
Una aeronave emerge violentamente de un mar de nubes.
Durante unos segundos parece salir despedida de ellas. La hélice delantera gira con una irregularidad apenas perceptible, pero suficiente para que toda la estructura vibre. Una plancha del fuselaje se sacude junto al ala izquierda y el motor eléctrico mantiene un zumbido agudo que sube y baja sin obedecer a ningún régimen constante.
Las nubes quedan debajo; no son blancas. Su enorme superficie se extiende hasta el horizonte con tonalidades amarillas, ocres y verdosas tan tenues que, vistas desde aquella altura, podrían confundirse con los colores del amanecer.
El piloto de la aeronave, Dominic Francis Marcind, sabe que no lo son.
Son contaminación, agua suspendida mezclada con partículas químicas que los sensores de Betty llevan varios minutos aconsejándole no atravesar, como si todavía tuviera elección.
Marcind jala el yugo.
—Vamos...
Betty responde tarde. La nariz sube lentamente y la aeronave gana algunos metros mientras el piloto observa alternativamente el horizonte y los indicadores frente a él: voltaje, integridad, temperatura, presión, entre otros. Algunos valores todavía están dentro de límites aceptables, pero otros ya no.
Un golpe seco sacude la cabina. Marcind se encoge instintivamente. Algo metálico sale despedido detrás del ala derecha y desaparece.
—Perfecto.
Vuelve la vista hacia el tablero. No sabe qué pieza acaba de perder y quizás sea mejor no saberlo. Lleva suficientes años pilotando como para distinguir una aeronave averiada de una aeronave que está terminando de morir. Betty pertenece a la segunda categoría.
Una sombra atraviesa las nubes. Marcind gira la cabeza y por un instante solamente ve las nubes amarillas. Entonces la sombra emerge: otra aeronave, mucho más grande y oscura. Su fuselaje es tan bajo y alargado que parece una enorme hoja de cuchillo desplazándose horizontalmente sobre el océano de gases. No tiene hélice visible ni deja estela. Tampoco produce el estruendo que debería acompañar una máquina de semejante tamaño.
Conoce aquel modelo o, al menos, conoce su reputación. La inscripción sobre el lateral confirma lo que ya sospechaba.
ORAX I
—Mierda.
La aeronave continúa avanzando. No asciende hasta Betty; no necesita hacerlo. Se desplaza algunos cientos de metros por debajo, rozando con su vientre oscuro las formaciones más altas del banco nuboso.
Inclina el yugo hacia la derecha. Betty gira con dificultad. La Orax también, aunque no inmediatamente. Segundos después, los suficientes, Marcind vuelve a cambiar el rumbo. La aeronave oscura corrige nuevamente. Marcind ya no tiene ninguna duda: lo sigue. Busca el transmisor.
—Orax Uno, habla Dominic Francis Marcind, identificación militar...
La radio responde con estática. Marcind cambia de frecuencia.
—Orax Uno, confirme recepción.
Nada. Una luz roja se enciende delante de él. Marcind la mira. Después mira el cielo.
—No.
La temperatura del motor aumenta: treinta y nueve, cuarenta y dos, cuarenta y seis. Presiona varios comandos. El zumbido de Betty se vuelve todavía más agudo.
—Vamos, vamos...
Cincuenta y uno.
Entonces algo cruza por delante de la cabina. No logra identificarlo. Una línea casi blanca que desaparece en el cielo. Un segundo después escucha una explosión detrás de él. La aeronave se sacude. Betty se inclina hacia la izquierda. Marcind pelea contra el yugo.
—¡Betty!
Otra línea. Esta vez la ve. Sale de Orax I. No es una advertencia: está disparándole.
Baja el morro. Betty se precipita hacia las nubes. El mundo amarillo vuelve a tragárselo. La visibilidad desaparece inmediatamente y la cabina comienza a vibrar. Pequeñas partículas golpean el parabrisas. Marcind comprueba los instrumentos. La Orax ha desaparecido del campo visual; el radar no. La señal continúa allí, acercándose.
Desciende más. Las nubes adquieren un color cada vez más oscuro. Baja aún más: ciento veinte metros, cien, ochenta. No sabe exactamente qué existe debajo. Los mapas de navegación apenas ofrecen información de aquella región. El terreno registrado se encuentra muchísimo más abajo. Betty emite una alarma diferente. Marcind tarda un instante en reconocerla: proximidad. Frunce el ceño, mira el altímetro y después el radar de superficie.
Una forma vertical aparece frente a él.
—¿Qué...?
Tira del yugo con ambas manos. La columna surge entre las nubes. Es gigantesca. Se trata de una pared de roca que asciende delante de Betty hasta perderse por encima de la cabina. Gira violentamente. El ala pasa a pocos metros de la superficie. Por un instante distingue piedra, tierra endurecida, raíces y algo oscuro incrustado dentro de la roca que no alcanza a identificar. Después la columna desaparece. Suena otra alarma, otra forma.
Gira hacia el lado contrario. Una segunda columna emerge, después una tercera y otra. No están flotando. Suben desde alguna profundidad que las nubes esconden. Son agujas monstruosas clavadas en un suelo invisible.
Marcind deja de respirar durante unos segundos y las observa. Algunas tienen cimas irregulares; otras parecen sorprendentemente planas. En una de ellas cree distinguir vegetación, pero eso no puede ser. Pasa junto a ella y lo confirma. Ve árboles muy pequeños o muy lejanos.
Algo vuelve a golpear a Betty. La aeronave cae varios metros. Marcind intenta recuperar altura, pero el motor deja escapar un sonido áspero. El zumbido eléctrico desaparece. La hélice continúa girando por inercia. Marcind mira el tablero.
—No.
Intenta reiniciar. Nada. Intenta otra vez. Nada. Betty comienza a perder altura. Las columnas pasan ahora lentamente a ambos lados mientras la aeronave desciende hacia el gaseoso mar amarillo.
Marcind busca alguna superficie, cualquiera. Las cimas más cercanas son demasiado pequeñas o están cubiertas por formaciones rocosas. Mucho más adelante aparece una diferente. Es amplia, semiplana, con manchas verdes y líneas. El piloto entrecierra los ojos. No son líneas, sino construcciones.
—Vaya...
Allí hay casas, pequeñas estructuras apiñadas sobre la cima de aquella columna imposible. Y al parecer también hay personas.
Betty continúa perdiendo altura. Marcind calcula la distancia. Cree que no llegará. Reduce peso liberando un compartimento inferior. El mecanismo tarda en responder. Por fin escucha el golpe. La aeronave se eleva apenas lo suficiente.
La superficie de aquella extraña meseta se acerca. Ahora puede distinguir caminos, cultivos y hasta una estructura alta parecida a una torre. La gente allá abajo comienza a correr. Marcind extiende el tren de aterrizaje. Una de las luces permanece roja.
—Claro.
La rueda izquierda no ha bajado. No tiene tiempo. La tierra ya ocupa todo el parabrisas. Marcind apaga los sistemas, cruza un brazo delante del rostro y entonces Betty golpea el suelo de forma estruendosa. El tren derecho resiste apenas unos metros. La aeronave gira. El ala izquierda toca tierra. El metal impacta contra las rocas y la hélice se desintegra. Betty atraviesa una cerca y sigue derrapando hasta que otro impacto sacude violentamente la cabina.
Pierde la orientación. Pestañea. Cree ver el cielo, luego el suelo de tierra, de nuevo el cielo y finalmente un muro. La aeronave se detiene. Durante algunos segundos no existe ningún sonido. Marcind intenta respirar. Le duele el pecho y tiene sangre delante de los ojos. No sabe si procede de la frente o de algún lugar peor. Intenta buscar el cierre del arnés, pero sus dedos no obedecen.
Oye voces afuera. Se multiplican. No entiende ninguna palabra. Poco después escucha golpes contra el fuselaje. Intenta alcanzar el arma que lleva junto al asiento, pero no lo logra. El mundo empieza a oscurecerse ante sus ojos. Antes de perder la consciencia consigue mirar a través del parabrisas roto. Ve personas rodeando a Betty que visten ropas sencillas. Algunos empuñan objetos que parecen herramientas o armas primitivas.
Y detrás de ellas, más allá de algunas construcciones, distingue el límite de aquella superficie. Más allá del borde no hay montaña que descienda, ni valles, ni continuación alguna. Solamente ve el cielo arriba, el borde donde termina la tierra y, hacia el precipicio, el océano interminable de nubes amarillentas.
Marcind alcanza a observar esto mareado con el golpe recibido en la cabeza, tras lo cual, todo en sus ojos se oscurece.
Luis Aníbal Nez