
Ráfagas de fuego recortan el aire gélido alrededor de un joven soldado llamado José González.
Es una tarde de otoño de mil novecientos ochenta y dos en las Islas Malvinas. Se acerca el crepúsculo. Las balas surcan con su finalidad dañina, destructiva, hacia un lado y otro. En su camino supersónico buscan carne para perforar y quemar, o huesos para quebrar. Una llovizna cae sobre el lugar con finas gotas de agua, frías como el hielo a pesar del fuerte brillo del sol.
Las nubes no cubren al astro rey. La lluvia hace descender aún más la baja sensación térmica que los soldados soportan en este campo de batalla. Han convivido con este clima desde hace semanas. A pesar del frío, el joven José González suda en abundancia, siente tanto calor como también miedo y desesperanza.
El enemigo está cerca, han acorralado a sus camaradas y a José mismo; no hay escapatoria. Faltan tres semanas para su cumpleaños. José ansía disfrutar de esta festividad junto a su familia y muy especialmente junto a Griselda, la chica con la cual se ha comprometido antes de embarcarse.
Piensa en esto el soldado González cuando, a falta de ruido de sus camaradas, examina a su alrededor. Descubre que él es el único que aún dispara su ametralladora. Está solo, indefenso, nadie le cubre la espalda. Una bala británica zumba amenazante muy cerca de su oído derecho; se lo tantea para asegurarse de que no lo han cercenado.
Confirma que aún lo tiene en su sitio. Pierde la cuenta del tiempo transcurrido desde que comenzó a defender este endeble perímetro horas atrás. Desde entonces mantiene el dedo en el gatillo casi sin pausa, solo para recargar munición. Dispara a todo lo que se mueve, se ensordece con sus propios estallidos, esto lo enloquece pero no puede dejar de defenderse.
Mira hacia el suelo cerca de él. Uno de sus camaradas se encuentra allí, boca arriba sobre el fango, agonizante, sin esperanza. Es justo a este joven camarada a quien quiso rescatar de la balacera inicial del asedio. Había sido alcanzado por un proyectil letal, cayó en combate y sufrió a causa de la honda herida resultante.
Ya no hay nada que pueda hacer para salvarlo, lo deja sobre el suelo, tembloroso, frío, muy pálido. Aguarda su turno para que le abran de par en par las puertas del Cielo, siempre y cuando tenga suerte. Muchos de sus camaradas en combate no calificaron para esto, en especial sus superiores, quienes de seguro descenderán al Infierno.
De pronto, gritos a todo pulmón salen de la boca de alguien cerca de su posición. González gira la cabeza. A pesar de las dificultades visuales a causa de la llovizna, ve que un camarada de otro batallón lo llama con desesperación. No lo conoce. Este último, junto a otros, le hace señas con las manos, le advierte de algún peligro que corre al permanecer expuesto en medio de la balacera.
Antes de reaccionar a tales advertencias, siente José un doloroso, violento golpe muy fuerte y caliente en su brazo derecho. Una bala lo alcanza y atraviesa, casi parte su brazo en dos. El dolor del momento hace que su arma caiga al suelo. Se sujeta la herida con la otra mano.
Segundos después, siente que una segunda bala le atraviesa el hombro derecho de lado a lado. Su propia sangre le salpica el rostro en el instante del impacto, la piel y los músculos ceden, se rompen ante aquel proyectil caliente que lo perfora a gran velocidad. Esto lo hace retroceder un par de pasos, recula con el trasero pegado al fango, intenta no caer, quiere llegar donde sus desconocidos camaradas.
Gira su cabeza en dirección a estos mientras le cubren la huida, se esfuerza por alcanzarlos, se arriesga a despegar del suelo con esta finalidad. Es justo en ese instante cuando una tercera bala le impacta de lleno en el pecho. El golpe es tan fuerte que cae con estrépito hacia atrás, como si hubiese resbalado sobre un parqué demasiado lustrado.
Su espalda golpea en el barro del campo de batalla. Ya no siente dolores luego de la tercera bala, solo permanece allí en el suelo, quieto, en silencio, con lluvia gélida goteando sobre sus mejillas y con débiles rayos de luz solar que lo alcanzan sin calidez alguna.
En algún punto se marea, ve borroso, nota que sus camaradas se arriesgan a ir a por él. Inevitablemente pierde el conocimiento o quizás, incluso, si Dios le ha soltado la mano, puede que hasta deba despedirse de su tiempo en la vida.
Un tiempo indeterminado después, José recobra la consciencia con cansancio y debilidad.
A pesar de ver todo muy borroso, descubre que se encuentra en una amplia habitación con grandes ventanas rectangulares. El Sol ilumina con fuerza desde el exterior. González pestañea varias veces con pesadez, está seguro de que afuera es mediodía, a juzgar por la inclinación de los haces de luz solar que ingresan por las ventanas.
Durante un rato, la potente luz del astro rey hace que le duelan los ojos. Muy de a poco se adapta a esto, le lleva largos minutos. Se siente débil, frágil, ya no siente dolor en las heridas recibidas en la balacera. Aun así, siente que algo no está bien. Cuando por fin adapta sus ojos a la luz solar, trata de examinar la amplia habitación.
Hay una treintena de camas a su izquierda y derecha, todas vacías. Su nariz y boca están cubiertas por una máscara transparente, la cual, a su vez, posee cables conectados a sus orificios nasales y bucal. Se descubre muy delgado cuando se examina bajo las sábanas, nada alentador. Intenta moverse, levantarse, sentarse en la cama, no puede hacer nada de esto. La debilidad le impide controlar sus movimientos.
Se deja caer hacia atrás, su cabeza vuelve a embocar en el molde de la almohada. Respira hondo, vuelve a intentarlo de a poco. Mueve los dedos de las manos con éxito, abre y cierra los puños varias veces. No tiene noción del tiempo, cuánto ha estado allí, tal vez horas o días. Siente algo de pánico al ver que sus manos no parecen suyas.
Sus brazos, visibles desde el codo hasta la punta de los dedos, lucen muy delgados, sin musculatura, con piel arrugada y manchada. La cicatriz del impacto de bala aún es claramente visible en su brazo derecho. Es un cráter que le genera rugosidades extras del lado interno a mitad del antebrazo. Ya está perfectamente curado.
De inmediato se apresura a mover sus pies. Como con las manos, trata de mover primero los dedos; no responden. Los ve cubiertos por sábanas, les da orden de moverse con su mente, pero no obtiene resultados, no parece tener control sobre ellos. Deja de lado esos intentos. Un escalofrío recorre su cuerpo, deduce las consecuencias que tienen en él las heridas recibidas.
Piensa en la idea de haber perdido para siempre el control de sus piernas. Enseguida sus ojos se llenan de lágrimas; estas caen, mojan sus mejillas, se desbordan. Lo invade una muy profunda tristeza derivada en angustia. Inevitablemente piensa en su prometida. La recuerda tan bonita en el café de la esquina del barrio, en Buenos Aires, donde la conoció una tarde de invierno.
Él bebía un capuchino, ella un té. Se derrumba de angustia, al deducir que Griselda no querrá casarse con un lisiado al que deba acarrear por el resto de su vida. ¿Quién querría eso? No imagina su vida sin ella, sería una ruina para él, una existencia de sueños rotos y alma en pena, perdida.
Sostiene una quebradiza esperanza de que su diagnóstico sea temporal, como sus ojos al tener que adaptarse a la luz. Tal vez sus piernas también necesiten tiempo para adaptarse, puede que solo sea eso. Nada le daría más alegría, aunque el proceso le lleve varios años. Pretende mantener su firme convicción de recuperarse a pesar de que cueste tiempo de vida.
Desea disfrutar de la compañía de su prometida, casarse con ella, tener hijos, volver a tomar el té como el día en que se conocieron. Sonríe al recordarla frente a él con la mesa del café de por medio. Se concentra en esa imagen, fija su esperanza en resolver la actual circunstancia para volver a vivir todo eso.
Deja atrás todo lo ocurrido desde su paso por la colimba, su embarque y viaje hacia Islas Malvinas con todo el infierno posterior. Ya no desea rememorar nada de eso. Con algo de esfuerzo gira la cabeza de derecha a izquierda, pues la única puerta de la habitación se abre entre chillidos de goznes. A la estancia ingresan de a uno varios ancianos.
La mayoría de ellos caminan con dificultad o con bastones; otros se apoyan en caminadores y bastones geriátricos. Cuando varios de ellos descubren que José está despierto, se lo quedan viendo estupefactos, lo miran boquiabiertos. Tras los ancianos, ingresan a la habitación un par de enfermeras. Del mismo modo, estas lo observan asombradas ni bien lo descubren espabilado.
—¡Es un milagro, esto es un milagro! —Exclama una de ellas tras haber corrido hacia la cama—. ¡Andá, avísale al médico! —Le pide a la otra enfermera petrificada por la estupefacción—. ¡Dale, por favor, andá a llamarlo! —La enfermera reacciona, corre, la que se queda con él lo observa, lo mira con atención, le toca la frente, luego le sonríe con cariño.
—Bienvenido a la vida, José. ¡Usted es milagroso! —Ríe un poco nerviosa y alegre al mismo tiempo— ¿Cómo se siente?
González intenta hablar, mueve la boca, labios, lengua, pero las palabras no salen fácilmente. Empero efectúa ruidos, una especie de balbuceo incomprensible y sin sentido.
—No diga nada, José, no se esfuerce. Todo va a salir bien. Esperemos al médico.
—¿Gri? —logra apenas decir José con más claridad—. Gri, Gri, ¿dóosdgde esdtá?
—No le entiendo, José, disculpe. No se altere que ya viene el médico, ¿sí?
—Mi nodgvia… Gri…
—No se preocupe por nada. Vamos de a poco. Seguramente, antes que nada le van a hacer varias pruebas para ver su condición. Ahora descanse, ¿sí? ¡Y disfrute de estar por fin acá con nosotros!
González se limita a asentir, no le queda otra opción.
Tres horas más tarde, luego de que todos los ancianos le hayan hablado y que las enfermeras lo hayan contenido, José González es subido a una camilla y llevado por estrechos pasillos hasta una sala. Allí lo espera un médico que se muestra muy serio, ataviado con túnica blanca y ceño fruncido.
—Bien, amigo. ¿Cómo se siente? —Le pregunta el médico al tiempo que se le acerca.
—He esdstagdo medgjor —responde José entre balbuceos torpes y débiles.
—No se preocupe por el habla, se recuperará pronto —le miente el médico—. Dígame su nombre completo, por favor.
—Jodgse Gonfgvftez —su lengua no funciona como él desea, su nombre suena perfectamente en su mente pero no así en su boca.
—José González, perfecto. ¿Edad?
—Diedncidcinuengve abtbos.
—Diecinueve, ¿eh? —El médico y la enfermera intercambian miradas serias—. ¿Recuerda a qué se dedica?
—Solergdando Pridmedsra Sépsdbtidsnma Combpabía.
—Ahora sí que no le entendí nada. ¿Usted, enfermera?
—Creo que dijo soldado.
—Increíble. ¿Cómo recuerda todo eso? Y sobre todo, ¿cómo entendió usted lo que dijo?
—Lo deduje —sonríe la enfermera al responder esto.
—Señor González, usted deberá formar parte de un entrenamiento muy duro para poder tener el alta. No se preocupe, nos especializamos en esto. Le haremos estudios, cambiaremos su dieta y le armaremos la nueva rutina.
González asiente resignado, no puede optar.
Luego de aplicarle varias pruebas, lo devuelven a su cama. Los ancianos que allí residen junto a él ya duermen. José se siente agotado, no tarda nada en conciliar el sueño. En la madrugada sueña con Griselda, su novia, la ve hermosa como siempre. Sueña que están en el café de la esquina del barrio, ella ríe por un chiste tonto que él hace, luego él ríe con ella.
Se toman de la mano sobre la mesa. Él bebe un sorbo de café. Luego se deja maravillar por ese momento en que con toda la delicadeza femenina, Griselda bebe un sorbo de té desde la fina taza. Están sonrientes, felices, nada puede perturbar ese mágico instante, o casi nada. José despierta. De nuevo vuelve a la abrumadora realidad, allí en esa habitación repleta de viejos. La enfermera se encuentra a su lado.
—Buen día, señor González.
—Budfen dímna.
—Hoy habla usted mucho mejor —le miente ella con la intención de motivarlo—. Ya verá que, como le dijo el médico, en cuestión de poco tiempo podrá volver a hablar como antes.
—¿Mids pidernfas?
—El médico volverá a hablar con usted en la tarde acerca de eso y de su actual condición en general. Ahora que está despierto, pediré que traigan un puré para que trate de comer algo sólido —le propone la enfermera al tiempo que se incorpora de la silla.
—Esdfpemnre. Podr fagjvor, mids pafdrres, mid nordvia, Gri…
—Sí, sí, sé que es importante para usted, los vamos a llamar, no se preocupe —contesta la enfermera antes de retirarse a buscar el alimento que antes dijo.
Luego de comer un plato de puré y un pote de gelatina, tres enfermeros lo suben a una camilla y lo llevan a la sala donde se encuentra el médico.
—Buenas tardes, señor González. ¿Cómo la está pasando en su regreso a la vida?
—Bidfen.
—Veo que mejora su habla, genial. González, debemos hablar. Por favor, déjenme solo con el paciente —pide el médico a los presentes.
La enfermera y los demás se retiran, quedan a solas.
—No asudfste, docgtor.
—Es mi deber informarle ciertas cosas sobre su condición, González. Le pido encarecidamente que se lo tome con calma. No es algo fácil de decir. Usted siempre fue, por lo que he sabido, un joven atlético, inquieto… en fin, lleno de vitalidad —El médico corta su discurso a veces, incluso tartamudea y transpira. Debe mantenerse controlado, mostrar firmeza, profesionalismo—. González, usted recibió un impacto de bala en un brazo. Eso sanó perfectamente. Luego recibió otro impacto en el hombro. Esto rompió su clavícula derecha, que, como entenderá, ha sanado, pero su movimiento ha quedado acotado. También, por último, ha recibido una bala directa en el tórax. Esto le perforó el pulmón derecho, rompió un par de costillas y, antes de salir por su espalda, la bala rompió una vértebra de la columna.
Lágrimas se asoman en los ojos de José.
—Ndoo, ndoo.
—González, usted… tendrá a los mejores especialistas, le juro por Dios que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que vuelva a caminar —le miente el médico.
Esta mentira no es creíble ni siquiera para José, cuyas lágrimas en sus ojos estallan sin consuelo al escuchar esto. El médico intenta tranquilizarlo, le palmea el hombro, eso no lo consuela.
—¿Mdi fatnmidlia sagdbe?
—Todavía no le dije todo, González.
José traga saliva, el médico se seca el sudor.
—¿Tdobdo?
—Un camarada suyo le salvó la vida en el campo de batalla, en Isla Darwin. Usted estuvo muerto unos segundos. Después, en el continente le aplicaron cirugía, le extrajeron las balas, pero usted entró en coma, había perdido mucha sangre. A veces salía del coma por minutos, hasta llegó a estar despierto un día entero. Pero cayó en ese estado otra vez y ya no volvió a despertar, hasta ahora. Usted está estable, González, pero hay algo más que debo decirle… —el médico mira hacia un costado y hacia abajo, luego hacia el otro, se seca la transpiración de la frente. Toma coraje, carraspea y vuelve a hablar—. Ya no estamos en el año ochenta y dos, González, estamos en dos mil tres. Usted es un milagro de la ciencia, se despertó después de veintiún años en coma.
El paciente comenzó a mover la cabeza de izquierda a derecha, frenéticamente sin detenerse, con lágrimas en sus ojos.
—¿Gri…? —es lo primero que atina a preguntar.
—La señora Griselda Fortunata, su prometida, me temo que ya no está entre nosotros. Se enfermó de gravedad en la crisis de dos mil uno. No estaba bien alimentada y carecía de dinero.
—Ndooo, ndooo.
—Lo acompañó mucho a usted.
—Gri… ¡¡Gri!! —intenta decir José a gritos, pero solo genera un débil ruido con la boca que deriva en babeos.
—Lo siento mucho, González, de verdad que lo siento mucho.
Las enfermeras y enfermeros entran en la sala, lo sujetan y con toda la amabilidad que pueden en ese momento tenso, le aplican una inyección con calmante. Aun así, José tarda minutos en dormirse. El médico se seca el sudor con un pañuelo; la situación lo ha exprimido. Queda pensativo por un instante. Finalmente, antes de retirarse de la sala, le pide algo a la enfermera.
—Margarita, vea por favor si puede contactar a algún pariente con vida de González.
—Por supuesto —le responde ella y asiente al mismo tiempo.
Aproximadamente un mes después, González sale de la habitación en una tarde soleada, no demasiado fría. La enfermera no está a la vista. José hace rodar las ruedas de su silla rodante para dirigirse hacia el ascensor. Había recuperado buena movilidad de la cintura hacia arriba y comía casi cualquier alimento sólido.
Hace unos días debieron sedarlo fuertemente luego de verse reflejado en un espejo por primera vez. Ahora González conoce bien el establecimiento de salud. Hace rodar la silla, atraviesa pasillos, recorre rincones, finalmente llega al ascensor. Sube en este, presiona un botón y las puertas se cierran. Sale del ascensor en el último piso.
Avanza, entra a una de tantas habitaciones que se saben vacías. Una vez allí, cierra la puerta y se encamina hacia la gran ventana. Se las arregla para abrir los postigos. Con enorme esfuerzo se impulsa con ambos brazos hacia arriba, apoyado en la ventana. Retira la silla de ruedas, la cual se desliza en sentido contrario. Su cabeza queda completamente afuera de la ventana.
Mira hacia abajo. Un alfombrado césped bien verde se estira hasta la frontera del monte. Con un esforzado movimiento de muñecas se abalanza e impulsa hacia adelante, arrastrando el peso muerto de su propio cuerpo desde la cintura hacia abajo. Suelta la ventana, cae al vacío. En los pocos segundos que tarda la caída, sus recuerdos lo llevan lejos.
Cierra los ojos. Vuelve a ver a su amada Griselda, allí está frente a él, con esa sonrisa deslumbrante, sus ojos oscuros y bucles castaños. Entre sus manos ella tiene una taza de té de color blanco, de la cual bebe un último sorbo; acaba la ingesta de dicha infusión. Fuera del café de la esquina, hay una tarde fría pero soleada. Hace poco llovió copiosamente.
José observa a Griselda, admira esa sonrisa tan alegre. La ve sin abrir los ojos ni sentir vértigo en la contundente caída. Su salto lo lleva a este destino, junto a la persona que más ama.
—Te quiero decir algo, Pepe —le anuncia Griselda sin perder la sonrisa.
—Decime.
La joven da vuelta la taza de té, la coloca sobre el plato con la abertura hacia abajo y la base hacia arriba. Luego, repasa con el dedo índice todo el contorno exterior del asa.
—Si te fijás con mucha atención en esta taza de té y en esto —vuelve a repasar el asa con la yema del dedo índice— ¿qué me dirías que ves?
—¿Qué veo? ¿Qué veo que no sea una taza de té? —ella ríe un poco con el comentario.
—Claro, tonto, ¿qué otra cosa verías? —Sonriente, José mira el objeto con atención.
—Un tipo con el brazo puesto así… —le responde José y coloca su brazo derecho en jarra.
—Podría ser, podría representar a una persona, pero no es su brazo.
—Mhh… ¿para qué querés que adivine eso?
—Dale, jugá conmigo, seguime la corriente. Usá la imaginación y decime qué más ves.
—Está bien —José piensa durante un segundo— ¡ya sé! Es la cara de un tipo, el asa es la nariz.
—Ay, no, también podría ser, pero no. Dale de nuevo, última oportunidad.
—Dame una pista, Gri.
—Bueno, es una mujer, es la pista que te puedo dar. ¿Qué te parece que sería esto?
Ella vuelve a repasar la superficie exterior del asa con la yema del dedo índice derecho.
—Se me ocurre algo, pero tendrían que ser dos asas —Ambos sueltan carcajadas.
—¿Cómo te voy a hacer adivinar eso? Dale, ¿qué otra cosa podría verse así en una mujer?
—Y podría ser… —los ojos de José brillan— pero solo si… —ya no le salen más palabras.
Al mirar a Griselda, la ve radiante, sonriente, brilla con luz propia, asiente muchas veces al entender que José ha adivinado aunque no haya verbalizado. Con esta bella sonrisa plasmada en el rostro de Griselda, grabada a fuego para siempre en su mente y corazón, baja lentamente los ojos, los enfoca y detiene en la taza de té.
Ya no ve una taza y su asa, ve lo que su amada le ha querido representar, algo que no imaginó pero que acaba de cambiarle la vida. Entonces, por fin siente el contundente golpe de la inminente caída. Luego de sentir el impacto contra el suelo, ya no siente nada más. Su cuerpo se enfría antes de que alguna enfermera lo encuentre.
El viento mueve las prendas de vestir que su cuerpo sin vida viste. En alguna parte fuera del alcance de los mortales, Griselda aún sonríe, lo besa, vuelven a reír, festejan. Todo esto con la taza de té aún dada vuelta sobre el plato, la cual capta la atención de ambos una última vez.
Minutos después, quizás diez o quince posteriores a su caída definitiva, un hombre muy joven, de unos veinte años aproximadamente, ingresa en el establecimiento de salud. Una vez en el vestíbulo de entrada, mira hacia un lado y otro. Está vestido de forma humilde. Una enfermera justo pasa con prisa por el vestíbulo. Es interceptada por el chico, este parece confundido o perdido.
—Disculpe que la moleste, enfermera. Me llamo Jacinto González. Hablé por teléfono con una enfermera que se llama Margarita. ¿Usted la conoce?
—Yo soy Margarita. ¿Jacinto González? ¿Sos el hijo de José González? Te llamé hace días.
—Sí, te confieso que me pareció una broma al principio. ¿Está vivo, o sea, despierto?
—Una imagen vale más que mil palabras. Vení, acompañame por favor. —le indica Margarita.
Gira sobre sus talones, se dirige hacia la habitación de José seguida del ilusionado Jacinto.
FIN