Ánsaflys
La joven Drufmna, aunque aún algo inexperta, se arrodilla en la orilla y hunde ambas manos en las frescas aguas del cristalino arroyo.
Allí, bajo las frescas sombras de los árboles del eterno bosque de Fenoidfenifur, el cual alcanza a cubrir todo el territorio, se encuentra Drufmna lidiando con el cauce de agua que alimenta al árbol que más le importa de todos. Está atareada y se siente algo agotada, pero con entusiasmo por llevar a cabo esta tarea. Ante cada logro sonríe, se seca el sudor de la frente y sigue con la siguiente tarea.
El agua se lleva la tierra de las raíces. Ella encuentra una piedra bajo una capa de fango, la hace rodar hasta desprenderla del fondo y tira de ella contra su vientre. El peso le arranca un gruñido. Cuando consigue depositarla junto a las otras, tiene la falda empapada hasta los muslos y una uña partida. La corriente golpea la piedra, se divide y sigue adelante. Todavía alcanza la raíz más baja de su amado árbol: Ánsaflys.
Drufmna mete los dedos por debajo y palpa un hueco donde antes había suelo firme. Las lluvias han ensanchado el cauce durante la noche. Se sienta sobre los talones. El agua le gotea desde los codos.
—Otra —murmura.
La siguiente está más lejos. Debe entrar hasta las rodillas para alcanzarla, con los pies buscando apoyo entre las piedras resbaladizas. El frío le entumece los tobillos. Consigue arrastrarla hasta la orilla y después la empuja con el hombro. Se le engancha un mechón de sus largos cabellos casi blancos de tan rubios, bajo la palma; tira sin querer, maldice y se lo aparta de la cara con la muñeca embarrada.
Su madre la encuentra así, inclinada sobre una piedra que apenas puede mover.
—Te he llamado tres veces, Drufmna.
—No te he oído, mamá.
—Eso ya lo sé.
Trae una cesta al brazo. La deja donde no alcanza el agua y observa el pequeño muro que su hija está formando, el cauce desviado, las raíces que sobresalen de la tierra. Luego se recoge la falda y entra en el arroyo.
—De ese lado —le indica Drufmna—. Si la empujamos desde aquí, se hundirá.
Su madre cambia de posición. Entre las dos consiguen encajar la piedra. El agua salta sobre el borde, revuelve el fango y encuentra un paso nuevo, más alejado del tronco. Drufmna permanece inmóvil, mirando la corriente. Espera a que ceda alguna piedra. Cuando comprueba que se sostiene, se limpia la frente con el antebrazo y deja sobre su piel una mancha oscura.
—Ahora sí.
Su madre sale del agua, se descalza y vuelca una sandalia. De ella caen una piedrecita y un chorro de barro.
—¿Vas a desayunar aquí?
—Pensaba volver.
—Has salido antes de que me levantara.
Drufmna mira el lugar que ocupa Küny en el firmamento violáceo, entre las copas de los altos árboles del bosque. La luz blanco-azulina de Küny ya alcanza la otra orilla.
—Se me ha hecho tarde.
Su madre abre la cesta. Hay pan de los nistrierf, conocido por ser fibroso y sabroso, envuelto en un paño y un cuenco pequeño con una tapa de madera. Drufmna se acerca, pero la mujer le aparta la mano.
—Lávatelas.
Ella vuelve al arroyo. Se frota las palmas hasta quitarse el fango y descubre que la uña partida ha comenzado a sangrar. La observa por un instante con sus ojos grises, se lleva el dedo a la boca y regresa junto a la cesta. Comen sentadas sobre una raíz alta de Ánsaflys, con las piernas extendidas hacia el agua y mojándose los pies descalzos. En el cuenco hay una pasta de nueces que su madre reparte entre el pan de los nistrierf con el mismo cuchillo que utiliza para cortarlo.
Drufmna recibe la porción más grande. Cuando intenta devolverle un trozo, la mujer le señala las piedras con la barbilla.
—Ya que has decidido hacer ese trabajo, por lo menos come. Tienes que estar alimentada.
El fértil suelo de Fenoidfenifur conserva la lluvia en todos sus pliegues. De las hojas con un verdor oscuro muy característico de este territorio de la etnia nistrierf, caen gotas gruesas que tardan en desprenderse, aunque el cielo violáceo sobre el bosque está despejado.
Algo pequeño corre entre los helechos de la otra orilla. Drufmna sigue el movimiento con la mirada hasta que se pierde bajo una maraña de ramas. Más allá del arroyo, los senderos se bifurcan entre los árboles. Uno vuelve hacia las cabañas de piedra; otro desciende hasta una zona donde el agua se remansa. El que pasa detrás de Ánsaflys es tan estrecho que, en algunos tramos, solo Drufmna mantiene apartadas las plantas que intentan cerrarlo.
Ha elegido aquel lugar cuando todavía podía acurrucarse dentro del hueco que ahora ocupa el tronco. A menudo, estando cómoda allí, le agrada recordar la semilla que en algún momento fue Ánsaflys, la cual sostenía en su mano pequeña cuando aún era una niña muy pequeña. Era una semilla oscura, dura, casi oculta entre sus deditos. La guardaba por las noches dentro de una bolsa de tela y se despertaba ilusionada para comprobar que aún seguía allí.
Su madre había terminado por coserle un bolsillo en el vestido para que pudiera llevarla consigo sin perderla. Mientras buscaba dónde plantarla, Drufmna caminaba con una mano pegada al bolsillo. Todos los niños nistrierf recibían una. En las casas se hablaba de las semillas que habían prendido en la tierra y de las que seguían sin brotar; los adultos se detenían a ver los primeros tallos y escuchaban nombres que los niños cambiaban a veces de una mañana a otra.
Drufmna había escogido el suyo antes de abrir la tierra. Ánsaflys, que en la lengua de los nistrierf significa: Melodía de la naturaleza. Ese nombre le llegó de la nada, como un relámpago que ilumina la noche. Lo había dicho en voz alta varias veces, sentada en aquel mismo lugar, para acostumbrarse a llamarlo. Después trajo agua de un lago lejano y la vertió sobre la tierra removida. Durante varios ciclos regresó a encontrar el suelo intacto.
Una mañana descubrió una pequeña grieta y se quedó agachada tanto tiempo que las piernas dejaron de sostenerla cuando quiso levantarse. Ahora, ha crecido tanto que la sombra fresca de Ánsaflys alcanza hasta la otra orilla.
—Tienes sangre en el pan —le advierte su madre.
Drufmna baja la mirada. Se ha abierto otra vez la herida del dedo.
—Es poca.
La mujer le toma la mano y examina la uña. Arranca una tira del borde gastado del paño y se la envuelve alrededor. Drufmna espera sin protestar. Sus pies se están secando al sol.
—Necesito que me ayudes esta tarde —dice su madre mientras ajusta el nudo—. Las esteras siguen fuera. Si vuelve a llover, habrá que empezar de nuevo.
—Estaré allí.
—Antes de que llueva.
—Sí... antes.
Su madre recoge el cuenco, las migas que han quedado sobre el paño y el cuchillo. Drufmna le alcanza la cesta, pero ella se la devuelve.
—Tráela tú cuando regreses.
La madre se aleja por el sendero de las casas de piedra y techos de hojas, con las sandalias en una mano. Drufmna la ve detenerse para quitar una rama atravesada en el camino. Cuando la pierde de vista, vuelve a examinar el muro de piedras que han formado. El agua ya no toca la raíz de Ánsaflys. Pasa los dedos sobre la parte que ha quedado expuesta, aparta una hoja adherida a la corteza húmeda y reúne tierra de la orilla para rellenar el hueco.
Trabaja con cuidado de no deshacer el vendaje. Después se lava, recoge la cesta y rodea el tronco. Hay una marca a la altura de su hombro: una cicatriz pequeña, alargada, que la corteza ha ido cerrando durante años. La hizo de niña al intentar trepar con una hebilla suelta en el vestido. Todavía recuerda la vergüenza que sintió al descubrirla y cómo pasó toda la tarde tratando de cubrir ese rasguño con las manos.
Apoya la palma sobre aquella cicatriz. La aspereza le resulta conocida en cada relieve.
—Esta tarde volveré —le dice a Ánsaflys acariciándole la corteza.
Inclina la cabeza hasta tocar el tronco con la frente, suspira. Se queda así por un momento, con los ojos cerrados y la cesta contra la pierna.
Luego, finalmente se separa de Ánsaflys y emprende el camino de regreso a casa.
Por la tarde ayuda a su madre a retirar las esteras. Las han extendido sobre unas tablas para que se sequen, y una de ellas todavía conserva humedad en el centro. Drufmna la sostiene mientras la mujer cepilla las fibras. El polvo les pica en la nariz; terminan riéndose cuando ninguna consigue hablar sin estornudar.
Después comen brotes tiernos de las cosechas y frutas. Hay una pata de la mesa que se ha aflojado y, cada vez que una de las dos apoya el brazo, el cuenco de agua se desliza. Drufmna coloca debajo un retal de tela doblado.
—Eso no durará —le dice su madre.
—Prometo arreglarlo mañana, mamá, cuando las esteras estén guardadas y podamos volver la mesa sobre el suelo.
—Espero cumplas con tu promesa.
Recoge los platos, los enjuaga en un estanque y deja el cuenco junto a la puerta. El vendaje del dedo está húmedo. Lo desata, comprueba que la uña ha dejado de sangrar y se pone una tira limpia. Antes de que anochezca regresa al arroyo. Las piedras siguen en su sitio. Tras saludar cariñosamente a Ánsaflys, Drufmna mueve la piedra más pequeña con el pie, se seca los brazos con un paño que ha traído de casa y lo cuelga de una rama baja.
Bajo las copas del bosque queda un poco de luz verdosa. Se sienta junto a Ánsaflys, con las piernas cansadas y una rozadura en el talón. Deshace una trenza que lleva mal sujeta desde la mañana. El cabello casi blanco se le extiende sobre el hombro mientras trabaja los nudos con los dedos. Habla de las esteras, de la mesa que deberá arreglar, del cuenco que ha volcado su madre al intentar demostrarle que la pata seguía floja. Se ríe al recordarlo. Ánsaflys oye en silencio.
Luego permanece callada, escuchando el arroyo. En los primeros años le cantaba. Repetía melodías que oía en casa, inventaba otras y se enfadaba cuando olvidaba cómo continuaban. Todavía le ocurre que, durante algún trabajo, encuentra una de aquellas canciones y la sigue hasta un punto en el que ya no recuerda las palabras. Esa tarde prueba a recuperar una. Tararea un poco, se equivoca, ríe y vuelve al principio.
Una gota se desprende de las hojas y le cae en el cuello.
—Eso tampoco ayuda —murmura.
Cuando comienza a enfriarse ante el advenimiento de la noche, recoge el cabello, se pone de pie y apoya ambas manos sobre el tronco.
—Mañana.
Regresa a casa con las sandalias en la mano para que no le sigan rozando el talón.
Esa noche duerme de costado, algo que no acostumbra hacer. Antes de quedarse dormida oye a su madre mover la mesa y después un golpe seco: el cuenco ha vuelto a resbalar. La mujer protesta en voz baja. Drufmna sonríe contra la almohada, cierra los ojos y antes de que se dé cuenta se queda profundamente dormida.
Luis Aníbal Nez