Tras el accidente de tránsito Aquilino vuelve a abrir los ojos. Se siente aturdido. Está pálido, con visión borrosa, sin noción de tiempo ni espacio, pero vivo. Poco a poco recupera los sentidos. Siente el cuerpo entumecido, inmóvil casi en su totalidad. Está recostado bocarriba sobre una cama especial de hospital. Con lentos parpadeos examina el lugar. Es una moderna sala de internación impoluta y nívea. A unos metros a su izquierda hay otra cama idéntica a la suya, sobre la cual descansa una chica joven. Muy despacio gira la cabeza hacia su derecha. Ve que una madura enfermera se da prisa por salir de la sala de internación al ver que él vuelve en sí.
Más hacia su derecha, Aquilino ve otra cama donde descansa un hombre. El profesor apunta su mirada hacia el techo, se siente agotado pero sin dolor. Suspira. Se esfuerza en recordar algo de lo ocurrido. Cuando más concentrado está en esto, un gritillo proveniente de su izquierda lo sobresalta. Lentamente, pues no puede moverse rápido, gira su cuello y mira hacia el costado izquierdo. Ve a la joven que antes parecía descansar plácidamente, sentada sobre la cama y con taquicardia. Cree reconocerla entre la bruma de su visión que antes fue defectuosa pero que ahora, aún sin sus gafas, puede ver con nitidez sin esfuerzo alguno.
Nota que ese rostro le es familiar, así como también el cabello, ojos y labios. La conoce. La chica se aprieta el pecho con ambas manos, al parecer sufre un abrupto despertar tras una horrible pesadilla. La observa asustada, afligida, sudada, agitada, con la mirada perdida hacia la cortina que está más allá de los pies de la cama. Esto último lo tienen las tres camas de la sala. Cuando ella calma un poco su taquicardia mira hacia su derecha. Las miradas de ambos se cruzan. El profesor ve un rostro angelical, con ojos color esmeralda que parecen brillar con luz propia. Identifica esto, se da cuenta de quién es ella, la reconoce perfectamente.
—¿Señorita Machado? —le llama Aquilino con voz muy débil, apenas audible.
El silencio que allí reina ayuda a que ella lo escuche. Con lentitud pasmosa, el viejo levanta apenas la mano derecha y la mueve en gesto de saludo. Desea sonreírle, pero no puede.
—¿Quién…? ¿Quién es? ¿Profesor Aquilino?
—Sí, sí, me has reconocido, querida.
A pesar de su inmóvil condición, el profesor demuestra estar emocionado de volver a verla. La joven se deja caer de nuevo hacia atrás sobre la cama, gira sobre su derecha, mueve las piernas, queda recostada con la cabeza apoyada sobre una blanca almohada. Su mirada triste se enfoca directamente en los ojos del profesor.
—¿Qué hace aquí, profesor? ¿Está enfermo?
—Tuve un accidente, creo. No sé cómo llegué aquí.
—Estamos igual. Estaba en un canal de televisión y bah, ya no importa eso ahora.
—¿Por qué has gritado? ¿Has tenido una pesadilla? —ella tarda en responder, reflexiona durante unos segundos.
—Intentaba dormir, escuché gritos en mi cabeza, muy fuertes, gritos de mujer y llantos de bebés. Eran horribles. No sabía de donde provenían, intenté encontrar el origen, tenía mucha hambre y sed. Fue muy desesperante.
—Estás despierta ahora, Britania, ya no debes temer.
—No temo, sólo que, no lo sé. Usted sabe que ahora soy famosa, ¿verdad?
—Muy famosa. Sí, claro que lo sé, señorita Machado.
—Brittany, prefiero que me llame Brittany.
—¿Y si te llamo Britania? ¿Acaso no es ese tu verdadero nombre, María Britania Machado?
—Ese nombre ya no significa nada para mí, tampoco el pasado al cual está enlazado.
—De acuerdo, será Brittany entonces.
—Gracias. Como le decía, cuando era pobre imaginé que si me hacía rica y famosa, tendría un futuro próspero que ni siquiera podría ver en la lejanía. No encontraba sentido a estudiar, usted lo sabe.
—Lo sé muy bien, señorita… digo Brittany. Mi alumna más rebelde si ningún lugar a dudas.
—Gracias. Pensé que quizás si trabajaba y ahorraba dinero podría comprar felicidad. Sin experiencia ni títulos, no conseguí nada más decente que ser una maldita camarera de pueblo. Siempre soñé con ser actriz y cantar. Me contagié por lo que vi en la TV, seguí a famosos, los imité, aprendí de ellos, practiqué, mejoré mi danza, actuación y canto. Soñaba tanto, vivenciaba que sería demasiado bueno ser famosa, amada por miles de fans, sería demasiada felicidad.
—La fama no da felicidad, Britania, tampoco el dinero.
—Usted me lo dijo varias veces, lo sé, pero ¿cómo saberlo sin experimentarlo en mi propia piel?
—Nunca fuiste buena para escuchar mis consejos.
—No fue por usted, nunca me gustó recibir consejos de nadie, profesor, mis padres sufrieron mucho eso.
—Lo sé muy bien eso, sí, lo sé.
—Sólo quise dejar todo atrás, alcanzar mi meta. Quise con todo mi corazón dejar atrás esa horrible vida miserable. Eso hice, profesor, nada me detuvo, no me arrepiento.
—Y lo lograste, Britania, pudiste hacerte rica y famosa.
—Sí, lo logré, pero cuanto más famosa me hice más sola me sentí, tanto, que la soledad comenzó a carcomerme desde dentro hacia fuera.
—Algo de eso que me cuentas lo vi en un programa.
—Sé cuál programa. Ese Ricky no sabe nada de mí.
—Dijo que intentaste suicidarte una vez.
—No una vez, profesor, tres veces y no solo lo intenté.
—¿A qué te refieres?
—Me suicidé tres veces con éxito, morí, pero aquí en esta clínica tienen algún tipo de procedimiento que te regresa a la vida. Es costoso, ¿sabe? Es millonario de hecho.
—Nadie puede volver de la muerte, Britania. —afirma Aquilino, olvidándose que debe llamarla Brittany. Piensa enseguida en la idea de resucitación, algo que cree absurdo e imposible. Aun así, la escucha—. ¿Cómo crees que hacen?
—No lo sé, cuando entro aquí no llego en condiciones de ponerme a hacer preguntas, sólo sé que lo hacen. Desde que acepté participar en mi primera audición, que reclutaban chicas para una nueva serie periódica de TV, hasta ahora, todo ha transcurrido en un pestañeo —Aquilino no agrega nada al respecto, piensa en estas palabras en silencio—. Ay, ay, me siento mal, profesor, muy mal, estoy muy mareada, no sé qué me pasa.
—No te duermas, Britania, no cierres los ojos —Ella obedece, intenta mantener sus gemas verdes encendidas. Se reacomoda de nuevo sobre la cama, se cubre con la sábana.
—Antes de morir, esta vez de verdad, quiero decirle que usted siempre fue mi profesor favorito, Aquilino.
—¡Oh! Tus palabras me emocionan mucho, Britania, de verdad, gracias. No digas eso de morir. Aquí ya te han curado antes, lo harán de nuevo. No temas.
—No lo creo, no esta vez. Pero no temo, no se preocupe.
—Háblame, Britania, no te duermas, cuéntame algo, lo que sea, dime lo que sea para mantenerte despierta —la voz de Aquilino se percibe algo desesperada y débil.
—No sé, ¿qué quiere que le cuente? —Brittany gira un poco más hacia su costado derecho, su rostro apunta hacia el profesor. Se la ve adormecida, pálida, ojerosa, débil.
—Lo que sea, piensa, cuéntame lo que quieras.
—No sé, no se me ocurre nada. Tengo tanto sueño…
—¡No! ¡No! Brittany no te duermas por favor. ¿Qué sueles comer? Háblame de eso.
—Uf, que aburrido.
—Ehm, pues entonces háblame de tu novio, ¿tienes?
—No tengo nada.
—¿Tu representante no es tu pareja? En algunos medios de prensa se suele especular con eso.
—Profesor, deje de mirar esa mierda, en serio, es basura. Mejor lea sus libros de historia. Es mentira. Gabriel nunca fue mi pareja, él solo podría ser novio de sí mismo. Es un hipócrita, déspota, misógino y agiotista. Él es quien paga tratamientos en esta clínica, con mi dinero claro. Lo hace para que no se le acabe la gallina de huevos de oro, ¿sabe?
—Vaya, ¿por qué no consigues a otro representante?
—Deberé hacerlo, ya que lo envié a Los Desperdicios.
—¿Cómo? ¿Por qué harías semejante atrocidad? Es una sentencia de muerte enviarlo allí —exclama él sorprendido.
—Eso merece, profesor. Ojo por ojo. Eso mismo le hizo a alguien que amé profundamente. El único a quien amé. Me enteré hace poco de que él fue quién lo arrojó a ese lugar. Ahora sentirá lo mismo.
—Vaya, Es muy intenso lo que has hecho, Britania.
—Si le incomoda déjeme dormir tranquila.
—¡No! Temo que tu cansancio no sea solo sueño. Háblame de ese chico al que has amado tanto.
Aquilino ve que la joven levanta un poco la cabeza de la almohada. Ella observa algo, se vuelve a recostar como antes
—Lo conocí en Lawrence Island, fue muy importante para mí. Se parecía un poco a aquel chico que está en aquella cama, pero era más apuesto.
—¿Y qué fue de él?
—Debí elegir entre ser famosa, perseguir mis sueños o quedarme con él. Ya se imaginará qué elegí.
—Entiendo, lo siento.
—No lo sienta. Mi popularidad creció muy rápido, vivía rodeada de gente permanentemente, pero cuando las luces se apagaban y me quedaba sola en casa lo extrañaba tanto que me torturaba. Quizás ahora ni siquiera lo reconozca si lo tengo delante. Una tarde me escape de clases con él.
—Que raro, tú escapándote de clases.
—Solía hacerlo mucho, sí.
—¿Tu familia supo algo de él?
—Solo mi hermanita menor, la Pioja, a quien adoro tanto. Digo hermanita pero ya es una mujer. Es mi confidente en todo.
Brittany reprime un enorme malestar que la aqueja. A Aquilino se le cae una lágrima al verla sufrir de ese modo.
—Quizás no sea demasiado tarde para que puedas estar con el chico que siempre has amado, Britania. Búscalo, vete con él, escapen de todo esto.
—Tal vez, pero ya no seré yo.
—¿A qué te refieres?
—Aun así, usted me quiere.
—Claro que sí.
—Déjeme ir, profesor, le ruego. He logrado todo cuanto quise en este mundo. Soy feliz de irme.
Al profesor se le caen un par de lágrimas. A ella le rueda una única lágrima desde el ojo que está contra la almohada, pero no luce triste; sonríe.
—Estoy contenta de que usted sea la última persona que veré. Lo quiero, profesor, mi profesor favorito —dice ella tras lo cual, se deja vencer por intenso agotamiento extremo. Su cuerpo se afloja, se desploma.
—¿Señorita Machado? —no hay respuesta—. ¿Britania?
En la pared, por encima de la cabecera de la cama de ella, una proyectada imagen holográfica, tridimensional, muestra una línea recta. Al mismo tiempo suena en alguna parte un pitido agudo y constante. Un último hálito escapa entre los deseados labios ahora pálidos de Brittany Condon. Aquilino desespera, la llama por su nombre, hasta le grita; eso último no le resulta posible en su condición tan comprometida.
—No, no puede ser, no he venido aquí para verte morir.
—¿Esa es mi Britu? ¿Es ella? —pregunta de repente, con debilidad, el hombre que descansa en el lado opuesto de la sala. Aunque le cuesta debido a su situación, Aquilino gira muy lentamente el cuello para mirar al hombre.
—¿Quién eres tú? ¿La conoces?
El joven es bien parecido, fuerte, tiene el torso desnudo a diferencia del camisón que lleva puesto Aquilino. Su cabello parece haber sido rapado casi a cero, igual sus cejas.
—¿Es mi Britu? ¿Es ella?
—Cálmate, ¿quién eres?
—¡¡Dígame!!
—No sé a quién te refieres, ¿quién es Britu?
Antes de que un azorado Aquilino responda, enfermeras y un médico joven irrumpen en la sala de internación con gran prisa. El médico alcanza primero a Brittany, intenta relevar el diagnóstico de situación tan rápido como puede. Las enfermeras preparan instrumentos como desfibrilador.
—¡Brituu! ¡Britu despierta! ¡No, noo! ¡Brituuu! —grita cada vez más fuerte el desesperado hombre que está sobre la cama que se encuentra a la derecha de Aquilino.
—Enfermera, prepare una CryoLife. ¡Ahora! —ordena el médico con una voz claramente tensa.
—¡Brituuu! ¡Brituu! —grita sin pausa aquel hombre.
—Doctor, recuerde que no tenemos más reactivos para la CryoLife de Brittany Condon. ¿Usted ha conseguido más?
—No he conseguido nada.
—¡Brituuu! —insiste el muchacho.
—Por favor, lleven ese hombre a otra sala. ¿Qué carajo le pasa? —ordena el cada vez más tenso médico.
—No tenemos dónde llevarlo, doctor, todas las salas están ocupadas hoy, por eso debimos traerlo aquí.
—¿No pueden hacer nada de lo que pido? —se exaspera el joven médico.
Otro médico ingresa en la sala. Se trata de un hombre de mucha más edad que el primero en este caso, ataviado con su respectiva túnica. Es calvo y con barba entrecana. Es más alto que el médico joven. Se acerca de inmediato a la cama de la joven artista. Ostenta calma ante semejante situación que llama la atención de Aquilino.
—Doctor Aaron, ¿adónde podemos llevar al paciente? Está muy alterado, no tenemos sala disponible —pregunta una de las enfermeras con preocupación en su rostro.
—¿Es el que salió de la CryoLife recientemente?
—Sí, doctor, es el que usted trajo del Destiny Building, El Horgas Trece, por pedido del cliente Eva Hausen —Aaron medita por un instante antes de responder.
—Llévenlo de nuevo a la CryoLife sesenta y seis. Usen los reactivos que le extrajimos antes. Prográmelo para doce horas más —ordena Aaron sin perder ni ápice de serenidad.
—Sí, doctor, enseguida —asiente la mujer.
Ambas enfermeras corren hacia el epicentro de alaridos desesperados. Cuando alcanzan a El Horgas le inyectan un calmante, aguardan a que se tranquilice. Luego, una de ellas empuja la cama rodante y lo sacan de la sala de internación.
—Disculpe todo el desastre, señor Aquilino, en minutos estoy con usted —le asegura Aaron al profesor, tras lo cual, cierra ese lado de las cortinas que rodean su cama.
La habitación queda en absoluto silencio, sin gritos, sin diálogos ni pitidos. El silencio exaspera a Aquilino, sólo quiere saber si podrán hacer algo por su querida exalumna la señorita Machado.
—Abraham, te has quedado sin reactivos para nuestro cliente más importante. ¿Qué pasa contigo? ¿No aprendes?
—Claro que me quedé sin reactivos, papá, ¿cuántas veces debimos que traerla de vuelva? No es normal. Al inicio teníamos suficiente como para cualquier otro paciente.
—Debiste preverlo, Abraham. Si no fueras mi hijo te despedía ahora mismo. El mánager de esta chica nos paga millones para que esté viva sin importar lo que haga. Y aquí es eso lo que debemos hacer. ¿Era muy difícil pedirle más muestras a la fuente para generar más reactivos?
—¿Cómo podía hacer para…?
—Escucha, no quiero excusas, escucha bien. ¿Cuántas horas tenemos antes de que sea irrecuperable?
—Trece.
—Bien, trece. Ese es el tiempo que tienes para ubicar a la fuente, pedirle más muestras, extraérselas y hacer lo que nos pagan por hacer. Y nos pagan muy bien.
—Ella pedirá más dinero.
—Págale lo que pida. Hablaré con Gabriel luego, en caso de ser necesario ajustaremos la diferencia monetaria.
—¿Y si no la puedo ubicar?
—No cabe esa posibilidad, Abraham. Tienes trece horas, te sugiero que empieces ahora —Abraham no se mueve—. ¡ya, Abraham!
—Uff, va a ser imposible encontrar a esa chica. Además, sus muestras estarán más alteradas que la última vez. Debe estar como de ocho m…
—¡Cambia ya tu actitud, Abraham! Me das demasiados problemas. Lo que quiero son soluciones y las quiero hoy.
—Me voy a llamarla ya mismo.
—Espera, espera, antes ven aquí un momento.
—¿Qué ocurre?
—Ven a hablar con este hombre, es Aquilino.
—Uff, ¿no puede ser en otro momento?
—Definitivamente, no.
Aquilino deja de escuchar voces, justo antes de que la cortina que lo rodea sea abierta a su izquierda. Lo primero que atina a ver, es a la joven Brittany allí recostada tal cual estaba antes de dejar de verla. Lo alcanza una tristeza abrumadora al tener que observarla en esa condición. No se ha movido. Allí están sus ojos color esmeralda bien abiertos, sin vida. La túnica de Aaron le cubre ese panorama que tanta angustia le genera. Se ha posicionado a su izquierda; un poco más allá está el hijo. Ambos miran al educador, Aaron le sonríe. Abraham en cambio se muestra con ceño fruncido, prisa y nervios. El corbatín de Aaron tiene el color de un rubí.
—Buenas noches, señor Aquilino, mi nombre es Aaron, médico en jefe de la clínica: BioGenLife. Ante todo, ¿cómo se siente? ¿Hay algo en particular que necesite?
—No puedo moverme, sólo los brazos, un poco y algo la cabeza. ¿Quedaré paralítico?
—No, nada de eso. Ya le explicaré. Su tratamiento va a ser cien por ciento regenerativo, no se preocupe por nada.
—Ah, bien, si usted lo dice…
—Somos subsidiarios de UHR Researches. Recibimos inversiones de considerable cuantía. Efectuamos nuestras investigaciones, luego, ellos adquieren las licencias.
Aquilino mira al médico sin saber qué decir ni pensar, asiente un poco, luego vuelve a dirigir la mirada hacia el hijo. Intenta hablar, pero su voz no parece salir por entre sus labios a pesar del esfuerzo. El impacto de ver a la señorita Machado sin vida lo ha golpeado muy duro.
—No sé qué decir. ¿Cuánto tiempo estaré aquí? —logra decir finalmente.
—No se moleste en hablar; su condición aún es delicada y requiere reposo —sonríe Aaron luego de hablar.
—Está bien.
—Aquí a mi lado está mi hijo, Abraham. Abraham, este es Aquilino, ya sabes, puedes decirle lo que me dijiste que le querías decir. Por favor, adelante —el hijo mira a su padre a los ojos con una mirada que no es feliz.
Pasa las manos por el largo cabello, luego por el rostro, finalmente mira a los ojos del anciano y con voz titubeante le dirige algunas palabras.
—Señor Aquilino, es mi culpa que usted esté así. Le pido disculpas personalmente por lo que le hice, mirándolo a los ojos. Tenía prisa, debía llegar aquí cuanto antes y multitudes de gente en las calles me retrasaron mucho. Quise llegar tan rápido como me fue posible, había niebla, piso húmedo y… bueno, ya sabe. Lo recogí del asfalto y lo traje aquí donde le podemos dar tratamiento.
—¿Algo más que le quieras decir, hijo?
—Nuevamente, mil disculpas por esto que le hice pasar. Prometo que esto no será más que una anécdota en su vida, se lo aseguro. Usted saldrá caminando de la clínica en menos de dos semanas y tendrá una vida tan normal como antes.
—Gracias, hijo, ve anda, haz lo que te pedí antes. Quiero hablar con Aquilino a solas un momento.
—Sí, papá. Buenas noches, señor Aquilino.
Abraham no espera respuesta, sale de la sala muy rápido. Se lo ve colocarse sus iGlasses una vez en el pasillo hasta que desaparece de la vista del educador.
—Doctor, doctor —intenta hablar Aquilino muy débil.
—No se esfuerce Aquilino. Todo está, digamos, más que bien. Se encuentra usted en una clínica muy exclusiva. Es usted muy afortunado. De no haber sido mi hijo el que lo atropelló, usted ya estaría tocando el arpa con los angelitos, por decirlo de un modo poético. Soy socio mayoritario aquí, además de haber sido fundador y creador del laboratorio de investigación. Lo que quiero decir con esto es que tengo libertad de decisión y acción aquí. Usted sufrió una desgracia afortunada, Aquilino, un accidente horrible, inesperado —el profesor se esfuerza tanto por decir algo, que Aaron se ve obligado a acercar su oído a los labios del anciano.
—¿El muchacho, su hijo, está bien? ¿Él no se lastimó?
—Nada de qué preocuparse, señor Aquilino, como habrá visto, mi hijo se encuentra en perfecto estado de salud, muy consternado por la situación —Aquilino suspira, entrecierra los ojos, desea decir algo más. Aaron acerca su oído.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde el accidente?
—Pues, se encuentra aquí desde hace días. No tiene nada de qué preocuparse, está en las mejores manos —Aaron nota que Aquilino se inquieta, mueve mucho la cabeza, intenta preguntar algo. Aaron acerca su oído a los labios del viejo.
—Mi… mi perrita, tengo una perrita, Kika. Por favor, si sabe algo de ella dígame si está bien —nuevamente Aaron se aleja tras escucharlo —se toma un instante, lo observa.
—Lo siento. Fuimos a su casa cuando pudimos saber la dirección. Hallamos la puerta cerrada, no tenía usted la llave entre sus pertenencias, no pudimos acceder a la vivienda. Su mascota probablemente no resistió un evidente cuadro de inanición. Usted es nuestra prioridad absoluta. Descuide, en ningún sitio lo cuidarían mejor que aquí, puede dar fe.
El educador no evita que se le caigan algunas lágrimas de congoja de sus ojos, a causa de la situación de su amada Kika, compañera de tantos días y noches. Inicia el duelo con llanto estremecedor, el cual, repercute enseguida en dolores intensos que se le diseminan por todo el cuerpo. El efecto del calmante suministrado se desvanece. Aaron no permitirá que el paciente deje caer el telón de la esperanza de vida.
—Señor Aquilino, lo siento mucho.
—Es muy injusto, Kika es lo único que tengo —Aaron consulta la hora en su dispositivo holográfico. Aquilino vuelve a soltar un desconsolado llanto.
—Señor Aquilino, debo decirle cosas importantes antes de irme, no tengo mucho tiempo. Celebraré una conferencia de prensa en minutos. Anunciaré que tengo la vacuna para el nuevo virus surgido en Baybeach —paulatinamente Aquilino deja atrás el llanto.
—¿Qué? ¿De verdad?
—De verdad —afirma Aaron con orgullosa sonrisa.
—Pero ¿cómo? Es un virus desconocido.
—Lo es, mejor dicho, lo era. No viene al caso entrar en detalles, pero en eso tuvo mucho que ver el chico que estaba a su derecha. Se ofreció valientemente como voluntario para ayudarnos en esa desigual lucha. Le aplicamos las cepas más agresivas y luego, con ciertos métodos que como entenderá no revelaré a nadie, ni siquiera en la conferencia de prensa, sintentizamos una vacuna. Él recibió la primera inoculación. Como habrá visto se encuentra perfecto, fue muy exitoso.
—No puedo creerlo, lo felicito. Pero… —le interrumpe.
—Espere, quiero decirle otras cosas muy importantes.
—Está bien.
—Nos tomamos la libertad de hacerle algunos exámenes completos, ya que debimos someterlo al tratamiento más emblemático de esta clínica. Algunos resultados no fueron buenos. Quiero decirle esto con la mayor delicadeza que me sea posible. Usted padecía un aneurisma considerable. Con altruismo, aunque no nos correspondía, mi equipo experto de salud se tomó el trabajo de extirpárselo. Fue muy delicado pero exitoso. Por supuesto, además, por motivo del accidente debimos curarle decenas de huesos rotos y contusiones de diversa entidad. Está usted recuperándose de todo, lucha como el gran león que es —el profesor sacude la cabeza sobre la almohada. Le invaden los nervios, miedo, angustia e impotencia. Aaron le sujeta la mano derecha con las suyas.
—Pero usted dice que hace días que estoy aquí.
—Así es, sí.
—Es imposible curar todo lo que me dice en días.
—Era imposible, antes de nuestro tratamiento: CryoLife. Estamos revolucionando la medicina, señor Aquilino, la vida de la gente ya no será la misma, ni tampoco la muerte.
—No lo entiendo.
—No tiene nada de qué preocuparse, como dije antes, mis expertos son los mejores, sin exagerar. Le inoculamos la vacuna de la cual hablaba antes. Ahora su cuerpo tiene armas para combatir el virus de Baybeach, otro éxito comprobado. Está usted más sano ahora de lo que estuvo hace veinte años, se lo aseguro.
—No creo que pueda pagar por todo esto, suena a algo que sólo personas muy poderosas se pueden costear.
—Eso es lo mejor de todo, Aquilino, usted no nos debe nada. Es gentileza de la clínica, bondades que deseamos darle por el trágico y desafortunado accidente acaecido.
Aún con lágrimas en los ojos por el recuerdo de Kika, el educador intenta asimilar esa catarata de información como puede. Sacude la cabeza sin poder absorberla del todo.
—Quisiera comprender mejor lo que está pasando.
—Señor Aquilino, sólo me resta pedirle un insignificante gesto de su parte, si es tan amable claro.
—¿Qué necesita?
—Es el único requisito para todo esto, de ser posible, claro. Sólo necesito que me dé un autógrafo suyo por aquí.
Aaron le acerca a Aquilino la pantalla holográfica de su dispositivo móvil. En dicha pantalla, hay un texto que el profesor no hubiera podido leer nunca sin sus gafas, no obstante, lo lee sin esfuerzo alguno. Parece ser una especie de contrato. Aaron sonríe, sostiene eso con la mano izquierda mientras observa el pasillo. Se impacienta. Bajo el bloque de texto holográfico, hay a izquierda y derecha de la pantalla siluetas de huellas dactilares.
—No dimos con ningún pariente que firme antes del tratamiento, nos arriesgamos, procedimos sin beneplácito. Ahora que afortunadamente se recupera tan bien, tanto física como mentalmente, nunca dudamos de que así sería, sólo nos resta completar este mero trámite. Si firma ahora, como sería lo ideal, hoy mismo pasaremos a la fase final. Le daremos mayor celeridad para que pronto pueda volver a caminar. Le daremos el alta muy pronto. Sólo deberá apoyar sus pulgares donde le señala el documento, señor Aquilino. Le agradezco si puede darse prisa, ya que tengo que brindar una conferencia de prensa como le comenté antes —el viejo lee diminutas letras, luego repasa el texto una vez más.
Aaron percibe las dudas del profesor, casi ni pestañea. Miles de imágenes y pensamientos cruzan por la mente de Aquilino. Ahora entiende varias cosas, otras se le enturbian. Quiere decir algo a Aaron, hace notar esto. El médico acerca su oído una vez más para escuchar lo que el paciente desea.
—¿Me puede asegurar la efectividad del tratamiento?
—No hace falta que le aclare que todo lo dicho aquí es confidencial, señor Aquilino. Nadie debe saber lo ocurrido, el accidente nunca ocurrió. Usted volverá a su vida más sano que antes, eso se lo aseguro. Mi hijo seguirá con su exitosa carrera, no sin antes obtener un escarmiento de mi parte, se lo aseguro. Firme ahí abajo, ganamos todos. Le garantizo el más alto nivel de calidad y durabilidad en su tratamiento.
Aquilino decide. Con gran esfuerzo levanta los pulgares hacia arriba, los acerca a la holografía. A mitad de camino se le dispara una idea que tal vez no caiga bien, pero siente que la debe plantear. Quiere pedir algo más, está convencido de que pueden dárselo. Firmará solo si le aseguran que están en condiciones de otorgarle esto. Aaron se acerca una vez más para escuchar su pedido. Escucha una voz susurrada muy débil, cansada. El médico se sorprende, abre grandes los ojos, mira incrédulo al paciente, tarda un instante en hablar. Se reacomoda la túnica y por fin vuelve a dirigirle la palabra.
—Lo que me pide no es parte del trato, señor Aquilino —Aaron aguarda a que el viejo diga algo, pero no dice más—. De acuerdo. Lo que propone no deja de ser extorsivo, espero lo entienda, incluso abusivo teniendo en cuenta las bondades con las que lo hemos tratado. Aceptaré, le daré a su mascota. Ahora necesito su firma, por favor y rápido.
El profesor se vuelve a esforzar, estira pulgares y por fin los apoya en medio de las siluetas holográficas indicativas. Un par de luces verdes se encienden en la parte superior de la misma imagen, tras lo cual, el certificado virtual se cierra. Aaron guarda el dispositivo móvil en un bolsillo de la túnica.
—Señor Aquilino, debo confesarle que esto último me ha decepcionado. Es ingrato de su parte pedir algo así en estas condiciones sin tener opción. Usted imaginará que los tratamientos de este tipo son costosos, muy costosos. En fin, tengo una conferencia de prensa para brindar.
Aaron se aleja del lecho, ofuscado atraviesa la habitación y sale de esta. Una vez en el pasillo habla con una enfermera, luego se reencuentra con su hijo.
Luis Aníbal Nez