
Aterrado, Tony analiza su entorno y descubre que, a partir de este momento, nada volverá a ser como antes.
Es de noche. Este hombre es de mediana edad, delgado, de cabello casi rapado y tupida barba y bigote. Viste una camiseta y un pantalón de obrero, todo muy sucio. Bajo las gruesas suelas de sus botas pisa algo repulsivo y viscoso. No alcanza a distinguir qué es.
Mira hacia arriba. El firmamento sobre su cabeza es oscuro, rojizo, sin estrellas. Gruesas nubes anaranjadas cubren el cielo de un extremo al otro. La noche en ese extraño sitio es húmeda, sofocante, cargada de una niebla espesa que limita la visión a unas pocas decenas de metros.
Tony gira sobre sí mismo. Lo rodean altos pastizales, o eso parecen. Mira uno de ellos con mayor atención y comprende que no se trata de hierba. Son estructuras pulposas, esponjosas, erguidas como pellejos inflamados junto a una uña. Tienen una tonalidad roja, sanguínea, y están recubiertas por una membrana delgada y tensa. Bajo esa piel translúcida se ramifican venas oscuras.
Tony contiene la respiración. Hay cientos de esas cosas, quizá miles. Algunas de esas carnosidades le llegan a la cintura. Otras alcanzan su altura. Se extienden en todas direcciones hasta perderse entre la niebla. No reconoce aquel lugar, jamás ha estado allí. No obstante, ha llegado por su propia voluntad.
Algo se mueve entre penumbras. Tony levanta la pesada pistola. Esto le genera esfuerzo; está cansado y débil. Permanece inmóvil. El viento sopla con fuerza y arrastra arena que golpea su rostro y sus ojos. Las estructuras carnosas se inclinan bajo las ráfagas, crujen y recuperan después su posición con una elasticidad desagradable.
Otra cosa vuelve a moverse entre las tinieblas circundantes. Esta vez Tony está seguro de que no es el viento. Algo camina entre las carnosidades. Apunta hacia allí.
—Vamos...
Nada. Tony respira por la boca. Tiene pocas balas, lo sabe sin necesidad de comprobarlo.
Entre la niebla aparece una silueta, al parecer humana. Al principio eso consigue tranquilizarlo un poco, solo al principio. La figura avanza un paso, después otro. Tony distingue un lomo encorvado, brazos demasiado largos y una cabeza con grandes sectores completamente calvos. Algunos mechones negros y grasientos cuelgan de los costados.
—No te acerques.
La criatura se detiene. Tony mantiene entre temblores el arma apuntada hacia su pecho. Ahora puede verla mejor. Casi no queda una porción sana en su piel. Ampollas amarillentas y anaranjadas cubren brazos, cuello, rostro y torso. Algunas tienen el tamaño de una moneda; otras son mucho mayores. Una revienta y el líquido desciende lentamente por la piel ennegrecida.
Tony aprieta la mandíbula. El olor le llega un instante después: putrefacción, carne húmeda y algo ácido que no consigue identificar. La criatura ladea la cabeza. Tony retrocede.
—He dicho que no te acerques.
El ser abandona por completo la protección de las carnosidades. Sus manos se abren, los dedos se curvan. Gruñe.
Tony vuelve a retroceder hasta que los talones chocan contra uno de los tallos pulposos. La estructura cede. Tony siente detrás de las piernas algo tibio y blando. Se aparta de inmediato. El suelo también está húmedo; demasiado.
Baja la mirada apenas un instante y descubre que sus botas están hundidas en una mezcla oscura de barro, sangre y otros fluidos que ni siquiera quiere identificar. Un movimiento delante de él le obliga a levantar nuevamente la pistola. La criatura continúa allí, observándolo sin pausa.
Tony advierte entonces algo peor. No parece actuar solamente por hambre; está esperando, disfrutando. Los ojos rojizos ocupan casi por completo las cuencas ennegrecidas. Hay furia en ellos, pero también algo frío. Una inteligencia deteriorada que todavía comprende el miedo del hombre que tiene delante.
Tony siente un dolor agudo en el pecho. Baja fugazmente la mirada. Tres tajos atraviesan su camiseta. El más profundo comienza cerca del hombro y desciende hacia la cintura. Las heridas vuelven a latir. No son recientes, tampoco están cerradas. Aprieta con más fuerza la empuñadura de la pistola.
Un ruido llega desde su derecha, después otro desde la izquierda. Tony no gira. Mantiene la vista sobre la primera criatura, pero comienza a comprender que no está sola. Las carnosidades se separan aquí y allá. Aparece una silueta, tres, seis, diez, más. Tony mueve lentamente la pistola de un lado hacia otro. Ahora son treinta, quizá cincuenta, tal vez muchos más escondidos entre la niebla.
La respiración colectiva y enfermiza de aquellas criaturas comienza a imponerse sobre el viento. Tony traga saliva. Ha llegado demasiado lejos para morir allí. Piensa en casa, en lo que dejó atrás, en la verdadera razón por la que atravesó el letal desierto. Y vuelve a apuntar hacia la primera criatura.
—No.
El ser gruñe.
—No voy a morir aquí.
La criatura se agacha. Tony sabe lo que significa. No tiene hacia dónde correr. Siente detrás de él las carnosidades húmedas; delante, decenas de cuerpos enfermos esperan su primer movimiento. Algo revienta entre los tallos, una ampolla, después otra. Un líquido tibio salpica una de sus botas. Tony ni siquiera mira.
El monstruo que apareció primero termina de abandonar su escondrijo. Durante un instante queda completamente inmóvil. Tony puede escuchar su respiración. Después deja de oírla.
La criatura se lanza sobre él.
Luis Aníbal Nez