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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 4 / 5

Investigación

Pared oscura · Luis Aníbal Nez

Una semana después, la aparente tranquilidad en casa de Robert se ve de nuevo interrumpida. Dos hombres de largas chaquetas grises, con rectangulares rostros de piedra, afeitados, inmaculados, acicalados, tocan a su puerta con los nudillos al ver que el timbre no cumple con su función. Robert escucha los incansables golpes, ¿cómo no hacerlo? Después de todo, su cama se encuentra al lado de la entrada. Se siente tremendamente fastidiado con tanta insistencia. Se pregunta si acaso ya no queda algo de privacidad ni respeto en este pueblo.

Quiere estar solo sin abrirle a nadie por tiempo indeterminado, está convencido de que es su derecho, no entiende a los molestos que sin descanso van a su casa a importunar. Los visitantes, saben muy bien que hay alguien tras la puerta. Finalmente, más que enfadado, Robert se incorpora de la cama y se encamina a atender el incansable e insoportable llamado. Para eso, como es obvio, se ve obligado a despegar los ojos de la pared oscura, que tanta atención le quita en el correr de estos días.

—Buenos días. ¿Robert Allen? —pregunta uno de estos hombres.

No sonríe, ni pestañea, por el contrario, se lo nota algo asqueado, por el agrio efluvio que proviene del interior de la finca. Su compañero lo disimula mejor, pero no siente menos.

—Así es. ¿Qué ocurre? —desea saber Robert.

Deja entrever adrede, que no está para nada feliz con ninguna visita, menos aún con la de desconocidos como esos. Se le nota demasiado, pero es evidente que a los visitantes no les importa nada lo que el dueño de casa demuestre.

—Soy el detective McMan. Él es mi compañero, el detective McBlonde. Tenemos que hacerle algunas preguntas. ¿Sostuvo usted una relación amorosa con esta joven?

McMan muestra a Robert una fotografía bastante reciente de Noel, no sin antes mostrar la identificación de detectives de la capital. La foto de Noel, piensa Robert, con seguridad ha sido facilitada por su suegra.

—Si, ¿no leen las noticias? ¡Está muerta!

Robert rabia de furia, tanto, que de pronto siente que todo se le torna de color rojo delante de los ojos. Entonces mira hacia atrás y sus ojos se vuelven a descomprimir al hundirse en la pared oscura. Segundos después vuelve a girar para mirar a los ojos de los detectives.

—Sí, lo sabemos, lo sentimos mucho, estamos llevando a cabo la investigación de su deceso —agrega McMan, sin inmutarse en absoluto por la furia del dueño de casa.

McBlonde por su lado, se muestra impaciente además de muy serio.

—Me imagino. Se nota que lo sienten mucho —ironiza Robert con seriedad absoluta.

Pasa sus ojos de un hombre al otro, el brillo ocular del dueño de casa lo hace notar enfurecido, pues no hay nada que desee más en ese momento, que cerrarles la puerta en la cara. Los detectives se miran entre sí, se hacen preguntas silenciosas, se hablan con las miradas y para empeorar las cosas, Robert sabe muy bien cuáles son las palabras de ese diálogo sordo. Casi puede escucharlas.

—Señor Allen, estamos necesitando su declaración lo antes posible. ¿Podemos pasar? La tomaremos aquí mismo si está de acuerdo. De lo contrario, deberemos pedirle que nos acompañe a la estación para que nos la brinde allí —El rostro de Robert se desfigura de rabia. —No, no pueden pasar. Iré a la estación cuando tenga ganas. Buen día —Robert cierra la puerta con un solo golpe seco, llena de aire agrio y de sonido la entrada.

No espera a ver la reacción de los detectives, ni tampoco confirma si se retiran o no, pues no le interesa en lo más mínimo. Sin más preámbulos se recuesta de nuevo en la cama de la que lo obligaron a incorporarse, para dedicarse tan solo en pensar en Noel. Vuelve a clavar la mirada en la pared oscura. Su respiración se suaviza entonces, sus ojos parpadean cada vez menos, el velo rojo que se había instalado delante de su vista se va tornando en una tonalidad gris. Los detectives tras la entrada deben retirarse, por ahora no pueden hacer nada más, pero no dejarán las cosas así.

En el correr de ese mismo día, más personas de diversos vínculos, intentan visitarle para hablar con él. Para muchos, es algo importante poder hablar con la persona que fue más cercana a Noel.No le atiende la puerta a nadie, ni siquiera se digna a incorporarse de la cama para ver quien llama. Tampoco sale de su hogar para ir en busca de suministros o a dar una vuelta a ninguna parte. Su amigo Ronald, es el único que se preocupa lo suficiente como para visitarle en una segunda ocasión tres días después.

Lo hace por la noche, después de terminar su horario de trabajo, donde aún sus compañeros y él, no han acabado de pintar la casa en la que trabajan a cuatro calles de distancia. Con su bicicleta pedalea entonces hacia la vivienda de su mejor amigo, con la esperanza de encontrarlo más recuperado que la última vez que lo ha visto. La sonrisa de Noel, así como sus lágrimas de risa, se le cruzan en más de una ocasión en el camino.Una vez arribado en el lugar, como siempre, comienza a golpear la puerta con los nudillos, hasta que se aburre de que nadie le atienda como suele ocurrir cada vez que lo visita.

Deja la bicicleta a un lado, apoyada contra el muro y como tantas veces jala el picaporte e ingresa a la casa por sus propios medios. Se sorprende más que la primera vez, cuando se encuentra con semejante panorama. La cama ya no se encuentra donde antes, recostada contra una pared. Ahora se encuentra en medio mismo de la habitación monoambiental. El juego de comedor que antes estuviera en ese sitio, ahora está de cabeza amontonado fuera de la casa, en un rincón del pequeño jardín. En ese mismo instante comienza a llover de forma copiosa.

Es una época húmeda y lluviosa en Bring Spring, pleno invierno alejado de los calurosos veranos cuyo astro rey, suele castigar duro la piel de oriundos, inmigrantes y turistas por igual. La pared que alguna vez fue blanca, luego repintada, posteriormente desteñida y ahora derruida, oscura, ostenta un pequeño cuadrito de marcos negros, el cual cuelga en el centro mismo de su derruida superficie.

—¿Robert? —llama Ronald a su amigo.

Éste último para variar, se encuentra recostado sobre el catre, con los dedos de las manos entrelazadas bajo la nuca, con la mirada clavada de forma hipnótica en la pared oscura. El olor a encierro ya comienza a ser penetrante, como para poner a prueba cualquier olfato sensible a los olores o no.

—¡Ronald! —responde finalmente el dueño de casa, se incorpora de golpe de la cama, como si nada grave hubiera ocurrido semanas atrás. —¿Cómo estás amigo? —le anima Ronald.

Ve que su amigo parece sentirse de mejor humor e intenta seguir la conversación en el mismo tono.

—Muy bien… muy bien. Hoy ya me siento mucho mejor —le confiesa Robert para sorpresa su sorpresa. —¿De verdad? ¿Qué te ha hecho cambiar de ánimo? Quiero decir, me alegra mucho verte mejor —confirma de corazón, aunque con ciertas dudas. —Nada en especial. No soy así, tú lo sabes. No puedo estar deprimido toda la vida, ni siquiera durante varios días seguidos. No, no, tú me conoces… ¿Qué tal si vamos a tomar unas cervezas hoy?

Ronald nota que su amigo vuelve a ser el de antes en ese momento, o que al menos eso es lo que intenta demostrar.

No obstante, no logra darse cuenta si lo que está presenciando es alguna clase de actuación de su parte, o si realmente se está sintiendo como dice y demuestra. Le interesa saber si ha ocurrido algo que no sepa.

—Pues me alegro verte mejor, de verdad amigo. Oye, ¿qué ha ocurrido con esta pared Robert? La veo cada vez peor y…

Vuelve a insistir Ronald en un intento arriesgado, donde intenta aprovechar el supuesto buen humor de Robert para averiguar esto que le preocupa.

—Ya te lo dije el otro día, me aburrió. Ahora le da más tranquilidad a la habitación. ¿No crees? —explica Robert con simpleza incomprensible.

Ronald sonríe, no pudo evitarlo para seguirle la corriente, asiente un poco, aunque las tonterías de ese tipo no son comunes en su amigo. Tampoco es que deban sorprenderle.

—Puede ser. Je, je. Me gusta el cuadro que has colgado. Es una hermosa imagen. ¿Qué te parece si pintamos y arreglamos esa pared de nuevo? Te ayudaré. El color que tú prefieras —propone Ronald con inocencia, con sinceridad y generosidad.

Está dispuesto a pagar él mismo la pintura de ser necesario, mirándolo a los ojos, estudiando sus reacciones.

—Pues el color que tenía antes no me decía nada. En cambio ahora…el cuadro se destaca mucho más… ¿no estás de acuerdo?

Estira las manos hacia delante para explicar lo inexplicable.

—Pero la pared está rota, destruida te diría, parece que hubiera pasado una batalla por aquí. La señora Nemrac no te perdonará esto, te lo cobrará carísimo si lo descubre —argumenta Ronald.

Menciona a la dueña de la finca, arrendataria de la misma, en un nuevo intento por hacer razonar a su mejor y más cercano amigo. La mencionada señora Nemrac, en otras ocasiones, ya le ha cobrado lo que podrían tildarse de multas a Robert, en ocasiones en las que ha descubierto que las paredes exteriores estaban atiborradas de humedades, algo despintadas y descuidadas. Pero nada de eso fue como lo que Ronald ve ahora, con ninguna multa podría cubrir la reacción que tendría, si se enterase de esa pared oscura.

—La señora Nemrac querido amigo, ya que tiene lengua, en vez de usarla para hablar en donde no la llaman, la podría usar para chupar. Entonces sí que haría algo útil —Ronald lo interrumpe de inmediato. —¡Robert, calla! Vive aquí al lado y los muros no son tan gruesos, puede escucharte, lo sabes —le susurra preocupado con ojos agrandados.

Mira a su alrededor, como si la mujer los estuviera espiando desde algún recoveco.

—¿Y crees que mi importa? —pregunta Robert sin preocupación alguna, ni mucho menos remordimiento. —¿Ya nada te importa? —Pretende saber su amigo. —Nada… —confirmó él. —¿Crees que a mí no me duele lo que ha sucedido? —le sostiene la mirada, hasta ver la reacción en el rostro de Robert, pero no ve cambio de semblante alguno. —Contigo no era lo mismo —dispara Robert sorprendiendo a la visita. —Pero era —le intenta recordar Ronald y pone los brazos en jarra. —Vete… —solicita el dueño de casa. —¿No has dicho de ir a tomar unas cervezas? Vamos, te vendrá muy bien —le recuerda Ronald para cambiar de tema. —Prefiero que te vayas y que te vayas ahora. Vete —exige Robert con enfado extremo, apresurándose a abrir la puerta. —¿Sabes amigo? No logro entenderte, tú no eres así, todos la hemos perdido. Todos —le quiso hacer saber a su camarada, antes de poner sus pies fuera de la casa. —Quizás mañana; quizás bebamos, quizás vayamos a buscar alguna chica loca, pero no hoy —Ronald arquea las cejas al escuchar ese comentario.

Monta su bicicleta y comienza a pedalear, alejándose del oscurecido hogar bajo la intensa lluvia invernal.

Se va más que preocupado, pues nota que su amigo tiene una actitud demasiado extraña. Lo conoce hace diez años. La noche misma los ha unido, la misma que ahora los ha distanciado. Ya no parece ser el que ha conocido, tan alegre, tan entusiasta en la discoteca central de Bring Spring. Intenta imaginar lo que debe estar sintiendo, a causa de la pérdida de Noel y es comprensible hasta cierto punto. No obstante ese encierro, ese aislamiento, esa pared oscura, no son cosas propias de él.