
A las ocho menos diez de la noche siguiente, los cuchillos seguían alineados sobre la mesa de faena.
Recen había pasado el día sin pescar. A las cinco preparó el aparejo y a las seis lo desarmó. A las siete volvió a montarlo. Repitió el procedimiento cuatro veces, como si la precisión de sus manos pudiera compensar el desorden que se había instalado detrás de sus ojos.
No cocinó. No encendió la estufa. Se limitó a esperar frente a la puerta, con el hacha pequeña apoyada contra la pata de la silla.
A las ocho en punto llamaron.
No había oído un motor, cascos ni ruedas en el sendero. Tampoco voces aproximándose. El golpe llegó a la madera con una cortesía leve: tres nudillos, dos pausas idénticas.
Recen abrió.
Cat estaba en el umbral con el mismo abrigo gris. A su lado había una mujer de cabello castaño recogido, una joven de unos dieciséis años y una niña que sostenía contra el pecho una muñeca de trapo. Los cuatro tenían las botas limpias.
Detrás de ellos el sendero permanecía vacío.
—Buenas noches, señor Skantranovic —dijo Cat—. Le presento a mi esposa, Lila, y a mis hijas, Violeta y Rosa.
Lila levantó una cesta cubierta con un paño blanco.
—Trajimos la cena. Espero que no sea una molestia.
Violeta esbozó una sonrisa que no alcanzó a sostener. Rosa no sonrió. Miraba a Recen con una seriedad impropia de sus ocho años.
Él la observó.
Tenía el cabello claro, sujeto detrás de las orejas, y una mancha de barro en la rodilla izquierda. Era la única suciedad visible en los cuatro visitantes. Recen sintió otra vez la presión debajo del esternón.
—Rosa —dijo.
La niña apretó la muñeca.
—Sí, señor.
Una imagen atravesó la mente de Recen: una trenza ardiendo, una mano pequeña golpeando un vidrio, humo acumulado contra un techo que no pertenecía a la cabaña. Desapareció antes de que pudiera comprenderla.
Cat inclinó apenas la cabeza. No miraba a su hija. Miraba a Recen.
—Dijo que no nos dejaría entrar —recordó.
Recen apartó la vista de Rosa.
—Ya están aquí.
Se hizo a un lado.
Los visitantes cruzaron el umbral en fila. Lila primero, después las niñas y Cat al final. Cuando este pasó junto a Recen, el interior de su abrigo emitió un breve chasquido metálico. Cat apoyó dos dedos sobre el bolsillo y el sonido cesó.
Recen cerró la puerta.
Lila recorrió la habitación con la mirada. Vio la cama, la estufa apagada, la caja de pescado y los filos dispuestos sobre la mesa exterior, visibles a través de la ventana.
—Qué lugar tan tranquilo —dijo.
La frase carecía de convicción. Sin embargo, Rosa la repitió en voz baja:
—Qué lugar tan tranquilo.
Violeta la miró.
—¿Por qué dijiste eso?
Rosa frunció el ceño, desconcertada.
—No dije nada.
Cat se quitó los guantes.
—¿Podemos usar la mesa?
Recen señaló las cinco sillas. Solo había cuatro.
Parpadeó. Ahora eran cinco.
Lila retiró el paño de la cesta y fue colocando una fuente de carne, pan, patatas y una botella de vino. Todo estaba caliente. No salía vapor de la comida.
—Siéntense —ordenó Recen.
Nadie discutió.
Se acomodaron dejando a Rosa frente a él. Cat ocupó la cabecera, aunque aquella era la casa de Recen. Lila sirvió las porciones con movimientos suaves. El cucharón tocó cada plato tres veces, incluso cuando ya no quedaba nada que repartir.
Recen no probó la comida.
—¿Dónde viven? —preguntó.
—En el pueblo —respondió Lila.
—¿En qué calle?
Lila miró a Cat.
—Cerca de la plaza.
—¿Qué hay frente a su casa?
—La plaza —dijo Violeta.
—La pescadería —dijo Lila al mismo tiempo.
Las dos se quedaron inmóviles.
Cat cortó un trozo de carne.
—Nuestra casa ocupa una esquina. Desde distintas ventanas se ven lugares distintos.
—No pregunté qué se veía desde las ventanas.
El cuchillo de Cat se detuvo contra el plato.
Rosa soltó una risita. Fue un sonido espontáneo y pequeño, distinto de todo lo que había dicho aquella familia. Los demás la miraron con una severidad tan inmediata que la niña bajó la cabeza.
Recen sintió deseos de protegerla de ellos.
La idea lo alarmó más que la contradicción.
—¿Te gusta pescar? —le preguntó.
Rosa tardó en responder.
—Me gusta mirar el amanecer.
El aire abandonó los pulmones de Recen.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie.
—Rosa ve el lago desde casa —intervino Cat.
—Dijiste que viven en el pueblo.
—El lago es visible desde muchos lugares.
—No desde detrás de las montañas.
Cat dejó el cubierto.
—Está cansado, señor Skantranovic.
—No me digas cómo estoy.
Lila acercó una mano a su copa, pero no bebió.
—Quizá fue mala idea venir.
—No —dijo Cat—. Es importante que terminemos.
Violeta levantó la cabeza.
—¿Que terminemos qué?
El silencio posterior fue demasiado limpio. No crujió la madera, no sopló el viento, no golpeó el agua contra la orilla.
Rosa dejó caer la muñeca.
El juguete quedó boca arriba. Tenía tres líneas grises dibujadas alrededor de uno de sus ojos.
Recen empujó la silla y se puso de pie.
—¿Dónde conseguiste eso?
La niña miró la muñeca como si la viera por primera vez.
—Me la dio papá.
—Yo no se la di —dijo Cat.
Rosa comenzó a respirar con dificultad.
—Me la diste antes del fuego.
Cat se levantó.
—Rosa, mírame.
—Había humo —continuó la niña—. Y la puerta no abría.
Recen sintió el olor antes de ver nada: madera quemada, tela, cabello. Las paredes de la cabaña se oscurecieron. Durante un instante, detrás de Rosa apareció una ventana cubierta de hollín y dos manos infantiles golpearon el cristal desde el otro lado.
—Celeste —dijo.
Rosa levantó los ojos.
—Papá.
Cat rodeó la mesa y tomó a la niña por los hombros.
—La sesión terminó.
No se lo dijo a Recen.
Una vibración recorrió el suelo. Las llamas inexistentes desaparecieron, pero el olor permaneció. Lila y Violeta se pusieron de pie al mismo tiempo. Sus sillas retrocedieron exactamente la misma distancia.
—Vamos a marcharnos —dijo Lila.
Recen se interpuso entre ellos y la puerta.
—Ella se queda.
—No es su hija —respondió Cat.
La frase abrió algo en Recen.
No fue un recuerdo completo, sino una sucesión de fragmentos: un edificio en llamas; sirenas; el rostro de una niña detrás de un vidrio; hombres derribándolo sobre el pavimento.
Recen retrocedió, aturdido.
Cat llevó una mano al bolsillo del abrigo.
—Reduzcan la respuesta —ordenó.
La voz de Cat llegó duplicada, una desde la habitación y otra desde muy lejos.
El dolor atravesó la piel de Recen.
Cayó de rodillas. Durante un segundo vio la mesa convertida en una superficie blanca y a los cuatro visitantes despojados de color, reducidos a figuras de luz. Después la cabaña regresó.
Lila corrió hacia la puerta.
Recen alcanzó el hacha antes que ella el picaporte.
El primer golpe se hundió entre su hombro y el cuello. Lila cayó contra la madera sin emitir un grito. El cuerpo golpeó el suelo y quedó inmóvil.
Violeta chilló.
Cat se lanzó sobre Recen. Ya no había cansancio ni cortesía en su rostro. Lo sujetó de la muñeca y trató de doblarle el brazo, pero Recen lo golpeó con la frente y lo arrojó contra la mesa. Los platos cayeron sin romperse.
Recen tomó el cuchillo de hoja gruesa. Cat alcanzó a levantar una mano.
—Recen, escúcheme. Rosa no es Celeste.
El filo le abrió la garganta.
Cat se llevó ambas manos al cuello. No brotó sangre al principio. La herida mostró una luz azul, fina como una línea trazada con tinta. Después la sangre apareció de golpe y cubrió el abrigo.
Violeta tiró de Rosa hacia la puerta trasera.
—Corre.
Recen las siguió.
Afuera había comenzado una tormenta. La lluvia caía con fuerza, aunque sobre el lago aún brillaba el último resplandor de un día despejado. Violeta resbaló en el barro, se incorporó y empujó a su hermana hacia los árboles.
—No mires atrás —le gritó.
Rosa obedeció durante tres pasos. Después se volvió.
Recen alcanzó a Violeta junto a la mesa de faena. Ella tomó uno de los cuchillos, pero lo sostuvo con ambas manos y la punta tembló.
—No se acerque.
Él avanzó.
Violeta atacó. Recen apartó la hoja y la golpeó contra el borde de la mesa. El aire escapó de la joven. Antes de que pudiera recuperarse, él hundió el cuchillo bajo sus costillas.
Violeta abrió la boca. Sus ojos buscaron a Rosa.
—Corre —alcanzó a repetir.
Recen retiró el arma. La joven cayó de lado y el barro recibió su sangre.
Rosa no corrió.
Estaba a pocos metros, inmóvil bajo la lluvia, con la muñeca apretada contra el pecho. El agua atravesaba su cuerpo en algunos puntos. Por un instante Recen distinguió los árboles detrás de uno de sus brazos.
Se acercó lentamente.
—Celeste.
—Me llamo Rosa.
—Ya no.
Recen se arrodilló frente a ella. El cuchillo cayó de su mano. Le apartó el cabello mojado de la cara y encontró, detrás de la oreja izquierda, una pulsación diminuta y regular.
La misma de Ten.
Rosa cerró los ojos.
—Tengo miedo.
La voz no era la de la niña que había llegado a la cabaña. Era otra voz, más pequeña y más antigua, o quizá solo la que Recen necesitaba escuchar.
—Papá está aquí —dijo él—. Nadie volverá a hacerte daño.
La abrazó.
Rosa permaneció rígida entre sus brazos. Después el cuerpo perdió peso, como si estuviera hecho de aire, y la lluvia comenzó a atravesarlo por completo.
—No —susurró Recen.
La apretó con más fuerza.
La niña se desplomó en los brazos de Recen. Esta vez tenía peso. Respiraba.
Él la levantó y regresó a la cabaña sin mirar los cuerpos.
La acostó en su cama, le quitó los zapatos mojados y la cubrió con la manta. Luego se sentó junto a ella, con las manos ensangrentadas sobre las rodillas.
Afuera, la tormenta cesó tan bruscamente como había comenzado.
Rosa despertó minutos después. Miró el techo, la ventana y finalmente a Recen. No preguntó por su familia.
Él tomó uno de sus mechones y lo acarició con una ternura que no había mostrado hacia ningún otro ser vivo.
—No tienes idea de cuánto te extrañé, Celeste.
Rosa comenzó a llorar en silencio.
Recen sonrió.
—Ya estás en casa.
Luis Aníbal Nez