre paso entre los curiosos y pregunta por alguien. Pregunta una vez. Después otra. Nadie le contesta.
Esteban comprende que se trata de la madre de la segunda niña.
Encuentran el cuerpo al atardecer. La niña se llama Nora. Tiene once años. Su madre trabaja para el servicio de la delegación y ha viajado con ella desde Noruega, porque no tenía con quién dejarla durante las vacaciones escolares. La niña rescatada se llama Liv y se trata nada menos que de una princesa.
Durante los días siguientes, las noticias muestran una y otra vez a Esteban saliendo del agua con Liv en brazos. La fotografía, tomada por alguien que estaba en la playa, aparece en portadas y noticieros. Hablan del guardavidas uruguayo que salvó a una heredera de la corona noruega. Un presentador lo llama héroe nacional. Otro, sostiene que arriesgó la vida para proteger a una niña a quien ni siquiera conocía.
Sobre Nora apenas dicen una frase: «Otra menor perdió la vida en el incidente». Fabiana apaga el televisor la tercera vez que escucha esas palabras.
—Estás ahí —le dice a Esteban, que permanece inmóvil junto a la ventana—. Puedes explicar lo que pasó.
—Ya lo expliqué.
—A los médicos y a la policía. No a esa gente.
—No quiero hablar con nadie.
Él ha vuelto a la playa dos veces. La primera para recoger sus cosas. La segunda, de noche, para caminar hasta el lugar desde donde entró al agua. No consigue reconocerlo. La marea ha borrado todas las marcas. Cuando intenta dormir, no ve a Liv. Ve unos dedos que se deslizan entre los suyos. Fabiana lo encuentra una madrugada sentado en el suelo del baño. Tiene abierta la ducha, aunque no está debajo.
—¿Qué haces?
—Pensé que podía recordar si la alcancé.
—¿A quién?
—A Nora. No sé si le sujeté la mano o si me lo estoy inventando.
Fabiana cierra el agua. Se sienta frente a él.
—Esteban, había dos niñas. Salvaste a una.
—La otra estaba ahí.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Él se cubre los ojos.
—Durante un segundo tuve las dos delante. Un segundo. Y elegí a la que tenía agarrada.
—No elegiste quién iba a morir.
—Pero solté la mano.
Fabiana no encuentra una respuesta capaz de quitarle esas palabras. Permanece a su lado hasta que empieza a amanecer.
Una semana después, una funcionaria de la delegación se presenta en el apartamento de Salvador Ferrer Serra. Trae una carta de agradecimiento, una invitación a una ceremonia futura y una propuesta de ayuda económica. Habla con delicadeza. No menciona cantidades concretas, pero dice que sería suficiente para facilitar a Esteban un comienzo distinto. Él mira el sobre con el escudo impreso.
—¿Qué se espera de mí?
—Nada que no haya hecho ya. Su Majestad desea agradecerle personalmente cuando sea posible organizar una visita.
—¿Y la madre de Nora?
La funcionaria junta las manos.
—La familia recibirá acompañamiento por los canales correspondientes.
—No pregunté eso. ¿Va a estar en la ceremonia?
—La ceremonia está prevista para reconocer su intervención en el rescate de la princesa.
—Había dos niñas.
—Somos conscientes de la tragedia.
—Entonces tendrán que decir sus nombres.
La mujer guarda silencio. Luego explica que los comunicados oficiales deben elaborarse con cuidado, que hay protocolos, que la situación es delicada. Esteban oye todas las palabras, pero ninguna responde a su pregunta. Al despedirse, ella deja el sobre sobre la mesa. Fabiana lo abre cuando se queda sola con él. Lee la carta. Observa durante un buen rato el ofrecimiento, todavía impreciso, de apoyo para que los dos puedan establecerse.
—Podría ser nuestra casa —dice.
Esteban no contesta.
—No digo que tengamos que aceptarlo. Solo digo que podría serlo.
Él toma el sobre y lo deja en un cajón.
Por primera vez desde que se reencontraron, pasan una noche entera sin darse las buenas noches.
En febrero, Esteban conoce a la madre de Nora.
Se llama Solveig. La encuentra después de escribir a varias direcciones que le facilitan desde la embajada y recibir una respuesta breve. Ella acepta verlo en una cafetería cercana al puerto. Llega sola, con un abrigo demasiado grueso para el calor de Montevideo y un cuaderno pequeño entre las manos.
—No quiero una entrevista —le dice antes de sentarse.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿qué quiere?
Esteban mira el cuaderno. Hay una pegatina en la tapa: una estrella dorada torcida.
—Quiero contarle exactamente lo que recuerdo.
Solveig tarda en asentir. Él habla del viento, de las niñas separadas por la corriente, del tubo de rescate. Le explica cómo encontró a Liv y dónde vio a Nora. No trata de ocultar el instante en que pierde su mano. Cuando termina, deja las manos abiertas sobre la mesa.
—Lo siento —dice—. No sé cuántas veces puedo decírselo.
Solveig no llora. Se queda observando una mancha en la superficie de la mesa.
—Nora tenía miedo al agua profunda —responde al cabo de un rato—. Si llegaba hasta las rodillas, ya quería volver. Siempre tenía una razón. Decía que veía cangrejos, que el agua estaba fría, que le picaba la piel.
Esteban espera.
—Ese día entró porque Liv no podía salir. Yo la vi correr, le grité que volviera. No me oyó o no quiso oírme.
Solveig pasa un dedo por la estrella del cuaderno.
—Todos me dicen que mi hija fue valiente. Yo no necesitaba que fuera valiente, necesitaba que regresara.
Esteban baja la cabeza.
—No le pido que me perdone.
—No tengo nada que perdonarle. Usted no llevó a las niñas al agua.
Él levanta los ojos.
—Pero la solté.
—Y si no hubiera sujetado a Liv, tal vez ahora estaría hablando con dos madres.
La frase no lo consuela. Tampoco parece haber sido pronunciada para consolarlo. Solveig abre el cuaderno. Entre sus páginas conserva un dibujo doblado, hecho con lápices de colores. Muestra una casa de techo rojo junto a un mar exageradamente azul. En la puerta hay una mujer, una niña y un perro que no se parece a ningún animal conocido.
—Nora quería una casa así —dice—. Decía que un día compraríamos una con una habitación para cada una. No importaba en qué país.
Esteban contempla la imagen. Piensa en la caja de galletas donde Fabiana guarda los ahorros para su propia casa. Por primera vez entiende que la pérdida no es solo una niña muerta. Es también todo lo que esa niña iba a vivir y ya no vivirá.
—Voy a decir su nombre —promete.
Solveig cierra el cuaderno.
—Dígalo porque existió, no para sentirse mejor.
La carta de invitación llega en agosto. La ceremonia será en Montevideo, durante una visita privada de la familia real a Uruguay. Han elegido un sábado de octubre. Esteban reconoce la fecha de inmediato: es la misma en que él y Fabiana esperan casarse por civil. Los funcionarios ofrecen adaptar los horarios. También anuncian que el agradecimiento incluirá una ayuda económica concreta. El monto les permitiría pagar una parte sustancial de una vivienda. Esteban lleva la carta a la casa de la calle Portugal.
Fabiana está trabajando en un vestido de novia sencillo, sin bordados ni adornos. Cuando lo ve entrar, deja la aguja sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Él le muestra la fecha.
—Podemos decir que no —responde ella.
—O podemos ir.
—¿Para qué?
—Para que escuchen lo que ocurrió.
Fabiana mira el sobre.
—¿Y si no te dejan hablar?
—Entonces me marcho.
—Van a ofrecerte dinero.
—Lo sé.
—Es dinero que necesitamos.
Esteban se sienta. Durante unos segundos parece tener veintidós años y ocho años al mismo tiempo, como el niño que una vez dejó de salir porque no sabía cómo enfrentarse a una muchacha que le gustaba.
—Si lo acepto sin decir nada, voy a estar pensando en Nora cada vez que abra la puerta de esa casa.
Fabiana se quita el dedal. Está cansada. Ha pasado el invierno haciendo arreglos a destajo, y algunas noches se ha quedado dormida con la costura sobre las rodillas. Sabe exactamente cuánto cuesta comprar un techo y lo lejos que están de conseguirlo.
—No quiero que confundas estar vivo con deberle algo a alguien —dice.
—No se trata de eso.
—A veces sí. A veces parece que quieres que te castiguen por haber salido del mar.
Él no responde.
—Yo no quiero casarme con un héroe —continúa Fabiana—. Quiero casarme contigo. Y tú sigues aquí, aunque casi nunca lo parece.
Esteban apoya las manos en la mesa, al lado del vestido.
—Tengo miedo de que un día me mires y solo veas lo que hice mal.
—Te estoy mirando ahora.
Es la primera vez que hablan del miedo que comparten desde enero. Fabiana se acerca y le toma la mano.
—Ve a la ceremonia —dice—. Pero no para buscar castigo ni recompensa. Ve a contar lo que sabes. Quítate todo ese peso de encima, déjalo en esa ceremonia y después ven a casarte conmigo.
El acuerdo parece sencillo. Llegar al sábado resulta mucho más difícil.
La víspera de la ceremonia, Esteban recibe una llamada desde un hotel de Carrasco. Una niña desea hablar con él. Hay una pausa, voces en noruego, el ruido de una silla que se mueve.
—¿Esteban? —pregunta una voz pequeña en un español cuidadoso.
—Sí.
—Soy Liv.
Él se queda inmóvil.
—Hola, Liv.
—Me dijeron que mañana vas a estar.
—Eso parece. Quiero decir, sí, claro que allí estaré.
La niña guarda silencio. Después pregunta:
—¿Tú te acuerdas de Nora?
Esteban siente que se le enfrían las manos.
—Todos los días.
—Yo también.
De fondo se oye a una mujer que intenta decirle algo a la niña. Liv responde con una palabra firme.
—Quiero contarte una cosa —dice—. Cuando me caí, Nora volvió a buscarme. Yo le dije que se fuera. Ella me empujó hacia arriba. Después vi tu cara.
Esteban cierra los ojos. En su memoria, el agua conserva siempre la misma forma: un cuerpo aferrado al tubo, unos dedos que desaparecen.
—No fue culpa tuya, Liv.
—Eso me dicen todos.
La línea queda en silencio. Esteban cree que ha terminado la llamada. Despega el teléfono de la oreja, lo mira y lo vuelve a colocar donde estaba, aguarda, hasta que la niña vuelve a hablar.
—¿Por qué nadie dice que ella me salvó primero?
Él tarda en contestar.
—Mañana voy a decirlo.
—Yo también.
Cuando cuelga, Esteban permanece sentado frente al teléfono hasta que Fabiana llega con la ropa para la ceremonia. Le cuenta la conversación sin buscar una interpretación. Ella escucha y luego abre el armario. Saca un traje que ha conseguido ajustar para él después de varios intentos.
—Pruébatelo —dice—. No pienso casarme con un hombre al que le sobra tela en los hombros.
Por primera vez en meses, Esteban sonríe.
El sábado de octubre amanece despejado. Esteban intenta llamar tres veces a la casa de la calle Portugal, pero nadie contesta. Fabiana está en su dormitorio, mirando el viejo álbum de fotografías, mientras su madre prepara el desayuno y el teléfono suena en una habitación vacía. Cuando lo descubre, ya es tarde para devolver la llamada: tiene que vestirse.
Esteban llega a la ceremonia poco antes de las nueve. El salón mira hacia la rambla. Hay flores, banderas, cámaras y un pequeño escenario. Le indican dónde debe sentarse. Un funcionario le explica el orden de las intervenciones y le entrega unas palabras impresas por si prefiere leerlas. En el texto aparece su nombre seis veces. El de Nora, ninguna.
—Esto no es lo que voy a decir —advierte.
El hombre le responde con una sonrisa incómoda.
—Lo comprendemos. Se espera un agradecimiento breve.
—Será breve.
A unos metros, Liv entra de la mano de su madre. No lleva corona ni joyas. Es una niña de cabello claro con un vestido gris y zapatos negros. Cuando reconoce a Esteban, levanta la mano y sonríe con timidez. Él le devuelve el saludo. La ceremonia comienza. Hablan de cooperación, de amistad entre países, de valentía. Esteban oye fragmentos. Piensa en la calle donde vivió de niño, en el beso que Fabiana le dio frente al portal, en la voz de Solveig diciendo que no necesitaba una hija valiente. Por fin lo llaman.
Sube al escenario bajo los aplausos. Espera a que terminen y deja las hojas impresas sobre el atril.
—Me agradecen haber salvado la vida de una niña —empieza—. Es verdad. La saqué del agua y estoy agradecido de que siga aquí —mira a Liv—. Pero ese día había dos niñas en el mar.
Alguien mueve una silla. Las cámaras continúan grabando.
—La otra se llamaba Nora. Tenía once años. Entró al agua porque su amiga estaba en peligro. Cuando yo llegué, Nora ya estaba tratando de ayudarla. Alcancé a sujetarla, pero la perdí. No volví a encontrarla viva.
Esteban traga saliva.
—No quiero que me recuerden como al hombre que salvó a una princesa si para contar esa historia tenemos que olvidar a la niña que murió intentando hacer lo mismo.
Se aparta del micrófono. No hay aplausos. Durante unos segundos nadie parece saber qué corresponde hacer. Entonces una silla se desplaza en la primera fila. Liv se pone de pie. La mujer que está a su lado intenta detenerla, pero la niña camina con firmeza hasta el escenario. Un asistente se adelanta para ayudarla a subir los escalones. Liv se acerca al micrófono, que le queda demasiado alto. Esteban lo baja.
—Nora era mi amiga —dice en un español lento—. Tenía miedo de ir a donde no podía hacer pie. Yo le dije que sabía nadar bien, y ella me pidió que no fuera tan lejos.
Se vuelve hacia el público.
—No la escuché.
El silencio del salón se vuelve distinto. Ya no es la incomodidad de una interrupción, sino la atención que merece alguien que está diciendo algo difícil.
—Cuando no pude volver, ella vino. Me sostuvo. Yo estoy aquí porque Nora me ayudó y porque Esteban vino después. No quiero que digan que fui valiente. Quiero que digan que Nora lo fue.
La madre de Liv se levanta. No interrumpe a su hija. Se acerca al atril y espera a que la niña termine. Luego la abraza. Un fotógrafo baja la cámara. Esteban busca con la mirada a Fabiana, aunque sabe que no puede estar allí. Debe de estar terminando de arreglarse para la boda. Por primera vez desde enero siente ganas de llegar a la hora acordada. Al salir, una funcionaria le entrega nuevamente el sobre de la ayuda económica. Le explica que el ofrecimiento permanece vigente. Él se dispone a rechazarlo, pero se detiene.
—Quiero hablar con Solveig antes de decidir nada —responde.
—Por supuesto.
—Y quiero que lo que pase con ese dinero no vuelva a depender de que alguien guarde silencio.
La funcionaria asiente. Esta vez no intenta cambiar de tema.
Cuando Esteban llega a la oficina del Registro Civil, faltan siete minutos para las once. Fabiana espera junto a una ventana. Lleva el vestido que ha confeccionado durante el invierno. Es sencillo, blanco y un poco más corto de lo que él imaginaba. Tiene las manos vacías: ni flores, ni bolso, ni álbum de fotografías.
—Llegaste —dice ella.
—Te dije que vendría.
—También dijiste que no ibas a ponerte nervioso.
Esteban muestra los dedos, que le tiemblan.
—En eso mentí.
Fabiana lo besa en la mejilla. Luego le acomoda la solapa. Él observa que tiene los ojos enrojecidos.
—¿Viste la ceremonia?
—Tu madre la encontró en la televisión. La vimos juntas.
—No sabía si había hecho bien.
—Yo sí.
Esteban respira hondo.
—No tenemos la casa.
—Nunca la tuvimos.
—Tal vez tampoco aceptemos el dinero.
—Lo hablaremos. Hoy tenemos otra cosa que hacer.
Entran a la sala. Los testigos están sentados. La funcionaria les pide sus documentos y comienza a leer. Afuera, el tráfico avanza bajo el sol de primavera. Nadie detiene la ciudad por una boda.
Esteban escucha su nombre completo y luego el de Fabiana. Cuando les preguntan si aceptan casarse, él piensa por un instante en los dos niños escondidos detrás de un automóvil, demasiado asustados para darse un beso.
—Sí —responde.
Fabiana sonríe.
—Sí.
Las alianzas pasan de una mano a otra. Hay una firma, un sello y dos abrazos. Todo dura menos de lo que han esperado. Al salir, descubren a una mujer sentada al final del corredor. Lleva un vestido oscuro y sostiene un pequeño paquete envuelto en papel de seda. Esteban la reconoce de inmediato.
—Solveig.
Ella se pone de pie.
—Espero no haber llegado demasiado tarde.
Fabiana se aproxima y la saluda. Ninguno de los dos sabía que vendría.
—Vi la ceremonia —dice Solveig—. Liv me llamó anoche. Insistió en que quería hablar. Pensé que tal vez hoy tendría que estar cerca.
Se vuelve hacia Esteban.
—Gracias por decir el nombre de mi hija.
Él intenta responder, pero Solveig le entrega el paquete.
—No es un regalo caro. Nora compró esto unos días antes del accidente. Había estado ahorrando porque quería llevarse un recuerdo bonito del Uruguay. Después de lo que pasó, lo guardé. No sabía qué hacer con ello.
Fabiana retira el papel con cuidado. Dentro hay dos pequeñas figuras de cerámica: un niño con una pelota y una niña con un vestido azul. Son adornos imperfectos, pintados a mano, de los que se venden en puestos turísticos.
—Las eligió juntas —explica Solveig—. Decía que parecían dos personas que se querían mucho. No sé por qué las compró. A veces los niños ven algo y simplemente lo necesitan.
Esteban mira las figuras. No se parecen a él ni a Fabiana. Son dos objetos comunes, hechos para terminar olvidados en una repisa. Solveig se acerca a la ventana. Parece que algo más le cuesta salir.
—Cuando Nora era pequeña, le gustaba que la llamara princesita. Después creció y empezó a decirme que las princesas no existen de verdad, que son personas que aparecen en las revistas. Yo seguí llamándola así, especialmente cuando se enojaba conmigo.
Se le quiebra la voz, pero continúa.
—En Noruega, antes de venir, me pidió que dejara de hacerlo. Dijo que ya era grande. Ese fue nuestro último desacuerdo tonto. Y ahora... ahora no puedo volver a llamarla para molestarla.
Fabiana deja las figuras en el alféizar y abraza a Solveig. La mujer se aferra a ella. Esteban permanece cerca sin intervenir. No hay ninguna frase que alcance para esa pérdida. Unos minutos después, Solveig se despide. Los recién casados la acompañan hasta la puerta. Afuera, el sol cae de lleno sobre la vereda.
—¿Qué harán con la ayuda? —pregunta ella antes de irse.
Esteban mira a Fabiana.
—Todavía no lo sabemos.
Solveig asiente.
—Entonces decídanlo viviendo. No se pasen la vida pidiendo permiso para ser felices.
Camina hacia un automóvil que la espera junto al cordón. Esteban y Fabiana se quedan frente al edificio, cogidos de la mano. A poca distancia pasa una pareja con un niño que lleva una pelota bajo el brazo. El pequeño corre hacia la esquina. Su madre lo llama y él vuelve sin protestar.
—¿Adónde vamos? —pregunta Fabiana.
—A casa.
—¿A cuál de las dos?
Esteban tarda en responder. Después señala las figuras que Fabiana ha guardado en el bolso.
—A la que podamos empezar a hacer nuestra.
Se alejan por la vereda, sin fotografías oficiales, sin guardias ni automóviles de ceremonia. Al doblar la esquina, Fabiana se detiene y lo besa como aquella primera noche, cuando él bajó las escaleras sin saber qué hacer con el amor que ella le ofrecía. Esteban cierra los ojos a tiempo. Esta vez, cuando vuelve a abrirlos, ella sigue ahí. Sonríe. Por primera vez desde aquel verano, se permite ser feliz.
Pero incluso ahora, aunque se alegra de haber salvado a una princesa, su pensamiento regresa a la princesita de Noruega.
FIN