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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 3 / 3

Tarem

Mundo con alas · Luis Aníbal Nez

Rato después, imposible saber si ha pasado una hora o dos, Marcind sale de la vivienda.

Tarem camina a su lado, aunque Marcind sospecha que su función no consiste solamente en ayudarlo a mantenerse en pie. Afuera, la luz solar es tan intensa que lo obliga a entrecerrar los ojos. Hace frío, mucho, y el viento sopla con fuerza. Por momentos parece provenir de distintas direcciones. Marcind, que no está acostumbrado a esas condiciones, se abraza a sí mismo para tratar de mitigar su impacto constante.

El asentamiento es más grande de lo que había alcanzado a distinguir desde Betty. Hay decenas de construcciones bajas distribuidas irregularmente alrededor de senderos de tierra y roca. Algunas paredes son de piedra; otras, de barro endurecido. Hay techos fabricados con fibras entrelazadas y placas metálicas reutilizadas. Eso llama su atención.

Pero aún más lo sorprende ver tanto metal, mucho más del que esperaba. Algunas piezas parecen trabajadas; otras, claramente, no fueron fabricadas para el uso que ahora tienen. Una lámina curva sirve de techo; una pieza dentada forma parte de una puerta; un cilindro oxidado recoge agua debajo de una canaleta.

Marcind se detiene a observar. Tarem también.

—¿De dónde sacaron esto?

Tarem sigue la dirección de su mirada. No entiende la pregunta. Continúan.

Hay personas por todas partes y todas, sin excepción, observan a Marcind como si intentaran determinar qué tienen delante. Los niños son los menos discretos. Dos de ellos lo siguen durante varios metros entre risas, gritos y palabras incomprensibles. Más adelante aparecen otros tres que se les unen. Una niña se acerca demasiado, por lo que una mujer la toma del brazo y la aparta sin gentileza.

Marcind observa el rostro sucio de esa mujer y percibe que su ceño fruncido no expresa miedo, sino quizás precaución y fastidio. No le tranquiliza que no le teman si su sola presencia genera semejante reacción.

—¿Dónde demonios estoy? —le pregunta al hombre que camina a su lado.

Tarem señala hacia adelante. Betty aparece detrás de algunas construcciones.

Marcind se detiene.

—Oh, no.

La aeronave está peor de lo que recordaba.

El ala izquierda se encuentra parcialmente destruida. La hélice ha desaparecido. El tren de aterrizaje ha cedido y el fuselaje descansa inclinado sobre una estructura improvisada de madera y piedra. Hay varias personas trabajando alrededor.

Marcind se apresura, pero el dolor del costado lo obliga a contener una protesta.

Al verlo venir, algunos se apartan; otros no. Uno de los hombres tiene abierta una sección del fuselaje.

—¡No toques eso! —le grita Marcind.

Lo aparta como puede a pesar del dolor. El hombre reacciona inmediatamente y lleva una mano hacia un cuchillo. Tarem interviene. Pronuncia unas palabras firmes. El hombre mira a Marcind y, tras unos instantes, se aleja.

—No pueden abrirla así —exclama Marcind, como si alguien fuese capaz de entenderlo.

Examina el compartimento. No parece que hayan causado daños todavía. Pasa una mano por el fuselaje. BETTY permanece escrito sobre el lateral, aunque varias letras están arañadas.

—Te han dejado preciosa.

Tarem observa la aeronave y dice algo.

—Sí. Yo tampoco creo que vuelva a volar —asiente Marcind.

Se agacha y mira debajo. Confirma que el daño estructural es grave, muy grave. Pero hay algo que le preocupa más.

Se incorpora. Busca el compartimento posterior y nota que está abierto.

—No.

Mira dentro, está vacío. Se vuelve hacia Tarem.

—Había una caja aquí.

Tarem no entiende. Marcind dibuja un rectángulo con las manos.

—Caja.

Nada. Marcind mira alrededor.

—Contenedor.

Tarem continúa observándolo. Marcind señala el interior de Betty y después abre las manos.

—Aquí. Había algo aquí.

La expresión de Tarem cambia. Al parecer, eso sí lo ha comprendido. Mira hacia el asentamiento.

Marcind sigue su mirada.

—¿Quién lo tiene?

Tarem comienza a caminar.

—Perfecto.

Marcind lo sigue.

FIN DE LOS CAPÍTULOS DISPONIBLES

La obra continúa. La conversación también.

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