
Tony apenas alcanza a disparar.
El estampido revienta en mitad de la noche, pero la bala no alcanza a la criatura. Las garras, en cambio, sí lo alcanzan a él. Tres cortes profundos se abren sobre sus costillas y Tony cae de rodillas. El dolor le quita el aire. La pistola permanece milagrosamente en su mano.
La criatura vuelve sobre él, le da un golpe, después otro. Tony protege su rostro como puede. Cada impacto le sacude la cabeza. Sangre y líquido de las ampollas de su atacante salpican su piel.
—¡Basta!
Nadie obedece.
El ser vuelve a levantar un brazo. Tony dispara. La criatura se aparta. No sabe si la alcanzó ni tampoco importa. Algo cae sobre su frente, un par de gotas. Tony levanta la mirada y confirma que comienza a llover, aunque aquello que cae del cielo no parece agua.
Las gotas son tibias y viscosas como escupitajos. Una de estas alcanza sus heridas. Tony grita, le arde. Se obliga a mantenerse de rodillas, caer completamente significaría no volver a levantarse. Un relámpago carmesí convierte la noche en día por un instante.
Es suficiente para que Tony vea decenas de rascacielos, quizá cientos. Son gigantescas estructuras abandonadas que se levantan alrededor del lugar donde se encuentra, devoradas por vegetación y oscuridad. Algunas fachadas han desaparecido, otras están inclinadas. Ventanas negras cubren los edificios como miles de ojos muertos.
Y ve también las carnosidades. Confirma que no son arbustos, no exactamente, aunque lo parezcan. Con la luz del relámpago, sus membranas se vuelven translúcidas. Distingue algo dentro de una de ellas, algo que se mueve. Retrocede como puede.
Entonces estalla otro relámpago. Observa otra carnosidad, hay una silueta encerrada dentro. Tony deja de respirar por un momento. Son capullos o algo parecido y hay criaturas dentro.
—Dios...
El trueno llega. La onda sonora atraviesa las ruinas y hace vibrar el suelo. Justo después aparece alguien que no camina como los otros. Tony reconoce la silueta antes de distinguir el rostro.
—Mneut —exclama él.
La mujer avanza entre las criaturas y estas se apartan voluntariamente, sin resistencia. Tony intenta levantar la pistola, pero no puede. El brazo le tiembla demasiado.
Mneut se detiene a pocos pasos. Tiene la piel muy pálida. A diferencia de los seres que la rodean, ella no presenta ampollas. Su cabello negro y rizado está empapado por aquella lluvia caliente y viscosa. Tony la observa, respira con dificultad.
—¿Qué más quieres de mí, Mneut?
La mujer no responde.
Tony mira alrededor. Los otros siguen allí. Decenas de ellos se pierden entre las carnosidades y la niebla. Muchos gruñen al unísono; otros simplemente aguardan en silencio. Uno permanece especialmente cerca de Mneut. Tony lo reconoce: Mnuh'rum. Más atrás distingue a V'Mnot. No encuentra visualmente a X'Mnulthu.
Mneut ladea lentamente la cabeza.
—¿Alguna vez has sentido hambre, Tony?
Él la mira.
—¿Qué?
—Hambre.
Mneut da un paso.
—Hambre de verdad.
Da otro.
—De la que quema en las entrañas.
Se toca el abdomen.
—De la que no permite pensar en otra cosa.
Tony intenta incorporarse. Las piernas no le responden.
—He hecho lo que me pediste.
Mneut permanece inmóvil.
—¿La has sentido?
—Mis hijos están enfermos.
Ella lo mira sin pestañear.
—Eso no responde mi pregunta.
—¡No he venido a hablar de hambre!
Algunas criaturas reaccionan al grito con gruñidos hostiles. Se le acercan. Mneut levanta apenas una mano y se detienen. Tony comprende. No todos parecen obedecerla de la misma manera, pero la obedecen.
—Vine por mis hijos —continúa, esta vez más bajo—. Ya te lo expliqué, están enfermos. La gente de mi pueblo no quiso ayudarme. No tenía otra opción. Tengo mucha prisa.
Mneut mira hacia algún punto situado detrás de Tony. No parece estar escuchándolo.
—Yo no quería entrar aquí —dice él—. No quería invadir nada. Vine por la medicina y nada más.
Solo recibe silencio.
La lluvia golpea las carnosidades. Los capullos tiemblan. Mneut vuelve a mirarlo.
—¿Todavía puedes caminar?
Tony tarda en responder.
—Sí.
Ella observa las heridas.
—Mientes.
—Puedo caminar.
—¿Hasta tu casa?
Tony aprieta los dientes.
—Si tengo que hacerlo.
—Tendrás que hacerlo.
Él extiende una mano.
—Teníamos un acuerdo.
Mneut no reacciona.
—Yo cumplí mi parte —insiste Tony—. Cumple la tuya.
Durante unos instantes no ocurre nada, Tony espera.
Después, Mneut mira hacia Mnuh'rum. La criatura emite un sonido gutural. Tony levanta la pistola.
—No.
Mneut vuelve los ojos hacia él.
—Te quedan pocas.
Tony no contesta.
—Balas —aclara ella.
Él baja ligeramente el arma. Mneut extiende una mano hacia atrás. Otra criatura se aproxima, lleva una bolsa de nylon sucísima. Mneut la toma y se la arroja a Tony. La bolsa cae delante de él. Dentro chocan varios frascos.
Tony deja de respirar. Se arroja sobre ella y la abre, son medicamentos. Hay frascos, ampollas, cajas, envases antiguos. No sabe si todo servirá, pero reconoce algunos. Los abraza contra su pecho.
—Gracias. Esto es más importante de lo que crees.
Mneut lo contempla.
—Gracias —insiste él.
Ella escupe al suelo. Tony levanta la mirada.
—No olvidaré esto.
—Engreído.
Tony calla.
—Engreído y moribundo.
Mneut señala hacia la oscuridad.
—Fuera.
Tony intenta levantarse rápido, pero falla. Apoya una rodilla, luego la otra. Finalmente consigue quedar de pie.
—Cruza durante la noche —dice Mneut—. Cuando salga el sol, el desierto terminará lo que ellos no pudieron.
Tony mira hacia Mnuh'rum.
—Lo sé.
—No. Lo recuerdas. Es distinto.
Tony guarda la pistola y aprieta la bolsa contra su cuerpo.
—Llegaré.
Mneut se aproxima demasiado. Su rostro queda a centímetros del de Tony. Él quiere retroceder, pero no puede. Ella huele a lluvia, tierra y algo que no consigue identificar. No huele a putrefacción.
—Todavía hay personas buenas aquí, Tony.
Él la mira.
—¿Aquí?
Mneut sonríe. No es una sonrisa amable.
—Muy buenas.
Tony observa las criaturas.
—Algunas están sanas —continúa ella—. Como yo.
Hace una pausa.
—Pero todos tenemos hambre.
Un relámpago rojo estalla sobre los edificios. Tony mira el rostro de Mneut iluminado por el resplandor. Durante ese fugaz instante parece casi una mujer normal. Luego vuelve la oscuridad.
—Nunca lo olvides —dice ella.
Tony aprieta la bolsa.
—No lo haré.
—Y nunca regreses.
Mneut se aparta.
—Respeta tu sitio.
Las criaturas comienzan a abrir un corredor. Tony las observa, no entiende.
—Vete.
Empieza a caminar. Mneut habla detrás de él.
—Si tú o cualquiera de los tuyos vuelve...
Tony se detiene, pero no gira.
—...yo misma me encargaré de que descubra cuánto tiempo puede seguir vivo mientras desea morir. Tony continúa caminando.
—Entendido.
Avanza entre los Mnidromínicos. Algunos gruñen. Otros acercan el rostro para olerlo. Uno de ellos abre la boca. Tony no lo mira, tampoco corre, no todavía, solo camina, procurando no sobresaltar a esas cosas impredecibles.
Cuando deja atrás la mayor concentración de criaturas, acelera la marcha. Poco después empieza a correr. Las heridas se le abren, pero no le importa, tan solo corre. Las carnosidades golpean sus brazos. Sus botas se hunden en espesos fluidos. La bolsa choca contra su pecho, no la suelta.
A lo lejos, entre niebla y lluvia, distingue el límite de aquel bosque orgánico, más allá comienza la arena. Tony corre como puede hacia ella. Mneut permanece donde estaba, lo observa alejarse. Mnuh'rum se coloca a su lado, ella no lo mira.
Tony se convierte primero en una silueta, después desaparece. Mneut espera, inclina la cabeza y con eso basta. Mnuh'rum sale disparado detrás de él. Corre entre las carnosidades con una velocidad brutal. Otros dos lo siguen. Mneut permanece inmóvil bajo la lluvia.
Tony alcanza la arena. Se detiene. Apoya ambas manos sobre las rodillas y trata de recuperar el aire. Detrás quedan las ruinas de una ciudad que alguna vez debió albergar a millones de personas. Ahora solo quedan rascacielos muertos, esqueletos de acero fantasmales, recubiertos de vegetación agresiva y extraña, capullos, hambre y aquellos que viven dentro.
Tony mira hacia delante, hacia el desierto. Auriga está en alguna parte más allá de esa oscuridad, no puede verla desde allí. Todavía faltan algunas horas para el amanecer, antes de que el desierto se convierta de nuevo en una extensión imposible de atravesar.
Aprieta la bolsa, piensa en sus hijos, en su esposa, saca fuerzas de donde ya no tiene y da un paso hacia delante, luego otro, sin mirar atrás. Nunca ve las tres figuras que salen entre las carnosidades y se detienen en el límite de la arena detrás de él.
Mnuh'rum levanta el rostro, aspira profundamente y comienza a seguirlo.
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