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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 21 / 22

¿Quién es Brittany Condon?

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 21: ¿Quién es Brittany Condon?

Al día siguiente, por la tarde, El Horgas sufre sueños muy perturbadores. Su mente lo mantiene en un mundo de colinas de basura junto a personas repletas de bultos en el cuerpo, gente como él lo ataca con despiadada vehemencia. En ese sueño, más adelante, se ve a sí mismo apedreado en un linchamiento. La gente de Baybeach intenta matarlo sin salpicarse con su sangre envenenada. Por último, sueña que Brittany Condon le asegura que lo odia. Entonces grita con todas sus fuerzas. Esa última parte de la pesadilla es la peor.

—¡No! ¡¡No!! ¡Basta! —su grito suena desmedido.

Abre los ojos, no distingue si aún sueña o ha despertado. Examina un poco el entorno. Está sentado en el asiento de copiloto de una moderna camioneta familiar todoterreno. Fuera y delante del vehículo, a metros de distancia, hay un puesto de control interdistrital que también funciona como peaje. Más allá hay una enorme autopista, ancha, cuyo fondo promete un atardecer de lo más colorido. Estas fuertes luces de frente lo encandilan, le duelen los ojos. Mira hacia su derecha, ve a través de ventanilla cerrada otros vehículos siendo evaluados por autoridades de control interdistrital. Cuando mira hacia su izquierda, su mundo gira como brújula descontrolada. Sea sueño o pesadilla, ve a una conocida mujer que le sonríe.

—Tranquilo, cariño, creo que tuviste una pesadilla.

—Eres, ¿eres tú? —el rostro de El Horgas es de absoluta incredulidad.

—Soy yo. Dame un minuto, ya estoy contigo —dice ella con una sonrisa, tras lo cual se da vuelta, habla con un agente de control interdistrital que está de pie a un costado de la camioneta.

—¿Qué le pasa a ese hombre? ¿Está bien? —pregunta el oficial con rostro fruncido—. Está pálido. ¿Algo a declarar?

—Acaba de salir del hospital, estará bien —contesta ella.

—Necesito su documentación y también la de él.

—Claro, tenga —ella entrega al agente holografías con fotografías. Dicho agente las recibe en su dispositivo, las lee.

—Señora, Eva Hausen.

—Correcto —ensaya una sonrisa con un lado de la boca.

—¿Le dijeron que se parece mucho a Brittany Condon?

—Todos los jodidos días de mi vida, oficial —el agente sonríe con el comentario, pero enseguida se torna serio.

—Bien, puede pasar, circule, circule.

—Muchas gracias, oficial.

Eva vuelve a poner las manos en el volante. Antes de que se levante la barrera que da paso a las autopistas de Midtown, la chica mira a El Horgas; le dedica una sonrisa. Él la mira como se podría admirar a cualquier deidad que se materializa en un sueño idílico, tras sufrir una brutal pesadilla. Ella viste de un modo muy sencillo, con un vestido limpio y nuevo que no llama la atención. De hecho, es un vestido ancho que le llega incluso más allá de las rodillas. Su cabello está del color que él conoció siempre, desde que era niña. Lo tiene sujetado por encima de la nuca, quizás a consecuencia del intenso calor. Su abdomen está abultado.

La barrera se levanta, Eva pone en marcha la camioneta, vuelve a atender el camino que tiene por delante. Se adentran en una tierra de asfalto que parece infinita desde las alturas de la autopista que da ingreso al distrito. La mujer guarda la documentación virtual en su dispositivo móvil sin descuidar la ruta. Confundido, aturdido, El Horgas intenta distinguir sueño de realidad o incluso pesadilla. Aprovecha, examina el lado interno de su antebrazo izquierdo. Ve con claridad que ya no tiene tatuaje. Se asusta de golpe, salta sobre el asiento, lo posee el pánico al darse cuenta del peligro que ella corre al estar junto a él.

—¡Detén el coche, Britu! Eres mi Britu, ¿cierto?

—¿Qué te ocurre, Dave? —ella se sobresalta un poco.

—No puedes estar conmigo aquí dentro. O no, o no, te contagiarás —expresa El Horgas desesperado por bajarse.

Intenta bajar el vidrio de la ventanilla derecha, no lo logra. Luego intenta desesperadamente abrir la puerta desde su lado. Eva tiene bloqueadas todas las puertas y ventanillas, lo cual incrementa la desesperación del hombre.

—Tranquilo, Dave, no tienes nada de qué preocuparte.

—¡Déjame! ¡Abre, te contagiarás, te contagiaré, morirás enseguida de una muerte horrible! Déjame salir, me arrojaré sobre la ruta, no importa, lo que sea con tal de no contagiarte. ¿Qué no ves mi aspecto? ¡Así quedarás si no me abres!

—Dave, ya no estás enfermo, no más. Todo acabó. Has sido vacunado después de pasar por intensos tratamientos. Estás tan sano como cualquiera, cariño. Relájate, relájate.

La desesperación de El Horgas no se calma de inmediato ante esas palabras. En la vorágine por intentar arrojarse hacia el asfalto, su mirada se cruza con la sonrisa de ella, esto hace que sus frenéticos impulsos poco a poco se aplaquen. Ha extrañado esa sonrisa más de lo que se puede extrañar al Sol o la Luna.

—¿Sano? ¿Cómo sabes eso? No podré nunca estar sano.

—Tan sólo mírate, estás curado —el hombre no deja de verla a los ojos—. Mírate, Dave, anda, usa aquel espejo.

El Horgas se examina a sí mismo, vuelve a observarse, confirma que ya no hay carne abultada. Donde su piel estaba cubierta de ampollas repletas de sangre y pus contagioso, ahora es normal. Su brazo parece ser el que alguna vez fue, así como sus manos, brazos, piernas y el rostro mismo al cual tantea. El torso está cubierto por una camisa de hospital poco cómoda y sin forma para su cuerpo, así como también el pantalón. Está descalzo, Eva no ha tenido tiempo aún de comprarle zapatos desde que salieron de BioGenLife.

—No lo puedo creer —reconoce sonriente El Horgas.

—Te lo dije. Estás sanísimo.

—Es imposible.

Se tantea el rostro un poco más, lo encuentra suave como antes de sufrir el infierno en vida. Incluso siente al tacto algo de incipiente barba y bigote, vello que no le crecía desde hacía meses. Luego, de pronto se lleva ambas manos a la cabeza, descubre que tiene algo de cabello crecido, el cual había perdido. Descarga ciertas risotadas que contagian a Eva a puro desborde de alegría. Ambos ríen, sus risas inevitablemente se atraen como raros imanes de piel.

—¿Cómo puedo estar seguro de que esto no es un sueño?

—¿Te digo cómo? —dejan las risas, pero sonríen.

—Claro. No puedo estar seguro, esto debe ser un sueño.

—Dame tu mano.

—¿Estás segura? Tal vez aún puedo contagiar.

—Dame tu mano, Dave, no seas miedoso —insiste ella con su sonrisa iluminada de frente por luces crepusculares.

Tímidamente, El Horgas levanta la mano izquierda tan sana como no la recordaba. Con lentitud y entre temblequeos la acerca a ella. La chica suelta el volante con la mano derecha, sujeta la de él. No deja de atender la ruta. Enseguida coloca despacio, la fría palma de la mano de él sobre su voluminoso abdomen. Sonríe, se emociona. El Horgas siente inmensidad de sentimientos y sensaciones, no es capaz de asimilar todo.

—¡Se mueve! ¡Oh! Se mueve —exclama él sorprendido.

Intenta despegar su mano pues le da algo de impresión, ella se lo impide, la mantiene sobre su panza movediza.

—Mi Hypatia es muy inquieta, demasiado diría, creo que será atleta o algo así —le confiesa ella con gran emotividad.

—Bailarina, cantante, artista como tú —sugiere él.

—Cualquier cosa menos eso, mejor arquitecta.

—No puedo creerlo. ¿Pero cuándo? Te mentiría si te dijera que estoy listo para ser padre. No recuerdo cuándo fue la última vez que nosotros…

Ella suelta la mano de él con suavidad y despacio vuelve a colocar ambas sobre el volante. Baja la víscera del coche, la potente luz solar en pleno crepúsculo la encandila. Se concentra en la autopista. Se torna más seria, aunque no del todo. Él mantiene su mano un segundo más en el abdomen de ella, hasta que nota que algo no está bien, entonces la quita. Se reacomoda en su asiento, gira la cabeza hacia la derecha, mira el paisaje a través de la ventanilla. La ruta sobre la que ruedan es un muy elevado puente que pasa por encima de otras autopistas de gran porte. Entre las autopistas elevadas de Midtown, que se entrecruzan entre edificios y por encima de construcciones más pequeñas, él aprecia bellos paisajes de Stormport que había olvidado.

—Britu, ¿qué ocurre? Aún me parece un sueño todo esto.

—Hay muchas cosas que debo decirte, Dave.

—No hace falta. El bebé no es mío, ¿o sí? —ella solloza, no puede hablar, niega con la cabeza—. Sabía —susurra él.

—Lo siento. Te esperé, todo fue confuso en esos días.

—Lo sé, también te esperé a ti, fui muy estúpido.

—No digas eso. No estábamos destinados a estar juntos.

—¿Es un buen hombre? —ella lo mira, luego la ruta.

—Lo es.

—¿Lo conozco?

—No, lo conocí hace poco. No lo conoces.

—¿Es adinerado? —él resopla, ella se toma un instante.

—No. Tiene un trabajo muy bien remunerado, pero no es rico. La adinerada soy yo.

—Claro, eres Brittany Condon, rica, famosa, hermosa.

—No, escucha, hay algo que debo pedir. Sólo una cosa.

—Claro, ¿qué necesitas?

—Ya no me llames Britu, por favor. ¿Podrás hacer eso por mí? —un balde de agua fría baña de lleno a El Horgas.

Mira por la ventanilla, se toma un par de segundos antes de volver a decir algo. Se le forma un grueso nudo en la garganta el cual le genera una gran angustia.

—Irás a casa, te llevaré para que tengas una buena vida, la mereces. Solo te pediré que no trates de seducirme ni recuperarme. No pienses en mí como alguien que podría volver a estar contigo. Necesito que me veas como a una amiga, una buena amiga dispuesta a todo por ti. Y recuerda, ya no me llames Britu, por favor. ¿Podrás hacer eso por mí?

—Esta debe ser otra pesadilla más después de todo.

—Por favor, es lo único que te pediré. ¿Lo harás por mí?

—Sabes que no me puedo negar, pero no lo sé.

—Gracias. De verdad aprecio mucho ese esfuerzo.

—Te he llamado así desde que somos niños. ¿Es por él? ¿Se pondría celoso?

—No es sólo por él. Debo respetarlo como esposo, pero además, mi nombre ahora es Eva Hausen. Llámame Eva por favor, sin diminutivos, sólo Eva. ¿Podrás hacerlo?

—Lo puedo hacer, será raro, pero lo haré.

—Te agradezco, Dave, de verdad es importante para mí.

—¿Qué ocurrió con tu nombre? ¿Por qué el cambio?

—Desapareció, ya no existe la María Britania Machado que conociste en Lawrence Island.

—¿Es para que los fans no te ubiquen? No entiendo.

—No, comprende que yo no soy Brittany Condon, lo fui, pero ya no lo soy desde hace mucho tiempo.

Se la queda mirando El Horgas, como si esperase que tras esa afirmación llegase un remate de broma o algo similar. Al ver que ella sigue seria se preocupa y confunde.

—¿Cómo que no eres ella? ¿Cuánto tiempo? —él se toma la cabeza con ambas manos, se sacude el corto cabello.

—Desde que intenté suicidarme. Dejé de ser ella después de eso justamente.

Eva estira un brazo hacia él, le enseña una muñeca con cicatrices sobre las venas, luego vuelve a sujetar el volante con ambas manos. Él queda bastante sorprendido y afectado.

—¿Intentaste suicidarte? ¿Cuándo ocurrió eso, Britu?

—¿Qué te he pedido?

—Disculpa, Eva —reflexiona un poco antes de seguir — No tienes idea de todo lo que he hecho para volver a estar contigo. Finalmente, no sé cómo, pero todo lo que he hecho, cada decisión, cada paso, cada instante, ha hecho que ahora esté aquí sentado a tu lado. Te amo.

Ella deja de atender la autopista un momento, lo mira, le sonríe, un par de lágrimas caen de sus ojos color esperanza. Pronto vuelve a atender de nuevo la autopista sin mediar palabra. Justo al final del camino, al otro lado de este asfalto que transitan, el Sol se oculta en el mar. Los colores del cielo se tornan intensos en todo Stormport.

—Ya no me quieres, ¿cierto?

—Nunca digas eso, jamás. Claro que te quiero y mucho, aunque no del modo que tú me quieres a mí.

—¿Cómo entonces? ¿De qué forma me quieres ahora?

—Trata de entender.

—Britu…

—Eva.

—Sí, Eva. siempre has querido ser famosa, ¿qué pasó?

—Cuando me recuperaba de mi intento de suicidio en esa clínica de la cual te saqué, entró un día un tipo muy sonriente a la sala de internación, un tal Abraham. Junto con él vino otro médico, uno más viejo, Aaron. Ambos, junto con Gabriel, mi representante, me hicieron una propuesta. Podría dejar de ser famosa, dejar atrás esa vida turbulenta que tenía, si aceptaba ser parte de un experimento.

—¿Qué experimento?

—La clínica necesitaba aplicar experimentación real en un proyecto científico en el cual trabajaban. Gabriel no dudó, el show debía continuar, Brittany Condon no debía dejar el mundo del arte, aceptó sin titubeos. Quiere representar a Brittany eternamente, esté yo o no, hacerse más y más rico.

—Pero ¿cómo? ¿En qué consistía ese experimento?

—Desconozco detalles científicos. Sólo sé que era algo único. Al parecer me tomaron muestras en el tiempo que estuve internada. Con eso generaron algo que fue materia prima del experimento.

—¿Algo como qué?

—No lo sé, le llaman reactivo.

—Es muy confuso.

—Lo sé. Cuando me dieron de alta en la clínica, Gabriel me esperó con nueva documentación en la cual me llamo: Eva Hausen. Firmé un contrato que debí releer cinco veces por el grueso de sus cláusulas. Me abrieron una nueva cuenta bancaria y depositaron una cifra de nueve dígitos. La idea de ellos era que no volviese a reclamar nada nunca más. Eso es todo. Regresé a Lawrence Island por un tiempo, hasta que compré una casa en Pearl Beach.

—¿Pearl Beach? Vaya, una mansión seguramente.

—Es grande, sí, no me quejo, pero no es la más lujosa. Me mudé a esa casa, conocí a quien es ahora mi esposo, nos casamos, quedé embarazada y aquí estoy. Lo que te aseguro, aunque probablemente ya lo imaginas, es que mientras desaparecí de la vista del mundo y regresaba en silencio a tener vida anónima, Brittany Condon seguía cantando sobre diferentes escenarios.

—No lo entiendo, Britu, ehm, Eva, no me acostumbro. Tú no eres ella y a la vez esa cantante no eres tú, entonces, ¿quién es Brittany Condon? —ella sonríe ante la confusión de él, pues esa confusión es compartida.

—Es complicado de explicar. Ambas somos la misma y a la vez ninguna.

—Eso no ayuda. ¿Cómo sé que hablo con mi Britu? Quizás mi Britu es la que está sobre el escenario y tú eres… lo que sea que eres.

—¿Tú qué crees?

El coche atraviesa una zona de Midtown donde la autopista se convierte en puente entre los edificios, vehículos pasan justo por debajo de ellos y otra igual de grande pasa por encima. Lo único audible en los siguientes kilómetros es el casi imperceptible zumbido del eléctrico motor del vehículo. Eva mira hacia delante, atiende la ruta sin desviar la mirada. El Horgas en cambio mira hacia dentro, hurga entre sus recuerdos. Visualiza a aquella niñita que se levantaba por la mañana sin peinarse y salía a los caminos fangosos a menudo inundados de Lawrence Island para jugar con él. Sonríe como tonto al recordar esto. Sus ojos ven hacia fuera, sin pestañeos ni ver el paisaje.

El dolor en su alma es profundo, el nudo en la garganta le está por estallar. Se siente peor que esos días en que sufrió tanto los estragos del virus por todo su cuerpo. Casi está a punto de preferir esos días, donde al menos las esperanzas lo mantuvieron motivado, fuerte, vivo. Ahora, de nuevo sano y junto a ella, se siente muerto.

—Estás muy callado, Dave. Háblame, di algo —pide ella cuando rebasan un enmarañado tramo de rutas entrecruzadas en tres dimensiones. Rompe silencio sepulcral.

—Detén el vehículo, Britu, por favor.

—¿Por qué? No, aquí no se puede. ¿Quieres ir al baño?

—Frena, me bajaré aquí para que puedas ir a vivir tu vida en familia. Agradezco que hayas ido a buscarme a la clínica. Déjame bajar, detente.

—No, Dave, te vas conmigo. Mientras no encuentres trabajo puedes quedarte el tiempo que quieras, será tu casa.

—No quiero. No lo merezco. Detén el vehículo.

—No.

—¡Frena el puto vehículo!

Eva finalmente frena ante semejante grito, aunque no de golpe. Se orilla hacia la derecha, para después aparcar sobre el carril de emergencia disponible en la ruta.

—Dave…

—Ábreme la puerta, por favor.

—No hagas una estupidez, ambos cometimos errores, demasiados para una vida, quizás para dos. Comienza de nuevo —le toma una mano.

—Ni imaginas el sacrificio que pasé para estar contigo.

—¿Otra vez con eso? Ya lo sé, lo imagino. Yo también me sacrifiqué mucho para estar contigo, para no dejarte antes y sufrí demasiado cuando dejamos de vernos. Tú no fuiste el único que sufrió aquí. La vida continúa, debemos avanzar.

—Dejaste todo para tener la vida de familia que tanto quisimos tener. Cuando por fin lo lograste de esa extraña manera, formaste familia con otro hombre, carajo.

—Tú eres mi familia, Dave, lo serás siempre. No como pareja, ni amantes, no tendremos hijos juntos, nada de eso que hablamos en el pasado, se terminó, deberás superarlo. Pero siempre estaremos juntos como familia, nos ayudamos el uno al otro. ¿A dónde irás, a Lawrence Island? ¿De nuevo al lodo? ¿Qué harás allá? Tu familia no vive, tus amigos no te reconocen, has dejado esa vida.

—Por ti la he dejado, sólo por ti.

—Con más razón, ven conmigo, comienza una nueva vida como yo lo hice —ella le toma las manos con las suyas.

—No puedo —él trata de retener un inminente llanto.

—Al menos inténtalo. Déjame mostrarte la casa, la zona, cosas en las cuales podrías trabajar.

—Deberé verte junto a él.

—Dave, te conozco desde que aprendí a ponerme las medias. No quiero perderte. Inténtalo.

Él lo piensa un instante mientras se miran a los ojos. La luz del atardecer da de lleno en ese delicado rostro que le ha quitado el sueño noche y día durante tanto tiempo.

—Te amo —le vuelve a confesar él.

—Te quiero también. Nos enamoramos de las versiones idealizadas de nosotros mismos, Dave, ese fue nuestro error. Al menos uno de ellos.

—No es así para mí.

—El tiempo te hará ver que sí.

—Es que…

—Ven aquí, tonto —dice ella y le da un repentino abrazo.

Él también la abraza, al principio con inseguridad, luego más fuerte. Ella sonríe y llora a la vez, se emociona cuando El Horgas estalla en llanto desconsolado allí en sus brazos. Así se quedan un instante, iluminados bajo los últimos rayos del día. Los zumbidos de otros vehículos pasan cerca de ellos a gran velocidad. Están absortos de todo, fundidos en un abrazo que a El Horgas le cura el alma tras un sufrimiento tortuoso y prolongado. Finalmente se separan, ella lo mira a los ojos, le sonríe y le enjuga lágrimas con los pulgares. Le da un beso, lo mira y le sonríe un poco más.

—¿Qué dices? ¿Vamos a casa? —le dice Eva. Su rostro de pedir algo no deja demasiadas opciones para negarse. Él asiente apenas.

Reanudan la marcha, se dirigen directo hacia Pearl Beach. Eva conduce hacia el sur, frente a la costa de Baybeach. Al llegar a un puente lo atraviesan y desde allí, aprecian las bellezas de Pearl Beach. Para El Horgas es un paisaje natural de ensueño, mezclado con arquitectura de época que se ha mantenido en el tiempo. Llegan por la noche a casa de Eva, las luces nocturnas iluminan la zona de un modo único. Ella detiene el vehículo frente a la fachada de la casa. Llegan, bajan del coche. El Horgas siente el aroma a mar, le resulta exquisito, muy penetrante e incomparable.

—Bienvenido, Dave, ya estás en casa.

El Horgas, que está al borde del llanto desbordado; casi pierde la capacidad de respirar. Solo desea que todo esto sea parte de la pesadilla, que por fin despierte en el apartamento del piso once en Destiny Building, donde quedó dormido junto a cucarachas, ratas y con insoportable urticaria en las enormes ampollas llenas de pus y sangre. Eso desea, pero las pesadillas no pueden controlarse, ni siquiera las que parecen ser tan vívidas como esta, donde todavía no sabe quién es Brittany Condon.