Cuando Aquilino vuelve a pestañear, luego de incontable cantidad de tiempo transcurrido, inmerso en reflexiones que lo hicieron permanecer con ojos bien abiertos, descubre que se avecina el atardecer. Aún se encuentra junto a Bruno. Ha corrido lo que nunca, casi sin parar; el resto del camino debió cargarlo su alumno a la espalda. Atravesaron varias calles para huir del caos. Bruno se detiene, baja a Aquilino de su espalda; ambos están exhaustos, sobre todo el viejo.
—¿Se siente bien, profesor? —le consulta Bruno con cierta agitación. Ve que el anciano se agacha y tose.
—Nunca voy a volver a sentirme bien después de esto.
—¿Usted bebe, fuma? —el profesor se agacha.
—Nunca fui un deportista. No bebo, ni fumo, pero tengo edad para jubilarme —responde apenas, con el poco aire que le ingresa en los pulmones.
Bruno toma un instante para volver a decir algo, se siente también agitado aunque no tanto como Aquilino.
—¿Cuánto hace que cruzamos el control de acceso de Downtown, profesor? No reconozco esta zona, no me bajo antes del tren.
—Estamos en el corazón de Eastown, Bruno, quizás han pasado un par de horas, no estoy seguro. Estamos cerca de mi apartamento, a pocas calles. Nunca imaginé que una distancia tan corta me iba a parecer tan difícil de cubrir.
—Hay otras barricadas más adelante, puedo verlas desde aquí. ¿Qué hacemos?
—Te creo, pero no las veo, no veo nada de hecho. Sin mis gafas apenas veo manchas. Cuando oscurezca será peor. Debemos irnos. Vayamos por esta calle de aquí.
—Imagino que este distrito está mucho más tranquilo que de costumbre.
—Tiene un habitual tránsito muy fluido, tanto vehicular como de personas. De mañana cuando salgo de casa suelo ver multitudes de personas que van y vienen hacia un sitio y otro, cada una en su propio mundo. No es nada como esto que ves ahora. Esta gente que circula en las calles luce tranquila, pero la tensión se puede sentir en el aire —dice todo esto con gran dificultad a falta de oxígeno.
—Usted sí que es observador, profesor, yo no noto nada de lo que dice. ¿Dónde se han caído sus gafas?
—Ya no lo recuerdo. Veo bien si veo de muy cerca.
A menos de un metro de ellos hay un boquete en la calzada, el cual ha dejado al desnudo un caño subterráneo que aparentemente se ha roto. Ambos, incluso Aquilino, ven un chorro de agua de gran presión abriéndose paso por el boquete para salir hacia la superficie. El mencionado chorro empapa la agrietada acera y también la calzada al mismo tiempo; las gotas caen alrededor cual lluvia. En medio de la agitación, mientras recupera el aliento, el profesor examina la zona. Media calle más adelante atestigua, en vivo, un violento choque de frente entre una camioneta de repartos y un bonito sedán de color celeste.
El impacto genera gran escándalo generalizado de gente y vehículos alrededor. La gente corre en varias direcciones, como hormigas luego de pisoteado su hormiguero. Casi es de noche. El Sol ya está semioculto en el horizonte. Aquilino apunta su mirada hacia arriba, su borrosa visión se enfoca en el segundo piso de un edificio antiguo. Ve un voraz fuego que consume el interior de un apartamento. Las llamas arden con tal fiereza que incluso lamen marcos y pared exterior de la ventana. Una desesperada mujer huye frenética, corre por el asfalto de la calzada. Choca un brazo de Aquilino y sigue adelante sin mirar atrás. Calza un solo zapato de tacón, el pie descalzo tiene la media rota. Cojea, pero mantiene ritmo.
En otro sector, un grupo de muchachos aprovecha el caos del accidente de tránsito para robar electrodomésticos de un comercio, el cual se encuentra cerrado a causa de medidas de emergencia sanitaria. En la acera de enfrente, una pareja de ancianos corre tomada de la mano cuando de pronto es embestida por una manada de forajidos.
—Después de todo, puede que no haya sido tan buena idea estar fuera de las barricadas —reflexiona Aquilino en voz alta.
—Ni lo diga, profesor. Hay que continuar. Me recuperé, ¿cómo se siente usted?
—Como pez fuera del agua.
—¿Cree que podemos seguir? ¿Cuántas calles faltan?
—Aún no logro asimilar el impacto de la circunstancia, Bruno, todo ha ocurrido demasiado rápido.
—¿Se refiere a lo de Karma o a lo de Jessica?
—Ambas. También lo que vi esta mañana en el programa de farándula. Todo eso que le ocurrió a Brittany Condon.
—No tenemos ese canal en casa, profesor, es demasiado costoso para mi familia.
—No te pierdes de nada, demasiado desbarajuste que no soy capaz de soportar —queda perplejo por un instante tras decir esto.
Mueve su cabeza, sus ojos conectan con hipnotismo con el agua que brota desde ese accidentado manantial que nadie reparará de inmediato. Observa como el chorro de agua gana metros camino hacia el cielo por entre grietas del suelo. Ostenta gran potencia en la presión; un manantial de agua potable que surge, un recurso desperdiciado que escasea en miles de hogares. Piensa en esto. Lo contempla como si allí pudiese encontrar respuestas a interrogantes profundas. Esa fascinación le dura poco. Su concentración definitivamente se acorta cuando ocurre una segunda frenada furiosa de otro coche, seguida de un choque vehicular y posterior estallido.
—Profesor, el tiempo apremia, debemos llegar a su casa cuanto antes, tenemos que evitar este tránsito de locos.
El educador no parece escucharlo, siente que apenas puede respirar, le duele el pecho. No deja de observar el agua que brota desde las grietas del suelo con tanta fuerza. Su visión borrosa ve ralentizado el punto de impacto de las gotas que rocían acera y asfalto. El cristalino elemento vital corre cual cañada contra la acera. Con accidentes, incendios, estallidos y caos generalizado, Aquilino acompasa el ritmo lento y monótono de las gotas de agua al caer e impactar. Desea serenarse, observa eso, parece calmar su taquicardia y aminorarle el nivel de alta tensión que trae desde que debió salir de su salón de clase.
—¿Profesor? ¿Me escucha?
—Te escucho, Bruno, pero necesito un momento —el chico se le acerca.
—¿Hay algo en que lo pueda ayudar?
—Eres muy amable, pero no. Vuelvo a ver en mi mente una y otra vez a heridos, infectados y muertos, más de los que jamás he visto en mi vida.
—Lo sé, también me pasa.
—Eres joven, con el tiempo formarás familia y olvidarás lo que has visto hoy. En mi caso, sé que eso me acompañará por lo que me queda de vida —se pierde entre agotadores pensamientos perturbadores, deja de hablar de golpe. Siente remordimientos incesantes que no le dan paz.
—Profesor, debemos continuar, esto se está poniendo muy complicado. Es solo cuestión de tiempo para que…
—Aún recuerdo a los padres de Karma, ¿sabes? Un día vinieron a hablar conmigo. Nos reunimos. Me pidieron que cuidara de ella —el profesor suelta un sollozo—, había estado internada en un hospital, aún estaba frágil pero no quería perderse las clases. Prometí cuidarla, Bruno, se lo prometí a sus padres viéndolos a los ojos.
—Ya no podemos hacer nada por ella, profesor.
—Tampoco puedo olvidar el día en que Emma me pidió que no le bajara la nota de un examen, podía perder su beca.
—Emma debe estar en casa con su hijo, seguro está bien.
—No lo sé. ¿Y qué decir de las calificaciones excelentes de Jessica, siempre tan aplicada? —Aquilino suelta un llanto repentino.
Bruno se le acerca, intenta consolarlo. Al mismo tiempo, también intenta moverlo de ese sitio para continuar.
—Nada de lo ocurrido hoy ha sido su culpa.
—Jessica se destacaba como nadie en todas las materias que cursaba. Tenía tanto futuro por delante…
—Lo sé, hábleme mientras caminamos —el profesor se deja llevar por Bruno, caminan hacia la esquina.
—Y Britania, la señorita Machado siempre tan precoz, solicitándome consejos para disfrutar instantes con su novio.
—Esa es quien menos debe preocuparle, profesor. Ahora es rica, famosa y poderosa. Seguramente esté en una lancha ahora mismo disfrutando del mar.
—Ojalá. Sus padres eran muy religiosos, no les podía pedir consejos. Acudió a mí por ser un profesor que, según ella, era alguien en quien podía confiar.
—Profesor, ¿hacia dónde debemos cruzar para ir a su casa? ¿Qué calle debemos tomar? Sólo dígame eso y luego siga hablando. Yo lo llevo.
—Por allá.
—De acuerdo —el chico, sujeta los hombros enjutos del anciano, lo empuja amablemente hacia donde le ha indicado.
—Le aconsejé como pude. Quiero decirte, Bruno, que todos mis alumnos son muy queridos para mí, sin excepción.
—Eso se nota, ni hace falta que lo aclare.
—Los quiero a todos como a los hijos que jamás tendré.
—Bueno, gracias, ya que eso me incluye.
—Pero me genera profundo dolor pensar en que quizás, la mayoría de ellos estén ahora muertos o infectados. Eso me duele en el corazón.
—Ha sido todo muy impactante, sí. Ahora piense en que estamos por llegar a su casa para estar a salvo.
—Mi mente está vieja y cansada, Bruno.
Su mirada gira ciento ochenta grados. Bruno cree que lo quiere ver a él, pero en verdad, el viejo no despega los ojos del punto exacto donde el chorro de agua emerge desde las cañerías rotas. Ya no ve esto con tanta nitidez como antes, ha quedado muy atrás, lo ve borroso. Entre cansados recuerdos vuelve a mirar hacia delante. Cruzan una calle, alcanzan la acera de enfrente entre gente que corre sin lógica aparente hacia diversas direcciones.
—Y mis colegas, alcanzados y pisoteados por manadas de gente enloquecida.
—Profesor, por favor, intentemos llegar al apartamento. Cuando estemos allí hablaremos de todo eso.
—No tengo dudas de que nada volverá a ser como antes, no solo para mí, para toda la ciudad y para quienes vivimos en ella.
Una epifanía, cuya invisible huella ha dejado recuerdos olvidados en su mente, por el simple motivo que implica la propia carencia de esta, hace que Aquilino destrabe por fin su mirada. Luego de que atraviesan el caos de una manzana entera y alcanzan una esquina al otro lado, el educador inclina la cabeza hacia arriba. Dirige un difuso vistazo hacia un flamante edificio nuevo: Waters Tower. Es una imponente obra arquitectónica de cincuenta y cinco pisos, construida hace pocos años en el intento de competir con otras de similar relevancia. Pertenece a la empresa que administra el agua potable que llega a cada hogar o empresa en todo Stormport.
—Necesito un minuto, Bruno, no puedo más, no puedo respirar —Bruno se fastidia. De todos modos, se detiene en la esquina junto al anciano.
—Aquí parece estar un poco más tranquilo, de cualquier manera, estos cruces de avenidas no me gustan nada en esta situación que vivimos.
—Veo un constante desperdicio de agua, Bruno, es el recurso natural más preciado, despilfarrado allá atrás en la cañería averiada; eso me hizo reflexionar. Este derroche voluntario que veo es aún mucho peor. Es un despilfarro divinamente visible, consensuado por ciudadanos desde las calles. Es como refregarnos en el rostro que…
—Profesor, nadie camina mirando hacia arriba. Por favor, no pierda tiempo en eso. Recupere el aliento, sigamos. La calle se torna muy peligrosa —Aquilino deja de hablar, de hecho es cierto, necesita recuperar el aliento.
Aunque vive a la vuelta de esta proeza arquitectónica, Aquilino nunca había prestado atención a esto. Y es que el rascacielos cuenta con una verdadera cascada artificial, la cual cae desde la piscina del pent-house en la cima de la torre hasta el piso treinta y tres. En la gran terraza del mencionado piso, hay una piscina transparente con forma de cuchara que se rellena con el líquido que cae. La escasez global de agua potable ha disparado las acciones de esta compañía, la cual, a su vez no es más que una filial de UHR Ecology. Ésta aportó fondos para construir el edificio, los cuales a su vez se sustentan del tributo de trabajo de gente como Aquilino.
—¿Podemos continuar, profesor? Se acerca una pandilla que no me gusta nada —Aquilino le da un vistazo a lo que señala Bruno, pero no da importancia. Aún está muy agitado. Enseguida vuelve a mirar hacia arriba, a la Waters Tower.
—Probablemente el costo de ese edificio haya generado una deuda que pagaremos todos durante décadas.
—Yo no pagaré nada.
—Lo harás cuando te llegue el comprobante mensual.
—Profesor…
—Me ofrecieron trabajar en esas oficinas cuando aún estaban establecidas en el edificio viejo. La ventaja de trabajar en una empresa monopólica como esa es que jamás te quedas sin trabajo. Pero ¿sabes algo? Hice bien, no acepté.
—Ya no sé cómo decirle, profesor, no es buen momento para que me cuente eso.
—Soy feliz con mi profesión, mi trabajo, con ustedes, mis queridos alumnos a los que hoy no pude cuidar.
El chico ya recuperó el aliento, está desesperado por irse de allí. Aguarda por el anciano, quien apenas siente las piernas y le duele todo el cuerpo desde los pies hasta el pelo. Allá arriba, cerca de las nubes bajas y de la densa niebla, la fantástica cascada artificial alejada de la hecatombe, sigue con su vertical y sonoro curso autoreciclado de agua. Ignora palabras o pensamientos de Aquilino o cualquier ciudadano molesto.
—Quiero tener posibilidad de volver a ver un amanecer, profesor. No quiero morir en manos de pandilleros, ni mucho menos quiero caer como un infectado más en esta pandemia. Soy consciente del riesgo, pero me iré en ese bus que allá se asoma en la esquina.
Aquilino lo escucha perfectamente, aunque no cae en la realidad de las palabras del muchacho. En su mente, no cabe la posibilidad de que Bruno se vaya solo. Esas palabras del chico suenan para él entreveradas con el resto del bullicio.
—Deseo hacer tantas cosas que me quedaron pendientes. Anhelo llevar a Kika a conocer alguna playa.
Al decir eso, escuchado a sí mismo, el profesor se enreda entre nostalgias que le hacen darse cuenta de lo mucho que extraña a su queridísima Kika. Quiere abrazarla, no imagina su vida sin ella. No deja de pensar en que la ha dejado todo el día sin comida ni agua y además encerrada. Rememora la tarde invernal en que la encontró en las calles, cuando Kika era cachorrita, hambrienta y casi muerta de frío. El profesor no puede evitar sonreír al recordar esto; se emociona. Bruno lo baja a tierra de un modo poco amable esta vez, de golpe le quita todo el hipnotismo.
—¡¡¡Profesor!!! ¿No me escucha? ¡Le digo que me voy ya! Mire… —anuncia Bruno, al tiempo que señala el bus que se acerca a la parada, perteneciente a la Urban Streets Buses, conocida más por su sigla: USB, la cual es a su vez una filial de la mega compañía: UHR Transportations.
El rostro del chico es de preocupación evidente y por qué no, también de gran susto. Después de todo, es tan sólo un crío en medio del súbito e inesperado apocalipsis. Aquilino mira hacia donde el chico le señala. Increíblemente queda aún un único bus urbano en circulación, probablemente el último que circule ese día, antes de que se declare el estado de pandemia en todo Stormport. Bruno está ansioso por tomar ese bus, pero observa al anciano como si esperase de este una cierta aprobación. No hay nada que el profesor pueda hacer o decir para persuadirlo.
—Estoy a una calle de casa, Brunito, descuida, estaré bien. Ve a casa.
El educador aún está algo agitado por la reciente carrera de tantas calles, pero intenta concentrarse para decir estas palabras sin exhalar con ahogamiento. A pesar de que le duele todo, se siente algo recuperado tras el transcurrido descanso. Ha podido recuperar un poco de aliento.
—Lo siento, profe, no tengo tiempo, se me va el bus, no puedo dejar sola a mi familia, me necesitan. No quiero ni pensar en que algo malo pueda ocurrirles. Ese bus me dejará relativamente cerca, correré el resto del camino para llegar antes de que sea muy tarde en la noche.
—Ve, Brunito, ya es casi de noche.
—Cuídese, espero verlo pronto en clases de nuevo.
Sin esperar siquiera respuesta alguna, el joven emprende una carrera, cruza la calle e intercepta a tiempo el bus. Se sube al transporte y este arranca con un destino cercano a la zona de Los Condominios, donde Bruno vive. Una vez que el vehículo reanuda el movimiento con tope de personas a bordo, ya no se detendrá ni siquiera por luces rojas de los semáforos. Aquilino observa toda esa secuencia hasta que el bus, con Bruno dentro, desaparece del difuso campo visual. El atardecer llega a su fin. Quedan restos de resplandor diurno, las penumbras comienzan a acapararlo todo. La luz urbana se enciende, pero es insuficiente ante tanta niebla.
Las calles quedan paulatinamente vacías. El profesor oye gritos, botellas que se rompen, disparos, ambulancias, alguna patrulla, diversos sonidos que le dan pautas de que emergen los malvivientes. Le desespera ver con una visión nocturna tan borrosa; apenas diferencia luces de sombras. Esto se acentúa ante la húmeda niebla que ha bajado hasta el nivel del asfalto. Aquilino sabe que sólo debe cruzar una calle más, luego, caminar media manzana para llegar a su casa. Conoce esa zona como la palma de su mano, confía en que no se perderá a pesar de la carencia de gafas. Ya quiere reencontrarse con Kika, se enfoca sólo en esta idea.
A pesar de no poseer las llaves, intentará abrir la puerta de cualquier modo posible. Confía en que tal vez el conserje lo ayude, siempre y cuando ese hombre no se haya ido a cuidar de su familia como lo acaba de hacer Bruno. Se da prisa. Mira hacia derecha e izquierda, baja de la acera hacia la calzada, trata de trotar hacia la acera de enfrente. El dolor lo tortura. Mientras avanza, da un último vistazo a la cima de la Waters Tower, admira de forma borrosa ese piso con su caída de agua ahora iluminada desde dentro hacia fuera. Avanza tan rápido como puede a pesar del cansancio.
—Tanta suntuosidad, tanto derroche para unos pocos, tanta agua desperdiciada cuando a otros les escasea.
Desde su derecha escucha un fuerte y súbito chirriar de neumáticos contra el asfalto. Espabila, gira, mira hacia allí, apenas ve dos focos que se hacen cada vez más grandes, cierra los ojos. Una milésima de segundo después, un fuerte impulso que trae el vehículo hace que se deslice por suelo húmedo. Una tonelada de peso embiste con su envión al frágil cuerpo del profesor de historia.
Luis Aníbal Nez