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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 7 / 9

Libreta de apuntes

Dama sin rostro · Luis Aníbal Nez

Cuando Marie recupera el conocimiento, ya es de día.

Permanece tendida sobre el suelo de la sala, con el rostro apoyado contra la madera. Durante unos segundos no recuerda dónde se encuentra. Luego vuelven a su mente la lluvia, el puente, la cabaña idéntica y los dos cuerpos junto al pozo.

Intenta incorporarse. Todo le duele. Tiene las manos raspadas, las rodillas cubiertas de barro seco y la ropa todavía húmeda. La cabeza le pesa como si hubiera pasado la noche bajo el agua.

Entonces escucha pasos en la escalera.

Marie gira el rostro. Sunny aparece en el último peldaño. Lleva el cabello desordenado y una expresión de agotamiento. Al verla en el suelo, se queda inmóvil.

—Mamá…

Marie intenta hablar, pero la voz apenas le sale.

—Sunny.

La adolescente baja lentamente. Se acerca con cautela, como si temiera aproximarse demasiado.

—¿Qué te ocurrió?

Marie mira hacia la puerta principal. Está abierta. El sol entra desde el exterior y revela las huellas de barro que atraviesan la sala.

—No lo sé —responde—. ¿Qué hora es?

Sunny no contesta.

—¿Dónde está tu padre?

La adolescente retrocede un paso.

Ese movimiento desconcierta a Marie más que cualquier respuesta.

—¿Sunny?

La joven baja la mirada. Aprieta las manos contra los costados de su pijama.

—Mamá, no puedo más.

Marie siente que algo se cierra dentro de su pecho.

—¿Qué estás diciendo?

—No puedo seguir viviendo así.

—¿Así cómo?

Sunny levanta los ojos. Tiene lágrimas en el rostro, pero no parece dispuesta a llorar.

—Mataste a papá.

Marie permanece inmóvil.

—¿Qué?

—Lo mataste y lo enterraste junto a la casa.

—No.

—Te vi.

La palabra queda suspendida entre las dos.

Marie trata de ponerse de pie, pero las piernas le fallan. Se apoya contra una mesa y consigue mantenerse erguida.

—Sunny, yo no he matado a Joseph.

—Tienes un cuchillo.

Marie mira sus manos. No sostiene nada.

—¿Dónde está tu padre?

Sunny comienza a llorar en silencio.

—Te tengo miedo.

Marie siente que el suelo vuelve a inclinarse bajo sus pies.

—No tienes que tenerme miedo.

—No te acerques.

—Sunny…

—¡No te acerques!

La adolescente corre hacia la escalera. Marie permanece junto a la mesa, incapaz de seguirla. Escucha cómo su hija entra en la habitación y cierra la puerta con violencia.

Durante largo rato no se mueve.

Después mira hacia el exterior.

El claro, el pozo y el cuerpo de su doble ya no se distinguen desde la sala. La vegetación parece haber recuperado su aspecto habitual. El día es luminoso. El arroyo corre con normalidad. No hay rastro de la tormenta.

Marie pasa el resto de la jornada intentando encontrar una explicación.

Revisa la cabaña. Busca el cuchillo. Comprueba que la camioneta continúa estacionada junto a la entrada. Recorre el terreno cercano, pero no se atreve a llegar hasta el claro. Cada vez que observa el lugar, solo encuentra hierba, arbustos y tierra removida.

Joseph no aparece.

Sunny tampoco vuelve a salir de su habitación.

Cuando cae la noche, Marie se sienta junto a la ventana de la sala. Permanece allí, mirando el puente. La luz del farol no vuelve a encenderse en la colina opuesta.

No consigue dormir.

Cada vez que cierra los ojos ve a la mujer de la cocina, cuyo rostro jamás logró distinguir. Ve el cuchillo entrando en el pecho de Joseph. Ve el cuerpo de su doble junto al pozo. Luego escucha la voz de Sunny.

Te tengo miedo.

Al amanecer, Marie sube hasta la habitación de su hija.

—Sunny.

No recibe respuesta.

Golpea la puerta con los nudillos.

—Sunny, abre.

El silencio que sigue le provoca una inquietud inmediata. Marie prueba el picaporte. La puerta está cerrada con llave.

—Sunny.

Continúa sin obtener respuesta.

Marie retrocede unos pasos y se lanza contra la puerta. El golpe le produce dolor en el hombro, pero la cerradura no cede. Lo intenta una segunda vez. La madera cruje. A la tercera, la puerta se abre.

Sunny está tendida sobre la cama.

Marie se acerca lentamente.

La joven tiene los ojos cerrados y la piel pálida. Junto a una de sus manos hay un frasco pequeño, abierto, con una etiqueta que Marie reconoce de inmediato.

Veneno para ratas.

Sobre la mesa de noche hay una libreta.

Marie se lleva una mano a la boca. Durante unos segundos no consigue acercarse. Después toma la libreta con dedos temblorosos y la abre.

Las primeras páginas contienen anotaciones escolares, fechas y frases breves. Más adelante, la letra de Sunny se vuelve irregular.

Marie comienza a leer.

No encuentra una confesión sobre su propia muerte ni una explicación acerca del pozo. Encuentra otra cosa.

Sunny escribe que Joseph la esperaba algunas tardes después de la escuela. Que la hacía entrar en la camioneta. Que le pedía que guardara silencio. Que la tocaba aunque ella le suplicara que se detuviera.

Marie deja de respirar.

Sigue leyendo.

La joven cuenta que intentó hablar con su madre, pero que no encontró el valor suficiente. También escribe que Joseph le advirtió que nadie le creería y que, si decía algo, destruiría a la familia.

Marie cierra la libreta.

Durante años ha creído conocer a su esposo. Ha compartido con él una casa, una cama, una hija y una vida que ahora se revela como una construcción falsa.

Mira hacia la ventana.

Al otro lado del arroyo, una columna de humo comienza a elevarse sobre la colina.

Marie se acerca al vidrio.

La cabaña opuesta arde.

No escucha gritos. No ve figuras. Solo observa el humo oscuro ascender hacia el cielo despejado.

Entonces comprende que el puente no la había llevado a otro lugar.

La había llevado a otro momento.

Y quizá todavía no había terminado de mostrarle lo que debía ver.