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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 3

Scott

Mnidromínicos · Luis Aníbal Nez

Scott despierta de golpe.

Permanece sentado sobre la cama, empapado en sudor, con los ojos abiertos y la respiración descontrolada. Durante algunos segundos no reconoce la habitación. Solo ve lluvia, un callejón, sangre diluyéndose en agua, una pistola temblando entre sus dedos y unos ojos que lo miran desde el suelo. Todavía están vivos. Parpadea.

La imagen desaparece.

Frente a él vuelve a estar la pared de madera que ya conoce, la habitación donde ha estado muchas veces y, afuera, una mañana que despunta tórrida desde el horizonte.

La luz solar atraviesa las viejas cortinas color crema y dibuja una franja ardiente sobre el suelo. A esa hora el calor ya empieza a imponerse incluso dentro del edificio.

Scott se pasa ambas manos por el rostro. No quiere volver a dormir. Sabe qué volverá a encontrar en sus sueños si lo hace.

—¿Otra vez?

La voz femenina llega desde atrás. Scott no responde. Carrie permanece acostada sobre un costado, desnuda bajo parte de la sábana. Lo observa en silencio.

—Scott.

—Estoy bien.

—No te pregunté eso.

Él gira la cabeza. Carrie tiene el cabello desordenado y los ojos todavía vencidos por el sueño.

—Fue una pesadilla.

—Eso ya lo sé.

Scott aparta la mirada.

—Descansa.

Apoya los pies desnudos sobre las tablas del suelo. Carrie se incorpora y se acerca por detrás. Le rodea el torso con los brazos y apoya la mejilla contra su espalda.

Scott cierra los ojos. La respiración empieza finalmente a desacelerarse. Una de las manos de Carrie recorre su pecho.

—Parece que no eres el único que despertó.

Scott sonríe por primera vez.

—Si haces eso, sabes perfectamente lo que ocurre después.

—Esa es la idea.

Carrie lo abraza con las piernas. Scott acaricia una de ellas. La piel es suave. Cuando pasa la mano hacia la otra, la textura cambia. Es áspera, irregular, pero él ya conoce cada una de esas cicatrices.

Suben desde la pierna derecha hasta el torso y continúan por el brazo, el hombro y el cuello. Parte de la mejilla presenta la misma superficie endurecida. La oreja de ese lado está incompleta y, en una zona del cuero cabelludo, el pelo nunca volvió a crecer.

Scott sabe qué le ocurrió. Nunca hablan de eso. Carrie jamás se lo ha contado.

—Quédate —dice ella.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Hoy no.

Carrie se aparta apenas.

—Siempre dices eso.

—No siempre.

—Bastante.

Scott gira para mirarla.

—Hoy podrían terminar el generador.

Ella lo observa sin demasiado entusiasmo.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»?

—Es un generador.

—Si funciona, esta noche podríamos volver a tener electricidad.

Carrie arquea una ceja.

—Nunca tuvimos electricidad.

—Tú nunca la tuviste.

—Es exactamente lo que acabo de decir.

Scott sonríe.

—Auriga lleva treinta y ocho años sin suministro eléctrico.

Carrie queda pensativa.

—¿Treinta y ocho?

—Eso dicen.

—Entonces jamás lo he visto.

—Por eso quiero estar allí cuando ocurra.

—¿Y qué va a pasar? ¿Las paredes empezarán a brillar?

Scott ríe.

—Algo parecido.

—Prefiero las velas.

—Porque no conoces otra cosa.

Carrie lo mira unos segundos.

—Esta noche podrías enseñarme.

Scott comprende que ya no están hablando del generador.

—Volveré.

—Si tienes tiempo.

Hay algo en la manera en que lo dice. Scott deja de sonreír. La toma por la cintura y la coloca sobre su regazo.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—¿Carrie?

Ella evita sus ojos.

—No quiero que te vayas.

—Regresaré esta noche.

—Mientras tú no estás, ya sabes lo que ocurre aquí.

Scott no responde. No necesita hacerlo. La habitación pertenece al piso superior del bar y posada Dionisio. Carrie trabaja allí. Ella se aparta y recoge del suelo un vestido rojo.

—Estoy cansada, Scott.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Se coloca el vestido sin mirarlo. Scott se pone de pie.

—Carrie...

—Ve con tu generador.

Él se acerca. Ella le da la espalda para que suba la cremallera. Scott lo hace. Después besa suavemente su cuello.

Carrie permanece quieta.

—Volveré.

—Eso dices.

Scott comienza a vestirse. Se coloca la camisa, el pantalón y las botas. Finalmente recoge el cinturón. Dos pistolas automáticas de gran calibre descansan en sus respectivas cananas. Una tercera funda contiene un revólver más pequeño. En otros compartimientos lleva munición. Carrie lo observa.

—Algún día vas a tener que explicarme por qué necesitas tres armas para caminar por un pueblo de cuatrocientas personas.

—Cuatrocientas setenta.

—Ah, setenta más de las que pensaba. Entonces sí, tres armas tienen perfecto sentido.

Scott sonríe. Se acerca para besarla y ella permite el beso.

—No veo la hora de que regreses —dice Carrie.

Scott levanta una ceja.

—¿A cuántos les dirás lo mismo?

El rostro de ella cambia por completo. Scott la conoce. Sabe leer sus expresiones y reconoce inmediatamente que ha cometido un error.

—Carrie...

—Págame.

—Era una broma.

—Págame y vete.

—Sabes que no pienso eso.

—Ochenta.

—Carrie...

—Ochenta.

Scott resopla. Busca en sus bolsillos y deja las monedas sobre una pequeña mesa.

—Ahí tienes.

Ella no las mira. Scott se dirige hacia la puerta.

—Te veré esta noche.

—Si tengo tiempo.

Él se detiene. La mira, pero no responde. Finalmente sale. Carrie cierra la puerta. El golpe de madera resuena detrás de él. Scott permanece unos segundos en el corredor, tras lo cual baja por una escalera de madera.

Dionisio todavía conserva el olor de la noche anterior: alcohol, sudor, humo, madera húmeda. Hay tres hombres en el salón. Uno duerme con la cabeza sobre una mesa, otro bebe a solas y el tercero parece no haber decidido todavía cuál de ambas cosas hará.

Scott intenta atravesar el local sin llamar la atención, pero no le funciona.

—¡Comisario!

Una muchacha se interpone delante de él.

—Clementina...

—No puede salir así.

—¿Así cómo?

Ella le acomoda el cuello de la camisa. Después utiliza ambas manos para peinarle el cabello.

—Como si hubiese sobrevivido a una guerra.

Desde una mesa alguien levanta un vaso.

—¡Yo también quiero que me cuide así!

Clementina ríe. Scott no.

—Ya está —dice ella—. Ahora sí. Presentable. Anda, sal al mundo y protégenos a todos.

—Gracias, Clementina.

—Cuando quieras.

Scott abre la puerta y de inmediato el calor lo golpea. Se detiene.

Auriga despierta lentamente bajo un sol blanco y enorme que ya castiga techos, paredes y calles. Construcciones bajas de madera, adobe y metal reutilizado se distribuyen a ambos lados de una calle que alguna vez estuvo asfaltada.

Muchos techos permanecen cubiertos por paneles solares opacos, agrietados o enterrados bajo décadas de polvo. Ahora no son más que reliquias. La mayoría ya no sirve.

Algunas personas caminan por la calle antes de que llegue el peor calor del día. Todos saludan a Scott y él les responde. Todos se conocen en Auriga.

A lo lejos se eleva el tanque de agua. Más allá están las granjas. Después, el vallado. Y detrás del vallado: solo un vasto y mortal desierto que lo cubre todo alrededor.

Scott empieza a caminar. Esta noche, si el viejo generador coopera, quizá Auriga vuelva a encenderse tras treinta y ocho años de inactividad. Piensa en las casas iluminadas, en el bombeo, en herramientas que podrían volver a funcionar, en las caras de quienes nunca han visto siquiera una bombilla encendida.

Piensa incluso en Carrie. Quizá consiga hacerla sonreír de un modo que hace mucho no sonríe. Avanza dos pasos. Se detiene sin saber por qué. Algo acaba de cambiar, el viento, quizás, pero lo percibe.

Scott gira hacia el horizonte. Las colinas que delimitan el desierto apenas se distinguen bajo una franja oscura. Entrecierra los ojos, ve muchas nubes, demasiadas. Forman una verdadera pared negra que cubre todo el horizonte. Debajo de ella caen enormes cortinas de lluvia.

Scott permanece inmóvil. Una ráfaga cálida llega desde atrás. Desde delante, en cambio, una corriente de aire mucho más fresca le roza el rostro y trae un olor que casi había olvidado: tierra mojada. Cierra los ojos y respira.

Cuando vuelve a abrirlos, un relámpago atraviesa las nubes justo delante de él, lejos y al mismo tiempo demasiado cerca. Scott frunce el ceño. Ese relámpago no es blanco, sino rojo. Una ramificación carmesí se extiende dentro de la tormenta y, durante una fracción de segundo, ilumina todo el horizonte.

Muchos segundos después llega el trueno profundo y largo. Scott deja de pensar en el generador.

La tormenta viene directamente hacia Auriga.