Jeroglíficos del planeta Nun
Mary
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Cuando suena el aviso de cierre, la madre de Pearl todavía tiene una mano dentro del vagón.
—La ubicación encendida, siempre Pearl, en todo momento.
Pearl levanta el teléfono. La mujer comprueba el símbolo y luego la bolsa, apretada entre las rodillas de su hija. Durante una semana y media ha llamado a Londres, consultado horarios y vuelto a llamar. En el bolsillo exterior de la bolsa ha puesto el billete de regreso, impreso, aunque no haga falta.
—Y cuando llegues...
—Te llamo, sí mami.
La mujer retira la mano. Pearl siente el impulso de bajar. El aviso suena otra vez y las puertas se juntan. Al moverse el tren eléctrico, su madre sigue allí. Levanta un poco el brazo, como si aún quisiera añadir algo. Pearl le muestra el teléfono a través del cristal. No se lo guarda hasta que el andén desaparece.
El viaje en tren le genera una gran diversidad de emociones. Ver los paisajes, la gente, los turistas, las comodidades, la rapidez, todo es nuevo para Pearl y lo disfruta mucho. También saca muchas fotografías. Algunas se las envía a su madre. Le llama mucho la atención la transformación del paisaje a medida que se acerca a Londres. El paisaje verde y boscoso de Keswick que tanto le agrada, donde se ha criado, se sustituye poco a poco por calles de cemento, edificios altos y mucha gente, más de la que podría contar en un minuto si se dispusiera a ello.
Cuando llega a la estación de Londres, baja del tren y entonces sí que ve más personas de las que había visto jamás. Solo en películas y libros había visto multitudes como esas, pero nada como estar en persona ante tal magnitud. No tiene tiempo de detenerse a sacar fotos o admirar todas las cosas que le llaman la atención. Una vez que se adentra en la terminal, le quedan tan solo dos horas para trasladarse hasta las oficinas de ESA. Sale enseguida, busca un taxi y se dirige hacia allí.
Una vez en su destino, Mary tarda unos segundos en reconocerla. La mujer que sale a recepción mira primero al hombre sentado junto a Pearl. Después a la bolsa sobre sus rodillas.
—¿Johnson?
Pearl se levanta. Mary comprueba el nombre en una pantalla. Lleva un bolígrafo sujeto en el cabello. Al alargar la mano para saludarla se le cae y ambas se agachan a recogerlo. Pearl llega primero.
—Gracias. ¿Has podido encontrar el edificio?
Pearl asiente. Lleva veinte minutos sentada frente al nombre de la agencia. La sigue por un pasillo hasta un despacho con un sofá negro y un gran ventanal. Hay una taza encima de una pila de revistas, junto a un bocadillo sin desenvolver. Un hombre trabaja frente a dos pantallas.
—Marian —dice Mary, señalándolo.
Él levanta la mano sin apartar los ojos de una imagen.
Pearl se sienta y empieza a sacar el material en el orden que ha ensayado durante el viaje. Primero el informe limpio. Mary lo aparta para abrir el cuaderno.
—¿Desde qué fecha mirabas ese sector?
Pearl señala la primera anotación. Mary retrocede unas páginas.
—Aquí ya está.
—Todavía no lo había marcado.
—Pero está.
La mujer gira el cuaderno hacia Marian. Él termina de escribir algo y acerca su silla. Pearl se inclina. En la hoja hay varios puntos sin nombre y un cálculo de clase que ha tachado. Uno de aquellos puntos es Nut. Mary le pregunta por las condiciones de esa noche. Pearl tiene que buscar la respuesta en otra página. Al pasarla, cae de entre las hojas una lista de compras de su madre. La recoge y se la mete en el bolsillo. Marian introduce la fecha en el ordenador.
Un punto nuevo aparece detrás de una pequeña curva.
—¿Qué es esa línea? —pregunta Pearl.
Mary se vuelve hacia él. Marian deja de teclear. La mujer acerca dos sillas a la mesa.
—Ven aquí.
Las fotografías proceden de distintos instrumentos. Cambian el brillo, el tamaño del encuadre y la cantidad de estrellas visibles. La cruz que señala el objeto permanece. Pearl mira las fechas. Saca del bolso las respuestas de la agencia y pone la primera junto al teclado. En el tren ha repasado cómo hacer la pregunta. Ahora solo logra señalar una frase.
—Me dijeron que tenía mal el telescopio —se queja la joven.
Mary recoge la carta.
—Que podía estar mal ajustado.
—Lo comprobaron con el suyo.
La mujer vuelve a leer. Pearl espera que mire a Marian, pero no lo hace. Abajo está su firma, debajo de dos párrafos casi idénticos a los del segundo mensaje. Mary deja el papel delante de ella.
—La respuesta es mía.
—Perdí tres meses.
—También obtuviste otras observaciones.
Pearl aprieta la bolsa contra las piernas. Mary separa la carta de los demás papeles.
—Debimos pedirte esto entonces —dice, tocando el cuaderno—. Lo del segundo telescopio. ¿Lo ajustaste tú?
Pearl tarda un instante en responder.
—El padre de Alice. Yo hice las medidas.
—¿Le mostraste las primeras?
—Le dije dónde mirar.
—¿Le dijiste también qué esperabas encontrar?
Pearl mira los dos cuadernos abiertos. En el segundo, las marcas siguen casi exactamente las del primero.
—Sí.
Marian empieza a escribir una nota junto a las fechas.
—¿Alguien más hizo las medidas?
—No. Pero el instrumento era distinto.
—Eso ya lo tenemos —dice Mary—. Nos falta alguien que mire sin conocer tus resultados.
Pearl mira las marcas que tanto se parecen entre sí. Ha repasado cada una, ha repetido las cuentas en casa de Alice hasta que su padre les ha pedido que lo dejen dormir. Ahora Marian añade una nota y pasa a otra cosa. Pearl vuelve a meter las manos dentro de la bolsa. Encuentra el borde del billete y lo dobla bajo el pulgar. Marian abre otra imagen. En el lugar del punto amarillo hay una pequeña raya. En la siguiente, una sombra la divide por el centro. Dos discos se separan contra el fondo negro. Pearl deja de tocar el billete.
Marian hace avanzar la secuencia. Los discos cambian de posición uno respecto del otro. Pearl busca en su cuaderno la noche de la medida que no encajaba.
—Estaba midiendo la luz de los dos juntos.
Mary acerca la hoja.
—Eso estamos comprobando.
Al pie de la imagen figuran el nombre de la NASA y dos identificadores: NDDT 612 y NDDT 613. La fecha es anterior a febrero. Pearl mira el principio de la secuencia. Después su primer dibujo.
—¿Quién los encontró?
Marian abre la boca. Mary lo interrumpe.
—Hay varios registros anteriores al tuyo. Algunos los obtuvimos después de recibir tu informe.
—Pero ya estaban.
—Sí.
Pearl se acomoda en la silla. La costura de la bolsa se le ha marcado en las palmas. Mary pone ante ella un formulario. Incluye una lista de las observaciones aportadas y una autorización para utilizarlas. Pearl lee su nombre. Al lado dice «Observadora colaboradora». En el viaje ha imaginado la llamada a su madre. Incluso la frase con la que empezaría. Ahora sigue leyendo hasta encontrar el espacio de la firma.
—Mi madre tiene que firmar esto.
—Se lo enviaremos también.
Pearl toma el bolígrafo que ha recogido en la recepción.
—¿Van a poner el nombre que le di?
Mary busca la palabra en el margen.
—Nut. Podemos usarlo en el expediente. Los números distinguen los dos cuerpos.
Pearl lo ve aparecer en la pantalla, junto a los identificadores. Acerca el formulario y firma.
Marian sigue trabajando mientras Mary prepara las copias. Sobre el segundo monitor aparecen dos esferas. Una línea entra desde un extremo; hacia el centro se abre en otras que se separan entre las órbitas. Pearl encuentra la Tierra. Tiene que acercarse para leer el nombre.
—Entonces lo confirman, ustedes, la NASA, todos coinciden en que es un sistema de planetas binarios —les dice Pearl con una emoción que la hace temblar.
—Planetas binarios, sí, errantes por el cosmos, aparentemente muertos, pero se han despertado por influjo del Sol, por eso sus luminosidades —le responde Mary.
La joven se toma un instante antes de decir algo más.
—¿Hacia dónde van? —pregunta finalmente.
Mary deja las copias sobre la mesa.
—Todavía hay demasiada incertidumbre.
Una de las líneas atraviesa la órbita terrestre. Pearl la sigue con el dedo sin tocar la pantalla.
—¿Esta también puede ser?
Marian comprueba qué capa está abierta. Mary espera a que asienta.
—Todavía sí.
Pearl mira la pantalla hasta que las líneas empiezan a confundirse. En el despacho se oye el zumbido del sistema de ventilación. Mary mueve la taza que hay sobre las revistas y deja las copias en su lugar.
—Por eso nos importan las primeras fechas —dice.
Pearl abre el cuaderno por el dibujo que había pasado por alto. Busca otra hoja, anterior. Marian gira la silla hacia ella. El teléfono vibra dentro de la bolsa. Su madre pregunta cómo ha ido. Pearl escribe que le han hecho caso. Antes de enviarlo vuelve a mirar el mapa.
«Ha ido bien. Te llamo luego».
Deja el teléfono boca abajo. Al sacar el cuaderno, el billete de regreso cae al suelo. Pearl lo recoge y lo mete entre dos páginas sin mirar la hora de salida. Acerca la primera hoja a Marian y apenas puede creer lo que está viendo.
Luis Aníbal Nez