Intrusos del Distrito 13
La próxima
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Un miércoles, Hannah Stevenson decide que no volverá a salir hasta conseguir trabajo.
Lo decide mientras desayuna y su madre le cose el botón de una blusa que no es suya. Lo repite frente al espejo del baño, con el cepillo de dientes en la boca, y una tercera vez al abrir el móvil y comprobar que su cuenta no ha mejorado desde aquel sábado.
El viernes siguiente, no obstante, ya está otra vez en Shoretown.
—No digas nada —le pide a Paula.
—Todavía no dije nada.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que ayer no tenías dinero para imprimir unos apuntes.
Hannah se alisa el vestido verde que tanto le gusta. Esta vez lo ha combinado con una chaqueta demasiado fina para la lluvia.
—Los apuntes pueden esperar.
—La economía es una ciencia fascinante.
—Lo sé, por eso la estudio.
Las luces de la discoteca se abren sobre ellas como si las semanas anteriores no hubieran terminado nunca. Hay una fila considerable frente a la barra. Hannah comprueba su saldo antes de pedir nada; no quiere volver a protagonizar una escena pública con una terminal de pago. El saldo es mejor que el de la última noche, aunque no por mucho. Su madre le ha prestado dinero para transporte y comida.
Hannah no considera necesario explicarle a Paula cuánto ha destinado ya a la entrada. Durante los primeros quince minutos, hace todo lo posible por no buscar a Denise. A los dieciséis, deja de fingir. Mira la mesa junto a los ventanales, la plataforma de los DJs, las escaleras que suben a una zona reservada. Una mujer con traje blanco pasa detrás de un grupo y Hannah levanta la mano, ilusionada, hasta que descubre que se trata de otra persona.
—¿Buscas a alguien? —pregunta Paula.
—No.
—Mentirosa.
—Bueno, a una amiga.
—Ah. ¿La que te pagó los tragos la última vez?
—No me pagó los tragos. Me salvó de una situación bancaria.
—Eso suele significar que te pagó los tragos.
Paula se aleja hacia la pista. Hannah queda sola con su chaqueta y su poca paciencia. Revisa el contacto de Denise, que todavía muestra aquella foto tomada bajo la lluvia. La última conversación es corta: una discusión acerca de cuál de las dos había salido peor en la imagen. Hannah escribe HOLA y lo borra. Luego escribe ¿ESTÁS POR AQUÍ? y también lo borra.
—¿Por qué no los envías? —le dice una voz a su espalda.
Hannah casi deja caer el móvil. Denise lleva pantalón oscuro, zapatos claros y una blusa de seda que parece costar más que el alquiler de una familia. No viste de blanco esta vez, pero Hannah la reconoce antes de verle la cara: por la seguridad con que se detiene a su lado, como si el espacio ya le perteneciera.
—¿Desde cuándo estás ahí?
—Lo suficiente para verte escribir y borrar dos mensajes.
—Estaba corrigiendo errores.
—¿En seis palabras?
—No te imaginas lo exigente que soy.
Denise se ríe. Hannah tiene ganas de abrazarla, lo cual le parece una exageración ridícula después de conocerla apenas una noche. Lo hace de todos modos. Denise tarda una fracción de segundo en responder y después la rodea con los brazos.
—Pensé que no vendrías —dice Hannah.
—¿Me esperabas?
—No dije eso.
—Es justamente lo que acabas de decir.
—Dije que pensé que no vendrías. Son cosas diferentes.
—Completamente.
Denise la mira con una sonrisa que Hannah interpreta como triunfo de haber tenido razón. Para no darle más ventajas, cambia de asunto.
—Hoy puedo pagarme un trago.
—Es una noticia extraordinaria.
—Así que nada de Platinum.
—Me dejarás sin ocupaciones.
Piden dos Frost, uno Frutilla y otro en vaso corto con hielo. Hannah paga el suyo con una solemnidad que hace reír a la camarera. La terminal emite una luz blanca.
—¿Ves? —le dice a Denise—. Soy muy solvente.
—Te felicito.
—Podría comprar otro.
—No lo hagas.
Denise levanta las manos en señal de rendición. La banda que toca esa noche comienza una canción demasiado lenta para la multitud. Desde la pista llegan impacientes silbidos, protestas ansiosas y las primeras palmas que intentan apurarla. Hannah escucha unos compases.
—La guitarrista está desafinada —dice.
—¿Tocas?
—Desde que tenía seis años.
—¿Y cantas?
—A veces.
—¿Lo haces bien?
Hannah se encoge de hombros.
—Mi madre dice que sí.
—Las madres tienen obligación contractual de decirlo.
—Mi padre también. Y él no miente nunca.
Denise se inclina hacia ella.
—Quiero escucharte.
—Eso dicen todos hasta que saco la guitarra.
—Yo lo digo en serio.
La banda se anima por fin. Hannah se deja llevar unos minutos a la pista y regresa con las mejillas coloradas, encontrando a Denise donde la dejó. Hay algo reconfortante en eso. Paula puede desaparecer entre desconocidos; sus compañeros de universidad contestan mensajes dos días después; su hermano vive en otra ciudad y cada tanto se acuerda de escribir. Denise, en cambio, permanece.
—¿Siempre vienes sola? —pregunta Hannah.
—No siempre.
—¿Y tus amigas?
—Trabajan. O tienen otros planes.
—Qué aburridas.
—A veces yo también trabajo.
—Todavía no me dijiste de qué.
Denise observa cómo un camarero intenta recoger una bandeja derramada mientras tres personas discuten a su alrededor. Espera a que pase, como si tuviera que terminar de revisar mentalmente un documento.
—Dirijo una empresa.
Hannah abre los ojos.
—¿Una empresa de qué?
—Bebidas.
—¿Y eres la jefa?
—Directora General, así que...sí.
Hannah deja el vaso sobre la mesa.
—¿En serio?
—Bastante en serio.
—¿Cuál? Digo, ¿qué empresa es?
—Pacific Oldtown Trade.
Hannah tarda un segundo en unir las palabras. Mira el Frost que está bebiendo y después vuelve a mirarla.
—No.
—Sí.
—¿La de la marca Frost?
—Frost, sí.
—¡Pero si hay Frost en todas partes!
—Eso intentamos. Es muy difícil lograr eso.
Hannah suelta una carcajada de incredulidad. Mira alrededor, buscando a quién contárselo, pero Paula continúa bailando y todos los demás son desconocidos.
—¡Estoy bebiendo tu bebida!
—No es mía. Es de la compañía.
—Es tuya un poquito.
—Tal vez, bueno sí, un poquito.
—¿Y por qué no me lo contaste antes?
—No me preguntaste directamente.
—Te pregunté en qué trabajabas, varias veces de hecho.
—Dije que era largo de explicar.
—Mentira. Acabas de explicarlo en cinco segundos.
Denise ríe tanto que tiene que apoyar el vaso. Hannah se siente aún más fascinada. Es difícil imaginar a una mujer capaz de dirigir una marca anunciada en los tranvías, las pantallas de Shoretown, las tiendas de Eastown, y que al mismo tiempo esté riéndose con ella de un chiste absurdo.
—¿Y qué haces exactamente todo el día? —pregunta.
—Reuniones, decisiones, más reuniones. Algunas buenas noticias, muchas malas. Y conseguir que mañana todo siga en pie.
—Debe de ser increíble.
—Algunos días sí lo es, tiene lo suyo.
—Yo no podría.
—No sabes eso.
—Me distraigo mirando cómo se mueve el agua dentro de un vaso.
—Eso ya lo vi.
Una nueva canción sacude el suelo. Hannah quiere seguir preguntando, pero sus voces quedan sepultadas bajo el potente bajo. Denise señala la pista.
—Anda. Después me cuentas lo de la guitarra.
Hannah le toma ambas manos y tira de ella.
—Vienes conmigo.
—Yo no bailo, y menos esta canción.
—Ahora sí, porque irás conmigo.
Denise se resiste apenas lo suficiente para que Hannah crea haberla convencido.
La siguiente semana trae a Hannah dos entrevistas de trabajo fallidas, una clase de Economía que no termina de comprender y una discusión menor con su padre por regresar tan tarde. En la mesa familiar, él deja a un lado el uniforme de la planta de Powertown y le pregunta si está enviando currículos. Hannah le muestra el móvil con una lista de solicitudes.
—Estoy buscando, papá.
—Ya lo sé, bebita.
No lo dice como reproche. Eso es peor: Hannah se siente culpable durante casi tres minutos enteros. El sábado recibe un mensaje de Denise. ¿VAS A IR? Hannah mira el texto y sonríe tan abiertamente que su madre levanta la vista de la máquina de coser.
—¿Quién te escribe?
—Una amiga.
—¿La de los tragos?
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me contaste la historia cuatro veces.
Hannah escribe: IRÉ SI CONSIGUES QUE ME DEJEN ENTRAR SIN COBRARME UNA FORTUNA. La respuesta tarda menos de un minuto. YO ME ENCARGO DE LA ENTRADA. LOS TRAGOS, ESTA VEZ, SON TU PROBLEMA. En la tercera noche, Denise está junto a la barra cuando Hannah llega. No lleva Platinum a la vista. La recibe con un abrazo y una advertencia:
—No me hagas bailar hasta el amanecer. Tengo una reunión el lunes.
—El lunes queda muy lejos.
—Dos días.
—Por eso, como dije.
Salen a una terraza cubierta donde la lluvia casi constante de Stormport, resbala por paneles de vidrio y se pierde en un canal de desagüe. La música llega amortiguada; por primera vez pueden hablar sin gritar. Denise pregunta por las entrevistas fallidas. Hannah describe a un reclutador virtual que le exigió repetir una respuesta tres veces porque no reconocía su voz entre el ruido de una obra cercana.
Luego le enseña algunas campañas que hizo en trabajos anteriores: publicaciones, respuestas ingeniosas a clientes furiosos, vídeos sencillos que consiguió editar desde el móvil. Denise mira las piezas sin interrumpir. Pide permiso para ampliar una de ellas, revisa las estadísticas que Hannah todavía guarda y abre otras dos.
—¿Esto lo hiciste tú sola?
—Bueno, sí. No tenía un robot que me ayudara. Eso es demasiado costoso ahora.
—La respuesta a ese comentario consiguió más interacción que el anuncio original.
—La gente estaba enojada. Si les hablas como persona, a veces dejan de gritarte.
—¿Y sabes administrar un sitio web?
—Dos, en realidad. También diseñé formularios, corregí enlaces rotos y organizaba mensajes. La parte fea era cuando el jefe quería publicar cincuenta cosas en una tarde.
Denise devuelve el teléfono.
—¿Cuánto te pagaban?
Hannah se lo dice. Denise no se ríe, no frunce el ceño; simplemente deja pasar unos segundos.
—¿Y ahora estás disponible?
—Desde que me sustituyó una inteligencia artificial con voz de señora malhumorada.
—Podrías venir el lunes a conocer la oficina.
Hannah parpadea.
—¿Para qué?
—Estoy pensando en ampliar nuestro trabajo de redes. Necesitamos a alguien que entienda lo que hace y que trate bien a la gente.
—¿Me estás ofreciendo trabajo?
—Te estoy ofreciendo una entrevista conmigo. Y, si nos ponemos de acuerdo, el trabajo.
Hannah abre la boca. Se da cuenta de que está sonriendo demasiado y trata de cerrar la boca, pero no lo consigue.
—¿Cuánto pagan?
Denise no responde enseguida.
—Seis mil doscientos eCoins al mes, para empezar. Más compensaciones por productividad.
Hannah cree haber escuchado mal.
—¿Seis mil doscientos? Eso es más de lo que ganaba mi jefe anterior.
—Sí.
—¿Por mes?
—Normalmente los salarios se pagan por mes.
—Denise.
—Hannah.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Hannah mira hacia el interior de la discoteca. Una pareja discute al lado de la puerta, un camarero arrastra un contenedor de vasos y, arriba, una pantalla anuncia una nueva edición de Frost Frutilla. Es el mismo mundo de cinco minutos atrás, pero ahora parece haber cambiado de tamaño.
—¿Y si no soy lo bastante buena?
—He visto tu trabajo. Lo que todavía no sé es si llegarás a horario.
—¡Claro que llegaré!
Denise levanta una ceja.
—Bueno... casi siempre.
—Podemos empezar por ese casi.
Hannah se ríe, pero tiene las manos frías. Le tiende una de ellas a Denise, muy seria de pronto.
—Acepto la entrevista.
Denise le estrecha la mano.
—Lunes, nueve de la mañana. Te mando la dirección.
—¿Nueve?
—De la mañana.
—Eso es crueldad empresarial.
—Te acostumbrarás.
Hannah no puede evitar abrazarla. Esta vez más fuerte y más tiempo. Denise cierra los ojos un instante, con la mejilla junto al cabello de Hannah que huele a manzanas. Cuando la joven se separa, ya está hablando de lo que podría comprarse con el primer sueldo.
—No gastes lo que todavía no cobraste —dice Denise.
—No me quites los sueños.
—Te estoy dando uno.
Hannah la mira, sorprendida por la respuesta. Denise ya ha vuelto a su expresión habitual, tranquila, un poco divertida.
Adentro vuelve a sonar una canción que Hannah reconoce. Alza los brazos.
—¡Esta!
—Ve —dice Denise.
Pero Hannah la toma de la mano.
—No. Esta noche bailas conmigo. La vida es corta.
Y Denise la sigue, sonriendo mientras atraviesan la terraza hacia las luces.
Luis Aníbal Nez