
A las cinco en punto, aunque no había reloj en la cabaña, Recen Skantranovic abrió los ojos.
No necesitaba consultar la posición de las estrellas ni escuchar el primer movimiento de las aves bajo los aleros. Tampoco esperaba que el frío cediera o que una franja de claridad apareciera detrás de las montañas. Su cuerpo conocía la hora. La había aprendido mucho antes que él y la repetía cada mañana con una exactitud que Recen jamás se había detenido a cuestionar.
Permaneció inmóvil unos segundos, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras reconocía los sonidos de la cabaña. La madera contraída por la noche. Una gota que caía en el fregadero. El viento rozando el techo de tejuelas. Más lejos, detrás de la pared que daba al este, el lago respiraba contra las piedras.
Todo estaba donde debía estar.
Se incorporó y apartó la manta. El suelo le devolvió un frío limpio a través de las plantas de los pies. Encendió la lámpara de queroseno, bajó la mecha hasta obtener una llama corta y caminó hacia la mesa. Allí lo aguardaba el aparejo, ordenado la noche anterior: la caja de plomos, las boyas, los anzuelos envueltos en un paño aceitado y el carrete desarmado sobre una hoja de periódico sin fecha.
Recen trabajó sin prisa. Hizo girar el engranaje entre los dedos, retiró una hebra de suciedad y aplicó dos gotas de aceite. Después desenrolló varios metros de nailon, examinándolos a contraluz. La línea estaba sana, pero cortó el último palmo y volvió a hacer el nudo. Siempre cortaba el último palmo. A veces creía recordar que alguien le había enseñado a hacerlo; una mano más grande que la suya guiándole los dedos, una voz detrás del hombro. Cuando intentaba fijar aquella imagen, solo encontraba la pared de troncos y su propia sombra moviéndose con la lámpara.
No insistió.
Los recuerdos eran como los peces del fondo: cuanto más se agitaba el agua, menos probable resultaba verlos.
Puso una sartén sobre la cocina de hierro y arrojó en ella dos cubos de bagre, reservados de la víspera. El aceite chisporroteó. Rompió un par de huevos encima y añadió sal con los dedos. Mientras desayunaba, bebió agua del aljibe en una taza de lata. Estaba tan fría que le dolieron los dientes.
Sonrió.
Aquel dolor pequeño también pertenecía a la mañana.
Para cuando terminó de limpiar el plato, la oscuridad había perdido densidad. Recen se calzó las botas, se puso el abrigo de lana y eligió el sombrero de paja, aunque todavía quedaban manchas de nieve bajo los árboles. Le gustaba sentirlo sobre la cabeza. Era una costumbre de primavera, y aquella mañana era de primavera. De eso estaba seguro.
Abrió la puerta.
El aire olía a tierra mojada, corteza y agua profunda. Más allá del terreno embarrado, el lago ocupaba el valle como una lámina de metal oscuro. Las colinas descendían hasta sus orillas cubiertas de pinos, y detrás de ellas se levantaban las montañas, azules bajo la última sombra de la noche. En las cumbres todavía permanecía la nieve. Recen contempló el paisaje mientras ajustaba el aparejo sobre un hombro.
Había vivido allí diecisiete años.
No sabía cómo había llegado. No recordaba haber comprado la cabaña ni haberla construido. No podía señalar cuál había sido su primera mañana junto al lago. Sin embargo, conocía cada tabla, cada piedra y cada árbol del terreno. Sabía cuál de los escalones crujía con humedad, dónde se formaría barro después de dos días de lluvia y qué rama del viejo abedul caería con la próxima tormenta. Diecisiete inviernos, diecisiete deshielos y diecisiete primaveras habían convertido aquel lugar en una extensión de su cuerpo.
Nada anterior tenía importancia.
El chinchorro lo esperaba sujeto al embarcadero. Era una embarcación corta, de madera, cuidada con una devoción que Recen no reservaba para sí mismo. Dejó dentro el aparejo, comprobó el tapón del casco y soltó la amarra. Antes de subir, se detuvo.
En el barro había unas huellas.
Eran pequeñas y estrechas, como las de una niña descalza. Comenzaban junto a la cabaña y terminaban en el borde del agua.
Recen las observó durante un largo rato. La lluvia de la noche había desdibujado los dedos, pero no tanto como para confundirlas con las marcas de un animal. Se agachó y apoyó la mano junto a una de ellas. Apenas ocupaba la mitad de su palma.
—Celeste —dijo.
El nombre escapó de su boca antes de que pudiera impedirlo.
Levantó la cabeza. En el lago no había nadie. Tampoco entre los árboles ni alrededor de la casa. Solo el viento recorría los juncos con un murmullo bajo.
Recen volvió a mirar la huella. No sabía quién era Celeste. El nombre no le traía un rostro, una edad ni una voz; únicamente una presión debajo del esternón, como si algo quisiera abrirse paso desde el interior de su pecho.
Hundió la suela sobre la marca hasta borrarla. Después hizo lo mismo con las restantes.
Subió al chinchorro y comenzó a remar.
Conocía el sitio exacto donde el fondo descendía en forma abrupta. Allí el agua adquiría un tono casi negro y los bagres se refugiaban entre rocas sumergidas. No había boyas ni señales que indicaran el punto, pero Recen podía encontrarlo incluso con niebla. Dio treinta y siete paladas desde el embarcadero, corrigió hacia el norte y dio otras doce.
Treinta y siete y doce.
Siempre el mismo número.
Dejó los remos, preparó la carnada y lanzó la línea. El plomo entró en el agua sin salpicar. Recen acomodó la caña bajo la axila, se lió un cigarrillo y encendió una cerilla protegiéndola con ambas manos. Al levantar la vista, una banda rojiza comenzaba a formarse detrás de las montañas.
El amanecer no irrumpía de golpe. Primero separaba el cielo de la tierra. Después teñía los bordes de las nubes y abría caminos de cobre sobre el lago. Por último alcanzaba la cabaña, los pinos y el rostro de Recen. Él aguardaba ese momento cada día. No por los peces ni por la temperatura, sino porque durante unos minutos tenía la impresión de que el mundo acababa de ser creado y de que ningún ser humano había tenido tiempo todavía de estropearlo.
La línea dio un tirón.
Recen dejó el cigarrillo en el borde del bote y tomó la caña con ambas manos. No recogió enseguida. Permitió que el pez mordiera, se alejara y creyera haber escapado. Cuando sintió el segundo movimiento, clavó el anzuelo con un golpe breve. El carrete protestó. La punta de la caña se inclinó sobre el agua.
—Vamos —murmuró—. Muéstrame qué tienes.
El pez luchó con fuerza. Recen cedió línea, recuperó, volvió a ceder. Durante varios minutos no existieron las huellas, el nombre pronunciado junto a la orilla ni los diecisiete años vacíos detrás de su memoria. Solo estaban la tensión del nailon y aquella vida invisible debatiéndose bajo la superficie.
Cuando por fin acercó la captura al bote, vio un bagre grande, de vientre pálido y aletas oscuras. Introdujo la red por debajo y lo levantó. El animal golpeó las tablas, buscando un agua que ya no estaba allí.
Recen le quitó el anzuelo. Antes de guardarlo en la caja, reparó en una mancha circular detrás de una de las branquias. No parecía una herida ni una enfermedad. Era una figura demasiado regular: un anillo gris, del tamaño de una moneda, dividido por tres líneas perfectas.
La rozó con el pulgar.
El pez dejó de moverse.
No agonizó. No se estremeció. Quedó inmóvil de una forma instantánea y absoluta, con la boca abierta y los ojos opacos.
Recen retiró la mano.
Un zumbido atravesó el lago.
Fue tan grave que no pareció llegar por el aire. Vibró en la madera del chinchorro, en el carrete y en los huesos de su mandíbula. Las aves callaron al mismo tiempo. Hasta el viento pareció suspenderse.
Entonces el Sol se detuvo.
Recen lo contempló sobre la línea de las montañas. No habría podido decir cuánto duró: quizá un parpadeo, quizá varios minutos. La luz permaneció fija, sin crecer ni desplazarse, y el reflejo cobrizo sobre el agua se volvió rígido como una plancha de cristal.
Una voz masculina dijo algo detrás de él.
Recen se volvió con tanta violencia que casi volcó la embarcación.
No había nadie.
La superficie continuaba lisa. La cabaña se distinguía a lo lejos, pequeña y solitaria. En la orilla no quedaban rastros de las huellas que había borrado.
La voz regresó, más débil. Esta vez creyó reconocer dos palabras.
—…respuesta agresiva…
Recen se puso de pie. El bote osciló bajo sus botas.
—¿Quién anda ahí?
El zumbido cesó. Las aves retomaron su canto, todas en la misma fracción de segundo. El Sol volvió a elevarse y la luz se derramó sobre el lago.
El bagre comenzó a sacudirse dentro de la caja.
Recen lo miró. El anillo gris había desaparecido.
Se sentó lentamente, con la caña entre las rodillas. Esperó a que su respiración recuperara el ritmo. Pensó en regresar, cerrar la puerta y beber hasta que la mañana terminara. Sin embargo, aún no era mediodía y la jornada apenas había comenzado. Alterar la rutina por una voz inexistente le pareció más peligroso que permanecer en el agua.
Volvió a colocar carnada en el anzuelo.
Treinta y siete paladas. Doce hacia el norte. El amanecer. La línea. Los peces.
Mientras cada cosa permaneciera en su sitio, él también permanecería en el suyo.
Lanzó otra vez.
Luis Aníbal Nez