Cuando Rob observa a esa joven que se encuentra entre las estanterías del Happy Drunk Liquor Store, recogiendo bombones del suelo para reacomodarlos en la estantería, siente nostalgia de aquellos días en que soñó envejecer junto a ella.
—¡Ay! Mil disculpas, recogeré todo no se preocupen, disculpas. —Rob bien sabe lo que quiere de ella.
Pone en duda los supuestos gustos finos o costosos de ella, después de todo, acabó allí en una licorería de West End que pretende ser para turistas. Antes de que Rob se incorpore de la incómoda butaca, decidido a abalanzarse sobre ella, siente que una mano regordeta con rollos en las muñecas, lo sujeta y repentinamente le frena el avance. Rob examina a la inocente chica cual si fuese un cervatillo en la mirilla de un cazador. La mano regordeta ahora se estampa en su pecho huesudo, lo frena en seco. El corpulento Dan, con sus casi dos metros de altura, verdadero monumento al colesterol, aquieta al delgaducho Rob de baja estatura.
Rob lo observa con expresión desafiante. Descubre que la otra mano de Dan aferra un cuchillo afilado. Rob gira la cabeza, no pierde de vista a la chica. Mira hacia el otro lado, ve que fuera de la licorería aún es de día; el atardecer se convierte en noche. La luz diurna se apaga de a poco ante niebla y amenaza de aguacero. Dentro del comercio con luces apagadas, se empieza a tornar bastante oscuro, sobre todo en la zona entre estanterías, donde ella se encuentra. Rob intenta moverse una vez más, de nuevo Dan frena su avance estampando una mano en su pecho. Filo del cuchillo en la otra mano de su amigo amenaza desde lejos.
—¿Qué es lo que haces, gordo? —le pregunta Rob.
—No te permitiré que me vuelvas a meter en líos. Paga el maldito dinero que me debes. La crisis por el virus apenas comienza. Si no me das mi dinero no podré comer. Déjate de rodeos, dame lo que me debes —le advierte Dan.
Ambos tienen precaución de no hablar a un volumen de voz que la jovencita pueda oír, más bien susurran. Una de las estanterías, la cual está repleta de vinos finos, le impide a Rob visualizar a la chica; esto lo desespera, se muestra muy serio. Reacomoda sus cabellos hirsutos, se han ido delante del rostro, los introduce dentro del gorro con los dedos; repite la acción al menos una decena de veces en menos de un minuto. Dan está firme en su decisión. Rob concentra sus enormes ojos en el corpulento amigo que inevitablemente tiene delante.
—¿Qué te he dicho recién? Te pagaré más tarde, no ahora. Yo te avisaré. Ahora no me estorbes, muévete. Si no te haces a un lado te parto la cara, gordito. ¿Queda claro?
Dan se mantiene firme en su posición, no se mueve ni un ápice. Su frente está empapada en transpiración y sus labios fruncidos. La mano con la cual sostiene el cuchillo le tiembla un poco. No deja de mirar a Rob directo a cuencas oculares ojerosas, dentro de las cuales se mueven órganos visuales grandes y acuosos. Se escudriñan el uno al otro. Rob no está ajeno a los nervios de Dan, lo conoce. Lo observa furioso, sin disimulo. En prisión ya lo ha visto así muchas veces, no le teme, lo considera incapaz de hacer daño. Ese cuchillo que Dan empuña impide a Rob hacer lo que desea. Para sorpresa de Rob, Dan le apoya el filo del cuchillo en su cuello.
No evita temblequeos nerviosos incontrolables mientras se miran a los ojos. Rob intenta abrir al máximo su sensitivo canal, estar muy alerta ante cualquier eventualidad. Cambia de opinión radicalmente, ahora considera que Dan puede ser peligroso. No baja la guardia ni se distrae. Sonríe.
—Escapé de la cárcel, ¿me oyes? Me metieron por tu culpa. ¿Recuerdas? No pienso volver ahí, nunca, menos por tu culpa, no de nuevo. Me voy a ir de esta licorería de mierda y me voy a llevar a esa chica conmigo. Si es Brittany como piensas mejor, no te la devolveré hasta que me pagues lo que debes, incluso puede que pida más. Me iré ahora mismo y te quedarás ahí callado —impone Dan fuera de sí, asustado, ansioso y nervioso.
—¿Piensas que te dejaré ir así sin más, gordinflón? ¿Crees que dejaré ir a Brittany Condon de mi licorería sin cruzar ni siquiera un par de palabras con ella, ahora que la tengo tan cerca? ¿Qué clase de imbécil eres? ¿Qué es todo ese rencor de la cárcel? ¿Desde cuándo? Mejor te haces a un lado, no quiero lastimarte —Rob habla con tono amenazante.
No logra el objetivo; su amigo no se amedrenta. Dan solo tiene mucha hambre, necesita dinero. Vuelve a susurrar, esta vez directo al oído de Rob con mezcla de rapidez tímida.
—No pierdas el tiempo hablando, Rob, no le tocarás ni un solo pelo a esa flaca. Sé lo que quieres hacer, enfermo. Como no me pagues primero no te lo permitiré. La sacaré de aquí como te dije —le advierte el corpulento hombre.
Mantiene el filo del cuchillo en el cuello de Rob. Su rostro está cada vez más empapado en transpiración, tanto como su pecho. El sudor se le nota al empapar la camiseta sin mangas que lleva puesta.
—Ahora sí suenas como el Dan que conocí en prisión, el que nos hacía escuchar sermones de mierda. Brittany es mía, sólo mía y no me importa ese cuchillo, ni nada, ni nadie —susurra Rob.
—Esa preñada de ahí no es Brittany, imbécil, ¿no ves que no se parece en nada? Es una chica promedio de West End. ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu maldito problema? Con este lío que hay con el virus… No te daré la oportunidad. No seré tu cómplice, no de nuevo. Te quedas ahí sentado, Rob, le cobras lo que sea que compre y te callas la boca. Luego me la llevo, es decir, salgo con ella hacia fuera —frunce labios, lanza gotas de sudor hacia Rob cada vez que se le acerca.
—¿Qué tienes en la cabeza, gordo? ¿Qué sabes tú quién es o quién no es Brittany Condon? Yo sí sé.
—No, tú no sabes nada. Esa mujer es una figura pública, las estrellas de ese tipo son lo que uno quiere que sean. En el fondo nadie sabe cómo son en realidad. Su familia tal vez.
—De acuerdo, llévatela, sujétala con brazos grasientos y vete de aquí de una vez. No vuelvas —dice Rob resignado.
—¿De verdad?
—Sí, no quiero tener problemas contigo. Somos amigos. ¿Cierto? Hemos pasado por tanto juntos…
Rob lo observa y lo mide mientras suspira. Dedica una mirada que dice mucho entre la adrenalina y alteración tensionada del momento.
—Ni lo dudes, amigo, descuida ¿llevarte a la chica con la que he soñado? Nooo, eso no será suficiente para acabar con nuestra amistad. Por supuesto que no. Olvídalo.
Tras decir esto, Rob le sonríe y enseguida le palmea un hombro. Logra que Dan afloje un poco la presión que ejerce con el cuchillo sobre su delgado cuello; le hace daño. Dan le dedica una rápida mirada a la joven que se encuentra entre estanterías. Al parecer, ella ha escogido un par de cajas de bombones finos, no da señales de haber escuchado nada de lo que hablaron. Parece indecisa entre esas dos cajas, no está segura de cuál llevar. No está del todo ajena a lo que discuten esos dos entre susurros. Por muy rápido que Dan intenta mirar a la joven para no perder de vista a Rob, se toma más tiempo del que sería conveniente en estas circunstancias.
Rob lleva una mano hacia atrás rápidamente, manotea el escritorio, encuentra un bolígrafo de tinta electrónica. En segundos lo empuña como a un cuchillo, toma impulso y lo entierra en el grueso cuello de su amigo. Dan se sorprende al recibir esta dolorosa herida, se sujeta el cuello, recula, mueve la lengua para intentar decir algo. Lo único que se escucha de su boca es una especie de gorgojeo. Cae de rodillas sobre el suelo, luego se desploma con todo su peso. Se sostiene la herida con ambas manos, agoniza, se eyectan hacia arriba chorros de sangre al ritmo de los latidos de su corazón. La chica lo ve y escucha todo, queda impávida de pánico.
Por fin ella emite un alarido fuerte que suena muy agudo. Las cajas de bombones caen de sus delicadas manos con uñas pintadas de fucsia. Rob retira el cuchillo de la mano de su agonizante amigo de tantos años, gira sobre sus talones, lanza una mirada directa hacia la joven. Sin proponérselo, muestra una expresión lasciva y amenazante en su mirada; se siente desbordado de adrenalina. Al mismo tiempo, siente que poco a poco se le hincha el pantalón bajo el abdomen. Nadie desde fuera del local parece escuchar los desesperados alaridos de ella. Rob se le acerca muy lentamente, sonríe, disfruta ese momento que tanto soñó en su vida.
Desde que tiene memoria ha estado enamorado de esa superestrella que ahora está en la licorería. Está dispuesto a arriesgarlo todo por ella. La ama y desea. Detrás de él, Dan patalea y agoniza. Rob rememora que ha vivido todo tipo de circunstancias y que en todas, Brittany ha estado siempre junto a él en su pensamiento. Es ineludible hacer lo que cree que debe hacer. Lo mejor será disfrutarlo y mucho, estirarlo tanto como sea posible. Sigue acercándose a ella, contempla el abultado abdomen con meses de gestación. No le importa, le llama la atención, solo eso, nada impedirá que haga lo que desea hacer.
—Desde la mañana he estado en esta pocilga intentando saber de ti, Brittany. Te confieso, ya estaba desesperado.
—¿Brittany? No, espera —él avanza hacia ella.
—No puedo creer que estés embarazada. ¿La prensa no lo sabe? ¿Cómo has hecho para ocultarlo?
—Me confundes, detente, no soy quien piensas.
—Me extraña que no tengas un guardaespaldas cuidando de ti, aunque por otro lado me alegra que no lo tengas.
—Has matado a ese hombre —ella se sujeta el abdomen.
—¿Dan? Nah, ese no es un hombre, es mi amigo de toda la vida, no lo mires, es grandote, siempre sale delante de alguna manera. Quizás se quede sin sangre después, ojalá, prefiero que deje de chillar como el cerdo que es.
—Por favor, no soy nadie, no me hagas daño.
—Tengo tanto para decirte…
—¡Yo no soy esa que dices! ¡Por favor no te acerques!
—Te diré algo: Me hiciste compañía cada día. Hace años que trabajo en esta pocilga. Sé lo que vas a pensar, una chica exitosa como tú se estará preguntando, ¿cómo puede alguien tener tan poca evolución? ¿Verdad? —Rob ríe un poco sin dejar de avanzar hacia la joven—. No tienes nada que temer, no te lastimaré, lo juro, soy romántico empedernido ya verás.
—Por favor, te ruego que me dejes ir, nunca debí entrar. Déjame ir, jamás volverás a verme, no diré nada a nadie.
—He soñado con este momento durante mucho tiempo, Brittany, ufff, demasiado tiempo, ha sido terrible. Lo bueno aquí es que tenemos para beber y comer, así que no tendrás necesidad de regresar al lío ese del virus afuera. Tendremos una cuarentena romántica, juntos, cuidaré de ti, no tienes nada de qué preocuparte. ¿Me crees? —ella mira hacia los costados, busca desesperada una salida, no la hay. Luego pone su atención en la mano de Rob que empuña el cuchillo.
—Quiero salir —exclama al tiempo que recula.
—¿No escuchas nada de lo que te digo, Brittany? Estoy algo nervioso, perdón —suelta una risa quejosa, tartamudea.
No deja de acercarse a la chica que vuelve a gritar; nadie la escucha. Ella sólo piensa en cómo evitar que pase lo que cree será inevitable. El rostro de Rob, entre penumbras de la Happy Drunk Liquor Store, se desfigura por completo ante las muchas opciones que tiene delante. Apenas lo puede creer. Se autoconvence de que ha sido obra del destino. Comprende que debió soportar años de ganar miserias sin renunciar ni buscar otro trabajo, para que llegase este día glorioso; todo se aclara. Cada decisión tomada a través del tiempo, lo ha conducido al fin a este fantástico instante que no piensa desperdiciar por nada del mundo.
—Leí el periódico de hoy con miedo, Brittany, miedo de que te hubieras infectado —da pasos lentos hacia ella, quien a su vez recula a idéntico ritmo. Su cuerpo tiembla de pánico ante ese hombre que la acecha. Pocos centímetros más le quedan para recular, se acerca a la pared.
—Ay, ¿qué dices? Me confundes con la cantante. Alguna vez me han dicho que me parezco, pero por favor, no soy ella, no lo soy ni quiero serlo. Ya ves que espero familia.
—Brittany, estuve como mínimo una hora viendo las malditas noticias. No dijeron nada sobre ti. ¿Cómo puede ser eso? ¿Sabes por qué ocurre eso? ¿Sabes por qué? ¿Quieres que te lo explique?
—Por favor, déjame ir, debo irme rápido —solloza.
—Te lo explicaré —Rob detiene su avance un instante.
La joven examina frenética su alrededor. Está encerrada entre estanterías repletas de botellas a su izquierda y derecha, con la pared a su espalda. Delante está Rob con ojos salidos de sus cuencas. La joven desea desesperadamente encontrar un modo de escapar; se encuentra en un callejón sin salida.
—Es por los ricos, ¿entiendes? Seguro entiendes, tú los odias tanto como yo. Esa gentuza de mierda, vive en nubes formadas por sus propias flatulencias que seguro han de ser de color rosa con aroma a bosque. Se ven a sí mismos como dioses, nos usan, esclavizan y desechan. Nos manejan la existencia, nos pisan la cabeza cuando les viene en gana. Lo hacen para que no olvidemos que son los putos amos —Rob seca con la manga de su camisa los hilos de saliva que se le caen de la boca, pues las palabras le salen muy enérgicas.
—Por favor, señor, no le he hecho nada. Le compro esto si quiere o puedo darle dinero, no me haga daño. No soy Brittany Condon, ni mucho menos rica —los oídos de Rob parecen sordos ante tales suplicantes palabras de la chica.
—Esos malditos —prosigue— son los que pueden pagar esa mierda que inventaron de UHR Channel Plus, Premium, Gold y la madre que los parió. Son ellos quienes se adueñan de lo que podemos ver y lo que no, se adueñan de tu vida.
—Señor, le repito, ¡yo no soy Brittany Condon!
—También te esclavizan a ti, Brittany, con cámaras que te siguen adonde sea. Hábilmente escapaste, enhorabuena. ¡Ya sé! Te haces pasar por embarazada pobre para huir de la prensa. Aquí nadie vendrá a buscarte, estamos lejos del lujo. ¡Que inteligente has sido! Cuando se cansen de buscarte serás libre, habrás escapado, podrás hacer lo que quieras. No soportas la presión que te imponen los que te dieron fama.
—Por favor…
—Y te entiendo. ¿Ves? Sin que me digas nada deduzco todo lo que te ocurre. Te conozco tan bien, somos iguales. No solo me gustas por tu belleza, Brittany, sino también por tu gracia, carisma, simpleza y magnífico talento, claro. Me he enamorado de ti.
—¡Yo no soy…!
—No puedo vivir sin ti, Brittany, sin saber dónde cantas, donde actúas, donde te presentas, pero esos inquisidores de mierda no me permiten ver nada, no puedo costear ninguna de esas señales que dependen de UHR Channel.
—¿Cómo le explico que no soy quien usted cree? ¡Está confundido! Yo no puedo cantar nada ni siquiera en la ducha. ¿Lo entiende o no?
—No seas modesta, Brittany, cantas de maravilla, pero pagar para verte o para ver fútbol, o para ver películas viejas por centésima vez, ¿no crees que es un abuso? ¿Estás de acuerdo? —la joven apenas atina a asentir.
En vista de que el hombre parece no escucharla, prefiere cambiar su estrategia, seguirle la corriente en la medida que eso sea posible. Recula un poco más, su espalda hace contacto contra la dura y fría pared del local. Siente pavor al calcular que ese tipo, se encuentra a tan solo una distancia de no más de cinco pasos de ella.
—La verdad nunca lo había pensado —atina a decir ella.
Entiende que debe darle charla, distraerlo con palabras, tal vez así logre evitar que se le abalance encima hasta que alguien más ingrese al comercio. Dada la oscuridad en el interior del local, encuentra esto último poco probable.
Rob se agacha en el suelo muy despacio, deja el cuchillo a un costado. Enfoca sus ojos de huevo duro en la joven atemorizada. Dan aún se retuerce en el suelo, gimotea, se ahoga en su sangre. Se sostiene el cuello con una mano empapada en líquido arterial, la otra la estira hacia Rob. Patalea, sufre, agoniza, llora. Rob intenta sonreírle a la chica, mueve la boca hacia un costado, hace extraños despliegues de una galantería pasada de moda que por otro lado no le es propia. Ella está demasiado atemorizada como para hablar. A pesar de las penumbras intenta ver más allá de Rob y Dan, observa la puerta del local. Está cerrada sin llave por dentro.
Con tanta fijeza la contempla él y en medio de semejante silencio, que los sonidos son dominados por los sanguíneos sonidos viscosos y gimoteos de Dan. Siente una tortuosa, dolorosa agonía. Rob se incorpora cual cuadrúpedo, deja el cuchillo atrás. Se inclina hacia delante con manos y rodillas. Gatea entre tinieblas de estanterías cual felino, se acerca a ella. Cuando llega estar muy cerca de la madre primeriza, le hace señas para que esta tome asiento en el frío suelo. Ella obedece. La chica queda delante de él con piernas plegadas delante, las cuales abraza. Él sonríe como nunca. La joven se preocupa y ocupa de proteger su abultado abdomen.
—Bien, ahora así, estamos muy bien, ¿no es cierto? He querido estar así contigo desde que tengo memoria. Eres tan osada, tan talentosa, tan brillante —Rob habla en voz alta, pero con un tono de voz muy suave, al tiempo que la examina de arriba a abajo.
Se acerca un poco más a ella, abre los brazos, coloca las manos sobre las rodillas de la jovencita. Ella da un respingo, se sobresalta al ser tocada. Emite un tímido gemido. Él nota esto y también que la chica tiembla. Inmerso en escandaloso silencio la mira con profundo deseo. Contenida la excitación, apenas, siente que está a punto de reventar dentro del jean.
—¡Déjame en paz! Por favor, te lo suplico, no diré nada a nadie sólo déjame ir —suplica ella en medio de sollozos. Se siente demasiado asustada.
—¡Te callas! ¡Basta de berridos! ¿Quién carajo te preñó? ¿Eh? ¿Un actor? ¿Quién? Carajo. ¿Está tu novio afuera? —indaga Rob, la examina con sus ojos saltones. Ella no se atreve a decir nada más, se mantiene en silencio—. ¿Acaso no has visto tu nuevo anuncio ahí fuera? Eres tú, ¿cómo podrías no ser tú la que hace ese baile sin bragas? No hay nadie más que se atreva a tanto.
Fuera de la licorería, la noche se cierne muy oscura sobre Stormport. El interior del Happy Drunk Liquor Store se envuelve cada vez más en tinieblas.
—¿No puedes darte cuenta de que no soy ella? Tanto la conoces y ¿no te das cuenta de que no soy quién crees? Está lleno de gente contagiada ahí fuera. Por favor, déjame ir a casa antes de que sea demasiado tarde.
La chica genera en Rob ciertas dudas acerca del parecido físico, aunque no los suficientes para que la deje ir. La vuelve a examinar milimétricamente sin mediar palabra. Afuera, el manto nocturno se cierne sobre las calles de Stormport. El distrito se puebla de malhechores salvajes como animales. La policía no parece estar presente para reprimir a estos, ni tampoco a los infectados furiosos que de a poco aparecen en cercanías. Desde las barracas militares, preparan reforzadas tropas que se desplegarán con fuerza en toda la urbe, tanto por mar como también por tierra y aire.
—Una noche, estando en prisión, consumí demasiado esa noche —Rob ríe con carcajadas siniestras; prosigue—, perdí por completo la noción del tiempo. Lo que me hicieron durante toda la tarde los del otro pabellón, no es que no me lo hubieran hecho antes, ¿sabes? Pero de todos modos yo, en fin, no importa. El caso es que casi perdí el conocimiento. Antes de perderlo por completo pensé en ti. Sí, Brittany, en ti, es lo último que recuerdo de esa noche. Me di cuenta de lo mucho que te quiero a pesar de no conocerte o que no me conozcas. ¿A quién más podría amar? Nadie. Te seguía cada día en los medios antes de que el canal robara los derechos sobre ti —relata Rob con cierta nostalgia y melancolía.
Se muestra divertido en cierto aspecto, afligido y trágico a la vez. Mientras habla la huele y acaricia, se estira para tocarle los brazos desnudos, también el rostro. No deja de mirarla, no puede. Aún no quiere echar mano a las curvas protuberancias, ni profundizar en cavidades húmedas, pero lo desea mucho. Dejará eso para lo último, el plato más dulce para el final.
—¿Qué haces en West End, Brittany? Cuéntale a papi. ¿Un último antojo de chocolatina antes de huir hacia la zona VIP? —pregunta Rob.
Genera un gran fastidio en ella esa presencia babeante y manoseadora. No quiere que esas manos inquietas la toquen en otras zonas del cuerpo. Se estremece de solo pensarlo.
—Pues, yo no, mi nombre es Eva. ¿Cómo lo explico? No soy ella —replica la joven incluso sin atreverse a mirarlo a los ojos. Segundos de silencio casi absoluto, de no ser por los lamentos de Dan, son seguidos de las siguientes palabras:
—Excesiva estupidez para mí —gruñe Rob.
Percibe muy bien los nervios de la chica, su inquietud, su dulce transpiración cubriéndole el cuerpo. Piensa en esto y se excita demasiado, desea saborear cada gota de sudor de donde sea que le brote. Se rasca frenético en cabeza y brazos, mira hacia el suelo, recorre con ojos de deseo a Eva, le huele la piel del cuello, le observa las piernas de abajo hacia arriba, se detiene en muslos cubiertos a medias por la falda. Ella siente en su piel esa mirada como si fuesen manos. Se cubre como puede con la tela del corto vestido, se incomoda, pero no emite una sola palabra para no disparar lo que sea en él. Sus rostros se oscurecen ante la carencia de luz diurna.
La insuficiente luz artificial de la calle comienza a cobrar fuerza. Dentro de la licorería no hay lámparas encendidas. Eva se siente cada vez más incómoda. Ve enormes esos ojos libidinosos de Rob recorriéndola como insectos rastreros por su cuerpo. Se asquea y siente miedo por las manos inquietas.
—Insisto, señor, no soy quien cree —afirma Eva con voz temblorosa, presa del absoluto terror que no le permite razonar lo que conviene decir—. Debe dejarme ir, más aún en mi situación, debo alimentarme con frecuencia, ir al baño, tomar mis vitaminas, debo irme —Rob suelta una risita nerviosa que no controla en absoluto, luego se relame.
—Mira chiquilla…
—Me llamo Eva Hausen. No soy Brittany Condon.
—Eva, ¿eh?
—Sí. Viví toda la vida en aquí, en West End. Mi madre me ayuda a pagar la renta. Mi novio, el padre de la niña que estoy esperando, ahora mismo está de misión marítima. Volverá el verano que viene, nos casaremos.
—Así que una niña…
—Sí, será una hermosa niña. La llamaremos: Hypatia.
—¿Con qué necesidad llamarle así?
—Con dinero que hemos ahorrado, más lo extra que él traerá de la misión, compraremos una bella casa. Queremos que sea con fondo y frente para que Hypatia pueda jugar. Queremos tener tres hijos, mi madre quiere muchos nietos y la madre de él quiere aún más. Pensamos que dos niñas y un varón será ideal, pero abrazaremos la fortuna de lo que sea que nos toque.
—Eso también fue algo que… —Eva lo interrumpe.
—La carrera de mi novio en la marina ya no requiere de misiones si él no acepta. Me dijo que no aceptará ninguna más después de que nazca Hypatia. Quiero que tengamos una casa con jardín, donde nuestra hija pueda correr y jugar. Tal vez llevemos a mamá a vivir con nosotros los primeros meses para que nos ayude, aunque no creo que a él le guste esa idea.
—Las suegras en casa sirven sólo para molestar.
—Por favor, señor, esa es mi vida, esa soy yo. Recuerde, Eva Hausen, una chica común y corriente que no aspira a nada más que a tener una simple vida de familia. No me interesa el glamur, la riqueza y extravagancia que envuelve a esa mujer que dice. Quizás sea similar a mí físicamente, pero no tiene nada que ver conmigo. Por favor, le suplico, déjame ir. No diré a nadie lo ocurrido, no volverá a verme.
El silencio que sigue a esas palabras es profundo. Genera absoluta estupefacción en Rob. Es obstinado para reconocer su error, pero se acaba de dar cuenta con tan solo escucharla de que ella no es Brittany. Si dice la verdad, aunque duela, cometería una locura. Le basta con comparar el registro de voz para notar la diferencia, ahora que la escucha hablar con más atención. La dulce voz de Brittany la recuerda muy bien, es inconfundible. Se incorpora de golpe del suelo, luego, la ayuda a ella para que se incorpore también. Sus ojos de huevo duro, enormes, todavía no dan indicios de lo próximo que pretende hacer. Eva teme haber empeorado la situación.
—Estas cosas pasan, ¿sabes Evita? Un maldito lunático te apresa en la calle y tiene sus motivos, pero si los motivos no son tales, es decir, si uno piensa con el corazón en vez de con lo otro que no late, o sea, bueno, ya ni sé lo que estoy diciendo. ¿Qué diablos? Disculpa, te confundí con ella. Vete de aquí, rápido.
—No te preocupes, nada que disculpar, sólo déjame irme a casa, ¿sí? —le solicita ella y sale disparada tan rápido como puede hacia la puerta de vidrio.
—Sí, claro, te abro la puerta —confirma Rob y la sigue.
Eva siente una enorme ansiedad por huir de ahí, bien lejos. Ambos deben rodear a Dan para llegar hasta la puerta. Este último aún se sacude en el suelo encima de un charco de su propia sangre. Cada vez se mueve menos. A Eva le da escalofríos y náuseas verlo, evita mirar a ese hombre. Rob en cambio se le acerca, se agacha, le quita las llaves a Dan y se dirige hacia la puerta. Escoge una llave, la introduce en la cerradura pero no la gira aún, antes quiere decir algo más.
—No puedo dejarte ir —Eva siente que muere al escuchar esa corta y letal frase; se derrumba.
—¿Qué? Pe-pero ¿Por qué no? Dijiste que…
—No puedo dejarte ir, sin que lleves cajas de chocolates importados. Gentileza de la casa, por supuesto. Cuestan más que mi miserable salario —aclara Rob muy sonriente.
Entrega a Eva un par de latas metálicas, cuyo contenido jamás probará. No obstante, ella sujeta entre manos lo que el tipo le entrega. Simula una sonrisa nerviosa y con expresión ansiosa en sus ojos color esmeralda. Da a entender a Rob que se quiere ir de una buena vez por todas de ese local.
—Eres de verdad muy bella seas o no Brittany. No le llegas ni a los talones a ella ni a su voz, ni carisma. Lo siento.
—Descuida. Abre, por favor —la ansiedad la carcome.
—Sí, claro.
Rob gira la llave, por fin abre la puerta y estira un brazo a la joven para que pase. Ella vuelve a simular una tímida sonrisa. Ni bien ve que puede correr sin recibir una traición por la espalda, corre con todas las fuerzas que le son posibles emplear. En el camino, deja caer las latas de bombones sobre la acera, desaparece para siempre de la vista de Rob, quien suspira mirando hacia el tenue caos que se gesta fuera.
—Casi cometo un gran error, gordito, tenías razón, no era Brittany. Que pena, estaba tan segugh —deja de hablar.
No logra terminar la frase. Su amigo, de rodillas frente a él, entierra en el abdomen de Rob hasta la empuñadura el mismo cuchillo que este antes había quitado. Antes de que Rob reaccione, el moribundo Dan lo desclava y lo vuelve a enterrar casi en el mismo sitio, una vez, dos, hasta tres veces. Hecho esto cae boca abajo sobre el suelo, en medio de la oscuridad reinante del interior de la licorería. La sangre se termina de escurrir por la herida del cuello de Dan. Rob siente el frío del acero la primera vez, sólo la primera. Su error lo ha llevado demasiado lejos. Cae al suelo de rodillas, luego se desploma.
Queda sentado contra la puerta de vidrio, se sostiene el abdomen con ambas manos. Siempre supo que terminaría su vida así o de algún modo similar. Después de todo su muerte será mejor a lo imaginado. Morirá libre como el viento, como Brittany. La verdadera, se reunirá con él donde quiera que vaya, le dará lo mismo el cielo o infierno si puede estar junto a ella. Medita. Si Eva no es Brittany, se pregunta por última vez: ¿Quién es Brittany Condon? Morirá sin saberlo, ya no le importa, pues morirá en libertad.
Luis Aníbal Nez