
Dos semanas después, de nuevo Ronald decide tomarse el día libre, pues desea visitar a la destrozada mamá de Noel. El trabajo con la casa que pintaba hace un tiempo ya acabó, tiene otra tarea junto a sus compañeros, que es la de reparar un porche. No obstante, la señora no quiere saber nada de visitas por ahora, así que pasa de él. Aprovechando que tiene el resto del día libre, se interna en un locutorio para intentar contactar a la madre de Robert o al menos a su hermana, ambas aún en Jalisco, México. No le es posible contactar a ninguna de las dos, no al menos mediante el uso de las redes sociales, pues los números telefónicos los desconoce.
Le preocupa su amigo, desea hablar con alguien que pueda asesorarlo, ayudarle, no olvida aún esa última visita que le hizo semanas atrás. En el correr del día, entre sus intentos por hablar con la destrozada mamá de Noel, Ronald se entera de que el panorama lejos de mejorar, empeora cada vez más. El señor Norman, policía de profesión, padre de la joven, se encuentra desaparecido desde hace tres días. Con un Bring Spring conmocionado, Ronald concluye que el papá de Noel, desbordado por un sentimiento angustiante a causa de la pérdida de su pequeña, pudo haberse quitado la vida. De hecho él no es el único que sostiene esa teoría.
Vuelve a pensar en su amigo entonces, pues lo último que desea es que los sentimientos angustiantes que Robert siente en esos días, lo terminen arrastrando a un desenlace similar al del señor Norman. No cree mucho en psicólogos, sabe que su amigo tampoco les tiene confianza, aun así, piensa que podría buscar ayuda de ese tipo. Dedica Ronald los siguientes tres días a buscar un especialista en esta rama, pero no parece haber ninguno que resida en Bring Spring. Hacer venir alguien desde la capital Atolón será costoso. También se toma varios minutos para intentar contactar por teléfono al móvil de Robert, pero es una tarea inútil.
Desde lo ocurrido con Noel, ha sido imposible contactar a su amigo por este medio. No quiere perder contacto con él, menos ahora en que su preocupación se ha intensificado con la desaparición de Norman. Necesita saber cómo está Robert, cómo se siente. Se da cuenta de que llamándolo al móvil no logrará averiguar nada de eso, ya que su gran amigo, camarada de fiestas, compañero de juergas, nunca atiende a ninguno de sus llamados. Su horario se complica con el trabajo que debe desempeñar en el porche de la finca del señor Gong, un inmigrante coreano que se estableció en Bring Spring en los noventa.
Por este motivo, no le es posible a Ronald visitar a su querido amigo durante días. Sabe que deberá esperar al menos unos dos días más para tener tiempo para ir. Los detectives capitalinos McMan y McBlonde, lo contactaron antes de que transcurriera ese período. Firmes en la convicción de que llevarán a Robert a la estación policial de Atolón ni bien ponga un pie fuera de casa, o en su defecto, ni bien consigan una orden de arresto, los investigadores intentan razonar con Ronald para convenza a su amigo a colaborar con la investigación.
Inmiscuyéndose los investigadores, alterando, hasta alborotando la serena cotidianeidad por momentos hasta aburrida de Bring Spring, no compatibilizan con el ritmo que intentan imponer en los pueblerinos. Los detectives no se tragan la versión de suicidio de Noel, esa que la policía local ya ha firmado y sellado en sus informes. Por gracia o culpa de sus investigaciones, no se ha permitido aún que el caso se cierre. Ante tanta insistencia, logran torcer la voluntad de Ronald que no desea volver a importunar a su amigo luego de la última visita.
Logran convencer a Ronald con el claro argumento de que Robert deberá brindar declaración de forma urgente, colaborar en la investigación, caso contrario conseguirán una orden de arresto con la que arrestarán como principal sospechoso. Están decididos a aclarar el caso de una buena vez. Obligado por circunstancias, Ronald monta su bicicleta oxidada una vez más al día siguiente, y pedalea hacia la casa de su camarada de tantos festines. Vuelve a golpear a la puerta con los nudillos de la mano derecha, con lo que obtiene los mismos resultados de siempre. Se introduce entonces a la finca sin perder más tiempo.
Es una noche oscura, luego de una larga jornada laboral en el porche del señor Gong. Al ingresar al monoambiente no ve ninguna luz encendida, por lo que las penumbras dominan el lugar. Ansioso está por saber cómo se encuentra su amigo, suponiendo que se encuentre en casa, ya que hace varios días que no sabe nada de él. Tantea a ciegas en la más absoluta tiniebla, intenta encender la lámpara que cuelga del techo. Lo que Ronald no logra detectar de inmediato, es que tendido sobre la cama, contemplando con ojos bien abiertos entre tinieblas la misma pared oscura, agrietada y derruida, se encuentra en silencio su amigo Robert.
Ronald logra encender la luz, después de al menos un minuto en el que buscó a ciegas el interruptor. Robert se incorpora de golpe. El cuadrito continúa colgado de la pared oscura. Las demás paredes al parecer, han comenzado a sufrir el mismo proceso de deterioro que la primera. Hay un penetrante olor a encierro, a orina y a quien sabe que más. Esto llama bastante la atención de Ronald, pues Robert suele ser un hombre muy pulcro, muy ordenado, incluso más de lo que suelen ser muchos a su edad.
Ahora con la luz encendida, Ronald mira a su alrededor y se sobresalta al ver la cantidad de cosas que hay en el suelo, además de mugre, olor repugnante, cucarachas escurridizas y sobre todo oscuridad, demasiada oscuridad. Hasta la bombilla de luz coronada de tierra, chisporrotea al estar sobrecalentada por la mugre, y se apaga para siempre. Vuelven a quedar en penumbras. Ronald siente el crujido de las maderas del suelo, en el momento en que Robert se le acerca. Se mantiene inmóvil.
—Veo que has estado muy ocupado —exclama Ronald, señalando en penumbras las paredes destrozadas. —Si… he estado matando el tiempo —susurra Robert, que avanza sin despegar los ojos de la pared de siempre. —¿Cómo te sientes? —pregunta Ronald con inocencia exasperante, abrumado por la falta de luz.
No está seguro si la luz de la mesa de noche funciona o tendrá el mismo problema que la que se acaba de apagar. Para comprobarlo, antes debe encontrar el interruptor, volviendo a tantear a ciegas.
—La verdad es que me siento bastante bien. Ahora me siento muy bien —asegura Robert como respuesta, confiado, con la voz más firme que en días anteriores. —¿Ahora dices? ¿Qué es distinto ahora? —quiere saber Ronald con curiosidad sincera.
Robert se incorpora un poco pues se ha agachado, apoya una fría lata de cerveza en el pecho de Ronald que está cerrada. Éste última la toma entre sus manos. Robert se aleja de él, bebe un sorbo de la suya, las tablas de madera crujen bajo sus pies.
—Ahora… lo que es distinto ahora amigo, es que no tengo ninguna duda —responde Robert, mientras se sigue alejando de Ronald con pasos sigilosos. —No entiendo nada, ¿qué dudas has dejado de tener? —pregunta Ronald con confusión sincera.
Al tiempo que habla, sigue intentando encontrar a tientas el interruptor de la luz de la mesa de noche. Robert se ha acomodado en algún sitio oscuro del monoambiente, donde ni siquiera el lúgubre haz de luz que ingresa desde la calle por la rendija de la única ventana, logra que Ronald pueda verlo en absoluto.
—Están un poco viejas. ¿Eh? —señala Ronald acerca de las cervezas, luego de sorber un trago y saborear el gusto.
En efecto, las bebidas han vencido hace tres meses.
—Viejos son los trapos —devuelve Robert con sequedad. —Me han llamado desde tu trabajo, me han preguntado si sé algo de ti, están preocupados. —No me interesa. —¿Has hablado con tu hermana o con tu madre? Hablabas con alguna de ellas al menos una vez por semana. ¿Recuerdas? —No he hablado con ninguna de las dos. —La policía también está intentando contactarte, supongo que deben haber venido aquí. Es importante Robert, no es la policía de aquí donde los conoces a todos, es la policía de Atolón, son detectives de la capital bastante insistentes. Han reabierto el caso de Noel. No creo que sea buena idea intentar aislarse de ellos. No me explico cómo no han conseguido aún una orden para derribarte la puerta, para llevarte a la fuerza. Te consideran sospechoso principal. Quieren hablar contigo a como dé lugar. Me han dicho que te llevarán como sea a declarar, te arrestarán Robert. ¿Lo entiendes? —advierte Ronald, con un tono de voz que suena con preocupación sincera. —No me interesa hablar con nadie, eso es lo que no entiendes, y tú no debiste haber venido. ¿Tú cómo estás amigo? ¿Cómo van tus cosas, tu vida? —dice Robert, con un tono de voz que de tan despreocupado ya es alarmante. —¿No has escuchado nada de lo que te he dicho? —Ronald se exaspera con esa actitud, intenta ayudarlo, pero vaya que se los está poniendo difícil. —¡Déjate de tonterías Ronald! ¿Desde cuándo he necesitado de ayuda alguna? Lo único que necesitaba era un amigo, no ayuda, no, solo un buen amigo, eso era todo —Ronald traga saliva luego de escuchar esas palabras.
Ya no le pasa la cerveza por el nudo de la garganta, así que la deja a un lado, apoyando la lata sobre alguna parte inmersa entre penumbras.
—Pues aquí estoy, soy tu amigo, he estado viniendo todo este tiempo. Si te refieres a mi ausencia de estos días… pues disculpa. Estoy aquí ahora, puedes contar conmigo para lo que necesites
Se ofrece Ronald mientras intenta visualizar a su amigo, pero no lo logra por más esfuerzo que hace.
—¿Sí? Que suerte que estés aquí… —ironiza Robert—. ¿Me muestras tu hombro derecho… amigo? —Le pide a Ronald.
Desde su posición, gracias a una muy débil luz que proviene desde las calles, Robert puede verle al tiempo que permanece camuflado en las tinieblas.
—Vamos, hablemos en serio, hablemos de hombre a hombre, de amigo a amigo. No hemos podido hablar de lo sucedido aún. Necesitamos hacerlo —ruega Ronald. —Es lo que estoy haciendo, o lo que estoy intentando hacer. Muéstrame tu maldito hombro derecho. ¡Ahora! —Ante tal exigencia, Ronald no puede hacer más que quitarse el pulóver y la camiseta. Los deja caer a un costado, queda con el torso desnudo. —¿Para qué quieres ver mi hombro derecho después de todo? ¿Para castigarte? ¿Para castigarme a mí de algún modo? ¿Qué caso tiene? ¿No tenemos cosas más importantes de las que hablar? —Ronald comienza a notarse enfadado. —Necesito ahora que gires. Necesito ver la espalda. ¡Muéstramela ya! —exige Robert, no con demasiados modales. Ronald está decidido a no hacer eso. —No me gusta esto. Estás alterado, ebrio y afectado por lo de Noel. No voy a mostrarte nada —comunica Ronald, tomando ya la camiseta para volver a colocársela. —¡No! Tú… tú no vas a ir a ningún maldito sitio. Deja eso donde está idiota. —exige Robert muy alterado, antes de gatillar un revólver que ha sacado de alguna parte. —¿Qué haces? ¿Has enloquecido? —pregunta Ronald, al escuchar los sonidos que genera el arma. De verdad no puede creer que su mejor amigo, lo esté apuntando con un revólver desde algún punto ciego. —¿Qué te parece? Soy policía después de todo. Tengo permiso para esto. Y tú malparido, solo tienes permiso para los desperdicios que yo te dejo. ¿Recuerdas? Je, je —la voz de Robert suena tan grave como firme, confiada, decidida a todo, aunque por momentos se quiebre. —Sé muy bien cuál es tu trabajo. Lo que no hubiera imaginado es que utilizarías tu arma contra mí. ¿Has enloquecido o qué? —reconoce Ronald, pues comienza a ponerse muy nervioso. —Tú has estado usando otras cosas dentro de las mías y nadie te ha dicho nada. ¿Cierto? ¿Me muestras ahora tu maldito brazo hombro o no? —vuelve a exigir Robert, justo antes de hacer sonar el revólver que empuña.
A Ronald le da toda la impresión de que el arma está lista para ser disparada, lo cual le otorga una enorme tensión. Se da la vuelta, gira, queda de espaldas, mostrando a Robert lo que quiere ver y lo ve con claridad. El brazo desnudo que ha querido ver, en apariencia se encuentra recientemente curado, aún con vendas pegadas a la piel, en cuyo centro se muestra un círculo púrpura casi perfecto, justo en medio.
—¿Estás contento ahora desgraciado? —pregunta Ronald, volviéndose a dar vuelta para quedar de frente como antes. —¿La verdad? ¿Quieres la verdad? Pues no. Contento no podré volver a estar jamás, en absoluto. Hubiera preferido equivocarme —su voz suena distante, reflexiva, nostálgica, de algún modo hasta trágica. —Te estás equivocando Robert… —añade Ronald, pero no suena de un modo demasiado convincente, mientras se termina de colocar las prendas que antes se ha quitado. —Yo creo que no me equivoco en absoluto —asegura Robert sin prisa en sus palabras. —Todo pasó muy rápido maldición. Me encontré con ella en la calle, hablamos mientras aguardaba el bus. Llovía mucho. Se iba para siempre de Bring Spring según me dijo. Para siempre Robert… Lejos de ti, lejos de mí, de todos. No había avisado a nadie de sus intenciones. Le ofrecí llevarla a casa pero no quiso —Robert le interrumpe. —¿Ofreciste llevarla en esa bicicleta piojosa que tienes? ¿Qué chica aceptaría? —se hace un silencio—. ¡Continúa imbécil! —exige Robert con arma en mano. —Me dijo que Norman lo sabía todo, no sé cómo pero lo sabía, que la castigaría severamente y que por ese motivo más que por ningún otro, había decidido escapar a la capital, a casa de su tía. No sé cómo diablos pudo haberse enterado el padre… pero lo sabía. Me dijo que había considerado verte, decirte que se iría para siempre, pero que estaba segura de que no se lo permitirías y que complicarías las cosas. Que lo mejor era dejar el pueblo, marcharse para siempre sin avisar a nadie. Se mortificaba por haberte dicho que vendría a verte ese día —la voz de Ronald suena sufrida. —¡Ja! Mortificada… me imagino cuán mortificada… —exclama Robert destilando sarcasmo. —Sí, de hecho me quiso dar tus discos de música para que te los devolviera —confiesa Ronald con claro sufrimiento. —Así que entraste a su casa a buscarlos —sostiene Robert, mientras escucha los silenciosos sollozos de Ronald. —Sí, ¿cómo lo sabes? Me pidió que entrara. Ella… ella no recordaba donde los había dejado. Temía tardar demasiado y perder el bus de las ocho. Entré con ella, tomamos café y… yo no lo sé Robert, no sé qué sucedió, simplemente pasó. Pero no hicimos nada que no hubiéramos hecho antes. Lo sabes… ¿Cierto? —Su voz suena ahora bastante quebradiza. —¡No maldito imbécil! Nunca estuviste con ella sin mí...no sin mí dentro de ella. ¿Qué te hizo pensar que podías? —estalla Robert con furia extrema. —¡No lo sé maldición! ¡No lo sé! Pasó… solo pasó. —¿Y después qué? —No nos torturemos, no lo sé… solo sé que me sentí muy mal instantes después de… ya sabes.
La lluvia se intensifica de nuevo fuera de la finca. Las gotas tamborileaban con fuerza contra el vidrio de la ventana, repiquetean contra el suelo de hormigón del porche destechado, y contra el ruidoso techo de zinc.
—Por desgracia tuve que enterarme por su padre de lo que hiciste. —¿Qué? —Ella se lo contó todo Ronald, le contó lo que hacíamos por las noches durante semanas enteras. Norman la castigó, la golpeó, ella se defendió… él le disparó en el rostro. Un padre tuvo que matar a su hija por tu culpa. —¿Por mi culpa? —¿Qué puede decir un policía en la estación, luego que a su hija le ocurre algo así? Suicidio, accidente, cualquier estupidez similar antes que la verdad. ¿Sabes lo que hay debajo de mi cama por tu maldita culpa imbécil? —Ronald no quiere pensar en lo peor, pero de algún modo conoce la respuesta. —No… —se limita a responder. —¿No sabes o no quieres saber? Claro que sabes. Tú nunca sabes nada. Ahí abajo está un tal McBlonde o lo que queda de él. Un imbécil de esos que dejan solas a sus novias o esposas en sus costosos apartamentos del distrito, ¿y para qué? Para que gente como nosotros vayamos a fornicarlas; solo para eso. Y el otro imbécil, ese acicalado, el tal McMan, descansa en paz bajo medio metro de tierra en mi jardín. Todo eso has desencadenado hijo de puta. ¿Sabes qué? Nos arruinaste la vida a todos. Solo tenías que mantener tu miembro adentro del pantalón. No era tan difícil. ¿Verdad? —sentencia Robert exasperado, tanto que se ve obligado a saltar del sitio donde se encuentra.
Se posiciona donde Ronald puede verlo, quedando enfrentados cara a cara a pocos centímetros, entre penumbras de la noche más profunda y lluviosa. Más allá de la pared oscura, el intenso aguacero repiquetea de un modo incesante.
—¿Cómo has sido capaz de matar a detectives de la capital? ¿Te has vuelto completamente loco? —pregunta Ronald, más para sí mismo que para su amigo.
Un enorme bramido irrumpe la penumbra, seguido de un fuerte estruendo que ilumina las tinieblas del monoambiente. Un trozo de metal se abre paso entre fibras de carne y de hueso, generando salpicones de sangre hacia todas direcciones. Un segundo estallido genera un segundo bramido, menos potente que el anterior, aunque no menos sorpresivo o efectivo que el primero. Se escucha además el escándalo que genera la caída tanto de Robert como de Ronald al suelo. Ambos se derrumban sobre los innumerables objetos desperdigados de forma desordenada por todo el lugar. Charcos de sangre empiezan a empapar el suelo de madera.
—Ver esa herida que tienes en el hombro, es suficiente para saber que realmente has sido tú, sólo con eso —dice Robert con voz agonizante—. Norman te disparó desgraciado y no fuiste ni a la policía a denunciarlo, ni tampoco al hospital. Por tener que defenderte, ignorando lo que habías hecho, el otro día tuve que matar a ese viejo rudo. ¿Cómo me lo agradeces? Me disparas con ese juguete que has traído a escondidas, maldito hijo de puta desgraciado —logra articular Robert desde el suelo, con mucho dolor, mucha dificultad.
Una bala le ha atravesado el pulmón derecho, la cual ha hecho carambola entre los huesos de sus costillas y le ha quedado enterrada entre los músculos. Siente un dolor insoportable, así como una dificultad instantánea para respirar. Siente que la sangre de las heridas internas está a punto de precipitársele, por las comisuras de los labios.
—Siempre fuiste un maldito desgraciado hijo de perra… —le dice Ronald.
Al mismo tiempo se incorpora, por mucho dolor que le provoca la flamante herida que la bala del arma de Robert le ha generado, en el costado izquierdo de su cuello. Esto le impide modular las palabras con claridad. Hace que en cada esfuerzo se ahogue en su propia sangre, debiendo tragársela para poder hablar. Robert vuelve a jalar del gatillo, el disparo ilumina durante un segundo el lugar, lo ilumina todo menos a la pared oscura.
—Te quiero amigo… pero nunca conocí alguien tan desgraciado como tú —le dice Robert, antes de dispararle a su amigo por tercera ocasión, encendiendo una última vez la noche con luz de fuego.
Hecho esto, sumido en las tinieblas y el silencio desolador resultante, que ha quedado establecido en su hogar, cae de rodillas al suelo. Ronald se encuentra desplomado en el suelo a un par de pasos de distancia, boca arriba, empapado en su propia sangre. Ya no volverá a levantarse jamás de ahí, se ha asegurado de eso. De la mano izquierda del occiso, cae al suelo un revólver calibre veintidós al que le quedan casi todas las balas en el tambor, casi todas menos una. Robert deja caer su propio revolver a un lado, el cual rebota y se pierde entre penumbras, sobre el suelo a su derecha.
Desde las calles linderas a la finca, se escuchan doce disparos más provenientes del interior de esta, como pequeñas explosiones de petardo de un festejo macabro, como noche vieja que llega con sangre. Luego de esto, vuelve a reinar el silencio en la lluviosa noche de Bring Spring. En oídos de Robert, sólo se escuchan ahora miles de gotas de lluvia tamborileando por todas partes, incesantes, gruesas, fuertes. Las mismas que en vida le gustaban tanto a Noel Norman, como cuando aprovechaba las noches de tormenta para aferrarse a él.
El alba llegará en poco rato más al pueblo, en un nuevo día amanecer que siempre renueva las esperanzas de los más optimistas. El insoportable dolor de la herida en su pulmón se intensifica cada vez más, demasiado, minuto a minuto. Dos patrullas chirriaron sus neumáticos delante de la finca. Segundos antes de que los agentes bajen corriendo hacia la puerta de entrada, se escucha desde fuera un último y letal disparo. Los agentes policiales traen consigo una orden de arresto para Robert Allen, firmada por el juez que en días previos ha hablado con los detectives McBlonde y McMan, donde se lo acusa de asesinato en primer grado.
Después de pronunciar algunas advertencias verbales con los altavoces, la policía irrumpe en la vivienda derrumbando la puerta a golpes secos. Ni bien están dentro, se encuentran con el más horripilante panorama. Sobre la cama ubicada en el medio mismo de la habitación, está recostado con una mano bajo la nuca y la otra colgando, el cadáver de Robert Allen, fallecido tres segundos atrás por traumatismo de cráneo, ocasionado por herida de bala en occipital derecho. El olor en el interior de la finca es repulsivo.
Más allá, los efectivos policiales encuentran el cadáver de Ronald De Boers, a medio metro de la mencionada cama, bajo de la cual, encuentran además el cadáver ya en descomposición del detective McBlonde. Uno de los pastores alemanes que ingresaron a la vivienda, rastrearon y encontraron de inmediato siguiendo su olfato, el sector en el jardín en el cual fue enterrado el detective McMan. Con las patas delanteras, el can se puso enseguida a excavar. Los agentes llamaron por radio a las ambulancias y forenses. La escena del crimen es espantosa, mucho más que cualquier otra que se hubiera suscitado antes en el apacible pueblo de Bring Spring, que de tan sereno llega a ser aburrido.
Hay sangre por doquier, ya impregnada en el suelo de madera y salpicada en las paredes. De hecho, en una de esas paredes, los agentes policiales notan con sorpresa que una de ellas se encuentra seriamente dañada, agrietada, descascarada y sobre todo oscurecida. Un solitario cuadrito cuelga de ese derruido muro. Los policías, aún sin el coraje suficiente como para soltar o bajar sus revólveres, se miran entre sí cuando ven la imagen que se muestra en el pequeño cuadro de marcos negros. No pueden disimular su sensación de estupor al verlo de cerca.
Se trata nada menos que de una fotografía nítida bajo un día soleado, en la cual se encuentran muy felices y abrazadas tres personas: Noel Norman, Ronald De Boers y Robert Allen. Dicha foto, ha inmortalizado quizás el que ha sido el último momento feliz que los tres supieron disfrutar juntos.
Felicidad que acabó cuando comenzaron los días de la pared oscura.
FIN