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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 19 / 22

En la tierra de los vivos

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 19: En la tierra de los vivos

Un confundido Rob recupera los sentidos poco a poco; descubre que se encuentra bocabajo sobre el suelo. Despega una mejilla desde un barro gris, fangoso, pringoso, húmedo, estéril como grano con uranio. Abre grandes sus ya de por sí enormes ojos, se impulsa con ambas manos, se arrodilla e incorpora con dificultades. Se siente débil. Examina el paisaje desconocido y abrumador que lo rodea. Ya no está en Happy Drunk Liquor Store, ni mucho menos en West End, ni siquiera en Stormport. Una llovizna fría y constante cae sobre él mientras gira para observar en derredor. Se detiene. Apresurado por un repentino dolor agudo revisa su vientre.

Nota que alrededor del ombligo tiene tres costuras que parecen frescas; las toca con la punta de los dedos de forma superficial. Alguien le ha curado las heridas infringidas por su buen amigo Dan; no sabe cómo ni quién. A poco de esto, descubre además en la zona interna de su muñeca izquierda, un tatuaje que reza: El Horgas 66. Lo toca, no le pertenece, se confunde. De pronto levanta la mirada, nota la presencia de alguien cerca de él, observa, pero la niebla plateada le enturbia la visión.

—De seguro eres producto directo de actos deplorables, Lo sé, porque eso mismo me trajo a mí aquí. Si acumulas malas decisiones a lo largo de tu miserable vida, temprano más que tarde acabas pagándolo con creces. —le dice un hombre desde penumbras difuminadas por la niebla y lluvia.

Esa voz le suena extraña a Rob. Gira, al tiempo que la llovizna se torna intensa y copiosa, apenas puede ver a pocos pasos más allá de su posición. A su alrededor, al girar ve decenas, cientos o miles de colinas de basura que rellenan el paisaje por doquier. Con esfuerzo, ve al fin entre el paisaje grisáceo, la recortada silueta de ese hombre que antes habló. Se esfuerza en verlo, se acerca hasta que logra verle el rostro.

—¿Y tú quién mierda eres? Esto no es la prisión. ¿O sí? —le pregunta Rob con extremo enfado.

—Ojalá. La prisión es un paraíso comparado con esto.

—¿Dónde estoy? ¿Y quién eres tú? —insiste Rob.

—No soy nadie. Según esto —el hombre le enseña el lado interno de su muñeca izquierda—, ahora me llamo: El Horgas 59 —aguarda—. ¿Significa algo para ti?

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Y Dan? ¿Dónde está mi amigo Dan?

—¿Tu amigo? Solo te han traído a ti.

—¿Quiénes me han traído? ¿Quiénes? Esto no puede estar pasando, no es cierto, ¡ayuda! ¡¡ayuda!! —grita Rob con desesperación hacia todas direcciones.

—¡Idiota! ¡No grites! Vendrán —Rob se atemoriza, gira y examina el entorno en todas direcciones.

—Dime que esto no es Los Desperdicios, por favor.

—Sé lo mismo que tú. Desde hace años han abandonado esta zona y a quienes están en ella. En cierto momento, hace décadas, alguien dijo: “Hey, tengo una gran idea, pongamos toda esa basura que se genera en Stormport en esta zona, luego vemos qué hacer con ella”. Y aquí estamos, décadas después, aún no deciden qué hacer con todo esto. Cada vez hay más.

—No, eso no es cierto, tengo mis derechos, exijo juicio justo como en otras ocasiones. ¿Dónde consigo un abogado?

Gabriel se le acerca bajo lluvia intensa hasta que quedan frente a frente uno con el otro. Rob lo mira con atención, pero ciertos ruidos lo obligan a torcer los ojos de huevo duro hacia colinas de basura envueltas en espesa bruma húmeda, oscurecida por lluvia copiosa. Rob avista unas siluetas sobre las colinas, se multiplican una tras otra en todas direcciones.

—Siempre que me han querido hundir he resurgido. Me quisieron hundir en la tierra de los muertos, pero para mí esto será la tierra de los vivos. Ni siquiera Brittany Condon, o quien quiera que sea la perra que me envió aquí, logrará que sucumba en este apestoso exilio —dice Gabriel y se acerca.

—¿Has dicho Brittany…? ¿Qué son esas cosas?

—Toda esta región está superpoblada, la comida escasea, el agua potable no alcanza. Nidos de ratas como Lawrence Island o Los Condominios, desaparecerán con el próximo huracán.

—Eso no es cierto, ¡ayuda! ¡Ayuda! —Rob emite el grito hacia cada punto cardinal, tan fuerte como puede.

Gabriel estira muy rápido una mano, sujeta la muñeca derecha de Rob, le coloca una esposa repleta de campanas. Hecho esto, le da un fuerte empujón tras lo cual desaparece, corre rápido bajo lluvia intensa. Rob cae de culo al suelo.

—¡No! ¡Nooo, no, no! ¿Qué me has puesto? ¡Quítame! ¡¡Quítamelo, hijo de puta!! —grita Rob con desesperación.

Rob analiza las campanas que hacen mucho ruido en su muñeca, fuerza las esposas para quitárselas, no puede. Se incorpora, se echa a correr con todas sus fuerzas. Suenan las campanas de forma escandalosa. Las siluetas dejan de ser estáticas desde diversas posiciones, salen disparadas detrás de él. Corre hasta llegar a la ribera de un ancho río de aguas negras, las cuales acarrean despojos, excremento, suciedad, desperdicios y todo tipo de toneladas de basura. Rob observa hacia izquierda y derecha. Toma impulso en la fangosa ribera del contaminado río, corre y salta para arrojarse al agua que al menos promete una corriente que lo llevará hacia alguna parte. Cuando está en el aire, es interceptado por una mujer deformada a causa de estar repleta de ampollas virulentas.

Otras siluetas también lo alcanzan, se arrojan encima de él una tras otra bajo lluvia copiosa. Rob emite un alarido estridente y desesperado cuando estos atacantes repletos de bultos en sus cuerpos, lo perforan por doquier con objetos punzantes. Chupan la sangre que emanan sus heridas, le muerden la carne con frenesí vehemente. El grito de Rob se ahoga finalmente entre gorgojeos purpúreos, las campanas en su muñeca no dejan de tintinear de forma escandalosa.