
Recen regresó a la cabaña poco antes del mediodía con seis bagres en la caja. Ninguno tenía el anillo gris.
Los examinó uno por uno sobre la mesa de faena, primero con las manos y después con la punta del cuchillo. Levantó las branquias, abrió vientres y separó vísceras todavía calientes. Buscaba una marca, una pieza extraña debajo de la piel, cualquier cosa que demostrara que lo sucedido en el lago había sido más que un mareo. Solo encontró carne, espinas y sangre.
Trabajó hasta que el último pez quedó limpio. Luego lavó la mesa tres veces.
A las dos de la tarde oyó el timbre de una bicicleta.
Ten apareció por el sendero con el carrito sujeto al eje trasero. Era un joven delgado, de edad difícil de precisar, con el cabello negro peinado hacia atrás y un rostro que parecía no haber cambiado desde la primera vez que Recen lo vio. Vestía la misma chaqueta azul de todos los días, cerrada hasta el cuello. Sus botas estaban limpias.
Recen miró el camino. El barro llegaba casi hasta los tobillos, pero ni las ruedas ni el calzado de Ten parecían haberlo tocado.
—Buenas tardes, señor Skantranovic —dijo el joven—. Espero que la pesca haya sido satisfactoria.
Siempre decía lo mismo. Con idéntica entonación, idéntica pausa después del apellido e idéntico movimiento de cabeza al terminar.
Recen señaló la caja.
Ten desmontó. Antes de acercarse, dirigió una mirada rápida al lago. No fue curiosidad: sus ojos recorrieron el embarcadero, el bote y las montañas como quien comprueba una lista.
—Seis ejemplares —dijo al levantar la tapa—. La pesca ha sido satisfactoria.
—Eso acabo de decirte.
El joven tardó un instante en responder.
—No ha dicho nada, señor Skantranovic.
Recen lo observó. Ten sostuvo la mirada sin incomodidad y comenzó a trasladar los peces al recipiente del carrito.
—¿Viste el amanecer esta mañana? —preguntó Recen.
Las manos del joven se detuvieron dentro de la caja.
—Veo todos los amaneceres.
—Este fue distinto.
—¿En qué sentido?
La pregunta surgió demasiado rápido. Había desaparecido de su voz la amabilidad ensayada y, por primera vez, Ten parecía completamente atento.
Recen iba a hablarle del Sol inmóvil, pero se arrepintió. Una certeza sin origen le aconsejaba no describir lo ocurrido. En cambio, señaló las botas.
—No te ensuciaste.
Ten bajó la vista. Un segundo después, las botas estaban cubiertas de barro.
Recen parpadeó.
No había visto al joven mover los pies. No había escuchado salpicadura ni roce alguno. El barro simplemente ocupaba ahora el cuero, espeso y oscuro, como si siempre hubiese estado allí.
—El camino está en malas condiciones —dijo Ten.
—Hace un momento estaban limpias.
—No se registró ninguna anomalía.
El joven cerró la boca. Bajo su oreja izquierda apareció un temblor diminuto, una pulsación demasiado regular para ser un músculo.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no lo ha mirado con atención.
La pulsación cesó.
Recen sintió el impulso de tomarlo por el cuello y obligarlo a repetir aquellas primeras palabras. La idea fue tan inmediata que sus manos ya se habían cerrado cuando comprendió lo que estaba imaginando. Ten, sin embargo, no retrocedió. Miró los puños de Recen con una serenidad que se parecía menos al coraje que a la ausencia de miedo.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
—Llévate los peces.
—Eso estoy haciendo.
Ten terminó de cargar el recipiente. Después sacó del canasto delantero dos docenas de huevos, un saco pequeño de arroz, tres manzanas y una botella de vodka. Dispuso cada producto sobre la mesa exterior siguiendo una línea perfecta.
—El señor Cat envía el pago correspondiente.
La botella no formaba parte del acuerdo. Recen la tomó y comprobó el sello.
—Yo no pedí esto.
—El señor Cat consideró que podría necesitarlo.
—¿Por qué?
Ten volvió a mirar el lago.
—Porque ha tenido una mañana difícil.
Durante varios segundos solo se oyó el agua golpeando los pilotes del embarcadero.
—Yo no te dije eso.
—No —respondió Ten—. No me lo dijo.
Subió a la bicicleta y apoyó un pie en el pedal. Antes de partir, pareció recordar algo.
—El señor Cat vendrá mañana. Desea conversar con usted.
—Que no venga.
—Mañana, a las dos de la tarde —repitió Ten.
Pedaleó por el sendero. Las ruedas atravesaron el barro sin dejar surcos.
Recen permaneció junto a la mesa hasta que el sonido del timbre se perdió entre los árboles. Entonces abrió la botella y bebió directamente del cuello.
El vodka era agua.
Lo escupió sobre el suelo. Olió la botella, volvió a probar y esta vez el alcohol le quemó la lengua y la garganta. La arrojó contra la pared. El vidrio no se rompió.
Rebotó una vez y quedó de pie.
Esa noche Recen no durmió. Se sentó frente a la estufa con la botella entre las manos y esperó alguna señal que le permitiera distinguir si estaba despierto. Cerca de la medianoche creyó escuchar una respiración al otro lado de la habitación. Luego una niña susurró «papá» desde debajo de la cama.
No se movió.
A las cinco preparó el aparejo, pero no salió a pescar.
Permaneció sentado a la mesa hasta que amaneció. La ruptura de la rutina le provocó un malestar físico, una presión que comenzó detrás de los ojos y se extendió por el cráneo. A las seis, el dolor descendió por el cuello. A las siete le ardía toda la piel.
Cayó al suelo.
No supo cuánto tiempo permaneció allí. Vio destellos blancos, superficies metálicas y varias siluetas inclinadas sobre él. Una voz pedía reducir la intensidad. Otra insistía en mantenerla. Entre ambas apareció el llanto de una niña.
Cuando recuperó el conocimiento, estaba acostado en su cama. El aparejo había vuelto a su lugar junto a la pared. Sus botas estaban húmedas y había escamas de pescado adheridas a su abrigo.
En la caja de madera encontró cuatro bagres recién capturados.
Recen no recordaba haber salido.
A las dos en punto alguien llamó a la puerta.
El señor Cat era un hombre alto, de unos cincuenta años, con el cabello gris cuidadosamente cortado y un abrigo que resultaba demasiado elegante para el sendero del lago. Se quitó los guantes antes de saludar. No extendió la mano.
—Recen Skantranovic —dijo, como si comprobara una identidad—. Por fin nos conocemos.
Recen se apoyó en el marco de la puerta.
—Tú me compras los peces.
—Desde hace muchos años.
—Diecisiete.
Cat sonrió apenas.
—Diecisiete, exactamente.
Recen esperó una explicación. El visitante dirigió los ojos hacia el interior de la cabaña, pero no intentó entrar. Observó la estufa, la mesa, la cama y el aparejo con el mismo orden metódico que había empleado Ten para examinar el embarcadero.
—¿Qué quieres? —preguntó Recen.
—Saber cómo se encuentra.
—Estoy vivo.
—No siempre es una respuesta suficiente.
Cat estudió su rostro. Sus ojos se detuvieron primero en las pupilas, después en la tensión de la mandíbula y finalmente en las manos.
—Ten dice que ayer estuvo inquieto.
—Ten habla demasiado.
—Ten solo informa lo necesario.
La frase produjo en Recen una irritación difícil de explicar.
—¿Qué te informó?
—Que la pesca fue satisfactoria.
Cat sonrió nuevamente. Esta vez hubo cansancio en el gesto, como si ambos participaran de una conversación que él hubiera repetido muchas veces.
—Mi esposa cree que es indecente hacer negocios durante tantos años con un hombre al que nunca invitamos a nuestra mesa —continuó—. Yo le expliqué que usted no va al pueblo. Así que ha propuesto traer la mesa hasta aquí.
—No necesito visitas.
—Nadie las necesita. A veces, sin embargo, resultan beneficiosas.
—¿Beneficiosas para quién?
Cat no respondió de inmediato.
—Para todos los implicados.
Recen miró el bosque detrás de él. No había automóvil, caballo ni bicicleta. El sendero estaba vacío.
—¿Viniste caminando?
—Mi medio de transporte está donde corresponde.
—Eso no responde.
—No —admitió Cat—. No responde.
En lugar de incomodarse, pareció satisfecho con la observación. Sacó del bolsillo interior del abrigo una libreta negra, pero no llegó a abrirla. Se limitó a acariciar el lomo con el pulgar.
—Mi esposa se llama Lila. Tenemos dos hijas: Violeta y Rosa. Vendremos mañana por la noche y traeremos la comida. No tendrá que preparar nada.
Al escuchar el último nombre, Recen sintió un tirón debajo del esternón. No fue tan intenso como cuando había pronunciado Celeste junto a las huellas, pero pertenecía al mismo lugar.
—Rosa —repitió.
Cat dejó de acariciar la libreta.
—La menor.
—¿Cuántos años tiene?
El visitante vaciló. Fue apenas una fracción de segundo, pero Recen la vio.
—Ocho.
Algo cambió en los ojos de Cat. No era afecto al hablar de su hija, sino atención. Estaba esperando una reacción.
—No vengan —dijo Recen.
—¿Es una negativa definitiva?
—Es una puerta cerrada.
Cat guardó la libreta.
—Lo pensaré como una respuesta defensiva, no definitiva.
—Piensa lo que quieras.
—Mañana a las ocho, entonces.
Se colocó los guantes y se volvió hacia el sendero.
—No los dejaré entrar.
Cat siguió caminando.
—El índice de hostilidad... —dijo una voz, muy lejos.
Cat se detuvo.
Recen también lo había oído. El visitante giró lentamente la cabeza.
Durante un instante se miraron sin fingir que aquella voz había sido el viento.
Después Cat sonrió.
—Procure dormir esta noche, señor Skantranovic.
Continuó por el sendero y desapareció entre los árboles.
Recen cerró la puerta.
Permaneció de espaldas a ella, escuchando. No oyó pasos alejándose, ramas quebradas ni el motor de vehículo alguno. Solo el lago, constante detrás de la cabaña.
Fue a la mesa de faena y extendió sobre la madera sus cuchillos. El corto para abrir vientres. El flexible para separar la carne de las espinas. El de hoja gruesa para cortar cabezas. Añadió el hacha pequeña y el machete que utilizaba en el bosque.
Encendió la piedra de afilar con unas gotas de aceite.
Afuera aún faltaban varias horas para la noche, pero por la ventana el cielo comenzó a oscurecerse.
Recen apoyó el primer filo contra la piedra.
Mañana vendrían cuatro personas.
Una de ellas se llamaba Rosa.
Luis Aníbal Nez