Drufmna
En la noche profunda
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Tras un largo rato de sueño plácido, la despierta de golpe un crujido inusual.
Permanece tendida, con una mano bajo la mejilla. En la oscuridad de la casa oye la respiración de su madre y el roce de algo contra el techo. Espera un segundo ruido que le permita reconocer el primero. Llega un golpe, después otro. Drufmna se incorpora. Busca la ventana con la mirada, todavía entumecida por el sueño. Los postigos están abiertos y, más allá, las copas se confunden con el cielo oscuro.
Otro golpe. Un intervalo. Otro más. Sale del lecho y atraviesa la habitación. Al asomarse percibe una voz lejana, demasiado amortiguada para entender las palabras. Luego oye reír a un hombre. Su madre se mueve en la cama.
—¿Qué ocurre?
Drufmna ya está junto a la puerta.
Sale descalza. La noche es cerrada en el eterno bosque de Fenoidfenifur. Por encima de las copas de los árboles, el firmamento abovedado mantiene un resplandor violáceo, estrellado, iluminado mayormente por el inmenso Zammön que domina el centro del cielo. Hacia uno de los costados, Kava participa en el resplandor nocturno con su superficie muy blanca y rasguños de color carmesí. Bordeando en el horizonte, como siempre lúgubre, está el oscuro Zuvvön con su disco de acreción fulgurante que alumbra apenas lo que su luz toca.
El aire le aprieta el camisón contra las piernas y la humedad del suelo le enfría las plantas de los pies. Avanza unos pasos antes de encontrar el sendero. Al principio camina deprisa, con los brazos extendidos para apartar las ramas. Cuando vuelve a oír los golpes, empieza a correr. El sonido procede del arroyo. Tropieza con una raíz, cae sobre una rodilla y se levanta sin mirar la herida. Las hojas le azotan el rostro.
Conoce el sendero, sabe dónde se estrecha y dónde debe agacharse, pero esa noche no consigue calcular las distancias. Corre con una mano delante de los ojos. Se oye un chasquido largo, seguido de varios estallidos que se superponen. El suelo le transmite un golpe a través de los pies. Durante un instante todo parece moverse alrededor de ella. Se detiene. Algo pequeño le roza el hombro: una lluvia de hojas y fragmentos de ramas.
Levanta los brazos para cubrirse la cabeza. Cuando baja las manos, el espacio sobre el arroyo está abierto. Ánsaflys yace atravesado sobre la corriente. Las ramas más altas se han hundido en la otra orilla; algunas todavía se balancean por la caída. El tronco, separado de la base por una superficie clara e irregular, ha arrancado parte de las plantas que crecían junto al agua. Drufmna, desesperada, avanza bajo la luz de Kava hasta tocar una rama.
La aparta, encuentra otra, intenta pasar por encima. Una punta rota le abre el antebrazo.
—¡Eh!
Su grito sale agudo y apenas tiene aire para repetirlo. Detrás del tronco se mueve un hombre. Lo distingue por la espalda inclinada y por el brazo que levanta para soltar algo de la madera. Un objeto metálico golpea contra otro. Drufmna ve el contorno de una herramienta, una sombra que se vuelve hacia ella y después se retira.
—¡Tú! ¡Espera!
Intenta alcanzarlo rodeando las ramas. Se engancha el camisón y tira hasta rasgarlo. Oye un resoplido, el golpe de unos cascos. Más lejos, algo cruje sobre las piedras del camino. El hombre vuelve a reír. La risa se interrumpe mientras se aleja, tapada por el traqueteo de unas ruedas.
Drufmna llega al borde del sendero ancho y no encuentra más que oscuridad. Corre unos pasos, se detiene y escucha. El ruido se pierde entre los árboles. Mira hacia atrás y contempla el desastre. El arroyo está obstruido. El agua se acumula contra las hojas de la copa caída y comienza a salirse por la orilla que ha protegido esa mañana. Vuelve junto a Ánsaflys. Se arrodilla ante el corte y apoya la mano sobre la madera expuesta. Está húmeda.
El olor es intenso, un olor que reconoce de las pequeñas ramas rotas, pero que ahora le llena la boca y le revuelve el estómago. El último tirón del tronco ha dejado una tira de corteza unida a la base. Drufmna la levanta. Tiene astillas en la cara interior. Intenta acercarla a la parte de la que se ha desprendido y debe sujetarla con ambas manos porque se le dobla. Cuando deja de apretar, vuelve a caer.
Se queda mirándola. Más arriba, sobre el tronco tumbado, busca la cicatriz de la hebilla. Debe arrastrarse entre dos ramas para encontrarla. Al llegar apoya la palma en su relieve y se inclina hasta tocar la corteza con la mejilla. El agua le moja las rodillas. Las ramas que tiene a la espalda siguen hundiéndose despacio.
—Estoy aquí, Ánsaflys.
Es lo único que consigue decir. Sus lágrimas caen en el arroyo. Una vez más le dice lo mismo, después otra, cada vez con menos voz. Intenta abrazar el tronco como hace siempre, pero la posición es incómoda y no alcanza a rodearlo. Se corta una mano al buscar apoyo. Su respiración se vuelve breve, ruidosa; le duele el pecho al intentar llenarlo. Cuando su madre llega con una vela, encuentra a su hija con el camisón rasgado tendida sobre la madera, aferrada a la cicatriz.
La luz le alcanza primero los pies, después las piernas y el camisón roto. La mujer se queda inmóvil al borde del arroyo. Su mano libre busca el tronco que debería estar en pie.
—Drufmna...
Se acerca como puede, apartando las ramas. Al tocarle la espalda, Drufmna se vuelve y le agarra la muñeca.
—Lo he visto.
Su madre mira el corte en la madera, las astillas en el agua, el hueco entre las copas.
—Lo he visto —repite Drufmna—. Estaba justo aquí.
La mujer deja la vela en la orilla y se arrodilla junto a ella. Drufmna intenta explicar por dónde se ha ido con palabras que le salen caóticas, pero el aire no le alcanza para terminar cada frase. Señala el sendero y abre la boca sin conseguir hablar. Su madre le aparta del rostro el cabello húmedo y le sostiene la nuca.
Permanecen allí hasta que la llama de la vela empieza a consumirse en la noche profunda.
Luis Aníbal Nez