Pearl
La joven Pearl Johnson, emocionada, acaba de hacer un descubrimiento cuyo alcance ni siquiera ella misma es capaz de dimensionar.
Oye a su madre al otro lado de la puerta y apaga la lámpara. La claridad de la calle alcanza el uniforme tendido sobre su silla. Una manga se mueve con el aire de la ventana. Pearl permanece sentada, con el lápiz entre los dientes, hasta que los pasos se alejan poco a poco por el pasillo. Entonces vuelve al telescopio. Las tres estrellas siguen allí, formando un anzuelo sobre los tejados de la pequeña ciudad de Keswick, Inglaterra. Debajo brilla un punto amarillo.
Pearl ajusta el enfoque. Ese punto amarillo adquiere un borde azul que tiembla y recupera su color. Ella espera a que se le pase el lagrimeo antes de mirar otra vez. Enciende la lámpara, protegiéndola con un cuaderno. Busca la hoja fechada el catorce de mayo de dos mil setenta y dos, hace unas noches. Superpone el dibujo de aquella noche al que acaba de hacer y los sostiene contra la bombilla. Esa constelación con forma de anzuelo coincide. El otro punto queda abajo.
Pearl deja las hojas sobre la mesa. Las vuelve a levantar, se concentra en la observación de esto. Justo entonces, el teléfono vibra bajo su muslo. Una de sus mejores amigas, Alice, le ha enviado una fotografía desde el pub. Su otra amiga sostiene un vaso frente a la cara, ocultándose justo cuando alguien toma la imagen. Debajo hay un mensaje: «Todavía puedes venir». Pearl sonríe, luego escribe que está acostada. Lo envía y vuelve a acercar las hojas a la luz.
El dormitorio está lleno de aquellas marcas: en la mesa, pegadas al armario, sobre la colcha donde ya no queda sitio para sentarse. En febrero había señalado el punto por primera vez. En marzo había enviado un informe. La respuesta de la Agencia Espacial Europea llegó cuatro días después: debía comprobar los ajustes del instrumento. Los comprobó y días después escribió de nuevo.
Ahora tiene también las observaciones realizadas en casa de Alice, con otro telescopio, desde otro jardín. Pearl abre ese cuaderno y pasa el dedo por las fechas. La última medida no encaja con las anteriores. La borra. Vuelve a hacerla en el mismo lugar. Esta vez su madre abre la puerta.
—Se ve la luz por debajo, Pearl.
La joven deja de frotar el papel.
—Solo estaba comprobando una cosa.
La mujer recoge el uniforme de la silla y lo sostiene contra su cuerpo. En el cuello hay un brillo húmedo: todavía está terminando de plancharlo. Mira el reloj de Pearl.
—¿Y qué vas a encontrar esta noche que no puedas encontrar mañana?
Pearl busca una hoja sin llegar a cogerla.
—Mañana ya no estará ahí.
Su madre mira la ventana.
—¿Se va?
—Se mueve.
La mujer deja el uniforme sobre la cama. Pearl se aparta del telescopio, pero su madre no se acerca al ocular. Mira las hojas que su hija sostiene.
—Enséñame aquí.
Pearl vuelve a superponerlas. Señala el anzuelo y después la pequeña línea que dejan los otros puntos. Al sostener el papel, su madre tapa una de las marcas con el pulgar.
—Ahí no.
La mujer retira el dedo.
—Perdón.
Pearl baja las hojas.
—Mira, estas tres no cambian de sitio entre ellas. Este sí.
Su madre se acerca a la bombilla. Entorna los ojos. Pearl espera.
—¿Y eso es bueno?
Pearl se ríe. La risa le sale más alta de lo que esperaba y se tapa la boca. Su madre sonríe también, aunque sigue mirando el mismo sitio.
—No sé. Todavía no sé qué es —confiesa su hija.
La mujer le devuelve los papeles.
—Pues no pongas que lo sabes.
Pearl mira la pantalla del ordenador. En la primera línea del nuevo informe ha escrito: «El objeto no es una estrella».
Su madre recoge el uniforme.
—Te dejo la leche en la cocina. Y mañana te levantas tú. No voy a estar llamándote seis veces.
Al salir tira de la puerta hasta dejarla casi cerrada. Pearl borra la primera línea.
A las cuatro de la mañana, el ordenador le pregunta a Pearl si quiere adjuntar un archivo más.
Pearl, luchando contra el sueño, tiene la mejilla apoyada en el brazo. La ventana abierta le ha enfriado los pies. Levanta la cabeza y lee lo que ha escrito, siguiendo cada renglón con el cursor para no saltarse ninguno. Ha añadido fechas, horas, el modelo de los dos telescopios. También los cambios de amarillo a naranja y de naranja a azul. Junto al último registro advierte que había humedad. La palabra «estrella» sigue apareciendo dos veces. La sustituye por «objeto».
Al llegar al nombre del archivo se detiene. Escribe «Nut». La diosa del cielo estaba en uno de los libros que ha leído, aún la recuerda con su cuerpo azul inclinado sobre las figuras diminutas de la tierra. Va hasta el estante, encuentra la ilustración y la deja abierta junto al teclado. Durante unos segundos compara aquel azul con la luz que acaba de ver. Después añade la fecha al nombre del archivo.
Le falta fotografiar una tabla. La encuentra bajo el plato de la cena, con una esquina manchada de té. La alisa sobre la cama y la encuadra con el teléfono. En la fotografía aparece también parte de su pijama. La recorta demasiado: desaparece una columna de horas. Vuelve a hacerla. El archivo se incorpora al mensaje. Pearl comprueba por última vez la dirección y pulsa enviar. Apaga el ordenador. La ventana empieza a aclararse. A través de la pared oye a su madre moverse en la cama.
Pearl abre el teléfono y escribe a Alice: «Creo que encontré algo». La respuesta de su amiga llega cuando ya tiene los ojos cerrados. «Pensé que estabas dormida».
A la mañana siguiente, habiendo dormido muy pocas horas, Pearl se quema la lengua con el té y encuentra la llamativamente rápida respuesta de la ESA, mientras espera a que deje de dolerle. Una mujer llamada Mary le pide los cuadernos originales. También las hojas sueltas. Al final hay una dirección de Londres y una propuesta de fecha. Pearl se pone de pie tan deprisa que la silla golpea el suelo.
—Mamá.
Su madre vuelve desde el pasillo con el abrigo a medio poner. Pearl le tiende el teléfono. Lo retira antes de que ella pueda cogerlo y lee el mensaje en voz alta. Se equivoca al pronunciar el apellido de Mary. Empieza de nuevo. Su madre apoya el bolso en el suelo.
—Despacio.
Pearl llega a la invitación y se echa a reír. La mujer le quita el teléfono con cuidado, lee hasta el final y sonríe. Después mira el calendario pegado a la nevera.
—El lunes no puedo ir contigo. Si me cambian el turno del jueves...
Pearl deja de reír.
Su madre sigue buscando la fecha. Recorre los días del calendario con la uña.
—Puedo ir sola —dice Pearl.
La uña se detiene.
Luis Aníbal Nez