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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 9

Una luz misteriosa

Dama sin rostro · Luis Aníbal Nez

El alarido no vuelve a repetirse.

Marie y Joseph permanecen junto a la baranda, todavía mirando hacia la cabaña del otro lado del arroyo. El eco se debilita entre las colinas hasta desaparecer por completo, y el silencio que queda después resulta más inquietante que el grito.

—¿Lo has oído? —pregunta Marie.

Joseph no responde de inmediato. Continúa observando la construcción distante, pero la luz del día comienza a extinguirse y cada detalle se vuelve más difícil de distinguir.

—Sí.

—Vino de allí.

—Eso parece.

Marie espera alguna explicación. Joseph, sin embargo, no aparta la vista de la cabaña.

—Tal vez haya alguien alojado en ella —dice finalmente—. Quizá no nos informaron de que la otra casa también estaba ocupada.

—Nos dijeron que este lugar estaba aislado.

—Aislado no significa necesariamente deshabitado.

Marie vuelve la mirada hacia la cabaña. La terraza continúa allí, inmóvil, idéntica a la que ellos pisan. No se ve ninguna persona ni movimiento alguno detrás de los ventanales.

—¿Crees que deberíamos ir a mirar?

Joseph se vuelve hacia ella.

—Está anocheciendo. Si alguien necesita ayuda, volveremos a oírlo.

La respuesta no tranquiliza a Marie. Durante unos segundos considera la posibilidad de cruzar el puente, pero la distancia parece mayor ahora que durante el día. Además, el terreno que desciende hacia el arroyo se encuentra cubierto de vegetación espesa.

—Voy a ver cómo está Sunny —dice.

Entran en la cabaña. Marie sube la escalera y se detiene frente a la puerta de la habitación de su hija. Llama suavemente.

—Sunny.

No recibe respuesta.

—¿Puedo entrar?

Al cabo de unos segundos, la adolescente contesta con una voz apagada.

—Déjame sola.

Marie apoya la mano sobre la puerta.

—Solo quería saber si estás bien.

—Estoy bien.

La respuesta llega demasiado rápido. Marie permanece allí, sin decidirse a insistir. Desde el otro lado no se escucha nada, excepto el leve movimiento de la cama.

—Baja cuando quieras. Vamos a preparar algo para cenar.

—No tengo hambre.

Marie cierra los ojos un instante. Luego retira la mano de la puerta y desciende.

Joseph la espera en la sala, junto a uno de los ventanales.

—¿Cómo está?

—No quiere salir.

—Dale tiempo.

—Eso es lo único que me dices.

Joseph la observa con paciencia, aunque la preocupación también ha empezado a instalarse en su rostro.

—Acabamos de llegar. No puedes esperar que cambie de un momento a otro.

—No espero que cambie. Espero que esté con nosotros.

—Lo estará.

Marie no responde. Mira hacia el exterior. La cabaña opuesta apenas se distingue entre las sombras. El arroyo refleja los últimos restos de luz y el puente parece más oscuro que las rocas y los árboles que lo rodean.

Durante la cena, Sunny permanece en su habitación. Joseph intenta restarle importancia a la situación y habla sobre el viaje, el ascenso que le ha permitido pagar aquellas vacaciones y los planes que podrían hacer durante la semana. Marie lo escucha sin entusiasmo.

A intervalos, vuelve la mirada hacia las ventanas.

La otra cabaña desaparece poco a poco en la oscuridad.

Más tarde, después de que Joseph comprueba que Sunny se ha acostado, ambos se retiran al dormitorio matrimonial. La noche avanza en silencio. El viento golpea de vez en cuando las paredes de madera y hace crujir las ramas de los árboles.

Marie duerme profundamente.

Despierta de golpe.

Se incorpora en la cama con una mano sobre el pecho. Durante unos segundos permanece inmóvil, tratando de comprender qué la ha despertado. Joseph duerme de espaldas a ella, sin advertir su sobresalto.

Marie gira la cabeza hacia la ventana.

Una luz tenue titila al otro lado del arroyo.

Se levanta sin encender la lámpara y camina hasta la puerta que comunica con la terraza. El aire nocturno es frío. Cuando sale, la madera cruje bajo sus pies.

Se acerca a la baranda.

La luz continúa allí, encendida en la cabaña opuesta. Es amarillenta, débil y cambiante, como si una llama luchara por mantenerse viva detrás de un vidrio.

Marie entrecierra los ojos.

Entonces mira hacia el puente.

Hay una mujer de pie en el centro.

Lleva un camisón blanco, largo, igual al que Marie viste en ese momento. La figura permanece inmóvil, con el cuerpo orientado hacia la cabaña de la colina. La distancia y la oscuridad impiden distinguir sus facciones.

Marie contiene la respiración.

La mujer parece mirar hacia ella, pero su rostro es imperceptible en la oscuridad nocturna.

Un frío intenso le recorre el cuerpo. Retrocede lentamente, sin apartar los ojos del puente. La figura no se mueve. Ni siquiera el viento parece afectarla.

Marie gira y entra en la cabaña.

Antes de subir la escalera, vuelve a percibir un destello detrás de la ventana que da al frente. Se acerca al vidrio y observa hacia la colina opuesta.

No ve a la mujer.

Solo la luz, que continúa titilando en la oscuridad.

Marie regresa al dormitorio y se acuesta junto a Joseph. Permanece despierta durante largo rato, con los ojos abiertos y el cuerpo rígido.

Afuera, la luz sigue encendida.