
Marie permanece de rodillas sobre la madera del porche.
La libreta sigue abierta a pocos metros de ella. El viento mueve las páginas y deja al descubierto frases incompletas, fechas y palabras que ya no necesita leer. Sabe lo suficiente.
Marie levanta la mirada hacia la colina opuesta.
El humo continúa elevándose desde la cabaña. El sol le dificulta la visión, pero alcanza a distinguir destellos anaranjados detrás de los ventanales. El fuego se extiende por la construcción con una rapidez extraordinaria. No sabe quién la ha incendiado. Tampoco sabe si todavía queda alguien dentro.
Durante unos minutos permanece inmóvil. Podría quedarse allí, esperar a que lleguen las autoridades o buscar ayuda en la carretera. Sin embargo, la idea de abandonar el lugar le resulta imposible. El puente sigue frente a ella, tendido sobre el arroyo como una herida de piedra.
Marie piensa en la mujer que vio en la noche, camisón blanco, cuerpo inmóvil en el centro del puente, rostro que la oscuridad no le permitió distinguir.
Se incorpora lentamente. Tiene las piernas entumecidas y el cuerpo agotado, pero consigue mantenerse en pie. Antes de entrar en la cabaña, recoge la libreta y la guarda bajo el brazo.
Sube hasta la habitación de Sunny.
La joven continúa tendida sobre la cama.
Marie se acerca y apoya una mano sobre su hombro. La piel está fría. Durante un instante espera percibir algún movimiento, una respiración débil, cualquier señal que le permita aferrarse a una esperanza. No encuentra nada. Se inclina y besa la frente de su hija.
—Perdóname.
La palabra apenas llega a salirle.
Marie vuelve a bajar. Toma una manta, una linterna y las llaves de la camioneta. Luego sale otra vez al porche y contempla el puente.
No puede llevarse a Sunny. No puede dejarla allí. Pero tampoco puede continuar en una casa donde Joseph ha convertido su familia en una mentira. Avanza hacia la ladera.
Esta vez conoce el trayecto. Desciende con mayor rapidez, apartando las ramas y atravesando los arbustos sin detenerse. El arroyo ruge bajo el puente. La luz del sol se refleja en la corriente y convierte las rocas en superficies blancas.
Cuando llega a la orilla, Marie se detiene.
El humo se ha vuelto más denso. Una parte del techo de la cabaña opuesta se desploma y una llamarada asciende hacia el cielo.
Marie mira hacia la estructura de piedra.
Los símbolos grabados en el arco parecen distintos bajo la luz del día. Algunos se asemejan a cuerpos humanos atrapados entre animales deformes. Otros parecen representar dos figuras enfrentadas, separadas por una línea vertical.
Marie pasa los dedos sobre una de las marcas.
La piedra está caliente.
Retira la mano.
Entonces oye una voz al otro lado del puente.
—Marie.
Se queda inmóvil.
La voz no proviene de la cabaña en llamas. Está detrás de ella.
Marie gira lentamente.
En la ladera, entre los árboles, hay una mujer de pie.
Lleva un camisón blanco. Su ropa está empapada y cubierta de barro. El cabello le cae sobre el rostro. Permanece a varios metros de distancia, sin hacer ningún movimiento.
Marie siente que el cuerpo se le paraliza.
—¿Quién eres?
La mujer no responde.
Un golpe de viento atraviesa el espacio entre ambas. Las ramas de los árboles permanecen inmóviles. El cabello de la desconocida tampoco se mueve.
Marie da un paso hacia ella.
—¿Eres la mujer que estaba en el puente hace unas noches?
La figura levanta una mano y aparta lentamente el cabello de su rostro.
Marie deja de respirar. No hay ojos, boca, ni nariz, solo una superficie pálida, lisa y vacía, donde debería encontrarse un rostro humano.
La mujer inclina la cabeza. Marie retrocede.
—No.
La figura avanza un paso.
—Tú cruzaste —dice sin labios.
Su voz parece surgir de todas partes al mismo tiempo.
Marie mira el puente. Al otro lado, las llamas continúan devorando la cabaña. El humo desciende sobre el arroyo y cubre parcialmente la estructura de piedra.
—¿Qué quieres de mí?
—Ya lo sabes.
—No sé nada.
La mujer vuelve a inclinar la cabeza.
—Siempre dices lo mismo.
Marie siente que el estómago se le contrae.
—¿Siempre?
La figura se acerca otro paso. Ahora la distancia entre ambas es mucho menor.
—Has cruzado muchas veces.
Marie mira sus propias manos. Están temblando.
—Yo solo he cruzado dos veces.
—Eso es lo que recuerdas.
La mujer levanta el brazo y señala hacia la cabaña en llamas.
—Cada vez que intentas regresar, encuentras otra parte de ti.
Marie no comprende.
—¿Qué partes?
La mujer no responde. En lugar de hacerlo, vuelve el rostro vacío hacia el puente.
A través del humo, Marie distingue una segunda figura de pie en el centro del arco. Lleva el mismo camisón blanco. Tiene la misma estatura que ella, mismo cabello y cuerpo, pero su rostro también es una superficie lisa e inexpresiva. Marie se lleva una mano a la boca. La mujer que está a su lado susurra:
—La primera murió junto a Joseph.
Marie mira hacia la otra figura.
—¿Y la segunda?
—Todavía trata de regresar.
La figura del puente comienza a caminar hacia ellas.
Marie siente que el miedo le impide moverse. El aire se vuelve pesado. El pecho comienza a arderle, como cada vez que cruza de un lado al otro.
La mujer sin rostro extiende una mano.
—Ven.
Marie mira hacia la cabaña. Piensa en Sunny, en Joseph, en la libreta bajo su brazo y en todo lo que ha perdido durante aquella semana. Luego observa a la figura que se acerca por el puente.
No sabe si está viendo su futuro, su pasado o una versión de sí misma que nunca ha conseguido ser. Pero reconoce el camisón. Y comprende que la mujer que vio aquella primera noche no estaba mirando hacia la cabaña, sino que la esperaba a ella.
Marie retrocede hasta el borde del agua.
Detrás de la mujer sin rostro, las llamas se elevan sobre la colina.
El puente comienza a desaparecer entre el humo.
Luis Aníbal Nez