
«Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra vida es tan infinita como ilimitado nuestro campo visual.»
Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus
Es verano y hace calor, mucho calor. El cielo está despejado. Debajo, el mar extiende un turquesa tan claro que permite ver las ondulaciones de la arena, aun donde el fondo empieza a perderse. Una melodía recorre aquel lugar. Nadie podría señalar de dónde viene: se oye sobre el agua, entre las hojas de las palmeras y en la brisa que refresca la piel de dos personas abrazadas.
Las palmeras crecen en un banco de arena que apenas alcanza a ser isla. Solo alrededor de los troncos asoma un poco de tierra seca; el resto permanece sumergido bajo unos centímetros de agua. Entre ambas cuelga una hamaca ancha, tejida con un hilo que deja pasar el aire.
Ella descansa con el rostro en el cuello de él. Lo rodea con un brazo; la otra mano ha quedado abierta sobre su pecho. Él le acaricia la espalda. Cada vez que la hamaca oscila, sus pies casi rozan la superficie del mar. No necesitan cambiar de posición. La sombra los cubre, la brisa llega por debajo y el sol, muy alto, parece dispuesto a quedarse allí.
Ella alza la cabeza. Lo encuentra mirándola y sonríe antes de preguntarle qué sucede.
—Nada —responde él.
Ella espera un momento, con los dedos apoyados en su mejilla. Después vuelve a acomodarse contra su cuello. Él ha estado a punto de decirlo. Le parece extraño sentir aquel temor mientras la tiene tan cerca. Puede besarla, deslizar una mano por su cintura, estrecharla hasta que ella se ría y le pida un poco de aire. Sin embargo, al imaginar aquellas palabras en su propia voz, se detiene. Luego tendría que mirarla y esperar.
Ella, con los ojos cerrados, escucha su respiración. Ha levantado la cabeza para hablarle. Al descubrir que él también quiere decir algo, prefiere darle tiempo. La hamaca se mece sobre el agua. Muy lejos, una mancha blanca aparece en el horizonte. Va creciendo hasta mostrar varias cubiertas, hileras de ventanas y piscinas diminutas bajo el sol. Un enorme crucero se dirige directo hacia el banco de arena.
Desde su proa, las dos palmeras deben de parecer una pincelada verde en medio del océano. La embarcación mantiene la velocidad incluso cuando el agua se vuelve tan transparente que permite distinguir el fondo. El casco roza la arena, se inclina y sigue avanzando. Algo cede debajo de la línea de flotación. Un estruendo atraviesa las cubiertas; los cristales estallan hacia el mar.
Durante un instante el crucero continúa deslizándose, como si fuera capaz de dejar atrás su propia rotura. Después, paulatinamente, empieza a hundirse.
Muy lejos, en la hamaca, ella pasa los dedos por el cabello de él y le aparta un mechón de la frente. Él le besa la palma. No oyen el impacto, tampoco las alarmas ni las voces que se llaman entre los restos. La melodía llega hasta ellos con la misma claridad de antes.
El hundimiento dura varias horas. Algunas personas saltan cuando todavía hay lugares secos desde donde hacerlo; otras quedan atrapadas en salones que empiezan a llenarse de agua. Las olas arrancan mesas, maletas y cuerpos de las cubiertas. Al final, la chimenea desaparece entre espuma y humo. Quienes logran salir nadan hasta encontrar arena bajo los pies. Se ponen de pie con el agua a las rodillas. Son miles.
Hay gente descalza, y otra que conserva un zapato, alguien que todavía aprieta contra el pecho una toalla del camarote. Una mujer señala las palmeras. Un hombre se cubre los ojos para mirar mejor. Parecen cercanas: unos pocos cientos de pasos, sombra, tal vez cocos. Se ayudan a levantar a los que siguen sentados en el agua y comienzan a caminar.
Por entre sus piernas pasa una bandada de pájaros. Nadan con las alas extendidas. Sus plumas conservan el brillo y parecen secas dentro del agua; los cuerpecillos cambian de dirección al mismo tiempo, se dejan llevar por una corriente y desaparecen bajo las ondulaciones de la arena. Uno de los hombres se queda mirándolos. Se agacha, hunde la cara y luego avanza hacia donde el banco de arena desciende. Los demás lo llaman. Una mujer lo sujeta del brazo.
—Por allí es más hondo. Ven con nosotros.
Él intenta soltarse. Le señalan las palmeras, le hablan de alimento y de esperar un rescate. Apenas parece escucharlos. Abre la boca y emite un croar áspero, inesperado. La mujer lo suelta. El hombre se zambulle. Su espalda queda un momento bajo la superficie; después, los que lo observan solo ven arena. Otro croar responde desde la multitud. Luego otro. Cientos de personas se agachan y desaparecen en el agua que, instantes antes, apenas les cubría las rodillas. Los demás intentan retener a algunos; acaban con las manos vacías.
Cuando cesan aquellos sonidos, quedan unos pocos cientos de náufragos. Durante un rato ninguno avanza. Miran hacia abajo, en busca de los que se han ido. La corriente les mueve la ropa alrededor de las piernas. Alguien vuelve a señalar las palmeras.
En la hamaca, ella se apoya sobre un codo.
—¿Qué es lo que más te gusta de mí?
Él la observa con una seriedad que la hace reír.
—¿Es tan difícil?
—Estoy intentando elegir.
Ella le da un toque con la punta de la nariz.
—Pues elige.
Él mantiene una mano abierta sobre su espalda.
—Me gusta cuando haces eso.
—¿Qué cosa?
—Te ríes antes de terminar la pregunta. Como si ya supieras lo que voy a decir.
La sonrisa de ella se hace más pequeña. Baja la mirada a su pecho y dibuja allí un círculo con el dedo.
—No siempre lo sé.
Él está a punto de preguntarle a qué se refiere. Ella vuelve a mirarlo y el impulso se le convierte en una caricia.
—Siempre soñé con estar en un lugar así —dice ella.
—Yo habría venido a cualquier parte contigo.
Se besan. Por debajo de la hamaca pasa un temblor de luz que se extiende sobre la arena y se pierde donde el agua empieza a oscurecerse. El sol permanece inmóvil.
Los náufragos han caminado sin dejarlo a su derecha. Algunos miran atrás para medir la distancia recorrida, aunque ya no queda nada del crucero que les servía de referencia. Las palmeras siguen delante, separadas por el mismo espacio, con sus hojas apenas moviéndose. Un hombre cuenta trescientos pasos. Se detiene, mira y cuenta otros trescientos. Alguien le pregunta cuánto falta. Sigue caminando sin responder.
Sobre el horizonte empieza a extenderse una nube gris. La oscuridad avanza como tinta derramada sobre el cielo. El viento levanta agua y la lleva contra los rostros de quienes caminan. Muy pronto empieza a llover. Los náufragos abren la boca, se pasan las manos por las mejillas y beben lo que pueden antes de que las gotas se mezclen con la sal. Solo alrededor de las palmeras permanece un círculo de cielo que aún es azul.
Un cardumen atraviesa las nubes. Los peces vuelan muy juntos, con lomos encendidos por reflejos verdes y plateados. Al entrar en la lluvia se dispersan. Sus bocas se abren con rapidez; sacuden las colas, buscan un claro, pero las gotas los alcanzan por todas partes. El primero cae cerca de una mujer. Quiere remontar el vuelo desde el agua, golpea la superficie y vuelve a caer. Ella lo atrapa con ambas manos.
Los otros peces comienzan a precipitarse alrededor de los náufragos. Éstos últimos, llevan quinientos setenta y siete años caminando. El hambre les ha hundido los rostros. Tienen la piel pálida, abierta en algunos lugares por el roce de la ropa y el agua. Aun así, conservan fuerzas para abalanzarse sobre los peces y apretarlos contra la boca. Algunos los comparten. Otros se vuelven de espaldas para comer.
Después levantan la vista. Por primera vez en siglos, las palmeras parecen más próximas.
Ella siente un cambio en el aire y se aparta un poco del pecho de él.
—¿Crees que lloverá?
Él abre los ojos. Una hoja de palma deja pasar entre ambos un hilo de sol.
—No lo creo.
—Quizás más tarde.
Él le acarició el hombro.
—Nunca ha llovido aquí.
Ella quiere recordar desde cuándo están allí. La idea se le deshace al sentir los dedos de él recorriéndole la espalda. Cierra los ojos de nuevo. Fuera del círculo luminoso, las olas empiezan a romper sobre el banco de arena. Los náufragos se juntan para resistirlas. Una mujer pierde pie y otras dos personas la sostienen hasta que puede incorporarse. El agua le ha arrebatado el pescado que guardaba contra el pecho.
Ella vuelve la cabeza.
—¿Escuchas esas voces?
Él deja quieta la mano.
—¿Las de los hombres?
—Yo escucho mujeres.
Permanecen callados. Las voces llegan desde un lugar que ninguno puede señalar. Tienen inflexiones familiares; por momentos, una de ellas parece estar a punto de pronunciar sus nombres. Ella se aferra un poco más a él.
—Creo que sé quiénes son.
—Yo también.
—No quiero escucharlas.
Él acerca los labios a su frente. Hay algo en aquellas voces que le hace apretar los dientes, una advertencia repetida tanto tiempo que ya no necesita distinguir las palabras.
—Quédate conmigo —dice ella.
—Estoy aquí.
Al levantar la cara para besarlo, ella roza sus labios con los de él y se detiene. Espera. La mano que le acaricia el cabello se queda inmóvil. Él reconoce la espera. Abre la boca, pero ella lo besa antes de que pueda hablar. También ha sentido miedo al verse tan cerca de escuchar la respuesta. La melodía se oye más tenue. Una ráfaga alcanza la hamaca y se retira.
Por encima de los náufragos pasa una sombra enorme. Una ballena azul desciende entre las nubes. Mueve la cola con lentitud y cada golpe la impulsa sobre el océano. A su alrededor vuelan cardúmenes que desaparecen por momentos detrás de su cuerpo. Cuando abre la boca, cientos de peces entran en ella. Los hombres y mujeres la siguen con los ojos. Algunos han empezado a temblar de frío. La ballena parece llevar consigo alimento suficiente para todos, pero se mantiene lejos de sus manos, inclinándose cada vez que una ráfaga le golpea el costado.
Después aparecen tiburones blancos. Sus vientres cruzan por encima de las cabezas. Giran alrededor de los peces rezagados, se pierden en las nubes y reaparecen más abajo. Uno pasa tan cerca que los náufragos se agachan en el agua. La aleta corta la lluvia y sigue de largo. La multitud se aprieta. Las palmeras siguen allí, bajo su porción de cielo despejado. Él aparta los labios de ella.
—¿Sabes una cosa?
Ella abre los ojos. Ha esperado ese tono, esa manera de acercarse para decir algo que solo ella debe escuchar.
—Dime.
Él la mira. Ella deja de acariciarlo para prestarle toda su atención, y aquel pequeño movimiento basta para que vuelva a vacilar.
—Mejor después.
Ella baja la mano. Él siente sobre la mejilla el aire fresco donde antes estaban sus dedos.
—Puedes decírmelo —murmura ella.
Él sonríe, pero ella no lo acompaña enseguida. Por primera vez, la vio esforzarse para devolverle una sonrisa.
—Después —repite, ya sin la misma seguridad.
Ella asiente. Se acomoda a su lado y le pone una mano sobre el pecho. Él la abraza con cuidado. Vuelven a besarse. Pasan varios años más.
La lluvia se acerca hasta el borde de la sombra. Las gotas levantan pequeños círculos en el agua, a poca distancia de sus pies. El viento dobla las hojas exteriores de las palmeras; por dentro, donde reposan los dos cuerpos, todavía corre una brisa tibia. Él sigue dibujando círculos sobre la espalda de ella. Siente cómo se afloja bajo su mano, cómo lo busca incluso dormida. Ha querido esperar el momento en que las palabras salgan solas. Mientras tanto, ella ha tenido que esperar con él. Al separarse, décadas después, le aparta el cabello de la cara.
—Eres hermosa.
Ella sonríe y le sostiene la mano contra la mejilla.
—¿Era eso lo que querías decirme?
Él niega despacio.
—Entonces dime.
La ballena baja tanto que su vientre casi toca las crestas de las olas. Un náufrago levanta los brazos; otro lo sujeta por la cintura para que el viento no se lo lleve. El animal vuelve a elevarse con un golpe de cola. Bajo él quedan peces que cae, manos abiertas y rostros que miran hacia arriba.
En la hamaca, él toma aire. Ella siente el movimiento bajo la palma. Quiere ayudarlo, decirle primero lo que ambos están demorando. Esta vez deja la mano donde está. Si él vuelve a callarse, hablaría ella.
—Me da miedo que después te quedes en silencio —confiesa él.
Ella lo mira un momento. Acerca la frente a la suya.
—Yo también he estado esperando.
Él cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, ella sigue allí, con su mano tibia sobre el pecho.
—Te amo.
Lo dice casi en un susurro. Ella empieza a sonreír, pero el labio le tiembla antes de que pueda responder. Él le pasa el pulgar por la mejilla.
—Te amo —repite.
—Yo también te amo.
Esta vez es él quien tarda en encontrar la voz. La estrecha contra su cuerpo y sinte la risa de ella en el cuello. La luz empieza entre sus manos. Se extiende por la piel de ambos, atraviesa el tejido de la hamaca y llega al agua. Las dos palmeras quedan blancas por un instante. Los náufragos se cubren los ojos. Las nubes retroceden. La lluvia pierde fuerza hasta convertirse en unas pocas gotas que brillan al caer.
Más allá del banco de arena, una franja de cielo azul se abre de horizonte a horizonte. Los peces remontan vuelo. La ballena intenta seguirlos, pero su cuerpo desciende con lentitud, ya incapaz de sostenerse. Los náufragos se aferran unos a otros al verla caer. Su vientre toca el océano y levanta una ola que corre hacia ellos.
Antes de que el agua vuelva a asentarse, la piel del animal se ha vuelto lisa y blanca. El vientre adquiere la curva de un casco; las fauces se cierran en una proa; la cola se ensancha hasta formar una popa. Sobre el lomo aparecen cubiertas, barandillas y ventanas. Donde ha caído la ballena flota un crucero. Los tiburones se vuelven grises, pierden sus contornos y quedan suspendidos como pequeñas nubes. El viento las estira hasta borrarlas.
Una mujer es la primera en volverse hacia el barco. Todavía se cubre los ojos con una mano. Con la otra, busca a quien tiene al lado y tira de su ropa. Los demás comienzan a girar. Durante siglos han mantenido la vista fija en las palmeras; ahora, detrás de ellos, una escala desciende desde la cubierta del crucero hasta rozar el mar. Uno da un paso, luego otro.
Una muchacha empieza a correr, tropieza y se levanta ayudada por dos hombres. Los que van delante se detienen para sostener a los que apenas pueden caminar. La ola de la ballena les llega a las rodillas y pasa entre sus cuerpos sin derribarlos. Cuando la luz de la pareja se apaga, han transcurrido cinco mil quinientos setenta y siete años.
Ella levanta la cara del cuello de él. Tiene la misma sonrisa de antes, aunque ahora puede quedarse mirándolo sin esperar nada.
—Te amo —dice.
Él le besa los dedos, uno a uno.
—Te amo.
Lejos de las palmeras, los últimos náufragos suben la escala. El crucero espera hasta que todos están a bordo. Una vez logrado eso se empieza a alejar por un mar que se hace profundo a su paso. Desde la cubierta, una mujer levanta la mano hacia el pequeño banco de arena. La mantiene en alto hasta que las palmeras vuelven a confundirse en un solo punto verde. La pareja no ve partir el barco.
Ella ha vuelto a acomodarse sobre el pecho de él y escucha la melodía, que llega con la brisa. Él le acaricia la espalda con suavidad. En adelante hay otras nubes, alguna lluvia lejos de allí. Sus sombras pasan sobre el océano sin alcanzar la hamaca. Los dos aprenden a decirse aquellas palabras al despertar, entre una caricia y otra, o porque sí, aunque no siempre se lo dicen con la premura que los sentimientos ansiosos pregonan.
Una vez, ella se incorpora para besarlo y él la recibe con los brazos abiertos. La hamaca oscila. Sus pies casi rozan el agua.
Esta vez el beso dura toda una feliz eternidad, en este paraíso eterno.
FIN