Bajo lluvia invernal
La lluvia nocturna de la lujosa ciudad de Stormport, como de costumbre, es fría y constante.
En el distrito Portown, una máscara plateada es arrastrada hasta la alcantarilla. El agua la hace girar, la hunde unos segundos y vuelve a dejarla a flote, atrapada contra la rejilla. Desde el refugio de un balcón, Nox observa cómo una de las cintas se enreda entre los hierros. Al otro lado de la calle, dos guardias de la discoteca Inferno siguen sin advertir su presencia.
Es madrugada de viernes, en pleno invierno en Portown. Sobre la entrada de la antigua estación ferroviaria, las letras rojas de Inferno se reflejan en la calle inundada. Hay coches estacionados hasta la esquina y nadie en las aceras, salvo dos mujeres que comparten un cigarrillo bajo un toldo roto. La música atraviesa los muros del edificio y hace vibrar una chapa suelta en la fachada.
En unas horas, a las nueve, empieza el desalojo de un bloque de viviendas municipales del distrito. El ayuntamiento lo entrega a una sociedad que anuncia apartamentos para turistas. En el expediente figura el concejal James Madsen, presidente de la comisión que impulsa la concesión. Nox lleva el aviso doblado en un bolsillo, lo repasa bajo la noche lluviosa, aunque sabe de memoria lo que dice, el nombre de la empresa y el plazo que les dieron a los vecinos para irse.
Quiere encontrar a Madsen antes de que amanezca. Lo forzará a pedir que suspendan el desalojo, lo obligará a decir quién se queda con las viviendas. Sabe que el concejal suele pasar por Inferno después de sus reuniones. Si esta noche tampoco aparece, alguien de adentro tendrá que decirle dónde se esconde.
Una bombilla parpadea a punto de quemarse sobre la motocicleta negra y opaca de Nox. Lleva tanto tiempo esperando, que el frío le entumece los dedos dentro de los guantes. Bajo el casco, en cambio, su respiración le calienta la cara y empaña una franja del visor. Se aparta del muro, ya es tiempo de actuar. La lluvia de Stormport lo alcanza de inmediato. Al cruzar, hunde una bota en un charco y siente el tirón del viento en la larga gabardina mojada contra las piernas. La protección que lleva debajo le presiona el cuello. Por encima del hombro izquierdo asoma la empuñadura del machete.
Uno de los guardias levanta la vista. Ambos llevan elegantes trajes oscuros y comunicadores transparentes sujetos a las orejas. El más cercano examina el casco de Nox, la ropa negra, aquello que sobresale de la espalda. Desde allí, ya puede oír como retumban los golpes de sonido de la música que suena dentro. Detrás de un guardia sale un hombre disfrazado de diablo, mira la lluvia y vuelve a entrar maldiciendo. El guardia sonríe y señala la puerta a Nox. Este último suspira.
—Por aquí.
Nox, rápido como relámpago, abre la gabardina y desenfunda dos revólveres. Jala los gatillos.
Los disparos retumban bajo el toldo. Un guardia se desploma contra el muro; el otro cae de rodillas y termina de costado, con la corbata dentro del agua. La música continúa al otro lado de la puerta. Una de las mujeres que fuman afuera grita. Cuando Nox gira la cabeza, las dos retroceden, aferradas una a la otra; el cigarrillo se apaga a sus pies. Guarda las armas y pasa junto a los cuerpos. El comunicador de uno de los guardias emite una voz breve, deformada por la lluvia.
Nox entra antes de que vuelva a sonar. En el vestíbulo aún quedan baldosas rotas, restos de un antiguo mosaico y un cable grueso que desaparece bajo una puerta de hierro. Las huellas de sus botas mojadas se imprimen sobre el polvo. Empuja una segunda puerta. De inmediato, una bocanada de aire caliente le trae olor a sudor y alcohol. Ante él, los andenes y abandonadas vías de tren se han reconvertido en una inmensa pista de baile. Hay personas hasta donde alcanza a ver.
Desde los huecos del techo carente de mantenimiento, cae la siempre presente lluvia nocturna de la ciudad de Stormport, empapa a decenas de cabezas que siguen moviéndose al ritmo de los bajos sin importarles el agua que cae sobre ellos. Las luces alocadas e intensas barren los muros de ladrillo, iluminan franjas de musgo y se pierden entre las vigas. Algunas ventanas están tapiadas con bloques; otras conservan fragmentos de viejos cristales rotos que brillan por instantes.
Nox baja los escalones despacio, buscando la barra del fondo. Unos pies descalzos se agitan a la altura de sus ojos: dos mujeres bailan sobre un altavoz, sujetándose una a otra cada vez que pierden el equilibrio. Más allá, entre hombros, pelucas y cuernos de plástico, distingue cuatro barras. La que busca está bañada desde abajo por tubos de neón azules. Sobre las botellas brillan dos palabras del mismo color: Bad Blue.
Se interna en la multitud. El ritmo le retumba dentro del casco y le hace vibrar los dientes. Tiene sed. Una gota de sudor le baja desde la frente hasta el párpado; parpadea, intenta quitársela sin detenerse. Entre dos cuerpos que se separan ve a un guardia llevarse la mano al oído. Dicho guardia se vuelve hacia la entrada y se echa a correr. Ya encontraron los cadáveres.
Una mujer rubia, con un vestido verde pegado al cuerpo, le cierra el paso. Le apoya las manos en el pecho y se ríe al notar la dureza de la protección. La sonrisa le marca hoyuelos en las mejillas. Nox intenta rodearla, pero ella le toma una muñeca y tira de él, invitándolo a bailar. Al otro lado de la pista, dos hombres de traje examinan las cabezas. Nox sigue durante unos segundos el movimiento de la mujer, con la vista fija más allá de su hombro. La mujer se acerca más.
Nox la aparta de un empujón. Ella pierde pie y cae contra otra persona; su sonrisa desaparece antes de que una espalda se interponga entre ambos. Él sigue avanzando entre la multitud. Bajo sus botas aparecen los rieles oxidados de la estación, casi ocultos por vasos aplastados y agua.
Cuando Nox llega a la barra, un barman con el cabello fijado con gel en una cresta termina de servir dos copas. Nox aparta uno de los vasos para hacerse sitio.
—¿Qué te pasa? —El hombre le retira la mano de la madera—. Espera tu turno.
—Busco a Madsen.
La voz sale metálica del casco. El barman deja de secar una copa.
—¿A quién?
Nox lo aferra de la camiseta y lo arrastra sobre la barra. Una bandeja cae al suelo.
—James Madsen. Tu jefe.
—Aquí no hay ningún concejal.
—No te pregunté qué cargo tiene.
El barman mira hacia una puerta detrás de él y después por encima del hombro de Nox. Una mujer de melena rosa abandona las copas que está preparando y llama a los guardias con ambas manos. La cadena que une su oreja y su nariz destella bajo la luz azul.
—¡Suéltalo!
Nox acerca al hombre hasta que sus frentes casi se tocan.
—¿Dónde está?
El barman levanta una mano, como si fuera a señalar algo. Entonces Nox siente que le sujetan el brazo desde atrás. Le golpea la cara al barman con el casco. El cartílago nasal cede bajo el impacto y la sangre salpica la madera. Lo suelta, se vuelve y desenfunda el machete con la izquierda.
La mujer de cabello rosa le arroja una botella. El vidrio estalla contra su hombro. Un guardia intenta inmovilizarlo mientras otro aparta a quienes siguen pegados a la barra. Nox se sacude al primero, descarga el filo sobre el brazo que vuelve a buscarlo y siente que la mano lo libera. El hombre retrocede entre alaridos, sujetándose el antebrazo abierto.
La gente más cercana se aparta. Alguien cae. Una copa revienta bajo un zapato. El segundo guardia lleva la mano al interior de su chaqueta. Nox desenfunda un revólver con la derecha y le dispara. El cuerpo impacta contra una pareja que todavía intenta comprender lo que ocurre. La música continúa. Los gritos se abren paso entre los bajos y el roce de decenas de cuerpos que intentan retroceder al mismo tiempo.
Nox salta al otro lado de la barra. La mujer del cabello rosa se agacha junto al barman y lo abraza por los hombros. Él tiene los dedos empapados de sangre. Intenta decir algo y escupe sobre las baldosas.
—¿Dónde está Madsen? —insiste Nox.
El hombre señala la puerta con los dedos ensangrentados.
—El encargado. Pregúntale a él.
Un disparo rompe las botellas detrás de ellos. Nox se agacha. Una bala le golpea el pecho y lo hace chocar contra el mostrador. La protección resiste, aunque le fisura alguna costilla y durante unos segundos no consigue llenar los pulmones. El borde de la madera le presiona la nuca. Sobre su casco caen fragmentos de vidrio y una bebida pegajosa. La mujer grita. El barman intenta arrastrarla hacia la puerta que acaba de señalar.
Nox alcanza a ver al tirador entre la gente que huye y dispara. El hombre desaparece detrás de los cuerpos en movimiento. Nox no puede comprobar si lo alcanza.
Cuando se levanta para seguir al barman, una quemadura le atraviesa el brazo izquierdo. Los dedos se le abren sin obedecerlo y el machete cae sobre las baldosas. Encaja el revólver en la funda, recoge el machete con la derecha y lo guarda en la espalda. El dolor le sube hasta el cuello. Al mirar la manga, encuentra un agujero rodeado por una mancha que crece. Intenta cerrar el puño; el brazo le responde con una punzada que lo obliga a apretar los dientes.
Empuja la puerta con el hombro. Más allá, un corredor comunica las antiguas oficinas con una salida de servicio. El barman y su compañera se alejan hacia la señal verde del fondo. A la derecha, una franja de luz cae desde una habitación sobre las baldosas. Nox avanza hacia ella y oye una voz de hombre.
—No lo traigan. Hay un hombre armado en la pista. —Una pausa—. Sí, aquí. Avise al concejal.
Al llegar a la puerta ve al encargado, con la camisa abierta y un teléfono pegado a la oreja. El hombre lo descubre y empuja la hoja para cerrarla. Nox alcanza a detenerla con la bota. El esfuerzo le arranca una punzada del pecho y necesita apoyarse en el marco antes de volver a empujar. Ya se oyen sirenas afuera.
La habitación conserva los números de las antiguas oficinas pintados sobre una pared. Ahora hay colchones, una mesa y dos lámparas portátiles. Una mujer yace desnuda, con un brazo colgando hasta el suelo. Otra permanece sentada junto al muro, envuelta en una manta. Tiene un labio partido y los ojos entrecerrados. Una tercera se refugia detrás de la mesa, apretando contra el pecho una camisa que le queda grande.
El hombre tira el teléfono sobre un montón de bolsos.
—Llévate el dinero. Está ahí.
Nox entra. El encargado retrocede hasta chocar con la mesa. Cuando intenta rodearla, recibe un golpe del puño derecho de Nox que lo hace caer contra la madera.
—¿Con quién hablabas? —grita Nox desde el casco.
El hombre se lleva las manos a la boca.
—No tengo nada que ver con lo de afuera.
Nox lo golpea otra vez. Una pata de la mesa raspa el suelo. El hombre queda sentado a medias en el borde, respirando por la boca, con sangre entre los dientes.
—¿Dónde está Madsen?
—No está aquí.
—¿Dónde?
Por el corredor llega el ruido de pasos. Nox desenfunda el machete y se lo apoya contra el pecho. El esfuerzo de sostenerlo le hace temblar la mano.
—Esta mañana van a vaciar el edificio. Dile que lo pare.
El encargado mira la puerta.
—Yo no decido eso.
Nox presiona el filo hasta hundirlo en la tela.
—Llámalo.
—El concejal no duerme en su casa —dice el hombre, apresurado—. Puedo conseguir que…
—En el Meridian —interrumpe la mujer de la camisa.
El encargado se vuelve hacia ella.
—Cállate, Verónica.
—Anoche las llevaron…
El hombre se estira para taparle la boca. Le engancha el pelo al intentar sujetarla y tira de ella hacia la mesa. Verónica golpea su muñeca. Nox lo embiste contra la madera y le hunde el machete en el pecho. El encargado abre la boca. Su mano deja de tirar del cabello y se cierra sobre la gabardina. Durante un instante permanece así, agarrado a Nox; luego los dedos se aflojan. Al retirar la hoja, el cuerpo resbala de la mesa y golpea el suelo.
Nox devuelve el machete ensangrentado a la funda. Verónica, asustada, retrocede hasta un colchón. Tiene ambas manos sobre la cabeza y mira al hombre caído. Nox recoge el teléfono de entre los bolsos, pero la pantalla exige un código. Vuelve a pulsarla. El aviso reaparece.
—Mierda.
Mira la boca abierta del encargado. Deja el teléfono sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Empieza a buscar entre los papeles. La manga izquierda le gotea sangre sobre ellos. Encuentra recibos, anotaciones y un sobre con el escudo de Stormport. Dentro hay una copia de la concesión de la estación. Reconoce el nombre de la sociedad mercantil: es la misma que recibirá el bloque de viviendas esta mañana.
Pasa una hoja con el pulgar. Madsen figura entre los miembros de la comisión. Hay otros nombres debajo y la aprobación de la alcaldía al pie. Nox dobla el documento y lo mete a medias en el sobre. La sangre empieza a ablandar una de las esquinas.
—¿Vas a matarnos también? —pregunta Verónica.
Nox levanta la cabeza, la mira, se dispone a retirarse, pero ella lo detiene al decirle algo más.
—Ellas necesitan un médico.
Señala los colchones. La mujer de la manta intenta enderezarse, pero no lo consigue. Nox oye voces en el corredor; están más cerca.
—La policía está entrando —dice Verónica—. Ellos pueden traer ayuda.
Nox mira hacia el corredor. Las voces llegan cada vez más cerca. Verónica se mueve hasta quedar entre él y los colchones.
—¿Qué es el Meridian? —pregunta Nox.
Verónica se aprieta la camisa al cuello.
—Un hotel. Está en Downtown. Nos llevan ahí cuando él pide... —mira el cuerpo del encargado—, pedía compañía. Nos hacen entrar por el costado; nunca por el vestíbulo.
—¿Qué habitación?
—No sé el número. Yo tengo que esperar abajo hasta que las otras bajan.
Nox mira la puerta. Una voz de hombre se eleva por encima de la música y exige que despejen el corredor.
—¿Sigue allí esta noche?
Verónica, temblorosa, mira hacia la cama ocupada.
—Ella es Melinda. La trajeron de allí hace una hora. Venía hablando de Madsen; después ya no pudo mantenerse despierta.
Nox se acerca a la mujer tendida, se agacha y le aparta el cabello de la cara.
—Melinda.
No obtiene respuesta. Observa el movimiento de su pecho y vuelve a llamarla. El cuerpo de Melinda se mueve apenas, con una respiración que se atasca en la garganta.
—¿Trabaja aquí?
—Es cajera en un supermercado. Le ofrecieron servir copas después del turno. —Verónica se acerca al colchón—. Le subieron el alquiler. Tiene una niña de unos meses.
Nox deja el sobre sobre sus rodillas, toma una manta doblada al pie del colchón y la extiende sobre Melinda. Al inclinarse siente el dolor profundo bajo la protección del pecho. Se queda quieto hasta conseguir otra bocanada de aire.
—Espera —le dice Verónica cuando lo ve volver la cabeza hacia la puerta—. No la dejes así.
Una linterna ilumina la puerta.
—¡Policía! ¡Las manos arriba!
El agente ocupa el umbral, con la pistola dirigida al pecho de Nox. En la placa de su chaleco se lee LANCE. Sus ojos recorren el cuerpo junto a la mesa, las camas y la sangre de la gabardina.
—¡Apártese de ella! Despacio.
Verónica se queda inmóvil junto al colchón. Nox recoge el sobre y se incorpora. El dolor del brazo le arranca un jadeo. El agente avanza un paso y vuelve a ordenarle que levante las manos.
—Ella necesita una ambulancia —le dice Verónica—. La trajeron así.
—¡Quítese el casco!
Nox mira la puerta. Detrás del agente se mueven otras luces. En el pecho le late el golpe del disparo; el papel mojado se pega al guante. Si se queda, Madsen podrá esperar en el hotel hasta que vacíen las viviendas. Deja caer el sobre y se arroja al suelo. Al golpear las baldosas, el brazo herido se le dobla bajo el cuerpo. Saca el revólver con la derecha. Lance dispara y una esquirla le golpea el visor. Nox responde, jala dos veces del gatillo.
El agente se dobla y choca de hombro contra el marco. La pistola le queda junto a una rodilla. Se lleva una mano al chaleco y trata de recuperar el aire. Verónica grita. Nox se incorpora apoyándose en la mesa. En el corredor suenan pasos y alguien llama al agente. Pasa junto a Lance. El hombre sigue moviéndose. Verónica se arrodilla junto al policía.
—¡Aquí! ¡Ayúdenlo! —grita hacia el corredor.
Nox la oye mientras se aleja. Deja atrás la puerta de la barra y avanza hacia el aire frío del fondo. La salida de servicio permanece abierta. Al cruzarla pisa las huellas diluidas que dejaron el barman y su compañera sobre los escalones. Baja al antiguo patio ferroviario. Intenta apoyarse en la baranda con la izquierda y el dolor le dobla el cuerpo. Se detiene en el último escalón hasta conseguir otra bocanada de aire. La lluvia le lava el vidrio pegado al casco.
La música continúa dentro. Una voz femenina vuelve a empezar la misma frase sobre el golpe de los bajos. Desde la escalera ya no distingue lo que dice Verónica, solo las órdenes de la policía y el roce de la lluvia sobre el metal. Delante de Nox se extienden los rieles cubiertos de maleza, las plataformas de carga y, más allá, las primeras hileras de contenedores de Portown. Los destellos azules de las patrullas alcanzan un muro lateral; las voces siguen concentradas dentro de la estación. Cruza el patio sujetándose el brazo contra el pecho.
La motocicleta queda al otro lado del edificio. Para volver a ella tendría que acercarse a la entrada, donde ahora se agrupan los vehículos de emergencia y la gente que consigue salir. Sigue hacia los almacenes. La gabardina pesa tanto que cada paso le tira de los hombros. Se refugia detrás de un contenedor, apoya la espalda contra el metal y se deja caer. Cada respiración le provoca un dolor profundo bajo la protección del pecho.
La sangre del brazo le empapa la manga y llega hasta el guante. Palpa el bolsillo interior. El aviso de desalojo sigue allí, húmedo y doblado. Lo saca y reconoce la hora incluso antes de que la luz de una patrulla le permita leerla: las nueve. Busca el sobre municipal y encuentra el forro vacío. Recuerda el papel cayendo junto a Lance, los nombres de la comisión dentro y la mancha de su sangre sobre el escudo de Stormport.
Apoya un pie para incorporarse. El dolor del pecho le corta el aire y vuelve a quedar sentado. Encima de los almacenes, el cielo cubierto de nubes conserva la oscuridad de la noche. Ahora solo tiene el nombre de un hotel y unas horas para llegar a Madsen.
En la estación, por otro lado, la policía tiene su sangre.
Luis Aníbal Nez