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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 18 / 22

¿Quién es Eva Hausen?

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 18: ¿Quién es Eva Hausen?

Latas con bombones finos caen de manos temblorosas.

Eva Hausen deja a media calle atrás la Happy Drunk Liquor Store. La lluvia se desata con fuerza sobre West End. Las calles se convierten en lechos de repentinos arroyos, cañadas generadas por la lluvia. Edificaciones típicas de este distrito con sus particulares formas, rodean un ordenamiento caótico de diversas calles, pasajes, callejuelas y caminos dentro de la zona. En medio de esto, Eva corre tan rápido como se lo permiten sus pies con tobillos hinchados. Sujeta con ambas manos el abultado abdomen, donde su bebé se gesta a pocas semanas de la eventual fecha tentativa de nacimiento. Tal como ratas en un barco que se hunde, multitud de personas corren en el sentido contrario al de ella. Le cuesta avanzar, producto de esa marea humana que huye despavorida.

Esto empeora aún más cuando las primeras gotas, semejantes a una tímida llovizna tibia, se transforman en una densa lluvia de pesadas gotas frías. La mujer refleja la desesperación en su rostro desde que salió de la licorería. Ha corrido sin mirar atrás, desconoce si Rob la persigue de cerca. La gente le impide avanzar más rápido, interceptan su paso, la empujan, la hacen a un lado, incluso le pisan los pies sin considerar que está embarazada. Una mujer, en su afán de huir de algo que parece ser un grupo de infectados presentes en la zona, choca con Eva y la arroja al suelo. Jamás se da vuelta cuando Eva cae sentada en la acera. Para evitar ser pisoteada gatea hacia la pared, allí queda, con el trasero sobre suelo mojado y la espalda contra el muro empapado.

Se siente nerviosa, tensa, sus manos tiemblan como el resto del cuerpo. La lluvia cae sobre ella sin tregua, no tiene donde resguardarse. Las gotas le duelen. West End se torna una zona intransitable. La estampida humana ocupa calzada y acera. El tránsito se detuvo en algún punto invisible para sus ojos. Media hora espera, treinta exasperantes minutos extremos para volver a reincorporarse. Las calles quedan más despejadas. Se pone de pie ayudándose con las manos para sujetarse de la pared. Mira hacia izquierda y derecha, reanuda la marcha sin correr. Aún hay gente en los alrededores, aunque no tanta como antes. Por fin alcanza el aparcamiento donde el único vehículo a la vista es el suyo, una camioneta de color blanco, todoterreno y doble tracción.

El vehículo ha sido vandalizado, grafitado, golpeado y rayado. Esto no le importa en absoluto, sólo quiere estar a salvo. Abre la puerta, entra al coche tan rápido como puede. Cierra la puerta, bloquea las cuatro desde dentro, no quiere sorpresas. Con su huella del pulgar derecho pulsa un botón verde, el vehículo enciende su motor eléctrico, el tablero y las luces. Una imagen holográfica se proyecta en el parabrisas, indica una serie de llamadas perdidas de alguien llamado Abraham. De hecho, se muestra una foto del individuo. Eva sujeta el volante con ambas manos, pretende conducir, salir del aparcamiento y de West End. No puede. Al fin la alcanza la más nerviosa oleada de angustia que haya tenido nunca. Suelta el llanto que contuvo estresado durante tanto rato.

Desconsolada, angustiada al punto de no poder respirar bien, queda con su rostro completamente de color tomate. Grita, patalea, tamborilea sobre el volante, lágrimas caen de sus ojos color esmeralda. Aún cree sentir manos sucias de ese tipo sobre ella, ese aliento agrio y olor a caspa grasienta de la cabeza. Le parece oler todavía el sudor de la ropa que vestía sin lavar desde hacía meses. La inunda el asco, las náuseas, una absoluta repugnancia que no logra quitarse. Siente claustrofobia que le generó la oscuridad desesperante entre estanterías de la licorería. En medio del insoportable ataque de un llanto que no domina, suena fuerte una alarma dentro del coche encendido, una insistente llamada entrante, es Abraham.

Eva no deja de llorar, no puede, aunque quiera. Aun así, entre lágrimas, observa la imagen proyectada en el interior del parabrisas, identifica a quien llama, lo conoce. De a poco se tranquiliza, mientras la melodía de llamada entrante suena sin pausa y de forma estridente. Se enjuga lágrimas, seca las enrojecidas mejillas tanto como puede, se reacomoda en el asiento, mueve delicadamente la mano de izquierda a derecha. El tono de llamada deja de sonar. En la imagen holográfica aparece un hombre joven, apuesto, al parecer se encuentra dentro de lo que parece ser un pasillo de hospital.

—Hola, buenas tardes. ¿Eva? —la saluda Abraham.

—Sí, soy yo —la mujer debe hacer un esfuerzo enorme para no soltar el llanto de nuevo.

—Soy Abraham, el hijo de Aaron. ¿Te ocurre algo?

—Fui a una licorería para comprar un vino fino para mi madre. Es que debo ir a Lawrence Island para pasar a buscar a mi hermana, aprovechar y cenar con mi familia. Pero en la licorería había un tipo y… —Eva no puede hablar, solloza, hace enormes esfuerzos para no estallar en llanto.

—Sí, cuéntame, ¿qué ocurrió? ¿Te quisieron robar?

—Nada, déjalo, estoy bien. Ahora estoy bien. ¿Cuál es el motivo de tu llamada, Abraham?

—Siento llamarte en mal momento. Verás, debemos continuar el trabajo con nuestro proyecto, ya sabes, mejor no decir nada en llamadas como esta, solo por si acaso.

—Sí, sé de qué hablas —Eva aprovecha, seca lágrimas.

—Perfecto. El caso es que necesitamos más muestras. Nos quedamos secos, debemos seguir adelante. ¿Crees que puedas venir hoy a dejar muestras? Será la última vez.

—Eso dijeron la última vez, dijeron que sería la última.

—Lo sé, lo sé, tuvimos mucha demanda del reactivo.

—Dijeron que el reactivo no se acabaría por décadas.

—Asumo la culpa, fue mi mal cálculo. No volverá a ocurrir, eso se lo aseguro.

—Firmé un acuerdo con Aaron. Ya cumplí con mi parte.

—Lo sé y nosotros con la nuestra, este sería un nuevo acuerdo de menor cantidad. No le llevará más de una hora.

—¿No importa que esté tan avanzada mi gestación?

—Lo manejaremos, no se preocupe por nada de eso.

—No lo sé, ¿lo sabe Aaron?

—Este acuerdo no será con mi padre, será directamente conmigo —Eva se pasa las manos por el rostro y cabello.

—No lo sé, —Eva lo medita por un instante— ¿siguen llevando gente a Los Desperdicios para estudiar el virus que allí se extiende? —la pregunta ocasiona un súbito silencio.

—No lo digamos con esa liviandad, no sabemos quién puede escuchar las llamadas. Pero sí, hemos sintetizado una vacuna, pero no dejaremos de hacer pruebas —responde él con claras muestras de incomodidad.

—Tengo un sujeto de pruebas que les podría interesar. Si les sirve como conejillo de indias, le envío la ubicación de la licorería y quedamos a mano con muestras para el reactivo —propone Eva con una voz algo dubitativa.

—Venganza, ¿cierto? Me parece justo. Envíeme las coordenadas, iremos a buscarle antes de esta medianoche.

—Perfecto, gracias, debo irme —dice Eva apresurada.

—Antes, tengo una buena noticia para darle. Encontré al sujeto que nos pidió ubicar hace tiempo —el rostro de Eva se transforma por completo, se le despeja toda tristeza y en cambio se llena de ilusión—, lo tenemos en la clínica. Estaba muy maltrecho, en un estado muy avanzado del contagio del virus, ahora está estable. Con CryoLife lo restituimos. Hoy cuando venga puede llevarlo con usted si lo desea. Entiendo que ese servicio ya ha sido pagado —Eva queda atónita.

—¿Lo encontraron? ¿De verdad? ¿Está en la clínica?

—Sí, está aquí en BioGenLife. En un rato lo llevaremos a una sala de internación. Allí quedará hasta que usted venga por él, si está de acuerdo.

—No estoy segura de poder llegar hoy a Stormport Medical Complex. Mi intención es ir hacia el otro lado.

—Necesitamos con urgencia el reactivo, como le decía antes. Si nos da el doble de muestras no volveremos a tener esta conversación jamás y la paga, por supuesto, será del doble que la última vez, más costos adicionales por las molestias ocasionadas. ¿Qué dice?

—Estamos hablando de una suma muy grande.

—La única condición, es que necesitamos el reactivo en las próximas horas, en menos de diez horas para ser más preciso. Es la ventana de tiempo que tenemos para que Brittany Condon ingrese en la CryoLife, quede restituida y pueda seguir con… bueno, haciendo todo lo que ella hace.

Eva lo medita por un instante, suspira con ojos cerrados, pasa ambas manos por el cabello empapado por la lluvia. Aún no se le despejan del todo la angustia y ganas de llorar.

—No hay problema, Abraham, está bien, ¿a qué hora le queda bien que pase por allí?

Una vez que Abraham y Eva ajustan detalles, la chica pone en marcha el coche, se aleja de West End y se dirige hacia Stormport Medical Complex y la clínica BioGenLife. Esta noche en la que planeaba cenar con su familia y dormir en el dormitorio fucsia donde creció desde su más tierna infancia, será un plan que quedará postergado para más adelante.