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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 1 / 9

Cabaña en la colina

Dama sin rostro · Luis Aníbal Nez

En la inmensidad del paisaje rural, una camioneta familiar avanza por una ruta solitaria que se abre paso entre colinas altas y verdes. A ambos lados, la vegetación cubre las laderas con una espesura casi intacta; más adelante, otras elevaciones, todavía mayores, se recortan bajo la luz del día. En el interior del vehículo, los tres ocupantes contemplan el paisaje con una mezcla de admiración y silencio.

Joseph conduce la camioneta. Es un hombre de mediana edad, y las primeras canas comienzan a mezclarse con su cabello. A su lado viaja Marie, algunos años más joven que él. En el asiento trasero va Sunny, su hija de quince años. Joseph y Marie intercambian comentarios, sonríen y se miran con una complicidad serena, como si por fin hubieran recuperado un tiempo que durante mucho tiempo les había pertenecido solo a medias.

Sunny, en cambio, permanece abstraída en la pantalla de su móvil.

—Por fin liberan al hombre más productivo del año —bromea Marie, con una sonrisa—. Ahora puedes tomarte un poco de tiempo libre para disfrutar con nosotras.

Joseph ríe. La risa de Marie termina contagiándolo.

—¿Eso es un reproche?

—Solo una observación.

Joseph extiende la mano derecha hacia el abdomen de Marie y comienza a hacerle cosquillas. Ella suelta una carcajada y trata de apartarse sin dejar de reír.

—Basta, basta, por favor. No puedo más.

Joseph retira la mano, satisfecho. Ambos continúan riendo durante unos segundos, mientras la camioneta avanza por la ruta y las colinas se acercan lentamente.

Después de una curva, Marie gira hacia el asiento trasero. Su sonrisa se desvanece al ver a Sunny inmóvil, concentrada en la pantalla del móvil y completamente ajena a la conversación.

—Sunny, hija, ¿por qué no dejas eso un momento y hablas con nosotros?

La adolescente ni siquiera levanta la mirada. Sus pulgares continúan moviéndose sobre el teclado con rapidez.

—Sunny.

Esta vez Marie pronuncia su nombre con mayor firmeza.

Sunny alza los ojos. Su expresión revela fastidio y sorpresa, como si la interrupción fuera una intrusión injustificada.

—Déjala, amor —dice Joseph—. Ya estamos llegando.

Sunny frunce el ceño y vuelve a fijar la vista en el móvil. Marie guarda silencio y se vuelve hacia el parabrisas.

La camioneta abandona la ruta y se adentra despacio en un camino de tierra que conduce hacia las colinas. Joseph observa el paisaje con una sonrisa satisfecha. Marie, a su lado, contempla la zona boscosa que se extiende alrededor de ellos: laderas muy verdes, cubiertas de vegetación espesa y veladas por una neblina ligera.

Durante casi veinte minutos avanzan a baja velocidad por un camino sinuoso, lleno de baches, grietas e irregularidades que hacen vibrar el vehículo. Finalmente, doblan por un recodo situado al pie de una colina y toman una pendiente que asciende hasta alcanzar aproximadamente la mitad de su altura.

La camioneta continúa unos metros más y se detiene frente a una cabaña grande de madera, de dos plantas, con una terraza amplia y varios ventanales que ocupan casi por completo algunas de sus paredes.

Marie desciende antes que nadie. Se queda mirando la construcción con una sonrisa abierta, incapaz de ocultar su entusiasmo.

Se muerde el labio inferior, mira a Joseph y descubre que él también la observa desde el otro lado del vehículo. Ambos sonríen.

Sunny baja después. Apenas dedica unos segundos a la cabaña antes de volver a concentrarse en el móvil. Camina hacia la puerta de entrada sin decir nada.

Marie la sigue con la mirada. Su entusiasmo se apaga un poco.

La pareja retira las maletas y los bolsos de la camioneta. Luego entra en la cabaña, que los albergará durante los próximos días.

Al caer la tarde, las últimas luces del día todavía iluminan la terraza de madera. Marie y Joseph salen juntos y se acercan a la baranda. Él la abraza desde atrás, y ambos contemplan el paisaje en silencio.

—Dime, ¿valió la pena el esfuerzo de todo el año? —pregunta Joseph—. Las noches sin dormir, los días en que apenas pudimos vernos… ¿Valió la pena?

Marie apoya las manos sobre los brazos de su esposo.

—Claro que sí. Todo ese esfuerzo fue importante para tu ascenso. No puedo creer que nos hayas traído hasta aquí. Es increíble.

—Todavía no has visto nada.

Permanecen abrazados durante unos minutos, disfrutando de la vista y de la calma del lugar. Luego Marie rompe el silencio.

—¿Y Sunny?

—Se encerró en la habitación que será suya.

—Hablaré con ella. No me gusta la actitud que tiene.

Marie se dispone a entrar, pero Joseph la detiene con la mirada.

—No la presiones. Déjala disfrutar a su manera. Ella también necesita este viaje.

—¿Y si no quiere estar aquí? La consientes demasiado.

Joseph observa a su esposa, pero decide no responder. Marie vuelve la mirada hacia el paisaje.

Justo frente a la cabaña, al pie de la colina, corre un arroyo ancho, aunque no demasiado profundo. Un puente de piedra, con forma de arco, lo cruza de una orilla a la otra. Sus superficies están cubiertas de iconos y símbolos extraños que Marie interpreta como parte de una antigua obra arquitectónica.

Más allá del arroyo, entre rocas filosas que sobresalen de la corriente, se extiende otra cadena de colinas. En una de ellas hay una segunda cabaña.

Marie fija la atención en la construcción. Desde esa distancia puede distinguir la terraza y parte de los ventanales. La semejanza con la cabaña donde se encuentran resulta difícil de ignorar.

—Yo también quiero que este viaje sea una buena experiencia para Sunny —dice Joseph—. Quiero que recupere la alegría que tenía cuando era más pequeña. Ya verás que, cuando llegue el momento de regresar, todo habrá cambiado.

Marie no responde. Continúa observando la cabaña del otro lado del arroyo.

—Joseph…

—¿Sí?

—Esa cabaña es idéntica a esta, ¿o me equivoco?

Joseph entrecierra los ojos y agudiza la mirada hacia la construcción de la colina opuesta.

En ese preciso momento, un alarido femenino estalla en medio de la cabaña que observan más allá del arroyo. Los ecos se multiplican y golpean las laderas, recorriendo el valle de una colina a otra. Marie y Joseph se miran entre sí, sobresaltados.

Durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve.