
Marcind despierta porque alguien le toca la cara.
Abre los ojos de golpe. Una mujer aparta inmediatamente la mano. Durante unos segundos ninguno de los dos hace nada más que mirar al otro. Ella tiene unos cincuenta años. Su cabello entrecano está recogido detrás de la cabeza. Tiene la piel castigada por el sol y unos ojos oscuros que lo observan con una mezcla de cautela y curiosidad. Lleva puesta una prenda gruesa, hecha de algún tejido que Marcind no reconoce.
La mujer dice algo, pero él no la entiende. Ella repite las mismas palabras. Marcind intenta incorporarse. Se detiene enseguida: el dolor le atraviesa el costado.
—Ah...
Ella lo empuja contra el lecho.
—Estoy bien.
La mujer vuelve a hablar.
—No entiendo una mierda de lo que dices.
Por la expresión de ella, el sentimiento parece recíproco.
Marcind mira alrededor. Está acostado sobre una especie de colchón relleno de fibras vegetales. Una manta áspera cubre sus piernas. La habitación es pequeña. Las paredes parecen hechas de piedra unida con barro y alguna sustancia blanquecina. No hay ventanas de cristal. Una abertura rectangular deja entrar la luz diurna y el viento. Tampoco hay lámparas, cables ni dispositivos de ningún tipo.
Busca instintivamente su arma. No está a la vista. La mujer advierte el movimiento. Marcind la mira.
—Mis cosas.
Ella no responde.
—Betty.
Nada.
Marcind señala hacia afuera.
—Mi aeronave.
La mujer parece comprender la intención, aunque no las palabras. Niega con la cabeza. Marcind vuelve a incorporarse y ella se apresura a detenerlo. Esta vez él le aparta la mano.
—Necesito verla.
Cuando pone los pies en el suelo, el mundo se inclina. Se ve obligado a sujetarse del borde del lecho. La mujer se levanta y grita algo hacia la puerta. Entonces entra un hombre. Es más joven que ella, corpulento, con los brazos desnudos y una cicatriz que le atraviesa uno de los hombros. Lleva en la mano un recipiente de barro. Se queda inmóvil al ver a Marcind de pie.
Habla con la mujer. Discuten. Marcind sigue sin comprender una sola palabra, aunque entiende perfectamente el tono. El hombre deja el recipiente sobre una mesa y se acerca.
—No.
Marcind levanta una mano. El hombre se detiene.
—No voy a hacerles nada.
Se señala el pecho.
—Dominic.
Los dos lo observan.
—Dominic Marcind.
El hombre frunce el ceño.
—Mar... kin.
—Marcind.
—Mar... sind.
Marcind asiente.
—Eso está bastante mejor.
El hombre se señala.
—Tarem.
Después señala a la mujer.
—Nara.
Marcind mira a ambos.
—Tarem. Nara.
La mujer sonríe por primera vez. Algo acaba de cambiar. Es casi imperceptible, pero suficiente. Tarem le entrega el recipiente. Contiene agua. Marcind bebe. Está tibia y tiene un ligero sabor mineral. Vacía casi la mitad antes de notar que ambos lo están mirando. Detiene el recipiente.
Nara dice algo rápidamente. Tarem le contesta. Ella parece molesta. Marcind mira el agua y después a ellos. Comprende lo que ocurre.
—Es escasa, ¿cierto?
Ninguno entiende, pero Marcind devuelve el recipiente. Nara lo toma inmediatamente. No lo bebe. Lo cubre con un trapo.
Luis Aníbal Nez