Hannah
Hannah Stevenson, una chica de un humilde distrito de trabajadores, se está dando un lujo de la vida al haber entrado a una costosa discoteca del distrito costero.
La música le golpea el pecho antes de que consiga, entre sonrisas, abrirse paso hasta la concurrida barra. Levanta una mano entre hombros, vasos y destellos violetas. Nadie la mira. Lo intenta otra vez, esta vez poniéndose de puntillas.
Esta noche, ha escogido vestirse con el vestido que considera más sexy de todos, ceñido a su torso delgado, verde, que es su color favorito, escotado de arriba y corto abajo. Además, estrena los zapatos de color negro y tacón alto que le ha regalado su madre para su cumpleaños. Hasta ha ido a la peluquería para hacerse un peinado muy original, con ondas en su cabello castaño claro y un corte que le llega hasta la mitad de la espalda.
—¡Hola! —grita.
La camarera pasa frente a ella con tres copas encendidas por pequeñas tiras de luz en los bordes y ni siquiera vuelve la cabeza. Hannah frunce la nariz. Mira alrededor como si alguien pudiera explicarle por qué, de pronto, comprar un trago requiere una estrategia militar.
La pista de baile está atestada. En una plataforma circular, dos DJs mezclan bajo una estructura de pantallas que derrama imágenes de olas digitales sobre la multitud. Cada golpe de bajos hace vibrar las botellas alineadas detrás de la barra. Afuera, a través de los ventanales empañados, Shoretown es una sucesión de luces húmedas, carteles, taxis y lluvia. Hannah sonríe, está radiante.
Lleva cuarenta minutos allí, ha gastado más de lo que debería en la entrada y todavía no consiguió beber nada, pero todo está muy bien, se siente feliz.
—¡Eh! —vuelve a llamar.
Esta vez la camarera sí la ve.
—¿Qué quieres?
Hannah señala una hilera de latas translúcidas dentro de un refrigerador vertical.
—Frost Frutilla. Grande.
La camarera toma una lata rosada, la abre de un tirón y la vuelca sobre hielo triturado. Añade algo transparente desde un dispensador, una rodaja de fruta sintética y le acerca el vaso.
—Treinta y dos.
Hannah, sonriente, lleva el móvil a la terminal. Aparece una luz roja, tras lo cual, se muestra en pantalla el texto: PAGO RECHAZADO. Su sonrisa aguanta un segundo más de lo necesario.
—Otra vez.
La camarera no dice nada, la mira. Hannah vuelve a acercar el móvil. Luz roja de nuevo y PAGO RECHAZADO.
—Debe ser la conexión.
—No, no es la conexión.
—A veces falla.
—No está fallando.
Hannah observa la pantalla de su móvil. El saldo disponible aparece debajo de una notificación que preferiría no haber visto. Le quedan tan solo once con cuarenta y siete eCoins. Muerde el interior de una mejilla.
—Puedo transferir desde otra cuenta.
No tiene otra cuenta. La camarera apoya una mano sobre el vaso.
—Cuando puedas pagarlo, te lo doy —le dice la camarera y aleja el vaso de ella.
—Sí, claro. Un segundo.
Hannah se gira, buscando una solución en medio de trescientas personas que no saben que ella tiene exactamente once míseros eCoins. Podría escribirle a su madre, pero mejor no, ni siquiera sabe que está en el distrito Shoretown, tan lejos de casa y en un sitio tan costoso. Podría escribirle a Marina, pero sería peor. Lo mejor sería volver a casa, aunque considera que eso ni siquiera debería ser una opción ahora que ha logrado entrar allí.
Abre una aplicación bancaria, la cierra. Abre otra. Mira una vieja tarjeta virtual que sabe perfectamente que está vacía. La intenta de todos modos, pero de nuevo la maldita luz roja.
—Dios mío —murmura.
—Ponlo en mi cuenta —dice alguien.
La voz llega desde su izquierda. Hannah gira. La mujer que está a su lado no parece haber dicho nada extraordinario. Lleva puesto un traje blanco de caída impecable, el cual resalta de un modo muy llamativo con su piel oscura. Su cabello es tan negro como abundante alrededor del rostro y tiene un maquillaje metálico que recoge la luz azul de la barra. Tiene una copa en una mano y, en la otra, una pulsera de pago negra con una franja plateada. Hannah ve esto y lo identifica muy bien.
La camarera la reconoce antes de que ella reaccione.
—¿En la Platinum?
—Sí.
La pulsera toca la terminal. Luz blanca. PAGO APROBADO. La camarera aparta la mano del vaso y lo desliza hacia Hannah.
—Gracias —dice Hannah, todavía mirando a la desconocida—. Te lo devuelvo cuando pueda.
—No hace falta —le responde sonriente.
—Sí.
—No.
—En serio.
—Son treinta y dos eCoins.
—Precisamente.
La mujer la examina durante un instante, divertida.
—¿Tienes treinta y dos eCoins?
Hannah mira su móvil.
—Ahora mismo no.
—Entonces no me los puedes devolver.
Hannah abre la boca, la cierra y termina riéndose.
—Eso ha sonado bastante humillante.
—No era la intención.
—Peor aún.
La mujer sonríe por primera vez. Es una sonrisa bonita, pero no inocente. Hannah no sabe por qué piensa eso. Toma el Frost que ha pedido y levanta el vaso.
—Gracias.
—De nada.
—Soy Hannah.
—Denise.
Chocan los vasos. La música cambia. La multitud responde con un rugido y alguien empuja a Hannah por la espalda. Ella se tambalea, derrama parte del trago sobre su propia muñeca y Denise la sujeta del brazo antes de que choque contra la barra.
—Perfecto —dice Hannah, mirando las gotas rosadas—. Me quedaban treinta y dos eCoins de dignidad y acabo de perderlos también.
Denise se ríe.
—¿Siempre hablas tanto?
—Solo cuando estoy nerviosa.
—¿Estás nerviosa?
Hannah bebe.
—No, digo, claro que no. Es una forma de decir.
Denise vuelve a reír. Hannah sonríe también. Le cae bien de inmediato, aunque no sepa por qué.
Veinte minutos después están en una mesa alta cerca de los ventanales que ofrecen vistas privilegiadas de la costa de Shoretown. Afuera, no obstante, esta noche como tantas otras, está lloviendo sobre las calles de la ciudad de Stormport. De hecho, llueve de una forma copiosa.
—He descubierto tres cosas sobre ti, misteriosa Denise —le dice Hannah divertida y algo ebria.
—¿Ah sí? ¿A ver? Dime, cuáles son —le desafía Denise divertida.
—La primera, bebes despacio —ambas ríen.
—¿La segunda?
—La segunda: escuchas de verdad cuando alguien te habla.
—Es verdad.
—Créeme, eso no es tan común como parece.
—Para nada común. ¿Qué más? Te queda una cosa.
—La tercera... tienes una forma de mirarme que...
Por un breve instante que se siente eterno, Denise y Hannah se miran una a la otra, sonrientes y con miradas que dicen mucho más. Estas miradas tan prolongadas e intensas, hacen que Hannah sienta que todo lo que dice debería ser un poco más interesante de lo que realmente es.
—Entonces... Hannah, me dijiste que te despidieron de tu trabajo para sustituirte por una estúpida inteligencia artificial —dice Denise ganándole de mano.
—Ni que lo digas. Sí, dos veces.
—¿Dos? Vaya...
—No de la misma empresa. Eso sería todavía más triste.
Denise apoya un codo sobre la mesa.
—¿Y qué hacía la primera? Cuéntame todo.
—Atención digital. Respuestas, consultas, reclamos, campañas pequeñas. Entró un sistema nuevo, súper novedoso tecnológicamente, todo eso que se dice, y de pronto, éramos siete personas mirando una pantalla que hacía nuestro trabajo mejor, más rápido y sin pedir descanso.
—¿Y la segunda?
—Contenido. Publicaciones, análisis de interacción, edición básica. Duré seis meses. Después compraron un paquete de automatización y nos reunieron un lunes por la mañana para decirnos que agradecían muchísimo nuestro esfuerzo. Idiotas...
—Siempre agradecen muchísimo el esfuerzo.
—Muchísimo. Casi me emocioné por los agradecimientos.
Denise sonríe.
—¿Y ahora? ¿Qué harás?
—Estudiaré.
—¿Qué estudias?
—Economía.
—¿Te gusta?
Hannah hace una mueca.
—Me gusta cuando entiendo algo, que no es algo frecuente.
Denise suelta una carcajada y Hannah se siente extrañamente satisfecha consigo misma.
—Mi padre dice que soy una irresponsable.
—¿Lo eres?
—No. —Bebe—. Bueno, sí. Un poco. Pero no de una forma peligrosa.
Denise mira el móvil que todavía está sobre la mesa.
—Te quedaban once eCoins.
—Eso fue cruel.
—Lo vi sin querer, perdón.
—Y lo recuerdas.
—Recuerdo los números.
—Qué cualidad espantosa.
—A mí me sirve.
Hannah la observa un poco mejor. Denise no parece mucho mayor que ella, pero se mueve como alguien que nunca duda antes de entrar a un sitio. No mira alrededor para comprobar si alguien la observa. No acomoda el cabello cada diez segundos. No consulta el precio antes de pedir. No parece necesitar permiso para nada. Hannah piensa que le gustaría ser así al menos durante una semana.
—¿Y tú qué haces? —pregunta Hannah con inocencia, antes de darle otro sorbo al vaso.
Denise también bebe antes de responder.
—Trabajo.
—Qué descripción fascinante acabas de darme.
Ambas ríen.
—Es largo de explicar.
—Tengo todo este Frost, así que adelante.
Denise vuelve a sonreír, pero no responde. Una chica se acerca a la mesa y toca a Hannah en el hombro.
—¡Te encontré!
Hannah reconoce a Paula, una conocida de la universidad con quien llegó a la discoteca y a quien perdió once minutos después de entrar.
—Yo estuve aquí siempre, Pau.
—Llevo media hora buscándote.
—Eso es estadísticamente imposible.
Paula mira a Denise.
—Hola.
—Hola.
—Ella es Denise —dice Hannah—. Salvó mi noche.
—¿De qué?
—De mi cuenta bancaria.
Paula pone los ojos en blanco.
—Te dije que no gastaras tanto ayer.
—Ayer era ayer.
—Ese es exactamente tu problema.
—Mañana también será otro día.
Paula niega con la cabeza, pero sonríe.
—Ven. Están poniendo la que te gusta.
Hannah mira hacia la pista. La reconoce al instante.
—No.
—Sí, ven.
—No puedo dejar a Denise aquí.
Denise señala la multitud con la copa.
—Ve.
—¿Segura?
—No voy a desaparecer, aquí estaré.
—Eso dicen todos antes de desaparecer.
Denise ladea la cabeza.
—Entonces tendrás que comprobarlo.
Paula tira de Hannah.
—Vamos.
Se deja arrastrar. Antes de perderse entre la gente, se vuelve. Denise sigue allí y la está mirando.
Hannah baila como si fuera imposible que alguien la estuviera observando. Simplemente no piensa en ello. Levanta los brazos, gira, se ríe cuando Paula le grita algo que no entiende y continúa moviéndose mientras las pantallas descargan lluvia artificial sobre toda la pista. Un coro que conoce a medias entra por los altavoces y Hannah lo canta igual, inventando lo que no recuerda. La vida podría ser siempre esto, música, un lugar lleno de gente, nada que decidir ni pensar hasta mañana.
Cuando termina la canción tiene el cabello pegado a la frente y apenas queda hielo dentro del vaso. Paula ya está hablando con un hombre alto de camisa celeste. Hannah espera unos segundos. Luego otros cinco. Paula no vuelve a mirarla.
—Excelente —dice Hannah para sí.
Se abre paso hacia la mesa. Denise ya no está. Hannah se queda quieta.
—Claro.
Mira alrededor. Nada. Se ríe de sí misma, aunque siente una pequeña decepción que no entiende del todo. No conoce a esa mujer. Le pagó un trago. Hablaron veinte minutos. Eso es todo. Apoya el vaso vacío sobre la mesa.
—Te dije que tendrías que comprobarlo.
Hannah gira tan rápido que casi golpea a Denise con el hombro.
—¡Dios!
Denise sostiene dos vasos nuevos.
—Te asustas con facilidad.
—No aparezcas detrás de la gente.
—Estaba delante.
—Yo estaba mirando hacia otro lado.
—Eso no es culpa mía.
Denise le entrega uno de los vasos. Frost Frutilla. Hannah lo mira.
—No puedo pagarte dos.
—Ya establecimos que no puedes pagarme ni siquiera uno.
—Eres muy molesta.
—Y tú aceptarás el segundo.
Hannah lo acepta.
—Eso no demuestra nada.
Denise se apoya contra la mesa.
—¿Tu amiga te abandonó?
Hannah mira hacia la pista. Paula sigue con el hombre de celeste.
—Está trabajando en su futuro.
—Pensé que no creías en el futuro.
—En el mío no. En el de los demás soy muy optimista.
Denise se ríe otra vez. Hannah descubre que le gusta hacerla reír.
—¿Vienes mucho aquí? —pregunta.
—Bastante.
—Yo no.
—¿Por qué?
—Porque cuesta dinero.
—Justo.
—Pero me gusta.
—Eso ya lo noté.
Hannah bebe. El Frost está más frío que el anterior.
—Algún día voy a ir a una de esas fiestas enormes de Shoretown.
—¿Cuáles fiestas?
—Las grandes. Las de verdad. Con DJs, bandas, artistas, pantallas en la playa, miles de personas. Las que duran hasta que sale el sol y todo el mundo termina con arena en sitios donde no debería haber arena. Denise la mira divertida.
—Parece un sueño muy específico.
—Es un sueño realista.
—¿Eso es lo que quieres hacer con tu vida?
Hannah piensa un instante.
—No.
—¿Entonces qué quieres hacer con tu vida?
Hannah bebe otra vez.
—No sé.
Lo dice sin vergüenza. Denise espera algo más pero no llega.
—¿Nada?
—Hoy quería salir.
—Eso no es una vida.
—Es esta noche.
—¿Y mañana?
—Mañana veremos.
Denise baja la vista hacia su copa.
—Qué tranquila.
—¿Tú no?
—No mucho.
—Deberías probar.
—¿Qué cosa?
—No saber.
Denise sonríe apenas.
—No lo creo.
Hannah se encoge de hombros.
—A mí demasiado.
Durante unos segundos no hablan. La música llena el espacio entre ambas. Hannah mira la lluvia más allá del vidrio. Las gotas convierten los edificios del otro lado de la avenida en manchas de neón. Un vehículo autónomo se detiene frente a la entrada; tres chicas corren bajo un mismo abrigo hasta el toldo.
—¿Vives por aquí? —pregunta Denise.
—Eastown.
—Lejos.
—No tanto.
—A esta hora sí.
—Hay transporte.
—Si tienes saldo.
Hannah la mira.
Denise no puede contener la risa.
—Eso ha sido horrible.
—Lo sé.
Hannah también ríe.
—Mi padre podría venir a buscarme si le digo que estoy varada.
—¿Y se lo dirías?
Hannah imagina la cara de su padre al recibir una llamada a las dos de la mañana.
—Prefiero caminar.
—Desde Shoretown a Eastown.
—Está bien. Le diría.
—Sensato.
—No abuses de esa palabra conmigo.
Una notificación ilumina el móvil de Hannah: MAMÁ. ¿TODO BIEN? Hannah escribe rápidamente: SÍ. DIVIRTIÉNDOME. TE QUIERO. La respuesta llega casi de inmediato. YO TAMBIÉN. AVISA CUANDO SALGAS. Denise alcanza a ver el mensaje.
—Tu madre.
—Sí.
—¿Se preocupa mucho?
—Lo normal.
—¿Vives con tus padres?
—Sí.
—¿Te gusta?
Hannah la mira como si la pregunta fuera extraña.
—Claro.
—Mucha gente de tu edad quiere irse, buscan libertad, independencia.
—¿Para qué? Mi madre cocina, mi padre arregla todo y yo tengo mi habitación.
—Argumento impecable.
—Además mi madre tiene una mercería. Siempre hay botones.
Denise se ríe sin entender por qué eso debería importar.
—Nunca se sabe cuándo vas a necesitar uno.
—Nunca pensé en eso.
—Ese es el problema de la gente hasta que pierde un botón.
—Tienes una filosofía bastante compleja.
—Estudio Economía.
Denise vuelve a reír.
Pasan casi dos horas entre tragos, charlas y bailes, se les pasan tan rápido a ambas que casi ni lo notan. Hablan de música, de restaurantes, de ropa, de trabajos horribles, de la gente que finge no mirar mientras mira, de una mujer que lleva veinte minutos bailando con un zapato roto y se niega a aceptarlo, de un hombre que intenta impresionar a todo el mundo pidiendo una botella demasiado cara. Hannah descubre que Denise no cuenta demasiado sobre sí misma.
Cada vez que una pregunta se aproxima a algo personal, responde lo suficiente para que parezca que respondió. No le molesta. Por el contrario, eso le da más curiosidad.
—¿Tienes novio? —pregunta Denise.
Hannah casi se atraganta.
—No.
—¿Por qué esa cara?
—Ninguna.
—Parece que te pregunté si tienes antecedentes penales.
—No tengo ninguno.
—No era mi pregunta.
—Tampoco tengo novio.
—Eso sí era.
Hannah se acomoda el cabello detrás de una oreja.
—¿Y tú?
—No.
—Entonces estamos empatadas.
—No exactamente.
—¿Por qué?
Denise bebe y mira hacia la pista.
—Porque yo no estoy buscando uno.
Hannah tarda un segundo.
—Ah.
Denise vuelve los ojos hacia ella.
—¿Eso te incomoda?
—No.
—Te pusiste roja.
—Hace calor.
—Muchísimo.
Hannah la mira, sospechando que se está burlando. Denise sonríe, confirma que sí se burla.
—Eres insoportable.
—Y sigues aquí.
—Porque me debes dos Frost.
—Creo que es al revés.
—No pienso revisar las cuentas ahora.
—Estudias Economía.
—Eso no me convierte en contadora.
—Por suerte.
Hannah se ríe. Denise también. La tensión desaparece con la misma rapidez con que apareció. Para Hannah, al menos.
A las tres y cuarenta y siete de la madrugada, Hannah acepta que tiene que irse. No porque quiera. Su padre trabaja temprano y sabe que, si se despierta y descubre que ella sigue afuera, intentará fingir que no está preocupado mientras llama cinco veces seguidas. Paula ya se fue con sus nuevos amigos. Hannah no comenta nada. En la salida, un soplo de aire húmedo le pega en el rostro. Shoretown está brillante y mojada.
Las marquesinas reflejan colores sobre el pavimento; la lluvia es fina, casi suspendida. Del otro lado de la avenida, el mar no se ve, pero se escucha detrás de los edificios bajos y los locales abiertos. Hannah se cubre la cabeza con una mano.
—No sirve de nada —dice Denise.
—Psicológicamente sí.
Denise abre un paraguas negro.
—¿Dónde tomas el transporte?
Hannah señala hacia el sur.
—A dos calles de aquí.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Caminan juntas. Hannah mira los escaparates cerrados, las luces de los bares que todavía están llenos, los taxis esperando clientes. A esa hora Stormport, o al menos el distrito Shoretown, parece más despierta que durante el día.
—Me alegra que tuvieras treinta y dos eCoins de más —dice.
—Yo también.
—Si no, habría terminado bebiendo agua del baño.
—Eso habría sido triste.
—Y gratuito.
Llegan a la parada. Un panel indica siete minutos.
—Bien —dice Hannah—. Sobreviviré.
Denise saca el móvil.
—Dame tu contacto.
Hannah la mira.
—¿Para cobrarme?
—Exactamente, no escaparás tan fácil de tu deuda.
Hannah acerca su móvil al de ella. Los dispositivos vibran y confirman el intercambio. DENISE.
Nada más, sin apellido ni fotografía. Hannah levanta una ceja.
—Muy misterioso.
—¿Qué?
—Tu contacto.
—Ponle una foto si quieres.
—¿De dónde saco una foto tuya?
Denise se acerca un poco.
—Haz una.
Hannah se ríe.
—Ahora pareces una adolescente.
—Tú tienes veintiuno.
—Exacto. Yo puedo.
Levanta el móvil y toma una foto de ambas antes de que Denise pueda prepararse. Hannah sale sonriendo demasiado; Denise, sorprendida, apenas empieza a reír.
—Horrible —dice Denise.
—Perfecta.
—Bórrala.
—Jamás.
El transporte aparece al final de la avenida. Hannah guarda el móvil.
—Gracias por los tragos.
—De nada.
—La próxima pago yo.
Denise la mira con una expresión seria durante medio segundo.
—¿La próxima?
Hannah se encoge de hombros.
—Vienes mucho, ¿no?
—Bastante.
—Entonces seguramente nos cruzaremos.
Las puertas del vehículo se abren. Hannah sube el primer escalón, luego se vuelve.
—Buenas noches, Denise.
—Buenas noches, Hannah.
Las puertas se cierran. Hannah encuentra un asiento junto a la ventanilla. Mientras el transporte se aleja, mira hacia atrás. Denise continúa bajo el paraguas, inmóvil junto a la parada. Hannah levanta una mano. Denise hace lo mismo. Después la calle gira y desaparece.
Cuando Hannah llega a Eastown, la lluvia todavía cae. Entra de puntillas en la casa, deja los zapatos junto a la puerta y atraviesa el pasillo a oscuras. La luz de la cocina está encendida. Su padre duerme sentado a la mesa con los brazos cruzados. Hannah se queda quieta.
—Papá.
Él abre un ojo.
—¿Qué hora es?
—Temprano.
—Hannah.
—Tarde.
El hombre resopla, se pone de pie y le besa la frente.
—Tu madre dijo que no te llamara.
—Mamá es sabia.
—Tu madre duerme.
—Más sabia todavía.
Él mira su ropa húmeda.
—¿La pasaste bien?
Hannah sonríe.
—Muchísimo.
—Entonces duerme.
—Eso haré.
Sube a su habitación. Deja caer el bolso sobre una silla, se quita los pendientes y se mira un segundo en el espejo. Tiene el maquillaje corrido alrededor de los ojos. El cabello parece haber sobrevivido a una tormenta. Sonríe de todos modos. Se deja caer en la cama y toma el móvil. Once eCoins con cuarenta y siete. Dos mensajes nuevos, uno es de Paula: ¿LLEGASTE? El otro es de Denise. No tiene texto.
Solo envió la fotografía que Hannah tomó en la parada, reenviada con un pequeño círculo dibujado sobre su propia cara y una flecha que dice: ME DEBES UNA MEJOR. Hannah se ríe sola en la habitación. Responde: LA PRÓXIMA. Deja el móvil sobre el pecho. No piensa en mañana, ni en la universidad, en buscar trabajo, o en que le quedan once eCoins. Piensa únicamente en que la noche estuvo bien.
Y, por ahora, eso alcanza.
Luis Aníbal Nez