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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 3 / 5

Robert

Pared oscura · Luis Aníbal Nez

Ronald pedalea en su bicicleta vieja por las calles de Bring Spring, hacia casa de su hermano de la vida.

Transita por una calle con cantero en medio, la única con esas características que el pueblo posee. Más adelante vira hacia la derecha, donde el asfalto se transforma en un suelo de adoquines de piedra. A Ronald no le desagradan del todo ese tipo de calles empedradas. Robert en cambio las odia, argumenta que son incómodas y que destroza los amortiguadores de cualquier vehículo, lo cual es cierto. Su amigo suele repudiar la decisión de las autoridades de Bring Spring de poner sello de patrimonio estatal a ese vejestorio. Hay cosas como esas en las que Ronald jamás se pondrá de acuerdo con su amigo, pero no se puede coincidir al cien por ciento en todas las ideas con una persona.

Prefiere destacar las cosas buenas que su hermano del alma tiene, considera son muchas, dejando de lado el resto de las nimiedades que constituyen su personalidad. Avanza dos calles más por este suelo empedrado, sacude su desvencijada bicicleta a medida que avanza por ese suelo tan irregular. El vehículo parece va a desarmarse de un momento a otro. Cuando rebasa el preciado patrimonio que las ruedas han debido sufrir bajo su peso, alcanza un suelo de balastro que le brinda algo de alivio a su trasero. Prácticamente ha salido de Bring Spring, pues los caminos como el que ahora transita forman parte las afueras del pueblo.

No obstante, en los últimos años la urbanidad se ha expandido un poco, ha logrado que algunas casas se establezcan más allá de las calles asfaltadas o adoquinadas. En una de esas casas vive su querido amigo desde hace algún tiempo. Cuando no eran más que unos niños, vivían ambos en el centro mismo del municipio frente al ayuntamiento. Ya con la fachada de la casa de Robert a la vista, Ronald se seca un poco las perlas de transpiración que le ruedan por la frente y da los últimos pedaleos para alcanzar de una vez la finca. Al llegar a casa de su mejor amigo, baja de la bicicleta y la deja apoyada contra la pared de la fachada. No hay acera allí para dejar el vehículo trabado con los pedales como siempre suele hacer.

Dicha fachada fue de color blanco alguna vez, ahora es más bien gris, descolorido, descascarado, resquebrajado, invadido de musgo y de pequeños brotes de plantas silvestres. Queda en evidencia el alcance generado por los diversos elementos de la naturaleza. Esto no le sorprende tanto a Ronald, no tanto como lo que verá una vez dentro. El muchacho se arremanga las mangas largas y violáceas de la camiseta que lleva puesta, perteneciente al club de soccer de sus amores del cual es fanático, se acerca a la puerta metálica y con los nudillos golpea repetidas veces. Tiene esperanza de encontrar al dueño de casa. Nadie atiende al llamado.

Toca de nuevo la puerta, lo intenta unas tres veces seguidas de hecho, pero en cada nuevo intento obtiene idénticos resultados. Comienza a preocuparse bastante por su amigo. Robert no es el tipo de persona que suela deprimirse con facilidad, es fuerte, resistente, aunque no todos los días ocurre una tragedia como esta. Cuando años atrás, su amigo Robert debió sufrir la pérdida de su padre por problemas cardíacos, y posteriormente el de su hermano mayor por enfermedad mental irremediable, Ronald fue testigo de lo demasiado bien que Robert sobrellevó ambas pérdidas.

No obstante, la pérdida de Noel siendo tan joven, tan fresca, tan sana, tan inesperada, de seguro debe ser un golpe durísimo que sumado a los anteriores, sólo Dios sabe el sufrimiento que generan por muy resistente que sea. No haber visto a su amigo en el funeral de Noel le ha preocupado no sólo a él, su ausencia llamó la atención de varios de los presentes. Robert es un hombre responsable, no suele huir de sus deberes, alguien como él no faltaría al compromiso de velar a su amada. Esto, sumado a que nadie responde al llamado de la puerta, comienza a desesperar un poco a Ronald. Ante semejante insistencia ya debiera haber dado alguna señal de vida.

Toma coraje entonces, está decidido a saber cómo está su amigo de cualquier modo. Toma el picaporte con la mano derecha, lo gira, lo fuerza un poco, empuja, la entrada cede con facilidad. Logra adentrarse por fin en la finca que ya ha visitado antes en innumerables ocasiones. Da unos tres pasos para ingresar a la casa, queda la puerta ahora a sus espaldas. Se abre paso entre una espesa penumbra tan oscura como cueva de oso. Le alegra no haber encontrado la puerta cerrada bajo llave. Examina el interior del espacio bastante reducido. Se trata de un cuadrilátero de apenas cinco por cinco metros, entre los cuales el dueño de casa los distribuye con muebles mismos del living, dormitorio y kitchenette respectivamente.

Hay una puerta a su derecha que conduce al baño, único ambiente aledaño al principal. Otra puerta a su izquierda conduce a un pequeño jardín, muy bonito por cierto, aunque algo descuidado últimamente. Tres de las cuatro paredes de este hogar mono ambiental, ahora descoloridas, alguna vez han ostentado ser muy níveas. Ahora lo siguen siendo pero tienen un poco de humedades, se muestran oscurecidas por una tonalidad más bien grisácea, similar a la fachada. A Ronald le llama especialmente la atención la cuarta de estas paredes, la que se encuentra justo delante de él en ese momento, la que alguna vez, hasta hace poco, ostentó un llamativo color salmón.

Le sorprende, mayormente porque la ve muy diferente a las otras, más ennegrecida en los cuatro rincones por los hongos de humedad, pero también, el resto de la superficie parece estar tiznada por algo que pareciera ser hollín tal vez. Y eso no es lo que más le sorprende a Ronald. Lo que le hace fruncir el ceño de preocupación es lo descascarada que se la ve, lo rota, lo agrietada como herida de cal, con grietas tan profundas que permite ver los ladrillos tiznados que hay debajo; han quedado al descubierto varios de ellos. La casa se muestra lúgubre a causa de las sucias cortinas cerradas. La carente luz natural no logra ingresar al interior de la finca.

La ausencia total de luces artificiales por otro lado no le permite ver con claridad, salvo por el trapecio de luz que ingresa desde fuera por la puerta abierta. Hay una única ventana que permite iluminar con luz del Sol la casa, la cual Robert solía tener abierta de un modo casi permanente, aún en pleno invierno; ahora está bien cerrada. Ronald contempla esa cuarta pared delante de él después de examinar en derredor. Se acerca a esta un poco más, la observa más de cerca, se pregunta por qué se ha degradado tanto, por qué ha quedado tan diferente a las demás. Recuerda que semanas atrás esa pared no tenía nada más que un poco de humedad, el resto normal.

Hace algunas semanas que no visita a su amigo, ese muro no estaba así la última vez que lo visitó. Se pueden ver los restos de lo que alguna vez fue revoque, así como islas de cal por aquí y por allá, también grietas entre los mismos ladrillos oscurecidos. Algunas de las mencionadas grietas son de consideración. Su rostro gira hacia la izquierda, descubre que debajo de la solitaria ventana, en el fregadero, se pueden contar innumerable acumulación de platos, vasos, vasijas y cubiertos sin lavar. Examina el sofá recostado sobre la pared derecha, al lado de la puerta que conduce al baño, luego observa la desordenada mesa de comedor en medio del monoambiente repleta de bolsas y desperdicios sobre su superficie.

A su izquierda, recostada contra la pared donde está ubicada la puerta de calle, ahora a espaldas de Ronald, se encuentra la cama de doble plaza. Sobre esta, en sepulcral silencio, se encuentra recostado su amigo Robert. Le ha seguido los movimientos sin siquiera pestañear. Ronald lo descubre allí, se sorprende, incluso se sobresalta un poco. Hasta ese momento había pensado que la casa estaba sola. La mirada de su amigo se nota perdida, vegetativa, seca, apunta ahora directamente hacia esa pared más oscura que las demás. Muestra una leve sonrisa en los labios, fría, desdibujada, ¿nostálgica quizás? No, eso no, Robert no es alguien que pueda considerarse nostálgico.

Las manos las tiene cruzadas detrás de la nuca. El recién llegado vuelve sobre sus pasos para cerrar la puerta, gira la llave puesta en la cerradura por dentro y se acerca a su amigo. Este parece encontrarse en estado de obvia conmoción por la noticia, como catatónico, perdido entre los laberintos de sus propios recuerdos.

—¿Robert?

Ronald habla en un casi susurro para no exaltarlo ni sobresaltarlo.

—¿Cómo estás amigo? —saluda Robert con sorpresiva simpatía, en un tono de voz no muy diferente al que ha tenido siempre.

Ronald nota que su amigo no despega los ojos de la pared oscura y descascarada que tiene delante.

—Lo siento amigo… siento mucho lo de Noel. Sé lo que significaba para ti, lo que sentías por ella… para el pueblo es una gran pérdida…para todos nosotros. Es una verdadera tragedia —Se establecen incómodos segundos de absoluto silencio—. ¿Recuerdas cuando la conocimos? Fue en el baile de verano de… —Ronald deja de hablar de golpe.

Ve que su amigo no reacciona a sus palabras, ni siquiera lo mira a los ojos, ni pestañea. Se muestra absorto y en silencio, se limita tan solo a no perder de vista esa pared oscura.

—Gracias —dice apenas con retardo varios segundos después. —¿Has escuchado que golpeaba a la puerta recién? —le pregunta Ronald con curiosidad.

intenta establecer cualquier tipo de diálogo con su amigo, algo que le permita deducir cómo se encuentra.

—No —responde Robert sin más comentarios.

Ronald esboza una sonrisa que le queda un poco forzada, pues sabe que su amigo ha escuchado el llamado a la puerta, pero que no ha atendido porque no ha querido. Robert se muestra con un claro desinterés por su presencia, no quita ni un segundo los ojos clavados en la pared descascarada y oscura que tiene delante, casi ni pestañea.

—Está bien —Hace Ronald una breve pausa antes de proseguir—. ¿Qué ha ocurrido con esa pared? —pregunta entonces sin poder evitarlo, señala con el mentón ese curioso muro derruido y oscurecido.

Observa Ronald de nuevo el muro en cuestión, incrédulo ante lo que parece ser resultado de una especie de destrucción incomprensible, con montículos de escombros en el suelo bajo las grietas. Es una pared sin puertas ni ventanas, donde lo único diferente es un pequeño cuadro de marcos negros que de allí cuelga. Originalmente, al menos hasta la última vez que Ronald ha estado en la finca, ese muro ostentó un hermoso cuadro de un mapa antiguo. Ahora mismo, Ronald no ve ese paisaje por ninguna parte. En la pared tiznada de negro, o gris sucio, hasta los marcos mismos del pequeño cuadro se ven rodeados de grietas que como telas de araña, o garras monstruosas, se extienden hacia todas direcciones.

Ronald no comprende lo que pudo haber pasado para que llegase a ese estado. Ha ingresado ciento de veces en esa casa, tanto en momentos difíciles como felices, diversiones infinitas. Lamenta que la hermana y la madre de Robert se encuentren en ese momento en Jalisco, México, hubieran sido de gran apoyo para contener a su amigo, para ayudarlo a atravesar esta pérdida. Deduce que con seguridad no saben nada de lo que ha ocurrido.

—Pues no ha sucedido nada, he estado redecorando un poco. Como ves, esa pared tiene algunas humedades —desliza Robert como respuesta.

Por supuesto no convence a quien lo visita, de hecho le ha generado más preguntas que respuestas.

—¿Por qué no la has pintado de blanco como a las otras? —le quiere preguntar Ronald, algo que le parece de lo más lógico, aunque le es imposible prever cuál será la respuesta. —¿Eres decorador de interiores o qué? —exclama Robert con el ceño fruncido, claramente molesto.

Se sienta en la cama ahora, apunta sus ojos verdes directo hacia los de Ronald.

—No, sabes que no. Está bien… disculpa. He venido para saber si necesitas algo. Me he tomado el día en el trabajo al enterarme lo que ha ocurrido a Noel —explica Ronald con paciencia, aunque es inútil. —Por ahora no… no necesito nada. Me he pedido un par de semanas en el trabajo. Gracias —se limita a añadir Robert. —La mamá de Noel… bueno mucha gente en realidad, sobretodo el enfadado señor Norman, me ha preguntado si sé el motivo por el cual no has asistido al velatorio

Ronald nota que la mirada de Robert ha cambiado, ha empeorado, ya nada le queda de esa pizca de brillo picaresco y alegre que ha solido tener siempre.

—¿Ah sí? El señor Norman, ¿eh? ¡Ja! ¿Qué le has dicho? —habla con un tono de voz sarcástico que incomoda a Ronald. —Pues le he dicho la verdad: Que no lo sé

Ronald está muy preocupado por la actitud de su amigo, ese mismo compañero de juergas con el que ha estado divirtiéndose en bares, discos o partidos de fútbol entre otros.

—Necesito soledad ahora —recorta Robert de golpe.

Deja entrever en las penumbras del mono ambiente, un brillo amarillento donde sus ojos debieran ser blancos. Se vuelve a echar hacia atrás sin esperar respuesta alguna de quien ha ido a visitarlo. Se vuelve a entrelazar los dedos bajo la nuca y vuelve a clavar la mirada con total atención hacia la pared oscura.

—Está bien. ¿Me llamarás si necesitas algo? Lo que sea. —De acuerdo.

Ronald se incorpora, da rápidos pasos y sale de la casa más preocupado que antes. Robert por fin queda de nuevo en soledad, es lo que más desea, pues ahora sí puede dedicarse exclusivamente a contemplar la pared oscura casi sin pestañear, con mirada por completo perdida, sumergida en sólo Dios sabe qué pensamientos. Ronald medita un instante antes de montar en su bicicleta vieja.

El muchacho aún ignora si la tragedia de Noel ha sido un accidente o no.